ECLESIASTÉS

por Chesi

Una frase muy repetida del Eclesiastés, I, 15, afirma que Stultorum infinitus est numerus, que bien podría enlazarse con la que siglos después urdió Einstein: Sólo tengo la seguridad de dos cosas: la infinitud del universo y la estupidez humana. A la vista de las actuales circunstancias uno debe admitir la certeza de ambos enunciados, tanto local como globalmente. Basta con encender la televisión y darse una vuelta en el vuelo del mando a distancia y encontrarse con declaraciones de políticos, aberraciones de los programas del corazón, producciones de José Luis Moreno con el viejo sabor caduco de una España en blanco y negro, el humor más chabacano, la proliferación de misas dominicales, famélicas exhibiciones de cocineros que crecen como setas, tipos que berrean una música insoportable, programas que se dedican a seguir el día a día de los seres más vulgares, tertulianos que defienden sus opciones políticas a base de vejaciones contra el que discrepa, chicos y chicas que se insultan y se emparejan y vuelven a insultarse y se emparejan de nuevo y después se ponen los cuernos y, por fin, se reconcilian. De ahí a inferir que el número de los estúpidos es infinito no hay más que un paso. Decía el otro que en el mundo había gente maravillosa pero que siempre nos tocaban al lado los imbéciles. Ciertamente, uno debe tener en cuenta asimismo a los honrados, a los que se entregan a los demás, a los generosos, a los honestos pero son escasos en número comparados con la fauna habitual. Y si echamos un vistazo fuera de nuestras fronteras, la cosa no mejora: Europa, Oriente, África, Asia, son ahora mismo unas geografías convulsas en las que nos matamos de forma miserable. Todos los países estamos implicados en esos turbios asuntos porque de una forma u otra, ideológicamente o con armas, suministramos a los contendientes razones y armamento para llevar a cabo tales exterminios. Siempre surge alguien que dice que la historia de la humanidad es así desde el principio, convulsa y sangrienta y que incluso en tiempos pasados hubo más enfrentamientos bélicos que en la actualidad. Ahora las armas son más sofisticadas y más precisas (eso dicen) pero pese a ello mueren civiles igual que mueren militares. Desde el remoto día en el que nací, no sé si afortunada o desafortunadamente, asistí, de forma consciente o no, a más de un centenar de confrontaciones bélicas. Ignoro si es que el número de los estúpidos se ha multiplicado o que nos hemos vueltos locos y el mundo está sometido a la vorágine de una vesania insaciable que busca enfrentamientos en nombre de religiones, fronteras, ideologías, patrias, territorios, banderas y, si todo va bien y no existen motivos de semejante calibre, por cuestiones deportivas o porque yo la tengo más larga o a mí me operaron mejor las tetas, para discernir lo cual recomiendo por enésima vez Crímenes ejemplares de Max Aub: una radiografía del podrido corazón del ser humano. En momentos así lamento la desaparición de El Caso. Y el caso ‑El Caso‑ es matar. Uno, pesimista, no ve un futuro más o menos estable para un mundo en el que se enarbola a la primera discrepancia una ametralladora, una granada, una bomba, un sable, una navaja, un insulto, una piedra, una hoz. Perfeccionamos hasta límites tan absurdos las formas de matar, el ingenio de las armas, que ya no sabemos andar por la vida sin buscar un enemigo al que hincarle el diente y si ese enemigo no existiese, nos lo inventamos. No vamos a desperdiciar un misil que nos costó tanto dinero dejándolo oxidarse en un almacén. Hemos perdido la sensatez en la misma medida en la que estamos perdiendo el planeta y, dentro de no mucho, el género humano. Tal vez ésa sea la solución. Desaparecer de una vez por todas entonando el pútrido himno nacional que las patrias, también dijo otro, son la coartada de los imbéciles, de esos necios que como bien aseguró el Eclesiastés, contabilizan un número infinito entre el que uno se encuentra aun a su pesar.

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