El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: julio, 2016

ECLESIASTÉS

Una frase muy repetida del Eclesiastés, I, 15, afirma que Stultorum infinitus est numerus, que bien podría enlazarse con la que siglos después urdió Einstein: Sólo tengo la seguridad de dos cosas: la infinitud del universo y la estupidez humana. A la vista de las actuales circunstancias uno debe admitir la certeza de ambos enunciados, tanto local como globalmente. Basta con encender la televisión y darse una vuelta en el vuelo del mando a distancia y encontrarse con declaraciones de políticos, aberraciones de los programas del corazón, producciones de José Luis Moreno con el viejo sabor caduco de una España en blanco y negro, el humor más chabacano, la proliferación de misas dominicales, famélicas exhibiciones de cocineros que crecen como setas, tipos que berrean una música insoportable, programas que se dedican a seguir el día a día de los seres más vulgares, tertulianos que defienden sus opciones políticas a base de vejaciones contra el que discrepa, chicos y chicas que se insultan y se emparejan y vuelven a insultarse y se emparejan de nuevo y después se ponen los cuernos y, por fin, se reconcilian. De ahí a inferir que el número de los estúpidos es infinito no hay más que un paso. Decía el otro que en el mundo había gente maravillosa pero que siempre nos tocaban al lado los imbéciles. Ciertamente, uno debe tener en cuenta asimismo a los honrados, a los que se entregan a los demás, a los generosos, a los honestos pero son escasos en número comparados con la fauna habitual. Y si echamos un vistazo fuera de nuestras fronteras, la cosa no mejora: Europa, Oriente, África, Asia, son ahora mismo unas geografías convulsas en las que nos matamos de forma miserable. Todos los países estamos implicados en esos turbios asuntos porque de una forma u otra, ideológicamente o con armas, suministramos a los contendientes razones y armamento para llevar a cabo tales exterminios. Siempre surge alguien que dice que la historia de la humanidad es así desde el principio, convulsa y sangrienta y que incluso en tiempos pasados hubo más enfrentamientos bélicos que en la actualidad. Ahora las armas son más sofisticadas y más precisas (eso dicen) pero pese a ello mueren civiles igual que mueren militares. Desde el remoto día en el que nací, no sé si afortunada o desafortunadamente, asistí, de forma consciente o no, a más de un centenar de confrontaciones bélicas. Ignoro si es que el número de los estúpidos se ha multiplicado o que nos hemos vueltos locos y el mundo está sometido a la vorágine de una vesania insaciable que busca enfrentamientos en nombre de religiones, fronteras, ideologías, patrias, territorios, banderas y, si todo va bien y no existen motivos de semejante calibre, por cuestiones deportivas o porque yo la tengo más larga o a mí me operaron mejor las tetas, para discernir lo cual recomiendo por enésima vez Crímenes ejemplares de Max Aub: una radiografía del podrido corazón del ser humano. En momentos así lamento la desaparición de El Caso. Y el caso ‑El Caso‑ es matar. Uno, pesimista, no ve un futuro más o menos estable para un mundo en el que se enarbola a la primera discrepancia una ametralladora, una granada, una bomba, un sable, una navaja, un insulto, una piedra, una hoz. Perfeccionamos hasta límites tan absurdos las formas de matar, el ingenio de las armas, que ya no sabemos andar por la vida sin buscar un enemigo al que hincarle el diente y si ese enemigo no existiese, nos lo inventamos. No vamos a desperdiciar un misil que nos costó tanto dinero dejándolo oxidarse en un almacén. Hemos perdido la sensatez en la misma medida en la que estamos perdiendo el planeta y, dentro de no mucho, el género humano. Tal vez ésa sea la solución. Desaparecer de una vez por todas entonando el pútrido himno nacional que las patrias, también dijo otro, son la coartada de los imbéciles, de esos necios que como bien aseguró el Eclesiastés, contabilizan un número infinito entre el que uno se encuentra aun a su pesar.

Fragmento de Nembrot

-Tardé mucho tiempo en descubrir la verdad, algo así. A un pueblo de agricultores llega un día una tal Belén y abre una mercería. Casi todos pensaron que el negocio sucumbiría ya que existía el bar-tienda de Marcelino que era como El Corte Inglés pero sin escaleras mecánicas; tenía cuanto pudiera hacer falta: sobres y sellos, bacalao, periódicos, carretes de hilo, golosinas, helados, tabaco, fruta, ropa, sedales, anzuelos, papel, bolígrafos, conservas…

-Sí, conozco esos lugares que desgraciadamente se van extinguiendo.

-Por alguna razón, sin embargo, la mercería El Encaje sobrevive, quizá porque factura lencería de más calidad que la tienda de Marcelino. Pasó el tiempo y Belén, sin llegar a integrarse plenamente en el pueblo, comienza a ser codiciada por los hombres; no era de extrañar en una aldea de mujeres precozmente envejecidas a causa del trabajo y que visten de oscuro. Por contraste, Belén les parecía hermosa a los hombres.

-Natural. Sería de estatura media, morena, formas abundantes, cabello limpio, uñas pintadas, piel transparente, manos delicadas, lenguaje casi distinguido, sombra de ojos, como hay miles en una ciudad -fantaseó Bralt-. Fauna común. Pasan inadvertidas en la calle pero se creen princesas al descender a las cloacas, comparación que matizo con todos los respetos por tu cuna. Por la cuna que te parió, digo.

-Algo tramaba mi padre porque en cuanto las faenas del campo le concedían un respiro, en vez de irse a jugar la partida, se dirigía a El Encaje y charlaba con Belén. Regresaba a casa para regalarle a mi madre costosas prendas íntimas -¿bragas, quieres decir?, preguntó Bralt- que ella rehusaba poner. Así que cada noche mi padre volvía más tarde con el obsequio y el olor de otra mujer -¿Cómo se puede querer dos mujeres a la vez y no estar loco?, indagamos Machín y yo‑. Supongo que arreciaron las murmuraciones en el pueblo y harta del doble juego del marido, mi madre le propuso un día: o ella o yo. Ella consistía en el cuerpo de Belén, cierto solapado proxenetismo, quizá la esperanza de un negocio común; yo era una mujer avejentada, un hijo de corta edad, la tiranía de los trabajos agrícolas, el sudor. Como si le hubiera dado a elegir entre el cielo y el infierno.

-Y tu padre escogió el cielo.

-Abnegadamente, como un santo.

Algunos clientes abandonaron el bar. Osozvi permaneció en una esquina mirando la botella mediada con la misma atención con la que Carlo Argentino debió contemplar otrora el aleph: vale decir, viendo en el líquido su remota infancia, una ciudad desconocida, el final de las cuevas do rei Cintolo, un río subterráneo, el cuadro que pintó mañana, una mujer corriendo bajo un alud de granizo, la mano de Cunqueiro escribiendo en la eternidad, un corzo saltando en Fraga Vella, un baile de los años 50 en el barrio de san Lázaro, un sacrificio en honor de los dioses en Pena do Unto, un grupo de bretones que se asientan en el siglo VI, Beatriz de Suabia y Fernando III girando visita en 1232,  el incendio que devastará Mondoñedo en 1424, su diestra temblorosa rasgando un autorretrato que le provoca una cicatriz en la mejilla.

-Recogió algunas de sus pertenencias y se marchó. Los urbanos tardamos horas en preparar una maleta cargada de objetos superfluos.

-Por ejemplo, una Enciclopedia Médica y un fonendoscopio -dijo Bralt.

-Los habitantes del campo sólo requieren lo indispensable; en diez minutos estiban el equipaje para emigrar a Venezuela: ropa, una botella de aguardiente y una estampa del santo tutelar. Mi padre se acogió a la tutela de Belén, en el mismo edificio de la mercería. El pueblo reaccionó unánimemente contra los adúlteros. La mujer perdió a sus clientes y mi padre a sus amigos. Prácticamente no salían de la casa más que para comprar; hubo alguna disputa porque Marcelino intentó negarse a vender pero papá era un hombre fuerte que recurría a la violencia cuando las palabras resultaban inútiles.

-O sea, casi siempre.

-Como El Encaje decaía, pienso que fue mi padre quien tuvo la idea del burdel.

-Y empezaron a llamarle Junta -dijo Bralt.

-No me dejas hablar -se quejó Horacio.

-Seguí, seguí. Es que la historia tal que Onetti, calcadita a Juntacadáveres, che.

Ya estaba Bralt articulando los dos términos consabidos -pensó Horacio-: literatura=argentinismo. Incurable, el pendejo.

-Conociendo que algunos hombres de la aldea, con la disculpa de comprar algo que no había en la tienda de Marcelino, lo cual poco menos que imposible, viajaban a la ciudad y se acercaban a los prostíbulos para disfrutar de hembras de largo oficio…

-Putas, como el que dice.

-… Mi padre decidió traer al pueblo un burdel. Nada aparatoso, claro, sin anuncios de neón ni flamenco adulterado. Una casa de citas de tapadillo en la trastienda de El Encaje porque intuía que de esa forma si no la mercería sí el burdel constituiría una fuente de ingresos, que la pasión por conocer a mujeres maquilladas que olieran a cualquier perfume que no fuera mosto, atraería a los maridos e hijos al local. Ignoro quién se encargó de las gestiones, supongo que Belén. El caso es que un miércoles…

-Hombre, ya tenemos el miércoles -dijo Bralt-. ¿Cómo son los miércoles?

-Los miércoles no existen -intervino el apellidado Osozvi situándose detrás de Horacio-. ¿Permiten que les acompañe? -Posó el vaso de vino en la mesa y arrastró una silla-. Los miércoles son ficticios, cenizas, el color resultante de la mezcla de dos colores primarios. Uno cree que vive en miércoles pero es falso; el miércoles consiste en un vacío que está debajo de nosotros cuando tenemos un pie en el martes y otro en el jueves. Si juntásemos los pies, adiós ‑apuntó hacia abajo con el pulgar de la mano izquierda-, desapareceríamos. Encantado de reconocerles. Soy Osozvi.

-Éste es Horacio -dijo Bralt señalando a su amigo.

-Bralt -dijo Horacio señalando al escritor.

-¿Y a qué olerían los miércoles entonces, señor Osozvi? ¿Con qué color los pintaría usted?

-Negro, negro de abismo, de ausencia. Luto por la muerte de un día. Olerían a algo repugnante, a remolacha cocida.

-Aquí mi amigo -dijo Bralt-, está contando la historia de un burdel. Carece de la dialéctica de Cunqueiro pero el argumento posee interés, escuchemos. Pero antes -dio dos palmadas y elevó la voz-: ¡Camarero, tres de licor! Diserta, Horacio.

-Un miércoles llegaron al pueblo en autobús dos chicas; mi padre las estaba esperando; cargó los bultos y los tres cruzaron la plaza entre las miradas de los curiosos. Eso era lo que quería él, que la gente los viera, que se corriera el rumor que cediera paso a la certeza, a una certeza sorprendente en aquel pueblo miserable: que Belén y Rafael Oureiro iban a instalar un prostíbulo en el culo del mundo.

-Oiga, no es que el plagio me moleste más que el olor a pies -dijo Osozvi-, pero esa historia o una muy similar yo la leí en algún libro.

-Onetti, pero qué quiere. La vida está en los libros aunque haya quien incurre en la herejía de suponer lo contrario -Bralt.

-Algo barruntaba -dijo Osozvi-. Permítanme proponer mi tesis acerca de Mondoñedo; no la divulguen, por favor. Mondoñedo, como los miércoles, no existe. Es una invención de Cunqueiro, sus habitantes son personajes de ficción. Formulada de otro modo: Álvaro Cunqueiro escribe e inventa un mundo al que llama Mondoñedo y nombra sus alrededores, sus calles, sus plazas. Nombra, y al nombrar crea, el asilo de san Miguel, os Castelos, Furado dos Cas, Masma, Tronceda, Valiñadares, Montedarca, la Malataría, rúa Pardo de Cela, en fin, arbitra una toponimia. ¿Qué hace a continuación? Lo que hizo Dios: poblar de personajes ese espacio narrativo. El ejemplo clásico es Manuel Montero, el Mago Merlín. ¿Lo conocen? ¿No? Después iremos a visitarlo. Yo mismo soy un personaje de Cunqueiro. Como la catedral. O como ustedes dos.

-Pues a mí me parece que yo existo, que Mondoñedo existe. Que este licor café y -Horacio miró por la ventana- la lluvia que caía hace unos minutos era real. ¿No habrá abusado usted del alcohol?

-El alcohol abusa de mí. No sea incrédulo. Claro que nosotros tres y Mondoñedo existimos. Pero existimos aquí y ahora. ¿Por qué? Porque en algún lugar de este mundo que dicen redondo, aunque yo lo intuyo poliédrico, hay una, dos, cien o mil personas que están leyendo algún libro de Álvaro, ¿entienden? El día en que en todas las caras del planeta no haya ningún lector de Cunqueiro, Mondoñedo y sus habitantes desaparecerán, se esfumarán, humo que el viento dispersa. No quedará ni un edificio ni una persona ni una maldita tarta. Ningún rastro permitirá deducir que aquí se asentó Mondoñedo. Claro que -dijo Osozvi apoyándose en el respaldo‑ resulta poco menos que imposible que no haya nadie que lea a Cunqueiro, que no recuerde un poema suyo. Confío en que siempre exista un lector que nos exima del no ser, de la nada. Por si acaso, yo todas las mañanas releo un capítulo de sus obras. Y se confirma mi teoría cuando se celebran cursos, aniversarios, homenajes, simposios acerca de Cunqueiro: el pueblo cobra vida. Pero cuando se lee poco, como hoy, Mondoñedo se difumina en la niebla, en un tris de desaparecer. Tengo un amigo mindoniense afincado en Oviedo al que le causó tal estupor mi teoría que escribe un artículo diario citando a Álvaro Cunqueiro para que esta ciudad perviva. Por eso a los viajeros a veces les resulta dificultoso dar con este sitio: coincide con instantes en que apenas uno o dos ángeles salvadores investigan las páginas del escritor. La verdad, señores, es que corremos un inminente peligro de extinción. Yo ando con un folio mecanografiado con unas líneas de don Álvaro en el bolsillo y si presiento que Mondoñedo está desdibujándose, desapareciendo, lo saco y lo leo una y otra vez hasta que consolido sus contornos. No pocas veces fui el justo por el que esa ciudad se salvó.