El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: junio, 2016

NEMBROT

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

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NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

NEMBROT (Transmigraciones y máscaras)

A partir de mediados de la semana próxima, la editorial Trifolium pondrá a la venta mi novela Nembrot (Trasmigraciones y máscaras). Sin el subtítulo, fue publicada por DVD Ediciones en el año 2002. Esta versión contiene 15 capítulos inéditos (200 páginas más) que, por razones que sigo sin conocer, “autocensuré” de la edición anterior.

EL MIEDO

En el relato titulado Estamos bateando basura, perteneciente a su libro Cocaína, Julián Herbert escribe que “lo que más abunda en la atmósfera es oxígeno e hijos de puta” y no seré yo quien lo contradiga porque uno tiende a pensar, tal cual expuso un poeta francés, que es el diablo quien maneja los hilos que nos mueven, y asimismo refrenda lo acuñado por Cervantes: “Cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces” (Quijote, II, IV). Después de esta dosis inicial de optimismo, sigamos adelante. Recientemente, un periódico dio la noticia de un viaje que iba a realizar Guido Menzio, profesor de la universidad de Pensilvania, que describe así las razones por las que su vuelo, desde Filadelfia a Siracusa, partió con una hora de retraso: “La pasajera sentada a mi lado llama a la azafata, le pasa una nota. (…) La pasajera sale. Esperamos más. El piloto se acerca a mí y me pide salir del avión. Entonces me citan con un hombre del FBI de traje negro. Me preguntan por mi vecina de asiento. (…)  Me comentan que ella pensaba que yo era un terrorista porque estaba escribiendo cosas extrañas en el bloc de notas. Me río. (…) Les enseño mis notas de matemáticas. Puede ser un poco gracioso y un poco preocupante. La señora me miró, miró a la misteriosa fórmula que yo había escrito y sacó la conclusión de que yo no era del todo bueno (…) La América de Trump ya está aquí. Aunque aún no esté en el poder. En lo que a mí se refiere, resistiré.” Dejando aparte la sinécdoque de referirse a Estados Unidos como si en sí mismo fuese un continente en la que incurren con exagerada frecuencia los estadounidenses,  discrepo de un matiz de las palabras de este economista  de origen italiano: el asunto no es gracioso; y no estoy de acuerdo con la segunda proposición de la frase: un poco preocupante. Es bastante preocupante y un signo de los tiempos: la total desconfianza hacia quienes no conocemos y, eventualmente, incluso hacia los que nos resultan más próximos. El extranjero, el extraño, el otro es el mal. Aunque la humanidad (si tal palabra nos cabe en suerte) lleva unos cuantos milenios partiéndose los cuernos, más o menos desde Caín y Abel, acaso el 11 de septiembre de 2001 fue la fecha que determinó de manera tajante la magnitud del horror. Hasta ese día, la historia estaba regada de guerras, de brutalidad de cualquier signo determinada por asuntos de religión, de política, de fronteras o de color de piel (sin desdeñar minucias domésticas y deportivas); pero hasta aquel día terrible en el que asistimos a la estética colorista y escalofriante del desplome de las Torres Gemelas, acaso viviésemos en una especie de inocencia, pensando que lo que sucedía más allá de nuestras fronteras no iba a afectarnos directamente aunque ya se habían producido atentados del mismo signo en nuestro país. Ocurrió algo similar con ETA al principio de su salvaje actividad: leíamos la violencia que se sucedía en el País Vasco con distante horror y sólo cuando ya era tarde, descubrimos que no iba dirigida contra objetivos concretos, sino que afectaba a cualquier persona y en cualquier rincón de España, desde un niño hasta un jubilado, sin respetar a nada ni a nadie. Probablemente, digo, aquel 11 de septiembre marcó el rumbo de nuestra delirante naturaleza; ya nada iba a ser igual. No constituye una profecía sino una constatación de la realidad, aunque expuesta de forma un tanto hiperbólica, lo que escribió en 2008 Juan Goytisolo en El exiliado de aquí y allá (ya se había producido la matanza de Atocha, ya habían atentado en Londres y en Casablanca y casi no quedaban países en el mapa sin la lacra del terrorismo y el mundo estaba convulso y mirábamos a nuestro prójimo con mayor desconfianza y recelo); pese a la extensión de la cita, perteneciente al capítulo titulado No estés donde no deberías estar, creo que conviene reproducirla: “Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros lugares de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos.” Desgraciadamente, todos los escenarios de la tragedia que apuntaba Goytisolo ya habían sido masacrados o lo serían más temprano que tarde. Uno se sentía protagonista de una película de terror en la que ignoraba quién era el asesino y dónde podía aparecer con las más pérfidas intenciones; lo habitual, aunque esperpéntico, era denunciar al vecino de asiento porque garabatea en un bloc signos que no sabemos descifrar. De pronto, aunque el horror fue paulatino, nos vimos inmersos en esa frase que Patricio Pron escribe en su novela No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles: “… una época en la que estar vivo no gozaba de mucha popularidad”, afirma refiriéndose a los desmanes cometidos por los nazis. Y en eso estamos, como decía el otro, “ayunos de toda cordura”.

CRUCIFIXIONES

1.-Siempre tuve para mí que el monumento simbólico de la ciudad de Ourense, de la que con frecuencia huye Alexandro y a la que retorna cuando la nostalgia, aunque breve, se hace sólida, y, por qué callarlo, cuando decide cambiar el albariño por el ribeiro, es la cruz del Montealegre, más que As Burgas reconvertidas en piscina pública, el Cristo al que le crece el pelo como a Mario Vaquerizo o el Puente Romano al que le medran los yerbajos como legañas en sus ojos dormidos. Sin duda, Alexandro tiene mil razones para escapar de Ourense: huye así del turismo hortera de la ourensanía, de la beatería misérrima y castradora y de las guías monumentales y de la política de cochiquera.  Porque él no necesita los monumentos: los va creando en cada cuadro. Las figuras de Alexandro tienen tanta entidad que son ya habitantes de cualquier paisaje: Ourense sería más pobre, más vieja y más despoblada sin sus hombres, mujeres, gatos y perros porque tiene la facultad de darles vida como algunos novelistas excepcionales son capaces de crear personajes tan reales como los que figuran en un puñetero Registro Civil, si es que tal entidad merece las mayúsculas. Sin la lluvia de Alexandro Ourense existiría un poco menos, como Venecia en un poema de Antonio Colinas. Y el mar de Muxía también sería más pobre sin sus cuadros, estaría más despoblado, más esquilmado. Como sería más pobre la religión si Alexandro no se enzarzase ahora en pintar crucifixiones. Porque seguramente no resulta insólito (y lo insólito quizá sea la esencia del verdadero arte) aventurar que la mejor pintura religiosa la hicieron los descreídos, los escépticos, los ateos. Pienso en Bacon. Pero si hurgáramos en El Greco o Murillo o en Miguel Ángel, quizá hallásemos un fondo de ese suave escepticismo que lleva a un pintor a acercarse al asunto de los cuadros religiosos, un distanciamiento que nunca es airado sino paradójicamente respetuoso o sarcásticamente irreverente, pues los mitos están para ser destruidos y acaso reinventados. Recuerdo un libro, leído hace ya demasiados años, que me prestó Alexandro: eran las cartas entre Van Gogh y su hermano Theo. Por entonces embadurnaba Alexandro, con el que me une una larga y etílica amistad, cualquier pared, lienzo o servilleta que cayera en sus manos. Recuerdo aquellas manos: indefectiblemente manchadas de pintura porque la vida de mi amigo transcurría en los límites soberbios de su arte, que no ha dejado de crecer desde entonces. Ésa es otra característica de Alexandro: que jamás se paró, se detuvo o anidó en un estilo, que jamás cayó ni en manierismos facilones ni se entregó a la vorágine de modas pasajeras de maquillaje rechamante y miserable contenido. Es difícil imaginarse un Alexandro en un salón burgués, aburridamente decorativo, aunque sea la burguesía la clase social que tiene más a su alcance el valor de una obra de arte.

2.-Retrocedamos a la cruz legendaria del Montealegre que remitía en mi infancia a asuntos de desamor, a adversidades de la guerra o al bandolerismo de tebeo y que apenas es visible hoy en día: estimulaba la imaginación y la fantasía, que eran los juguetes habituales de una ciudad en blanco y negro. Desde lo alto, se veía la ciudad como un rebaño de ovejas dormidas en un valle, una ciudad que compartimos Alexandro y yo, una ciudad acaso ya extinta. Ciudad de la Chichona y el barrio chino, el bar Mejillón y el Volter, el tabuco en la calle de la Paz, antigua rúa dos Zapateiros, los artistas y los poetas, del Cepo y el Trangallán, del padre Silva y del festival del Miño, del Paxaro y los seminaristas que bajaban los domingos como bandadas de aves en una película de Hitchcock, las procesiones de semana santa y un monseñor que creíamos eterno. Nunca indagué en el origen del monumento: pero recuerdo que se divisaba desde cualquier punto de Ourense y en su humilde situación, en su diseño escueto, era mucho más decente que la monstruosidad de Cuelgamuros. La cruz del Valle de los Caídos sólo se le puede ocurrir a una mente megalómana y diabólica aunque acuñase monedas inventándose que era caudillo de España por la (des)gracia de Dios (que maldita la gracia) y al que se llegaba a través del Imperio, como es bien sabido. Caminos más retorcidos nos suministra la vida, ciertamente. Hoy resulta casi imposible ver la cruz del Montealegre merced a los edificios que fueron trepando por la ladera como lagartijas por los muros y sumiendo la ciudad en una penumbra desconsolada. La cruz del Montealegre, la sombra de la cruz.

3.-Alexandro pinta ahora cruces y crucifixiones como el buen ateo que es, como antes pintó cristos (sus cristos tienden a las minúsculas, las reclaman). Alexandro pintó de todo y todo lo pintó bien: hombres solitarios, paraguas, perros, rostros, mesas, gatos, botellas, lámparas, medusas, lluvia, mares, peces, sillas, mejillones, barcas: pintó como pocos la tierra y el mar y los habitantes de la tierra y del mar. En su particular reinterpretación del Génesis, primero creó los espacios, los terrenales y los marítimos, y, como creador, los fue poblando de vida animal. Y en cada vida animal hay siempre un final, una cruz simbólica donde acaba su existencia. La iconografía católica se establece sobre la imagen de un hombre‑Dios que acaba su existencia en una cruz. Antonio Machado reclamaba antes que esa tétrica imagen, la de un Cristo más feliz, más vivo, que andaba en la mar, por donde ahora se mueve Alexandro.

4.-Me unen a Alexandro varias cosas, sin contar la querencia por los vinos compartidos: su pintura es una de ellas. Otra es la pasión por los cristos; en algún cementerio me hice con crucificados que estaban en la tierra, abandonados y caídos, oxidándose entre el olvido y los yerbajos. Como buen ateo creo en la iconografía de esos seres escuálidos, cristos casi siempre anoréxicos (si un día se descubre que Cristo medía 1.50 y pesaba 90 kilos, la mitad del arte y de la fe se van a ir al diablo ‑si la expresión es pertinente‑). Ahora Alexandro nos provee de cruces y de crucificados, cruces solitarias, vacías, que acaso reclamen un cristo o acaso no: los perros del Ku Klux Klan hacían cruces enormes que después quemaban y se reunían encapuchados en torno a ellas como en las procesiones españolas de la semana santa. Los crucificados de Alexandro son esquemáticos, sin alharacas, como primitivas pinturas rupestres, sin cargarlos de sangre, de retorcidos escorzos, de simbología trascendente: clavados en la cruz o no pero nunca escarnecidos, como dice el soneto clásico. Crucificados laicos, sin tragedias, que más que representar una iconografía adscrita a la iglesia católica, simbolizan el paso del ser humano por una tierra con frecuencia hostil. Pero también existen las cruces de mayo, mucho más festivas, menos crueles. A ellas hay que sumarles ahora las crucifixiones de Alexandro, que son escuetas pero con la gravedad del arte verdadero (casi toda la pintura de Alexandro es escueta, sin pinceladas superfluas) y les doy la bienvenida porque en este momento, por mucho que me asome al balcón, no puedo ver la cruz del Montealegre y es bueno que el arte venga a sustituir lo que la realidad del progreso nos ha ido robando poco a poco, nos va a seguir robando poco a poco, a cambio de no se sabe bien qué. Menos para unos cuantos, a fin de cuentas la vida es una cruz y nosotros los crucificados. Y no es mal futuro ser un personaje más de un cuadro de Alexandro.

(Texto para el catálogo de la última exposición del pintor Alexandro)