El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: abril, 2016

PEREC, CHIRBES, BAYAL

1) En el año 1974 Georges Perec publicaba un pequeño libro titulado Espèces d’espaces (Galilée) que la editorial Montesinos imprimió en 2007, Especies de espacios. Con esa tendencia a la enumeración reiterativa de ciertos textos de este escritor francés (La vida instrucciones de uso, El hombre que duerme, Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, Me acuerdo), Perec escribe acerca de cosas simples, cotidianas, que con frecuencia nos pasan inadvertidas: las calles que recorremos, los barrios en los que nos movemos, las habitaciones donde transcurren nuestras vidas. Perec opera de menos a más y va desde “la cama” hasta “el espacio” deteniendo su mirada inteligente en la habitación, el apartamento, el inmueble, la calle, el barrio, la ciudad, el campo, el país, Europa, y el mundo, con ese afán lúdico común a autores del OuLipo y no muy ajeno a algunos textos de Cortázar (por ejemplo, Historias de cronopios y de famas). Al hablar del país, se detiene en el acápite Fronteras y señala lo siguiente: “Las fronteras son líneas. Millones de hombres han muerto a causa de estas líneas. Miles de hombres han muerto porque no consiguieron franquearlas: la supervivencia pasaba por franquear un simple río, una pequeña colina, un bosque tranquilo: al otro lado (…) estaba el país neutral, la zona libre…” Ese fragmento me sonó dolorosamente familiar, tristemente actual. Tal vez peligrosamente premonitorio del futuro que nos aguarda.

2) Dos escritores con cuyas obras disfruto son el fallecido Rafael Chirbes y Gonzalo Hidalgo Bayal; ambos, curiosamente, bastante inadvertidos en nuestra literatura si bien es cierto que el valenciano disfrutó en los últimos años de su vida de un más que merecido reconocimiento en tanto que el cacereño sigue siendo una especie de rara avis avalado por la crítica y un puñado de lectores. Dos grandísimos novelistas y absolutamente distintos. La novelística de Chirbes se sitúa, por lo general, en los límites del realismo y pocos como él fueron testigos y notarios de una España en la que la corrupción lo inundaba todo (no sé si el pretérito imperfecto es correcto o convendría apelar al presente). Salvo acaso la magnífica novela Mimoum, con la que fue finalista del Herralde, por las ficciones de Rafael Chirbes transita la zoología de un país sumido en la contradicción de la miseria por una parte (mayoría) y el enriquecimiento obsceno del resto (minoría): desfilan por sus páginas constructores corruptos, arribistas al socaire de los beneficios económicos, empresarios rastreros, políticos que venden su alma al diablo para conseguir poder y dinero sin importarles pisotear a los demás (no a sus principios, de los que carecen). Con la novelística de Chirbes se podría hacer un NODO (sin censurar), un documental que retratase una España grangrenada, de fachada y apariencia, un árbol florecido pero cuyas raíces están podridas. Si Galdós y Baroja y Clarín examinan este país a caballo entre los siglos XIX y XX, Chirbes hace algo similar, aunque con distinta voz, con la España más reciente, la del siglo XXI; y de la España más reciente, al menos de la que aparece en los periódicos, nada bueno se puede esperar. Porque Rafael Chirbes es cronista de un país que se descompone y que requiere con urgencia un tratamiento radical. A cualesquiera de sus personajes los descubre (y los conoce y los saluda) usted en su ciudad. Una literatura sanchopancesca: el análisis de una España real y turbia, una visión sobre el país ostensible que todos conocemos.

3) Contrariamente, Gonzalo Hidalgo Bayal, que poco a poco va recogiendo los méritos que su literatura demanda, huye de ese “realismo” que impera en las novelas del autor valenciano. Este extremeño (que lleva años dedicado de forma escrupulosa a establecer una novelística personal, sin concesiones) funciona con personajes que son arquetipos (si tal palabra sirve), como lo pueden ser el Funes de Borges o el barón rampante de Calvino. A esos personajes es extraño que el lector los reconozca o los encuentre en su vida cotidiana y, con todo, se nos presentan como fatalmente creíbles. Si los de Chirbes se encastran en una sociedad, los de Gonzalo Hidalgo Bayal son seres insólitos (por ejemplo, ese Nemo que da título a la novela, y que se niega a hablar) en una geografía que no por inventada deja de ser real. Cada personaje de Hidalgo Bayal es un universo propio y cerrado, un atisbo de algo que nos resulta difícil entender porque no podemos emparejarlo con nuestras experiencias, con nuestro día a día. Sus personajes apelan más al intelecto que a la emoción y nos abren unas posibilidades literarias complejas, como si sus novelas transcurrieran en un sueño, en una realidad distinta. Uno lee a Chribes y se dice “sí, así es”: una literatura asertiva. Uno lee a Hidalgo Bayal y se pregunta “¿por qué?”: una literatura interrogativa. Aun siendo una voz particular, la de Rafael Chirbes es reconocible porque los personajes que describe son carne común de diarios, televisiones y radios; sin embargo, los de Hidalgo Bayal exigen una actitud abierta por parte del lector, saber que se va a encontrar uno con algo inesperado ya que cualesquiera de ellos contienen en sí mismos las múltiples posibilidades de la ficción, que en este caso es un ilimitado talento. En contraposición a la de Chirbes, su literatura tendería más al quijotismo. No estaría mal cotejar esa dualidad, esa visión distante y acaso antagónica de las múltiples Españas que es España, la gris de Chirbes y la sorprendente y excéntrica de Gonzalo Hidalgo Bayal. O acaso haya que rebajar los límites geográficos y hablar, como hacen ellos, de la valenciana de Rafael Chirbes y de la del territorio extremeño ideado de Gonzalo Hidalgo Bayal. No está mal tener tantas buenas posibilidades lectoras al alcance de la mano. Pero, de cualquier forma, aunque ambos escritores pudieran reflejar algunas de las múltiples caras que constituyen el pastel español, lo importante es la calidad de sus respectivas literaturas porque, como escribe Patricio Pron en No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, “a menudo (…) los escritores somos sólo una denominación de origen, debido a la idea completamente errónea de que nosotros y nuestros libros  pueden, y quizá deban, representar un país, una región, una identidad de alguna índole”. Y la literatura, afortunadamente, es mucho más que eso.

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G. G. M. Y LOS TÍTULOS

Hay autores que parecen disfrutar de un tino infalible a la hora de titular sus obras, de modo que, posteriormente, una legión de ávidos periodistas poco imaginativos recurre a esos títulos para bautizar sus artículos. Tiempo atrás sucedió con Orwell y su 1984, que tuvo éxito entre los escribas para referirse a una sociedad cada día más vigilada por los infinitos ojos ciegos del poder estatal. Asimismo Delibes tuvo fortuna: sustituyendo la palabra “ciprés” por otra o por un nombre propio numerosas situaciones o personas tenían una sombra alargada. Los cipreses, ya se sabe, además de tener la sombra alargada creen en Dios. Lo cierto es que la infeliz reinterpretación de esos títulos parecía más una demostración palpable del escaso talento de algunos periodistas que un reconocimiento a las obras de los autores saqueados. Sin embargo pocos escritores han sido sobajados en la medida de Gabriel García Márquez, cuyos títulos eufónicos  son un cebo inigualable para cientos, tal vez miles, de periodistas. El ejemplo más común, el que uno lee hasta el aburrimiento en los medios escritos, es el que juega impunemente con Crónica de una muerte anunciada: aquí el ingenio estriba en variar la palabra muerte (aunque a veces puede mantenerse en su literalidad) y se obtiene, de rondón, algo como crónica de un desahucio (anunciado) o de una destitución (anunciada) o de un nombramiento (anunciado) o de un seísmo (anunciado) o de lo que ustedes quieran poner que las variables son casi infinitas. Pero el colombiano ha sido expurgado sin contemplaciones. El mismo juego que el título precedente lo da esa inigualable novela corta titulada El coronel no tiene quien le escriba: aquí se sustituye el grado militar por un nombre cualquiera que ocupe un cargo político o deportivo o de cualquier otra responsabilidad y, voilà, tenemos el hallazgo de un título para una noticia sin necesidad de estrujarse mucho los sesos y dándole además un pretendido barniz culto, por ejemplo, El alcalde no tiene quien le escriba. Uno empieza a sospechar que Gabo va a pasar a la historia de la literatura más que por el contenido de sus obras por el éxito de sus títulos, ya que asimismo El general en su laberinto fue expoliado por más de uno para, haciendo desaparecer de nuevo la graduación del militar, sustituirlo por un nombre propio. Mourinho en su laberinto, sin ir más lejos. Por ese laberinto pasaron ya fulano y mengano y zutano y lo que le espera. Y otra de las obras de García Márquez, Noticia de un secuestro, ya ha sido más que utilizada aunque esta vez de forma literal o casi para narrar desapariciones de personas a este y al otro lado del Atlántico. Y no olvidemos su obra más conocida, Cien años de soledad: esta última palabra se reemplazó con frecuencia por otra para dar con singulares hallazgos como Cien años de sequía o Cien años de sueños o Cien años de prostitución. Y aunque otros títulos de obras literarias suelen tener éxito trasplantados al periodismo (En busca del tiempo perdido, Viaje al fondo de la noche, Por quién doblan las campanas), es sin duda García Márquez el más saqueado de los novelistas. Realmente existen títulos eufónicos o brillantes conocidos por muchos lectores de prensa y su elección por parte del periodista establece un cierto vínculo de complicidad entre el que escribe y el que lee, ya que el primero suministra al segundo, de forma más o menos notoria, señales o indicios de por dónde puede transcurrir lo que va a encontrarse pero con frecuencia da la impresión de que es la pereza mental la que lleva al periodista a echar mano de esos títulos más o menos populares para inaugurar el reportaje o el artículo que va a destripar el lector.