ESQUELAS

por Chesi

Hace años escribí un largo artículo, más bien un ensayo, titulado “Epitafios”, en el que recogía algunas inscripciones de lápidas funerarias que albergaban textos que iban desde lo trágico hasta lo divertido, si es que la muerte contiene alguna dosis de humor. En el ensayo (suena demasiado solemne) me hacía eco de esas leyendas en tumbas de Galicia sobre todo, de algunas de los cementerios de París y lamenté, tiempo después de haberlo escrito, no poder actualizarlo con las de otros cementerios de otros lugares, ya que el transcurrir de una existencia nos suele obligar a acudir a cementerios con más asiduidad de la deseable. El funerario es probablemente un subgénero de la literatura y tiene la contundencia de eso que ahora se denomina microrrelato: como un refrán o un apotegma se graba en nuestra memoria. Algunas eran inscripciones barrocas (la de Ben‑Cho-Shey, en el cementerio de San Francisco, de Ourense) y otras lacónicas y certeras, como el “Pobre Asunción”, en ese mismo cementerio, que recogía en dos palabras la trágica muerte de una muchacha a manos de un amante despechado a finales del siglo XIX. Me atraen igualmente los textos que se insertan en las esquelas, desde el preliminar casi siempre inevitable (Rogad a Dios en caridad…) a lo que sigue habitualmente (… con la Bendición Apostólica de Su Santidad, -un beneficio que no sé bien de dónde procede ni la eficacia que pueda tener en el más allá).  La sección ya no es tan abundante como antaño y salvo los locales, los periódicos apenas reflejan el fallecimiento de escasos difuntos y, actualmente, suelen derivar hacia una prosa laica, sin anotaciones que aludan a la religión, y tendente a reproducir algún verso más o menos conocido. Uno de los epitafios más hermosos que existen, a mi entender, no figura en tumba alguna y pertenece a un cuartero que escribió Antonio Machado cuando murió su joven esposa Leonor: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.  [Ahora que España se divide en dos bandos (perdón: ahora que España sigue dividida en dos bandos, derecha e izquierda, monárquicos y republicanos) no estaría mal volver la vista atrás y descubrir cómo republicanos de antaño, exiliados, lejos de su país, insertaban el nombre de Dios en sus escritos (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez) para que dejen de creer algunos que un republicano es un señor dispuesto a decapitar a un rey, quemar una iglesia y fusilar a un cura. Y si se tercia, violar a una monja, ya puestos…] Retomemos el propósito inicial de este artículo y regresemos hacia las esquelas. Expurgué de un periódico las siguientes muestras que hacen referencia al oficio que tuvo en vida el fallecido: Arquitecto técnico, Farmacéutico, Jubilado de Citroën, Jubilado portuario, Jubilado del taxi. Con el absoluto respeto que me merecen los muertos (casi todos los muertos) no entiendo para qué sirve la aclaración del oficio o del trabajo que ejerció en vida el difunto ya que me parece una referencia vaga, casi una indiscreción o un alarde. Sin embargo, sí que me parecen efectivos los apodos ya que muchas veces por medio de ellos localizamos a una persona. Veamos una gavilla de ejemplos escogidos del mismo periódico: Pepa de Cabo de Vila, Segundo O Sono, Lola As Caseiras, Chicha Chiripa, María de Amadora o esta otra, sencillamente grandiosa: Lolita Pandelo, viuda de Fai Bistés (huelga decir que esta mujer no se llamaba Dolores). Porque con frecuencia, sobre todo en el medio rural, lo que le otorga personalidad o categoría a alguien, más que su nombre, es el mote por el que se conoce a la familia, como es el caso de Os Demiños, como se denominaba a una estirpe de hombres revoltosos allá por las tierras de Valdeorras, concretamente en A Rúa (tíos de un servidor, por cierto). En sociedades pequeñas sí que el oficio determinaba o perfilaba más agudamente la personalidad del muerto: herrero, carpintero, enterrador, sacristán; pero en medios urbanos, con cientos de miles de habitantes, parece superfluo añadir al nombre del muerto el título, por ejemplo, Director de banco o Teniente coronel o Exconcejal de cultura. En la sociedad rural los nombres realmente podían carecer de importancia y lo que consolidaba la esencia del muerto solía ser el mote, el apodo, el sobrenombre, puesto que solía pertenecer a los clanes familiares y así se integraba al fallecido en la estirpe adecuada, sin posibilidad de error, ya que no era insólito que dos personas tuviesen el mismo nombre y el mismo apellido. A fin de cuentas, el nombre poseía una raíz estrictamente religiosa y venía impuesto acaso por la festividad en la que había nacido la persona o por tradición familiar, pero el apodo se lo había ganado a pulso, dedicándose a un trabajo, a un oficio o por alguna característica física: El Cojo, Amoiputa, El Rubio, A Conecha, Facas, Pallón, O Trolas, Cacholas. Esos apodos establecían la personalidad del muerto y le daban la exacta ascendencia que le correspondía, bien porque provenía de una determinada familia (Os Demiños), bien por las labores a las que había dedicado su vida (O Capador, O Barbeiro). Por todo ello, aunque sea cruzando los dedos índice y medio de cada mano, cuando abro un periódico, después de las secciones de deportes y cultura, me voy a las esquelas y me fijo siempre en lo que pone en negrita o entre comillas debajo del nombre del muerto: me admira ese subgénero literario, lacónico, conciso pero que detalla una vida de manera exacta, podríamos decir lapidaria, para no caer en innoble tremendismo. Y les juro que resulta mucho más entretenido que la sección de política, por ejemplo.

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