El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: febrero, 2017

LA CENIZA DE UN CIGARRILLO

El 28 de febrero se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de Ana María Moix. Alguien dijo de ella lo siguiente: “Se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó” y, efectivamente, se mantenía siempre en un segundo plano, en una penumbra buscada a propósito, como si no encontrase su sitio en el mundo literario y decidiera, quizá a su pesar, ser la hermana de Terenci, pese a que Castellet la incluyó en su selección de novísimos cuando ella contaba alrededor de veinte años y empezaban a circular sus primeros libros, las novelas Julia y Walter ¿por qué te fuiste? y los poemas de Baladas del dulce Jim y No time for flowers y otras historias entre otros, además de su labor como traductora. En muchos de sus escritos, parece limitarse a levantar acta notarial de lo que opinaban y sentían y vivían sus compañeros de generación, rehuyendo el protagonismo: fue más una escritora de tercera persona que de primera persona, como si considerara más importantes a los que la rodeaban que a ella misma. Es decir, aquella chica tímida fervorosamente aferrada a un cigarrillo, disponía de sólidos cimientos literarios para construirse un personaje o una imagen que seguramente le repugnaban. En el mundo editorial barcelonés de entonces, ser joven (como ser de izquierdas) era un valor que se le añadía al talento (si además eras sudamericano, la puerta estaba definitivamente abierta) y no resultaba infrecuente que veinteañeros decididos aparecieran en los catálogos de unas espléndidas editoriales que nos suministraron buena parte de la mejor literatura que había en el mercado. Pero, excepto para un círculo más o menos restringido de lectores, Ana María Moix desaparece (más bien se refugia) en un suave anonimato. ¿Qué fue de ella, de esa mujer menuda y tierna, desde su irrupción fulgurante en el mundo literario hasta que años más tarde nos entrega obras de madurez como Manifiesto personal, qué fue de aquella chica que a principios de los años setenta entrevista a prácticamente todos los grandes del boom en el formidable 24×24 hasta que, una vez muerta, la editorial Laetoli publica Semblanzas e impertinencias, que recoge los artículos escritos por Moix desde el año 73? No es difícil imaginarla paseando por Barcelona, charlando con sus amigas Colita o Esther Tusquets, intercambiando silencios y agudezas con Carlos Barral, bebiendo una copa en Bocaccio con Beatriz de Moura, Gabriel Ferrater, Marsé y Gil de Biedma, posiblemente escuchando sin más, mientras enciende otro cigarrillo y a veces se olvida de que lo tiene entre los dedos y la ceniza se le cae en la chaqueta como un verso feliz; después plasmará en el papel los recuerdos y las nostalgias de una Barcelona que paulatinamente iba desapareciendo. Repasando sus artículos, se detecta la enorme curiosidad que sentía por cualquier disciplina y sus inteligentes (a veces sorprendentes e irónicos) comentarios en torno a la música, el cine, la literatura, la sexualidad, la política, el feminismo, la educación y que nos dan una idea de la inquietud intelectual de Ana María Moix, que parecía asistir al espectáculo, no sólo de la literatura, sino del mundo, con un distanciamiento que mucho tenía que ver con el escepticismo y la buena educación, siendo afectuosa en los halagos y educada en las descalificaciones. Es difícil imaginarla alzando la voz a la hora de hablar como es imposible que se enfangue en sectarismos en sus artículos, aun cuando sea acerca de asuntos que la asquean o la avergüenzan. Durante los breves años que estuvo al frente de Bruguera fue de una generosidad que ya no se estila, editando a escritores que se atenían rigurosamente a la calidad del texto y apostando por la dignidad literaria, en contra de superventas facilones y atosigantes. No cuesta demasiado verla en su piso, desmenuzando un inédito que le acaba de llegar, encendiendo otro cigarrillo más, leyendo minuciosamente ese texto mientras suena alguna música en el salón: y la ceniza del cigarrillo cae sobre una línea de ese escrito (Nunca podré olvidar el olor a cucaracha) que ella retira delicadamente con el dorso de la mano, la misma delicadeza que exhibía en el trato con la gente o en la levedad de sus versos, la muerte llora en las esquinas vestida de hojalata. Quizá ni ella desease que ahora, a destiempo, se recupere su memoria, la de alguien que valoraba la amistad por encima de todo y que aspiraba a un mundo, como se deduce de su Manifiesto personal, que no llegaría a ver, que acaso no lleguemos a ver nunca, ese mundo donde imperen la justicia, la libertad, la igualdad, la generosidad y otras virtudes que hoy son mercancía miserable de almoneda porque pierde prestigio la honestidad y cotizan al alza los que antes eran pecados capitales, un mundo que, acaso más que no llegar nunca, ya había declinado. El último día de febrero se cumple el tercer aniversario de una persona de las que hacen más cómoda la existencia de quienes están a su alrededor, que atiende con paciencia infinita a quienes la reclaman, que escucha con interés cualquier fruslería que alguien le cuenta mientras efectúa ese gesto displicente de limpiarse la ceniza del cigarrillo que ha vuelto a caer en su chaqueta.

DICCIONARIOS

Ahora que parece que las discusiones acerca de las ventajas del libro de papel sobre el electrónico, o viceversa, ya no se enconan como hace años, cuando muchos proclamaron la desaparición de los primeros y la prevalencia de los segundos, y mientras aguardamos ese futuro más o menos apocalíptico sentados en el velador de un bar leyendo un periódico que huele a tinta, se puede pensar en que sí hay una cuestión en la que el papel es infinitamente superior al libro electrónico: los diccionarios. Es cierto que cualquier persona conectada a un dispositivo electrónico tiene a su alcance el diccionario de la DRAE (aparte de otros muchos, por ejemplo, de idiomas) y que resulta una ayuda inestimable para quienes viajan y no pueden desplazarse con un tocho de semejante enjundia; e incluso estando en casa y ejerciendo una labor sedentaria como la lectura, tener abierto un diccionario electrónico proporciona rapidez y eficacia, además de comodidad, porque uno no se ve obligado a echar mano del diccionario de papel, perder el tiempo buscando la palabra que necesitamos y regresar a la lectura. Pero el intríngulis (palabra fea donde las haya) de lo hasta ahora expuesto estriba en la locución “perder el tiempo” que colé antes de matute. Porque cuando uno investiga un diccionario electrónico, en la casilla correspondiente escribe la palabra que necesita, por ejemplo, presbiterio, y descubre lo siguiente: (Del lat. presbyterĭum, y este del gr. πρεσβυτέριον). 1. m. Área del altar mayor hasta el pie de las gradas por donde se sube a él, que regularmente suele estar cercada con una reja o barandilla. 2. m. Reunión de los presbíteros con el obispo. Y regresa a su ocupación lectora. Sin embargo, si usted está tranquilamente leyendo (en papel o en formato digital) un libro y se encuentra con una palabra que no entiende, por ejemplo, coñazo, si es que hay alguien que ignore lo que significa, y ojea un diccionario convencional, hallará los siguientes resultados: 1. m. coloq. Persona o cosa latosa, insoportable. 2. m. vulg. Ven. Golpe fuerte. Pero ahora, con el diccionario de papel, tiene usted la oportunidad de perderse en el significado de otras palabras que atraigan su atención en tanto que en el digital uno busca la palabra exacta, la que necesita, y no sigue hurgando en otras colindantes que reclamen su significado. No resulta insólito que, con cierta frecuencia, uno hojee el diccionario persiguiendo el significado de una palabra y se sorprenda al cabo de un rato apuntando el de otras, como esos libros que uno lee y que después lo llevan a otros o como ese bar al que acudes y del que sales con la necesidad de hacer escala en el siguiente. A una de esas preguntas insólitas (seamos benévolos) que se les suelen hacer a los escritores (“¿y usted qué libro se llevaría a una isla desierta?”) creo que fue García Márquez quien respondió que un diccionario; no parece una mala elección: en un diccionario se condensa buena parte de nuestra lengua que es, en el fondo, nuestra seña de identidad. Transitar por un diccionario es como hacerlo por un país que conocemos mal y en cada recodo te encuentras con una sorpresa, con algo imprevisto, sin cartel de Finis Terrae porque las posibilidades de un idioma son ilimitadas. Y perdón por el pestiño, (del lat. pistus, majado, batido). 1. m. Fruta de sartén, hecha con porciones pequeñas de masa de harina y huevos batidos, que después de fritas en aceite se bañan con miel. 2. m. coloq. Persona o cosa pesada, latosa o aburrida. Feliz viaje por el diccionario.