El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: marzo, 2017

VOCES PRESTADAS

Al señor del bigote

A veces son necesarias las palabras ajenas para expresar (o ratificarnos en) nuestras opiniones, la auctoritas de otros para afirmarnos en nuestras creencias. Sobrellevé unas cuantas entrevistas (no muchas) y siempre las preguntas me parecieron un poco inútiles o, más bien, innecesarias, porque cuanto tenía que decir lo había expresado en los libros, en las ficciones, en las que cuelo, de manera explícita o de forma esquinada, lo que pienso de la literatura, de la vida, de la amistad, del rencor y de tantas otras pasiones que nos mueven. Esta especie de orgullosa boutade la mantuve en silencio hasta que la vi refrendada en una entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes y en la que manifestaba algo similar a lo que yo no me atrevía a exponer: Que si alguien quería saber lo que pensaba, incluso sus principios políticos, que leyera sus novelas. Lo que tengo que decir, podríamos significar, está ya en mis libros. Creo que cualquier lector más o menos avezado, si entra en los libros de un determinado autor, puede hacerse una idea bastante clara de lo que éste opina en general de ciertos asuntos, aunque haya escritores que, más que manifestarse, se atrincheran detrás de sus obras: hay autores que se conocen a través de sus obras y otros que sólo se conocen a través de las entrevistas o las biografías. Y de ese exordio paso a cierta perplejidad que me causan algunos intelectuales, preferiblemente ingleses, franceses y alemanes. En sus manifestaciones, muchos de ellos alardean (realmente no es un alarde, sino una realidad, supongo: no hay por qué descreer de sus declaraciones) de memorizar a Shakespeare (ingleses), de poder citar a Goethe de corrido (alemanes; aunque aquí también entran a veces otras opciones: los poetas clásicos alemanes) o de haber releído a Proust hasta la extenuación. Aún recuerdo a un personaje famoso español que afirmaba hace décadas que había leído el Quijote más de cien veces (supongo que sería un énfasis hiperbólico). No sólo eso: algunos de ellos, ingleses preferentemente, habían traducido al latín Hamlet o La Eneida a la lengua inglesa. Y todo eso lo habían llevado a cabo a los once, doce años. Ante esa avalancha de erudición (de la que, insisto, no desconfío) a uno la vanidad se le esconde en el interior del zapato porque a los once, doce años, yo leía a Mortadelo y Filemón y a Guillermo y sus Proscritos, novelas resumidas e ilustradas de Bruguera (Walter Scott, Shakespeare), al Capitán Trueno, al Jabato, a Roberto Alcázar y Pedrín y Hazañas bélicas y algunas noveluchas que de matute te inyectaban en el colegio religioso entre las que estaban las de Mark Twain, afortunadamente. Y a Carroll y a Swift y a Poe y a cierto Melville y a Defoe, que de literatura infantil tienen más bien poco. Sólo más tarde, cuando uno había dejado los bocadillos de queso con membrillo y empezaba a enamorarse y a desertar de los pantalones cortos, se empantanaba en Bécquer, Juan Ramón y Rosalía, en las blandenguerías de Martín Vigil y adyacentes, acaso Candel, y posteriormente, en la remota reválida de sexto, intuía que la literatura era otra cosa y buceaba desordenadamente en Delibes, Cela, Laforet, Asturias, Frank Yerby (si Frank Yerby es otra cosa), Colette, Morris West (si Morris West es otra cosa), Valle Inclán, Celso Emilio Ferreiro y en las felices hordas transpirenaicas. Me acordé de ello haciendo una cala en el divertido blog Parecía una persona normal (…con bigote), del escritor Ángel Herrero López, en una de cuyas entradas, cita a Augusto Monterroso que afirmaba: “En sus artículos, en sus cartas, en sus diarios, los escritores franceses dicen siempre que releen, nunca que leen por primera vez a un clásico, como si en el Liceo hubieran debido leerlo todo y un autor importante no leído fuera un total deshonor. Releyendo a Pascal, releyendo a Racine… No siempre hay que creerles.” A este respecto, aunque en un contexto diferente, escribe con evidente sorna Rafael Reig en su magnífico Señales de humo (Manual de literatura para caníbales I) lo siguiente: “Un momento. ¿Leyendo? ¡Por favor! Estamos en presencia de un intelectual, así que había estado relegendi; un intelectual sólo relee. Leer algo por primera vez es lo característico de alguien que trabaja en un taller de chapa y pintura; una experiencia tan ajena a los hábitos de un intelectual como rellenar quinielas o remendar calcetines”. De nuevo las palabras ajenas venían a darle consistencia a lo que yo había considerado tiempo atrás: que ese exceso de sabiduría adolescente puede ser perjudicial para la salud, aunque siempre preferiré a un chaval que relee a Homero a una edad temprana, a otro que camina con un iphone por la calle ignorando que ahí fuera existen libros.  Aunque tal vez todo este asunto de la relectura estribe en que al principio, cuando uno es joven, cualquier lectura es un descubrimiento: se exploran las posibilidades casi infinitas que se abren ante uno; y cuando envejecemos, dedicamos parte de nuestro tiempo a releer aquellas obras con las que nos sentimos más identificados. Releer sería, en definitiva, una forma elegante de envejecer.

NOTA.-El lunes pasado, 20 de marzo, Ángel Herrero López decidió desconectar su blog de cualquier aparato que lo mantuviera con vida. Pese a ello, aún está ahí para quien desee leer los textos que “el señor del bigote” fue colgando. Merece la pena.

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HISPANIA

“…cuya triste reiteración revela el odio impotente de nuestros adversarios cualquiera que sea el Régimen que exista en nuestra patria a partir de la Contrarreforma para acá España viene padeciendo los ataques más injustos irritantes e intolerables que a nación alguna se le hayan podido infligir ataques que de manera sistemática tienen su rebrote periódico desde la taimada frontera de la mentira del resentimiento de la información malintencionada y tendenciosa de todo lo que implique contra la soberana decisión de un país de gobernarse por sí mismo sin ingerencias (sic) foráneas ni arbitrarias imposiciones y si estos ataques son indignantes cuando nos vienen de manos extranjeras no merecen más que desprecio si proceden de un compatriota dispuesto a colocar la turbina en la cloaca con el propósito de convertirse en un personajillo al pairo de posiciones políticas que conocemos hasta la saciedad…”, (palabras escritas por Emilio Romero contra Juan Goytisolo y que éste aprovechó para construir el prólogo de su novela Señas de identidad): Ahí queda eso, apliquémonos el cuento, porque vejamos al pudridero nacional y a sus representantes, injuriamos su historia, descreemos de su destino, maldecimos su tierra entre flores fandanguillos y alegrías, ofendemos a la patria que nos mantiene y por la que no vertimos ni una triste gota de nuestra sangre pese a tener múltiples oportunidades de hacerlo con aquellos airosos y marciales uniformes militares, nos mofamos de quien nos ha parido y no merecemos más que desprecio porque aireamos la santa mierda de la zahúrda y deseamos la cirugía de tan glorioso territorio, sólo Dios pudo hacer tanta belleza / y es imposible que puedan (sic) haber dos, somos soeces y traidores, no respetamos la memoria de sus mártires, vilipendiamos sus principios, somos hijos descastados, engendros del mal, aberraciones monstruosas, Hispania es ese terreno mal abonado en el que nacimos, y todo el mundo sabe que es verdad / y lloran cuando tienen que marchar, pisoteamos sus cinco rosas inmarcesibles y las flechas de su haz, zaherimos su porvenir de justicia y paz, somos abscesos en el sano organismo patrio, Hispania no es lugar para descreídos, amargados, insolidarios, rastreros, blasfemos, cínicos, aguafiestas, desleales como nosotros, que no nos emocionamos con el himno y la bandera, nos aplastará el peso de su gloria milenaria, por eso se oye este refrán / que viva Hispania, somos voces disonantes en el concierto común de su presente luminoso, no veremos reír la primavera ni cataremos el vino de Jerez ni el vinillo de Rioja, nos denostarán nuestros coetáneos y los hijos de sus hijos, porque no nos conmovimos con las gestas de sus habitantes, ni inclinamos la cholla al paso de la bandera ni nos llevamos la mano al pimiento morrón cuando suena el himno, y siempre la recordarán / que viva Hispania, nos chanceamos de su espléndido porvenir, malnacidos, desagradecidos personajillos subalternos, mediocres y miserables que no cooperamos al engrandecimiento de la nación, tarea para la que nadie es indispensable pero todos somos necesarios, la gente canta con ardor / que viva Hispania, somos chafarrinones en los límpidos renglones del patrio devenir, unas tachaduras en sus pulcros anales, unas moscas cojoneras, las almorranas de una anatomía incólume, por eso nuestros nombres serán borrados de todos los registros, porque fuimos los judasiscariotes que traicionamos a la madrepatria por unas monedas, no hay sitio para nosotros, personajillos antipatriotas, debemos exiliarnos o arrepentirnos si cabe dolor de contrición en nuestros corazones pestilentes, loemos las hazañas que asombraron al mundo, arrodillémonos ante el incienso protector, lloremos al pronunciar el casto nombre de la patria, no merecemos sino desprecio, detestables, inmundos, repugnantes, miserables, contumaces personajillos discrepantes (esos que Aznar tildó en su día de perros que ladran por las esquinas y Álvarez Cascos de resentidos del 68) que creemos en otra Hispania distinta. ¡Hispania es la más mejor, coño! Oéoéoéoé. Oé. Oé.