UN PASTICHE

por Chesi

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que esparce minúsculas gotitas de agua. Las gafas le cuelgan del cuello y a veces detiene su quehacer, mira a su alrededor con ojos ensimismados y fuma un cigarrillo que deja en el cenicero o se acaricia el desorden de la barba. Tiene el pelo largo y aspecto de extranjero, como un gigante que llegara de repente y sin saber cómo a un país de enanos ignorando su idioma y sus costumbres, como un personaje de Swift. Esporádicamente, con lentitud, bebe una cerveza y después retoma la rutina de escribir a bolígrafo en una libreta de espiral de tapa roja. “Hubo un tiempo en que a lo mejor veía duro, tal vez porque todavía era capaz de mirar, y el que mira ve dos veces, ve lo que está viendo y además es lo que está viendo o por lo menos podría serlo o querría serlo o querría no serlo, todas ellas maneras sumamente filosóficas y existenciales de situarse y de situar el mundo.” El sujeto enorme acaba de redactar esa frase de un tirón, sin levantar la vista del papel; le da un sorbo a la cerveza, coge el cigarrillo y observa a un hombre que camina lentamente por la acera: su aspecto le resulta familiar, algo insólito (si lo insólito no es lo habitual que no queremos comprender) para un gigante extranjero que acaba de ingresar en un país de enanos. El tipo grande contempla los círculos que la espuma deja en el vaso y apaga el cigarrillo; luego escribe. “Pero ese sujeto un día hacia los veinte años empezó a no mirar más, porque en realidad tenía la piel suavecita y las últimas veces que había querido mirar de frente el mundo, la visión le había tajeado la piel en dos o tres sitios y naturalmente…” y suspende la escritura para observar al hombre otra vez, observar su espalda ya lejana y corroborar o revocar la sensación de familiaridad imposible que creyó descubrir, para lo cual se coloca las gafas que cuelgan del cuello con un cordoncito, se pasa una mano por el cabello abundante, suelta las gafas cuando el paseante dobla la esquina y bebe un trago de cerveza. Enciende otro cigarrillo, gira el rostro para que el polvo de agua lo refresque y reinicia la tarea. “…entonces una mañana empezó solamente a ver, cuidadosamente a nada más que ver, y por supuesto desde entonces todo lo que veía lo veía blando, lo ablandaba con solo verlo, y él estaba contento porque no le gustaban de ninguna manera las cosas duras” y cesa su actividad porque en la acera de enfrente, la que rodea el perímetro del parque, acaba de instalar su tinglado un individuo manco y barbudo, un cronopio, sin duda, y el grandón, divertido y con algo de asombro porque barrunta un espectáculo único y él adora los espectáculos únicos, tan poco frecuentes, cierra la libreta, encaja el bolígrafo en la espiral y mira cómo el manco empieza a tocar el teclado con la mano superviviente y al escuchar los compases iniciales el gigante casi estornuda de gozo porque reconoce de inmediato la melodía de Bye Bye Blackbird, de Dixon y Henderson, que se sabe de memoria porque docenas de veces se la escuchó tocar al glorioso Miles Davis, como si el manco supiese que un gigante ultramarino acaba de llegar al país de los enanos y hubiera que agasajarlo como corresponde e incurre en el jazz que es la verdadera patria del coloso y acerca del cual éste garabateó centenares (o menos) de páginas y el grandullón, mientras escucha, le señala el vaso vacío al camarero que experto en lenguaje de signos y en veleidades espiritosas, tarda lo mismo en satisfacerlo que Usain Bolt en recorrer los doscientos metros lisos por lo cual el grandote deduce que la cerveza no ha sido tirada ritualmente pero qué más da cuando un manco ejecuta, casi literalmente, a Miles Davis, ayudándose, en vacíos interludios improvisados a base de silencios que no figuran en pentagrama alguno, de la impagable cooperación alcohólica que le proporciona una botella de pitarra, a resultas de lo cual, una vez fallecido Davis, se abre una breve eternidad de suspense que provoca un aplauso mayoritario y casi unánime, un claclaclá que espanta a las palomas cojoneras y alborota el polvo de agua en el que, quépena, no se refleja el arcoíris. El gigantón aplaude fervoroso y sonriente recuerda a las muchedumbres fervorosas y sonrientes que aplaudían en las veladas del Luna Park y comprende o más bien se ratifica en la idea de que no existe el azar y quién lo iba a decir, cuando salió de su piso parisino para buscar al gato que huyó por las escaleras, que tras la pista del felino iba a recorrer sin darse cuenta kilómetros y kilómetros para llegar a un parque de una ciudad desconocida donde un músico manco está tocando, calamitosamente pero no importa, una pieza para piano de Erik Satie, reconoce, pese a su torpe ejecución, Première pensée rose‑croix, interrumpida, dita sea, de forma grosera y dictatorial por dos miembros de la policía, más que probables famas, que invitan al artista a recoger sus pertenencias, apilarlas en el modesto carro en el que las transporta (porque la música ambulante no genera fortunas exageradas que permitan la adquisición de medios de transporte más lujosos como una limusina, sino que obliga al intérprete a gambetear la pobreza en carros con ejes desengrasaos), y acompañarlos a comisaría en medio de las protestas del público defraudado que silba e insulta a la autoridad competente o incompetente, a saber, cabrones, hijosputa y todas esas zalamerías. El gigante, amilanado por sentirse extranjero en un país de enanos, por una vez no toma partido a favor de la víctima atropellada, bebe despacio la cerveza, abre la libreta de espiral de tapa roja y sigue a lo suyo. “¿Qué hacer con mi amigo? Nada, claro. En todo caso verlo pero nunca mirarlo; ¿cómo, pregunto, podríamos mirarlo sin la más leve amenaza de disolución? El que solamente ve, solamente ha de ser visto; moraleja melancólica y prudente que va, me temo, más allá de las leyes de la óptica.”

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que disemina minúsculas gotitas de agua, un polvillo casi invisible en la tarde que se está poniendo y cuando decline definitivamente, piensa el grandote parafraseando a Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor y como el examinador no otorgue un aprobado general, nos vemos en septiembre, cavila el gigante que recoge sus enseres, se pone las gafas, yergue su inmensa estatura y camina decidido sin saber a dónde, que es la forma más segura de caminar, mientras especula con la posibilidad de escribir un cuento acerca de un boludo y cronopio pianista manco no bien encuentre el camino de regreso para volver a París que ya va a ser hora de su cita con la Maga en Pont des Arts.

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