LA CENIZA DE UN CIGARRILLO

por Chesi

El 28 de febrero se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de Ana María Moix. Alguien dijo de ella lo siguiente: “Se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó” y, efectivamente, se mantenía siempre en un segundo plano, en una penumbra buscada a propósito, como si no encontrase su sitio en el mundo literario y decidiera, quizá a su pesar, ser la hermana de Terenci, pese a que Castellet la incluyó en su selección de novísimos cuando ella contaba alrededor de veinte años y empezaban a circular sus primeros libros, las novelas Julia y Walter ¿por qué te fuiste? y los poemas de Baladas del dulce Jim y No time for flowers y otras historias entre otros, además de su labor como traductora. En muchos de sus escritos, parece limitarse a levantar acta notarial de lo que opinaban y sentían y vivían sus compañeros de generación, rehuyendo el protagonismo: fue más una escritora de tercera persona que de primera persona, como si considerara más importantes a los que la rodeaban que a ella misma. Es decir, aquella chica tímida fervorosamente aferrada a un cigarrillo, disponía de sólidos cimientos literarios para construirse un personaje o una imagen que seguramente le repugnaban. En el mundo editorial barcelonés de entonces, ser joven (como ser de izquierdas) era un valor que se le añadía al talento (si además eras sudamericano, la puerta estaba definitivamente abierta) y no resultaba infrecuente que veinteañeros decididos aparecieran en los catálogos de unas espléndidas editoriales que nos suministraron buena parte de la mejor literatura que había en el mercado. Pero, excepto para un círculo más o menos restringido de lectores, Ana María Moix desaparece (más bien se refugia) en un suave anonimato. ¿Qué fue de ella, de esa mujer menuda y tierna, desde su irrupción fulgurante en el mundo literario hasta que años más tarde nos entrega obras de madurez como Manifiesto personal, qué fue de aquella chica que a principios de los años setenta entrevista a prácticamente todos los grandes del boom en el formidable 24×24 hasta que, una vez muerta, la editorial Laetoli publica Semblanzas e impertinencias, que recoge los artículos escritos por Moix desde el año 73? No es difícil imaginarla paseando por Barcelona, charlando con sus amigas Colita o Esther Tusquets, intercambiando silencios y agudezas con Carlos Barral, bebiendo una copa en Bocaccio con Beatriz de Moura, Gabriel Ferrater, Marsé y Gil de Biedma, posiblemente escuchando sin más, mientras enciende otro cigarrillo y a veces se olvida de que lo tiene entre los dedos y la ceniza se le cae en la chaqueta como un verso feliz; después plasmará en el papel los recuerdos y las nostalgias de una Barcelona que paulatinamente iba desapareciendo. Repasando sus artículos, se detecta la enorme curiosidad que sentía por cualquier disciplina y sus inteligentes (a veces sorprendentes e irónicos) comentarios en torno a la música, el cine, la literatura, la sexualidad, la política, el feminismo, la educación y que nos dan una idea de la inquietud intelectual de Ana María Moix, que parecía asistir al espectáculo, no sólo de la literatura, sino del mundo, con un distanciamiento que mucho tenía que ver con el escepticismo y la buena educación, siendo afectuosa en los halagos y educada en las descalificaciones. Es difícil imaginarla alzando la voz a la hora de hablar como es imposible que se enfangue en sectarismos en sus artículos, aun cuando sea acerca de asuntos que la asquean o la avergüenzan. Durante los breves años que estuvo al frente de Bruguera fue de una generosidad que ya no se estila, editando a escritores que se atenían rigurosamente a la calidad del texto y apostando por la dignidad literaria, en contra de superventas facilones y atosigantes. No cuesta demasiado verla en su piso, desmenuzando un inédito que le acaba de llegar, encendiendo otro cigarrillo más, leyendo minuciosamente ese texto mientras suena alguna música en el salón: y la ceniza del cigarrillo cae sobre una línea de ese escrito (Nunca podré olvidar el olor a cucaracha) que ella retira delicadamente con el dorso de la mano, la misma delicadeza que exhibía en el trato con la gente o en la levedad de sus versos, la muerte llora en las esquinas vestida de hojalata. Quizá ni ella desease que ahora, a destiempo, se recupere su memoria, la de alguien que valoraba la amistad por encima de todo y que aspiraba a un mundo, como se deduce de su Manifiesto personal, que no llegaría a ver, que acaso no lleguemos a ver nunca, ese mundo donde imperen la justicia, la libertad, la igualdad, la generosidad y otras virtudes que hoy son mercancía miserable de almoneda porque pierde prestigio la honestidad y cotizan al alza los que antes eran pecados capitales, un mundo que, acaso más que no llegar nunca, ya había declinado. El último día de febrero se cumple el tercer aniversario de una persona de las que hacen más cómoda la existencia de quienes están a su alrededor, que atiende con paciencia infinita a quienes la reclaman, que escucha con interés cualquier fruslería que alguien le cuenta mientras efectúa ese gesto displicente de limpiarse la ceniza del cigarrillo que ha vuelto a caer en su chaqueta.

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