El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: octubre, 2016

NIÑO CON BALÓN

El lunes, tres de octubre del año del Señor de dos mil y dieciséis, a las dieciocho horas y trece minutos de la tarde, tuve una visión. Es cierto que hay categorías y categorías de visiones: a algunos se les aparecen sus antepasados muertos y corren a encender una vela o entran en un bar para exorcizar el encuentro y le piden una copa al camarero; a otros, algún santo y deciden hacer una colecta para erigir una capilla; y al de más allá lo asalta una alucinación llegada del espacio y lo cuenta en Cuarto Milenio. A Cunqueiro y a Rulfo se les aparecían los muertos y escribían, nada mal, por cierto. A mí se me apareció mi infancia o los restos de una infancia que creía demolida al ver a esa hora, sin trampantojos de por medio y en un estado de sobriedad lamentable, con un cielo azul otoñal digno de una estrofa de Juan Ramón (“Dios está azul…”) a un muchacho de unos trece años que llevaba bajo el brazo izquierdo un balón de fútbol y en la mano derecha empuñaba un bocadillo de Nocilla. Así, como recién salido de un NODO triunfante y encomiástico, una de aquellas grabaciones en blanco y negro que siempre protagonizaba un tipo poco agraciado que embocaba bolas de golf en los hoyos de La Zapateira, pescaba atunes como cachalotes en las costas del Cantábrico, inauguraba centrales hidroeléctricas, recibía a embajadores plenipotenciarios que suena muy engolado o entregaba copas de fútbol que llevaban el nombre de su graduación apoteósica: generalísimo. Tengo para mí que el aumentativo era una forma de añadir dos palmos a su estatura de prócer menguado, como menguados fueron, eso dicen, Napoleón y Alejandro Magno. Y Torrebruno. Acostumbrado a que los deportes, en general, hayan desertado de los espacios públicos, de los parques, de los patios interiores, de las plazas, de las calles por las que apenas transitaba algún vehículo perezoso, los carros de las lecheras y los carritos de los vendedores de golosinas, reencontrarme con la antigua iconografía encarnada en un mozalbete, fue como retroceder medio siglo, a una ciudad pequeña, casi familiar, en la que la libertad consistía en establecer una portería de fútbol entre dos piedras o dos prendas de ropa, y dar rienda suelta a la furia de las patadas sin árbitros ni reglas más que las que inventábamos. Tres córners seguidos son penalti. Allí estaba otra vez el Ourense de los viejos tiempos (no mejores, sin duda); la ciudad era entonces, en efecto, más chica y había menos habitantes pero uno buscaba espacios y los encontraba: donde necesitase esparcimiento, desde el Montealegre a Las Lagunas, sin edificar, desde el puente Viejo (que no Romano, en nuestra jerga) hasta el jardín del Posío. De alguna forma, aunque más pequeña, era, a la vez, más grande. Uno corría detrás de un balón y se detenía para darle un mordisco al bocadillo de queso con membrillo, para beber en la fuente o para mear contra el tronco de un árbol y volvía a la faena. Hoy existen espacios acotados para el deporte, en las canchas de los colegios y los institutos, en los pabellones deportivos, pero ya no esos ámbitos que se asaltaban con un balón (reglamentario, decíamos) de fútbol y de los que los viejos huían para no ser descalabrados por un punterazo o punteirazo del Pirri de turno. No regateábamos: caneábamos. Si el énfasis deportivo rozaba la delincuencia, aparecía un guardia que se apropiaba del balón, lo colocaba contra el costado, en el rombo que el brazo formaba con la cadera, y se acababa el partido… hasta que el más osado iba por detrás, de un puñetazo hacía saltar el balón y huíamos todos a jugar a otro sitio. Claro que no había terrazas con pantallas de televisión, ni estructuras con publicidad, ni obstáculos que restringieran un ápice de la libertad en la que nos movíamos, esquivando todos los peligros que nos anunciaban en casa, desde una apendicitis por comer cáscaras de pipas hasta morir atragantados por un chicle que le comprábamos al Espinita que, como todo el mundo sabía, é pequeno pero xa pica. Así que ver ese lunes al chavalote con el balón y el bocadillo (al que dijese entonces bocata le partiríamos la cara a tortas) fue como remontar la corriente de un río imposible e instalarme, cómodamente, a la sombra de un árbol en el parque de San Lázaro y esperar a que llegasen los de la pandilla para sortear los equipos y empezar un partido de fútbol que hoy sólo puede tener lugar en la tierra húmeda de la memoria. Muchos de los jugadores de entonces están ya en otro sitio.

Anuncios

EL HAMBRE

Termino de leer El hambre (Martín Caparrós, Ed. Anagrama), más de 600 páginas que diseccionan la geografía de ese mal que mata a una persona cada cinco segundos en el mundo; es decir, mientras usted leyó las dos líneas precedentes, habrán muerto dos o tres o cuatro personas. Si es tartamudo, doce. Pero Caparrós no sólo dibuja la geografía del hambre sino sus orígenes, sus consecuencias y, singularmente, los indecentes manejos de grandes compañías, de multinacionales, de grupos políticos, de sesudos científicos y de todo tipo de autoridades para que el hambre se perpetúe, se convierta en algo crónico sólo paliado por la limosna de las ONG que con denodado esfuerzo se enfrentan a una plaga programada de forma inmisericorde desde eso que se llama “altas instancias” o “altas esferas”, y que es el anonimato en el que se escudan los cabrones que se empeñan en que el hambre exista, se extienda y se reproduzca. Como resumir el libro de Martín Caparrós, que además es novelista y se maneja a lo largo del texto con un estilo solvente y ameno, no es asunto de este artículo, me limitaré a recomendarlo, advirtiendo al posible lector de que el bajón posterior es inevitable y, con él, el deseo de apuntarse a alguna organización que trabaje a favor de los miles de millones de personas (sic) que pasan hambre (cosa que no haré jamás, lo reconozco) o de comprar un arma en el mercado negro y empezar a disparar contra alguno de los culpables más evidentes (eso lo estoy analizando) aunque a la larga los culpables seamos, en mayor o menor medida, todos o casi todos. Nada pude subrayar del libro; esa costumbre que tengo resultó inútil: tendría que hacerlo desde la primera a la última línea. Si los entresijos del mundo (empresarial y político) son como Caparrós apunta (y no me cabe la menor duda) estamos educando (o ya educamos, como nos educaron a la mayoría de nosotros) a nuestros descendientes en unos valores que hoy no existen, o, mejor dicho, que carecen de prestigio, de relevancia.  Todo aquello en lo que creímos (la decencia, la honradez, el respeto, la sensibilidad, la cultura, la compasión por los desfavorecidos, la tolerancia, la honestidad) y que transmitimos a nuestros hijos, no sólo no les va a servir de nada en este mundo plagado de mastuerzos cabrones, sino que les va a resultar contraproducente; entendámonos: son principios que en el ámbito individual les proporcionarán cierta paz, la sensación de no ser malas personas, pero cuando salgan ahí fuera, cuando se enfrenten a un mundo en el que impera el egoísmo, la criminalidad, la violencia y todos los horrores que pone de manifiesto El hambre, no les van a servir para esquivar el tremendo castañazo que se llevarán inevitablemente, quizá porque son principios que funcionaban en un mundo que tampoco existe. Por supuesto que no me arrepiento de haber recibido de mis padres esos valores ni de moverme entre personas que los comparten, ni me arrepiento de haber tratado de inducirlos en mis hijas; pero cuando uno se asoma a ese exterior hostil donde siempre hay alguien dispuesto a acuchillarte por la espalda por una miseria, uno tiene la tentación de pensar si no sería mejor, desde el punto de vista de una sociedad miserable y enferma, haberles advertido de que sí, uno sigue creyendo en esos valores, que incluso fomentarlos en casa está bien, es lo correcto, lo adecuado, lo noble, pero que en cuanto pongan un pie en la acera, que se olviden de ellos y sean feroces, intransigentes, sin escrúpulos, porque el escenario en el que ingresan es un escenario de víboras y mejor que encerrarse a leer o escuchar música, que vayan a un gimnasio a aprender artes marciales o se enrolen en una banda o se hagan expertos en el uso de armas de fuego. Bueno, y el pádel o el golf para los ratitos de ocio, después de la ducha para borrar las huellas de sangre. Realmente la resaca que deja la lectura del libro de Martín Caparrós no está compuesta de felicidad; pero siempre sospeché que tal como él lo describe, así es el mundo, así lo hicimos: una atroz injusticia por mucho que haya gente, numerosísimas personas, implicadas en tratar de transformarlo en algo más llevadero, más amable, que uno está en él para ser feliz y no, entre otras cosas, para pasar hambre. Un ensayo, en definitiva, que te deprime y te irrita a partes iguales, que te empuja a hacerte un agujerito con pólvora en la sien o a rebanar el gaznate de unos cuantos miserables. Y, pese a ambas opciones, el hambre seguiría existiendo porque así lo desean esos locos en cuyas sucias manos mezquinas está el mundo y su impredecible (y me temo: negro) futuro.