LECTURAS

por Chesi

La literatura es una forma de vida. Tanto para el que escribe como para el que lee, el mundo de la literatura es algo más que una mera diversión, un entretenimiento (aunque también posea ambos componentes). Si uno ha pasado mucho tiempo dedicado a la lectura, puede discernir casi sin margen de error cuándo un libro ha sido escrito por necesidad, cuándo por ocio, cuándo por mera estrategia comercial. Naturalmente hay lectores que no buscan en los libros sino un pasatiempo sin más complicaciones; y quienes busquen eso tienen un extenso catálogo de autores, esos que según Javier Sierra no se obcecan tratando de desentrañar el universo, que les pueden proporcionar la finalidad que pretenden y a la vez el extraño placer de sumergirnos en mundos perfectos puesto que hay autores susceptibles de ser leídos para matar unas horas (fúnebre expresión) y no por ello son de menos categoría que los que tratan de desentrañar el universo. Mark Twain, por ejemplo, o Salgari, Verne pueden leerse de ese modo. Incluso el gran Melville de Moby Dick puede encararse como un autor de aventuras si se hace una lectura plana de su obra. Investigar más a fondo determinados libros nos ayuda a descubrir los placeres secretos que esconde una novela pero ese paso debe decidir el lector si quiere o no darlo. Las grandes novelas suelen soportar lecturas superficiales y lecturas en profundidad, más demoradas. No constituye sacrilegio alguno abrir el Quijote y embeberse con las aventuras de Sancho y Alonso Quijano sin hacer inmersión en los hallazgos narrativos, en la sutiles críticas de la novela, en la modernidad que se abre de forma definitiva con la obra de Cervantes, e incluso recurrir al desmán de Pérez Reverte al pergeñar una lectura exenta de lo, a su entender, superfluo. ¿Y por qué no leer La metamorfosis de Kafka como un mero entretenimiento o una obra de ficción que roza el denominado realismo mágico cuando Gregorio Samsa amanece convertido en un insecto? El paso previo es abrir el libro; el siguiente, opcional, es hacer inmersión en sus entresijos que nos llevan a descubrir la grandeza de una obra, su engranaje y cuya lectura, una vez finalizada, nos muestra otra forma de entender el mundo: cuando ese glorioso diálogo entre el lector y la obra se produce, la lectura alcanza una fecundidad que ya nunca se olvida. Hay obras, sin embargo, que no resistirían esa lectura en profundidad y que, con todo, son imprescindibles para el mantenimiento del mundo editorial, actualmente tan malherido. Y es el lector quien puede escoger libremente la opción de entregarse a lecturas ligeras, sin más consideraciones, o a otras que exigen una atención continua y, generalmente, lápiz para subrayar (y con frecuencia, diccionario a mano). La memoria es un buen juez a la hora de calibrar el valor de una obra: cuando su lectura permanece con nosotros y en ocasiones requiere que incurramos en la relectura seguramente estamos ante un texto importante, de esos que nos moldean y nos forman (y nos transforman) y condicionan nuestro modo de entender el mundo. Son lecturas de las que uno nunca sale indemne; otras, por el contrario, resbalan por nosotros sin dejar ninguna huella porque a lo mejor no son una forma de vida sino simplemente una forma de negocio. Es cierto, con todo, que existen escritores que difícilmente permiten que uno se sumerja en ellos con la simple finalidad de pasar el rato, como pueden ser Beckett o Pynchon, por hacer dos citas arbitrarias. Hay obras que requieren de nuestra atención más aguda, de nuestro tiempo más reposado para llegar a desentrañar las maravillosas posibilidades que albergan. El lector dispone de la opción ligera, encarar la lectura como un mero pasatiempo, que no es poco privilegio, o ahondar en páginas que reclaman perentoriamente los cinco sentidos y mucha paciencia porque existen libros a los que no llegamos en el momento preciso, que se nos resisten y que a veces abandonamos para siempre, como si fuesen una empresa superior a nuestras fuerzas. Pero, de cualquier modo, ante una obra más o menos ligera o ante una de mayor calado, la lectura debiera ser siempre una forma de vida.

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