CRÓNICAS DEPORTIVAS

por Chesi

Las crónicas deportivas suelen depararnos hallazgos sorprendentes. Me gusta bucear en la prosa de los articulistas dedicados al deporte, fundamentalmente los de fútbol y los de ciclismo, géneros en los que hay muestras de talento más que evidentes. Las prosas de antaño, por lo general mostrencas y que parecían variaciones de un mismo motivo, salvo excepciones, ahora se adentran gozosamente en muestras literarias de enorme calidad y nombres como los de Benjamín Prado, Juan Tallón, Sámano, Relaño o Jabois (cierro aquí la nómina para no extenderme y por ignorancia) le otorgan un lustre de sumo interés a lo que puede suceder durante hora y media entre veintidós señores pateando un balón, metamorfosean algo en apariencia trivial en una leyenda precisa y perecedera con todo el mimo y el cuidado que se puede poner en un relato: a fin de cuentas el buen periodismo es una ramificación más de la literatura. Pero si en esas crónicas uno encuentra auténtica calidad literaria, hay otras en las que los defectos, acaso surgidos de la urgencia porque una noticia de un periódico envejece demasiado deprisa, atesoran meteduras de pata que no dejan de tener su gracejo, por ejemplo, la que hallé días atrás en el diario MARCA en la que la entrevistadora transcribe de formal textual y errónea “in illo tempore” traduciéndolo por un descojonante e incongruente “hilo tempore” que tal vez no sea imputable a la prestigiosa periodista sino al traductor de Word pero que contiene un cierto matiz rupturista que no enfadaría, por ejemplo, a Julián Ríos. Y más recientemente, en ese mismo diario, un periodista afirmaba que, pese a sus treinta y cuatro años, cerca ya de los 35, Roger Federer tenía “mucho” hambre de títulos: ahí sí que el error no es achacable a traductor alguno sino al sorprendente desconocimiento del idioma: hay que tener “mucho” ignorancia para perpetrar semejante barbaridad. Ciertas crónicas adolecen de lugares comunes traídos por la prisa o porque se hace el trabajo de una forma mecánica, sin más, como se podría redactar un obituario o una nota de sociedad. En Faro de Vigo, en las páginas dedicadas al fútbol, un periodista inicia su crónica de la siguiente manera: “La distancia es el olvido, recuerda el tango”. Seguramente habrá tangos que yo desconozca que hablen del olvido, ese don que a veces alivia y otras se convierte en dolor que nos infligen, pero me parece a mí que lo que el tango asegura es que “veinte año no es nada”, una falacia que sin embargo tiene éxito y quien habla del olvido y la distancia, si no me equivoco, es un bolero, esa gelatina que entre otros cultivaron Los Panchos y que, de memoria, viene a significar algo así: “Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esta razón”. Los buenos boleros son una cosa muy seria y hay que citarlos con exactitud, como se cita el Eclesiastés o Guerra y paz. Pero retomando el principio de este artículo, a mí las crónicas deportivas de los ya citados y de otros nombres que ahora mismo se me escapan, constituyen un delicioso chapuzón con hallazgos lingüísticos, sentido del humor, referencias culturales: prosas que son verdaderas joyas literarias y que, como digo, con frecuencia me detengo a leer. Una buena crónica de un partido de fútbol es habitualmente mejor (al menos, más explícita) que muchas críticas literarias (y, por supuesto, que las gastronómicas y las de arte). Esos periodistas se toman tan en serio su trabajo, tan en serio el deporte, que lo hacen desde una perspectiva lúdica, cargada de sentido del humor y convierten a los deportistas en héroes homéricos. Empiezo a sospechar que lo mejor de los diarios estriba en la sección de deportes.

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