El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: mayo, 2016

ESPERANDO A CARMEN

“Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.” Así comienza la novela de Carmen Laforet, Nada, con la que a los veintitrés años obtuvo el premio Nadal, posiblemente el más prestigioso de la época y que propulsó a la fama (o consolidó el nombre de) a escritores entre los que figuran Delibes, Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Ramón Pinilla, Jesús Fernández Santos, Juan José Saer, Martín Garzo o Álvaro Pombo. Hace días, la 2 de TVE (esa cadena es un verdadero oasis en medio de la chabacana programación habitual), emitió en la serie Imprescindibles un interesantísimo documental dedicado a Carmen Laforet: sus inseguridades, sus espantadas al terminar una novela, sus viajes, su timidez, sus vaivenes y se detenía en la conquista del premio Nadal. Aconsejada por el periodista Cerezales, que después se convertiría en su marido, Laforet manda a concurso la novela cuando el plazo está a punto de cerrarse. Como crédulo que soy, admito lo que el documental reseñaba: que estaba tan a punto de cerrarse el plazo para la presentación de originales que los miembros del jurado se pasaron la noche anterior al fallo leyendo la obra que después se haría con el premio. Hoy que en la mayoría de los casos los concursos literarios están manipulados por editoriales, agentes literarios y críticos, puede resultar insólito lo acontecido a los años cuarenta del siglo pasado: varios componentes del jurado leyendo de madrugada la obra de una perfecta desconocida que desea participar en el concurso más prestigioso de la literatura española. Se rumorea que en la mayoría de los premios actuales o bien no se lee la novela o bien se catan unas páginas del principio, del medio y del final y a partir de ahí se decide el voto. Ese detalle inolvidable (que sea cierto o no no menoscaba el encanto de revivirlo), el de imaginar a los miembros del jurado robándole horas al sueño para establecer justicia de la forma más severa posible, devuelve la fe a cualquiera en los premios literarios, al menos en los de humilde dotación económica y a los que se lanzan autores semidesconocidos voluntariosos e inocentes ya sea para salir de ese anonimato, ya para ganar algún dinero extra. Grandes escritores enviaron textos (a veces el mismo, como Bolaño, que con un cuento fatigó [y no hay eco borgesiano en ese verbo] docenas y docenas de concursos literarios) a casi todos los premios que se convocaban.

Recordé dicha anécdota leyendo un par de días después el excelente libro de entrevistas que Xosé Manuel del Caño le hizo al poeta lucense Manuel María y que se reeditó recientemente, a principios de 2016, con motivo de que el Día das Letras Galegas está dedicado al de Outeiro de Rei que fue, asimismo, un participante (y con frecuencia ganador) de numerosos concursos de poesía. En una de sus reflexiones, Manuel María afirmaba que los miembros de un jurado deberían hacerse públicos ya que el participante, de esa forma, estaba en condiciones de decidir si los componentes del mismo tenían la formación y la competencia indispensables para juzgar una obra, aunque me temo que hoy en día, el prestigio de ciertos nombres no sea aval suficiente cuando, como señalé antes, las afiladas navajas de los intereses editoriales y de los agentes marcan con frecuencia al que va a resultar vencedor. Pocas veces participé como miembro de un jurado pero la experiencia fue más que suficiente: desde los que conocían concienzudamente las obras presentadas (pocos) a los que no las habían leído todas (habitual); recuerdo a un presidente, conocido crítico literario, que forzó una tediosa y larguísima discusión para colocar a su favorito y que se negó a declarar el premio desierto pese a la ínfima categoría de las obras presentadas porque ello desprestigiaría el buen nombre del concurso. Pero prefiero pensar en lo que sucedió con la novela de Laforet: esa que llega casi fuera de plazo y obliga a los componentes del jurado a dedicarle unas cuantas horas de su descanso a la lectura porque acaso esa novela sea mejor que las hasta entonces juzgadas. Y por ese afán de justicia casi insólito, Nada pasó a ser una referencia de la literatura española cumpliendo las esperanzas y los sueños de una joven de tan sólo veintitrés años, cuando, como dice la novela en sus primeras líneas, “no la esperaba nadie”.

CRÓNICAS DEPORTIVAS

Las crónicas deportivas suelen depararnos hallazgos sorprendentes. Me gusta bucear en la prosa de los articulistas dedicados al deporte, fundamentalmente los de fútbol y los de ciclismo, géneros en los que hay muestras de talento más que evidentes. Las prosas de antaño, por lo general mostrencas y que parecían variaciones de un mismo motivo, salvo excepciones, ahora se adentran gozosamente en muestras literarias de enorme calidad y nombres como los de Benjamín Prado, Juan Tallón, Sámano, Relaño o Jabois (cierro aquí la nómina para no extenderme y por ignorancia) le otorgan un lustre de sumo interés a lo que puede suceder durante hora y media entre veintidós señores pateando un balón, metamorfosean algo en apariencia trivial en una leyenda precisa y perecedera con todo el mimo y el cuidado que se puede poner en un relato: a fin de cuentas el buen periodismo es una ramificación más de la literatura. Pero si en esas crónicas uno encuentra auténtica calidad literaria, hay otras en las que los defectos, acaso surgidos de la urgencia porque una noticia de un periódico envejece demasiado deprisa, atesoran meteduras de pata que no dejan de tener su gracejo, por ejemplo, la que hallé días atrás en el diario MARCA en la que la entrevistadora transcribe de formal textual y errónea “in illo tempore” traduciéndolo por un descojonante e incongruente “hilo tempore” que tal vez no sea imputable a la prestigiosa periodista sino al traductor de Word pero que contiene un cierto matiz rupturista que no enfadaría, por ejemplo, a Julián Ríos. Y más recientemente, en ese mismo diario, un periodista afirmaba que, pese a sus treinta y cuatro años, cerca ya de los 35, Roger Federer tenía “mucho” hambre de títulos: ahí sí que el error no es achacable a traductor alguno sino al sorprendente desconocimiento del idioma: hay que tener “mucho” ignorancia para perpetrar semejante barbaridad. Ciertas crónicas adolecen de lugares comunes traídos por la prisa o porque se hace el trabajo de una forma mecánica, sin más, como se podría redactar un obituario o una nota de sociedad. En Faro de Vigo, en las páginas dedicadas al fútbol, un periodista inicia su crónica de la siguiente manera: “La distancia es el olvido, recuerda el tango”. Seguramente habrá tangos que yo desconozca que hablen del olvido, ese don que a veces alivia y otras se convierte en dolor que nos infligen, pero me parece a mí que lo que el tango asegura es que “veinte año no es nada”, una falacia que sin embargo tiene éxito y quien habla del olvido y la distancia, si no me equivoco, es un bolero, esa gelatina que entre otros cultivaron Los Panchos y que, de memoria, viene a significar algo así: “Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esta razón”. Los buenos boleros son una cosa muy seria y hay que citarlos con exactitud, como se cita el Eclesiastés o Guerra y paz. Pero retomando el principio de este artículo, a mí las crónicas deportivas de los ya citados y de otros nombres que ahora mismo se me escapan, constituyen un delicioso chapuzón con hallazgos lingüísticos, sentido del humor, referencias culturales: prosas que son verdaderas joyas literarias y que, como digo, con frecuencia me detengo a leer. Una buena crónica de un partido de fútbol es habitualmente mejor (al menos, más explícita) que muchas críticas literarias (y, por supuesto, que las gastronómicas y las de arte). Esos periodistas se toman tan en serio su trabajo, tan en serio el deporte, que lo hacen desde una perspectiva lúdica, cargada de sentido del humor y convierten a los deportistas en héroes homéricos. Empiezo a sospechar que lo mejor de los diarios estriba en la sección de deportes.