El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: abril, 2017

MEA CULPA

Los amigos están para desordenarte la vida, felizmente. Y uno de ellos, me hace saber que Felisberto nació en Uruguay, a quien yo alegremente le atribuí la nacionalidad argentina. Como con Gardel, casi un epónimo de argentinismo, para quienes unos reclaman la patria uruguaya y otros la argentina. Sirva como levísima disculpa que le importan un carajo las patrias a la buena literatura, que Cortázar puede ser francés, Sterne estadounidense, Mishima italiano y Lobo Antunes alemán. Vizcaíno Casas, por ejemplo, no se entendería sin España. Ya sé que estas digresiones agravan mi error pero quedan de puta madre. Pues eso: discúlpenme la pifia. Trataré de no reincidir pero no estoy yo muy seguro.

EL CONCEPTO DE FICCIÓN

Recientemente leí El concepto de ficción, de Juan José Saer, editada por Rayo Verde. Quizá no sea necesario señalar que Juan José Saer es uno de los grandes escritores que ha dado la literatura argentina y no resulta exagerado afirmar que uno de los mejores en lengua española, casi en la misma medida de secretismo que Juan Filloy (Op Oloop, Caterva), otro de los autores semiclandestinos más importantes de un país que, entre otras cosas, ha suministrado un aluvión de escritores de una enorme calidad en medio de tangos, psicoanalistas, futbolistas, cineastas y cantantes. Y unos cuantos militares cabrones. A nadie a quien le guste la ficción, le pasan inadvertidos los nombres que perezosamente denominaré canónicos, desde el que podríamos considerar poco menos que su fundador, Hernández, hasta Ricardo Piglia o Patricio Pron: si aquél fuese el principio que no lo es pero a efectos genealógicos sirve como hito, y éste el final, el trayecto estaría jalonado por, entre otros, Macedonio Fernández, Borges, que en sí mismo encierra toda una literatura, Felisberto Hernández, Cortázar, Roberto Arlt o Bioy Casares, por no extender la nómina; una nómina en la que no sería desacertado instalar a Gombrowicz, que las fronteras patrias en la literatura suelen lábiles, a menudo fastidiosas y en ocasiones reduccionistas. Pero existen otros autores argentinos que no entran igualmente en lo que Saer denomina “ese ejército impreciso de escribas mesurados” y que por extrañas razones, no han sido debidamente promocionados pese a la calidad de sus escritos. Uno a veces tiende a alegrarse, con una indecente dosis de orgullo, de que sigan manteniéndose en un anonimato más o menos sólido, determinados escritores que acaso por razones editoriales, por circunstancias personales o por pura mala suerte, resultan difíciles de encontrar en las librerías, temiendo que el día que estén en las mesas de novedades, la fama habrá empezado a pudrir el producto. Y Juan José Saer es uno de ellos. Por supuesto que es conocido y reconocido pero su nombre constituye otro más inter pares que no parece alcanzar la estatura que se le otorga, por ejemplo, a Jorge Luis Borges. Por si alguien está interesado, lo más sobresaliente de sus ficciones estriba probablemente en El entenado, Las nubes, El limonero real y Nadie nada nunca: la particularidad de una prosa deslumbrante, minuciosa, en novelas en las que apenas suceden cosas, de una quietud perturbadora. Resulta difícil clasificar o adjetivar la obra de Saer como lo resulta asimismo la del citado al principio, Juan Filloy: dueño igualmente de un mundo particularísimo que de ninguna manera se puede encajar en tendencias, escuelas o modas, la literatura de Filloy es un descubrimiento para aquel que por primera vez se sumerja en ella, ya que es casi imposible hallar referencias previas que lo localicen o delimiten, como si sus ficciones empezaran y se agotaran en Juan Filloy, sin antecedentes (lo cual es, naturalmente, falso) y sin seguidores (lo cual es, seguramente, cierto). En esa corriente más o menos alborotada de la literatura argentina (probablemente similar a la corriente literaria de cualquier otro país) es posible hallar otros autorespuente que nos ayuden a transitar desde una orilla a la otra. Si la primera pisada la pusimos en el trecho Saer y la segunda en el trecho Filloy, no sería mala idea avanzar un paso y asentarnos en Fogwill, otro escritor que rehúye el peligro que apunta Saer en la página 125 del ensayo al que me referí en la primera frase de este artículo: “Cuando la tradición se transforma en modelo, se vuelve inmediatamente oficial”. Kertész lo escribió hace una porrada de años: “El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura”: la misma advertencia con distintas palabras. Los grandes novelistas crean su propia tradición: Sterne, por ejemplo, Rabelais, Cervantes, Caroll. En Help a él (si se desmenuzan las letras del título se descubrirá que son las mismas que las del famoso texto de Borges, El aleph), Fogwill coge (si quieren, pueden usar el verbo en sentido argentino: no desentona) el cuento de su predecesor y lo desmonta o, más bien, toda la concentración o la fuerza centrípeta del texto borgeano, pasa a ser aquí una fuerza centrífuga que se expande. Afortunadamente, en aquel momento no existía nadie quisquilloso que tratara de llevar a los tribunales a Fogwill por apropiación indebida o algo así, como sucedió con la reelaboración de El hacedor que publicó Fernández Mallo. Y ya para asentar el pie en la otra orilla, citemos a otro autor de escaso reconocimiento y con una obra espléndida aunque el capolavoro que se cita es siempre Zama: Antonio Di Benedetto. Acabemos con una cita de Saer: “La ortodoxia trabaja contra la literatura. Por exceso de rigor, un escritor puede encontrar de la noche a la mañana que ha cambiado de especialidad: la novelística urbana corre el peligro de convertirse en cartografía; la ecole du regard acabará proponiendo sustituir la pluma por el metro de carpintero. Los novelistas del “Nouveau Nouveau Roman” [sic: y conviene aclarar que este texto fue escrito en 1968] vigilan con ansiedad los últimos tratados de lingüística general cosa de no escribir una sola línea que disienta de ellos. Súbitamente, nos encontramos con que la escritura automática se ha convertido en oligofrenia. No habíamos acabado de sorprendernos con los experimentos de Mallarmé y de E. E. Cummings, que ya tenemos su caricatura pretenciosa en el movimiento letrista: si esta tendencia se impone los honores terminará por impartirlos el Sindicato de Artes Gráficas y no la Academia Francesa”. Por fortuna, pienso que autores citados en este artículo no corren ninguno de los riesgos que Juan José Saer anuncia: ni son ortodoxos, ni siguen las modas y los vaivenes de la crítica ni pertenecen a un ejército de escribas mesurados: hay en ellos diversidad y calidad donde elegir. La felicidad máxima de la literatura reside en la lectura, que se sustenta sobre todo en poder abrir las obras de escritores como los nombrados en este artículo.

DIARIOS

Con alguna frecuencia, lo que más atrae al lector de los diarios de los escritores, no son los asuntos que podríamos denominar trascendentes, los que manifiestan su genio, su talento, sino las minucias de cada día, las que dan fe de que lo cotidiano de un hombre importante es similar a lo cotidiano nuestro, y las pequeñas o grandes maldades que perpetraron, ya que eso los asimila con el lector: fueron movidos por las mismas pasiones que nosotros, nos decimos; habrán escrito algo maravilloso, compuesto una sinfonía inolvidable, esculpido como los dioses pero, en el fondo, amaban y odiaban como amamos y odiamos nosotros, se movieron por los mismos vaivenes que nosotros: la inquina, el orgullo, la jactancia, la alegría, la tristeza, la soledad. Y ya si en ese diario, el diarista incurre en menudear sus miserias fisiológicas, desde unas almorranas hasta una inflamación de la próstata, una cistitis, una diarrea o aerofagia, tenemos ganas de abrazar una foto del que se autorretrata y susurrarle al oído aquello de mon semblable,  mon frère!, que escribió Baudelaire en el poema Au lecteur. A fin de cuentas, en la mayoría de las ocasiones, un diario no es sino un chismorreo bien escrito. Es esa calidad literaria lo que le otorga trascendencia, de la misma forma que de caer en otras manos y no en las de Flaubert, Madame Bovary sería un folletín de sobremesa. El diario no consiste sino en elevar a la categoría de género literario un cotilleo de patio de vecinos. Cuando Caballero Bonald escribió sus memorias, lo que se susurraba antes del acontecimiento es que iba a poner por escrito cómo se había liado con la ex de Camilo José Cela: creo recordar que Caballero Bonald eludió elegantemente el asunto: ganamos un escritor pero perdimos un cronista del corazón. Hay quienes husmean en los sucesivos diarios de Gil de Biedma (sería más sensato decir que es un único diario escrito, reelaborado, corregido y aumentado, sobre todo en la última versión aparecida y auspiciada espléndidamente por Andreu Jaume que, digamos, sanciona el texto canónico) para indagar a quiénes se había tirado, dónde y en qué circunstancias. El menudeo sexual interesa más que una relación estable. E incluso más que los fragmentos en los que Gil de Biedma da cuenta de cómo un poema va creciendo, disminuyendo, variando a lo largo de los meses: hay más, por supuesto, que o bien no he leído o bien he olvidado, pero esa pulcritud minuciosa de cómo se desarrolla un poema a lo largo del tiempo, lo descubrí fundamentalmente con Juan Ramón Jiménez y con Jaime Gil de Biedma: el por qué es mejor recurrir a un heptasílabo que a un endecasílabo, porqué tal adjetivo conviene más al verso que otro y que desmonta esa teoría (más bien esa sensación falsa) de que un poema es poco más que un deslumbramiento repentino, un fogonazo iluminador, una revelación o una hipnosis. No sé a quién pertenece la frase que leí un día en una entrevista a José Ángel Valente: el primer verso lo dan los dioses. De acuerdo. Pero los posteriores requieren un trabajo denodado, exhaustivo, lento. Con los Diarios de Emilio Renzi sucede algo similar: uno puede desdeñar sus entrevistas con Borges para enfangarse en las noches tórridas en las que el cuerpo le pedía a Piglia salir de madrugada, meterse en un tugurio humilde y beber hasta el hartazgo o rastrear sus relaciones simultáneas con las mujeres. Pero acaso no sea una deformación lectora sino que intuimos que esos pequeños desórdenes son los que, a la postre, forman la personalidad del autor con cuyas obras disfrutamos. De los dos tomos de memorias de Juan Goytisolo, hubo quienes silenciaron el valor literario de los textos para centrarse en la escandalosa anécdota del abuelo que le mete mano al nieto inocente y desprevenido. Todo esto que desordenadamente apunto, me vino a la mente leyendo un libro, El concepto de ficción, de Juan José Saer, donde hace alusión a otro de Sarmiento titulado Diario de Gastos, en el que Sarmiento, al hilo del diario de sus viajes, anotaba sus gastos. Minuciosamente, iba apuntando el precio de un pasaje de barco desde Río de Janeiro a Le Havre (800 francos), una limosna (15 céntimos) y lo invertido en cenas, cigarros, peines, hasta llegar a su lado más chismoso, común a cualquiera. Apunta Sarmiento el 15 de junio de 1846 “Orgía, 13,5 francos”, al lado de 2 francos que gastó en una pieza para secar la pluma. Cuando llega a Francia, en Le Havre se regala, el 6 de mayo de ese año, “dos botellas de vino extra, una de burdeos 5 fr. y otra de Chambertin 8 fr.”. El 9 de mayo reseña: “Una cena de lujo en el Palais Royal” por doce francos. Sarmiento parece más humano que nunca, acaso más frágil, más nuestro semblable, nuestro frère en esa entrada tan ligera, sin mayores alharacas, un simple testimonio del que ni se avergüenza ni se enorgullece: “Orgía, 13,5 francos”. Un mal paso, decía el otro, cualquiera lo da en la vida; aunque a saber si una orgía es un mal paso.

N.B.: Este artículo lo escribí en diciembre de 2016. El 6 de enero de 2017 me enteré de la muerte de Ricardo Piglia, citado más arriba. D.E.P.

DIARIOS

Con alguna frecuencia, lo que más atrae al lector de los diarios de los escritores, no son los asuntos que podríamos denominar trascendentes, los que manifiestan su genio, su talento, sino las minucias de cada día, las que dan fe de que lo cotidiano de un hombre importante es similar a lo cotidiano nuestro, y las pequeñas o grandes maldades que perpetraron, ya que eso los asimila con el lector: fueron movidos por las mismas pasiones que nosotros, nos decimos; habrán escrito algo maravilloso, compuesto una sinfonía inolvidable, esculpido como los dioses pero, en el fondo, amaban y odiaban como amamos y odiamos nosotros, se movieron por los mismos vaivenes que nosotros: la inquina, el orgullo, la jactancia, la alegría, la tristeza, la soledad. Y ya si en ese diario, el diarista incurre en menudear sus miserias fisiológicas, desde unas almorranas hasta una inflamación de la próstata, una cistitis, una diarrea o aerofagia, tenemos ganas de abrazar una foto del que se autorretrata y susurrarle al oído aquello de mon semblable,  mon frère!, que escribió Baudelaire en el poema Au lecteur. A fin de cuentas, en la mayoría de las ocasiones, un diario no es sino un chismorreo bien escrito. Es esa calidad literaria lo que le otorga trascendencia, de la misma forma que de caer en otras manos y no en las de Flaubert, Madame Bovary sería un folletín de sobremesa. El diario no consiste sino en elevar a la categoría de género literario un cotilleo de patio de vecinos. Cuando Caballero Bonald escribió sus memorias, lo que se susurraba antes del acontecimiento es que iba a poner por escrito cómo se había liado con la ex de Camilo José Cela: creo recordar que Caballero Bonald eludió elegantemente el asunto: ganamos un escritor pero perdimos un cronista del corazón. Hay quienes husmean en los sucesivos diarios de Gil de Biedma (sería más sensato decir que es un único diario escrito, reelaborado, corregido y aumentado, sobre todo en la última versión aparecida y auspiciada espléndidamente por Andreu Jaume que, digamos, sanciona el texto canónico) para indagar a quiénes se había tirado, dónde y en qué circunstancias. El menudeo sexual interesa más que una relación estable. E incluso más que los fragmentos en los que Gil de Biedma da cuenta de cómo un poema va creciendo, disminuyendo, variando a lo largo de los meses: hay más, por supuesto, que o bien no he leído o bien he olvidado, pero esa pulcritud minuciosa de cómo se desarrolla un poema a lo largo del tiempo, lo descubrí fundamentalmente con Juan Ramón Jiménez y con Jaime Gil de Biedma: el por qué es mejor recurrir a un heptasílabo que a un endecasílabo, porqué tal adjetivo conviene más al verso que otro y que desmonta esa teoría (más bien esa sensación falsa) de que un poema es poco más que un deslumbramiento repentino, un fogonazo iluminador, una revelación o una hipnosis. No sé a quién pertenece la frase que leí un día en una entrevista a José Ángel Valente: el primer verso lo dan los dioses. De acuerdo. Pero los posteriores requieren un trabajo denodado, exhaustivo, lento. Con los Diarios de Emilio Renzi sucede algo similar: uno puede desdeñar sus entrevistas con Borges para enfangarse en las noches tórridas en las que el cuerpo le pedía a Piglia salir de madrugada, meterse en un tugurio humilde y beber hasta el hartazgo o rastrear sus relaciones simultáneas con las mujeres. Pero acaso no sea una deformación lectora sino que intuimos que esos pequeños desórdenes son los que, a la postre, forman la personalidad del autor con cuyas obras disfrutamos. De los dos tomos de memorias de Juan Goytisolo, hubo quienes silenciaron el valor literario de los textos para centrarse en la escandalosa anécdota del abuelo que le mete mano al nieto inocente y desprevenido. Todo esto que desordenadamente apunto, me vino a la mente leyendo un libro, El concepto de ficción, de Juan José Saer, donde hace alusión a otro de Sarmiento titulado Diario de Gastos, en el que Sarmiento, al hilo del diario de sus viajes, anotaba sus gastos. Minuciosamente, iba apuntando el precio de un pasaje de barco desde Río de Janeiro a Le Havre (800 francos), una limosna (15 céntimos) y lo invertido en cenas, cigarros, peines, hasta llegar a su lado más chismoso, común a cualquiera. Apunta Sarmiento el 15 de junio de 1846 “Orgía, 13,5 francos”, al lado de 2 francos que gastó en una pieza para secar la pluma. Cuando llega a Francia, en Le Havre se regala, el 6 de mayo de ese año, “dos botellas de vino extra, una de burdeos 5 fr. y otra de Chambertin 8 fr.”. El 9 de mayo reseña: “Una cena de lujo en el Palais Royal” por doce francos. Sarmiento parece más humano que nunca, acaso más frágil, más nuestro semblable, nuestro frère en esa entrada tan ligera, sin mayores alharacas, un simple testimonio del que ni se avergüenza ni se enorgullece: “Orgía, 13,5 francos”. Un mal paso, decía el otro, cualquiera lo da en la vida; aunque a saber si una orgía es un mal paso.

N.B.: Este artículo lo escribí en diciembre de 2016. El 6 de enero de 2017 me enteré de la muerte de Ricardo Piglia, citado más arriba. D.E.P.