SIETE LETRAS

por Chesi

Fosa común (Random House), la reciente novela de Javier Pastor, es otro acierto que hay que cargar en el haber de un escritor que nos lleva sorprendiendo a sus habituales lectores desde Fragmenta (Lumen, 1999), posteriormente con Esa ciudad (Bruguera, 2006) y la más reciente de las tres, Mate Jaque (Mondadori, 2009). Tras una relectura de esta última (había que disfrutar que no suele ser moneda común en la sección de novedades) me permito considerar esa novela como “redonda”, si la geometría tiene cabida en esto. Fosa común parece adaptarse a lo que Piglia escribe en Los diarios de Emilio Renzi: “El arte vive de la memoria y del porvenir. Pero también del olvido y de la destrucción”. Y de la memoria y del incierto porvenir pero contra el olvido y la destrucción transcurre esta novela que se estructura en tres partes.

Un entonces: Esa primera parte y, concretamente, las primeras páginas, remiten a determinadas escenas de Fragmenta, con múltiples personajes a los que accedemos a través del protagonista con una prosa extraordinaria que embadurna la historia con humor y que produce un asombro absoluto en el lector y lo arrastra a formar parte de la pandilla, del grupo, unos adolescentes en torno a los catorce años. Pastor (el narrador sería más exacto) nos describe el medio en el que se mueven, la ascendencia militar de muchos de ellos, sus aventuras en el colegio religioso, sus amores, la música que escuchan, los cigarrillos inaugurales de una juventud que está a la vuelta de la esquina, los planes de futuro, las lecturas que hacen, las modas fugaces de la forma de vestir. El autor se enmascara detrás de ellos, limitándose a ofrecernos el escenario narrativo que seguirá dibujando en las páginas siguientes. Porque, volviendo a citar a Piglia, el arte vive de la memoria.

La segunda parte se titula Un después: Se produce el salto temporal, la estructura narrativa es más difusa (los personajes no asoman con la nitidez de los anteriores, no aparecen nombrados con tanta frecuencia), se recurre a los diálogos,  y la sensación es la misma que en la primera parte: el mismo deslumbramiento ante la calidad de la prosa (pero eso es viejo ya, viene de antiguo, al autor se le supone), los recovecos argumentales, las críticas (que hay en las tres partes) contra buena parte de la España mala o “españeta”, según Pastor, y el desternillante sentido del humor. Desde Un entonces hasta Un después han transcurrido tres o cuatro décadas y el protagonista se encuentra con excompañeros de estudios y algún antiguo profesor. Reviven los episodios narrados en la primera parte desde otra perspectiva porque el tiempo no pasa en vano, no sólo para las lorzas sino asimismo para las ideas. Ahí puede verse otra de las premisas de Piglia/Renzi: el porvenir.

La tercera parte es Que sirvan para algo: La historia de Cristina, a la que sólo se alude en apenas un par de líneas en la primera parte, relatada de forma sucinta y tangencial en Un después, su muerte (y la de su familia) disparatada, se convierte en el embrión de algo que sin serlo adquiere tintes de novela policiaca o de crónica. Y ya entramos en otro aspecto de los señalados por Ricardo Piglia: la destrucción. A la rigidez de los informes policiales y médicos, literalmente reproducidos, se une la voz del autor, probablemente su aparición autobiográfica más clara de todas las novelas, y los escolios, los sic, las diatribas contra buena parte del estamento militar, contra la Iglesia (¿percibí equivocadamente a Vallejo por ahí rondando?), la transición y el franquismo, el terrorismo de unos y de otros, el del Estado y el de los grupos terroristas de cualquier signo o ideología. Javier Pastor dinamita lo que aparentemente era una exhaustiva investigación policial convirtiendo esa parte más arisca en una declaración de principios: políticos, literarios, humanos. Vuelta de tuerca. Viajes, intercambio de correos, frustraciones, búsquedas y, en el fondo, creo yo, viaje literario al fondo de a saber qué porque los límites de Pastor aún están por descubrir. El autor ya no enmascara o solapa su voz y narra las peripecias a las que debe enfrentarse para aclarar la muerte de Cristina, una antigua compañera de estudios, brutalmente asesinada, junto con su madre y sus hermanos, por un padre militar y dipsómano que terminará suicidándose, un fragmento espantoso y tétrico si no se aliñase con ese humor que Javier Pastor pellizca en cada una de sus novelas, ya que tiene esa extraña facultad de relatar los asuntos más macabros sin caer jamás en el dramatismo. Y cumple de nuevo otra premisa de Piglia: El arte contra el olvido. Quizá a Piglia se le haya escapado otro material de una obra de arte: el humor, que derrocha sabiamente Javier Pastor en esta novela, como lo había hecho en las tres anteriores.

Fosa común es una novela distinta de las anteriores de Javier Pastor, un camino diferente y, además, como dije, tiene componentes autobiográficos evidentes que ensamblan a la perfección con el argumento. Mircea Cartarescu, escribe en un relato titulado El ruletista la siguiente frase: “Cuando se trata de sangre, impera el silencio”. Y contra ese silencio, contra ese olvido deliberado y pactado, ya que la noticia de aquella tragedia atroz sólo mereció reseñas en el ABC y El Diario de Burgos, pelea Javier Pastor, mostrándonos con contundencia la realidad de los hechos que enturbiaron la imagen de un ejército que aquel año, 1975, pese a la inminente y esperada muerte de Franco, continuaba mayoritariamente anclado en un régimen dictatorial solazándose sin rubor con una Iglesia que añoraba los palios. Recordemos que en 1981, el “tejerazo” es saludado con efusiones casi lúbricas por muchos más militares de los que salieron a la palestra y por una recua de civiles portadores de valores indemostrables.

En resumen, Javier Pastor da otra muestra de talento, de un talento difícilmente igualable, con una obra a mi entender maestra. No sé si estaré equivocado pero a mi edad creo haber leído los suficientes libros como para afirmar que Fosa común, en realidad como el resto de las obras de Pastor, no será una novedad que pase sin dejar huella sino que resistirá la maldición del tiempo, como lo han resistido sus tres novelas precedentes, como sólo lo resisten las obras diferentes, arriesgadas y trabajadas con un rigor minucioso que multiplica el genio de quien las firma. Un verdadero regalo para los lectores, hecho de destrucción y de olvido, pero también de memoria y porvenir.  Y de humor, naturalmente.

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