EL MIEDO

por Chesi

En el relato titulado Estamos bateando basura, perteneciente a su libro Cocaína, Julián Herbert escribe que “lo que más abunda en la atmósfera es oxígeno e hijos de puta” y no seré yo quien lo contradiga porque uno tiende a pensar, tal cual expuso un poeta francés, que es el diablo quien maneja los hilos que nos mueven, y asimismo refrenda lo acuñado por Cervantes: “Cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces” (Quijote, II, IV). Después de esta dosis inicial de optimismo, sigamos adelante. Recientemente, un periódico dio la noticia de un viaje que iba a realizar Guido Menzio, profesor de la universidad de Pensilvania, que describe así las razones por las que su vuelo, desde Filadelfia a Siracusa, partió con una hora de retraso: “La pasajera sentada a mi lado llama a la azafata, le pasa una nota. (…) La pasajera sale. Esperamos más. El piloto se acerca a mí y me pide salir del avión. Entonces me citan con un hombre del FBI de traje negro. Me preguntan por mi vecina de asiento. (…)  Me comentan que ella pensaba que yo era un terrorista porque estaba escribiendo cosas extrañas en el bloc de notas. Me río. (…) Les enseño mis notas de matemáticas. Puede ser un poco gracioso y un poco preocupante. La señora me miró, miró a la misteriosa fórmula que yo había escrito y sacó la conclusión de que yo no era del todo bueno (…) La América de Trump ya está aquí. Aunque aún no esté en el poder. En lo que a mí se refiere, resistiré.” Dejando aparte la sinécdoque de referirse a Estados Unidos como si en sí mismo fuese un continente en la que incurren con exagerada frecuencia los estadounidenses,  discrepo de un matiz de las palabras de este economista  de origen italiano: el asunto no es gracioso; y no estoy de acuerdo con la segunda proposición de la frase: un poco preocupante. Es bastante preocupante y un signo de los tiempos: la total desconfianza hacia quienes no conocemos y, eventualmente, incluso hacia los que nos resultan más próximos. El extranjero, el extraño, el otro es el mal. Aunque la humanidad (si tal palabra nos cabe en suerte) lleva unos cuantos milenios partiéndose los cuernos, más o menos desde Caín y Abel, acaso el 11 de septiembre de 2001 fue la fecha que determinó de manera tajante la magnitud del horror. Hasta ese día, la historia estaba regada de guerras, de brutalidad de cualquier signo determinada por asuntos de religión, de política, de fronteras o de color de piel (sin desdeñar minucias domésticas y deportivas); pero hasta aquel día terrible en el que asistimos a la estética colorista y escalofriante del desplome de las Torres Gemelas, acaso viviésemos en una especie de inocencia, pensando que lo que sucedía más allá de nuestras fronteras no iba a afectarnos directamente aunque ya se habían producido atentados del mismo signo en nuestro país. Ocurrió algo similar con ETA al principio de su salvaje actividad: leíamos la violencia que se sucedía en el País Vasco con distante horror y sólo cuando ya era tarde, descubrimos que no iba dirigida contra objetivos concretos, sino que afectaba a cualquier persona y en cualquier rincón de España, desde un niño hasta un jubilado, sin respetar a nada ni a nadie. Probablemente, digo, aquel 11 de septiembre marcó el rumbo de nuestra delirante naturaleza; ya nada iba a ser igual. No constituye una profecía sino una constatación de la realidad, aunque expuesta de forma un tanto hiperbólica, lo que escribió en 2008 Juan Goytisolo en El exiliado de aquí y allá (ya se había producido la matanza de Atocha, ya habían atentado en Londres y en Casablanca y casi no quedaban países en el mapa sin la lacra del terrorismo y el mundo estaba convulso y mirábamos a nuestro prójimo con mayor desconfianza y recelo); pese a la extensión de la cita, perteneciente al capítulo titulado No estés donde no deberías estar, creo que conviene reproducirla: “Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros lugares de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos.” Desgraciadamente, todos los escenarios de la tragedia que apuntaba Goytisolo ya habían sido masacrados o lo serían más temprano que tarde. Uno se sentía protagonista de una película de terror en la que ignoraba quién era el asesino y dónde podía aparecer con las más pérfidas intenciones; lo habitual, aunque esperpéntico, era denunciar al vecino de asiento porque garabatea en un bloc signos que no sabemos descifrar. De pronto, aunque el horror fue paulatino, nos vimos inmersos en esa frase que Patricio Pron escribe en su novela No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles: “… una época en la que estar vivo no gozaba de mucha popularidad”, afirma refiriéndose a los desmanes cometidos por los nazis. Y en eso estamos, como decía el otro, “ayunos de toda cordura”.

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