HERMOSAS FALSIFICACIONES

Con frecuencia los usuarios del idioma establecen sus propias arbitrariedades que dan lugar a variaciones, en ocasiones divertidas, de una frase original. Muchas de ellas son ya refranes que se utilizan en el lenguaje oral a modo de coletillas y sentencias y que, pese a sus errores, se incorporan al habla; quede claro, pues, desde el inicio, que no es finalidad de este texto mofarme de quienes las emplean ni en absoluto corregirlos, sino dar fe de tales expresiones que con el tiempo variaron muchas veces su manifestación original y en ocasiones hasta su sentido. Empecemos por dos que provienen del mundo del cine. La famosa “Tócala otra vez, Sam” no aparece en la película Casablanca sino que procede del título de la película de Woody Allen Play It Again, Sam. En realidad (en la realidad de la ficción cinematográfica, tan sólida como lo que se considera “realidad”), Ilsa (Ingrid Bergman) se acerca al pianista y le dice: “Tócala, Sam. Toca As Time Goes By”. Más tarde es el imperturbable Rick (Humphrey Bogart) quien acucia a Sam: “La tocaste para ella, la puedes tocar para mí. Si ella pudo soportarlo, yo puedo. ¡Tócala!” Pero es tan fuerte (y creo que feliz) el arraigo de la frase falsificada, que ya forma parte del imaginario.

¿Quién no profirió alguna vez, en determinada circunstancia, la urgencia de la frase “¡Más madera!”? Pues jamás Groucho dijo nada igual en la película que, según parece, atesora homenajes más o menos explícitos a El Maquinista de la General, de Buster Keaton. Realmente, lo que Groucho grita es “¡Traed madera!” Por cierto, El maquinista de la General se titula en inglés The General. Sería interesante que algún experto cinéfilo investigara los títulos de las películas, particularmente anglosajonas, que llegan a nosotros con otros aberrantes y disparatados cuando no estúpidos.

Otro lugar común en las conversaciones es la sentencia “Con la iglesia hemos topado”, que contiene variaciones polisémicas para todos los gustos. Y lo cierto es que en la segunda parte de Quijote, en el capítulo IX, cuando Sancho y don Quijote entran en el pueblo, lo que éste le dice a su escudero es: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.

Poca gente habrá que no haya escuchado alguna vez lo de “el fin justifica los medios”, atribuido a Maquiavelo y, en concreto, a su obra El Príncipe: cuantos más datos se amontonen en un error, mejor porque éste empieza a parecer más una verdad. Los políticos dan sobradas (y repugnantes) muestras de ello. Pues bien, la frase procede de una anotación que hizo Napoleón Bonaparte en la última página del ejemplar de El Príncipe que poseía. Maquiavelo jamás escribió tal sentencia. Por usar otro lugar común, al César lo que es del César. ¿Por qué se suele amputar esa frase y no se añade la segunda parte: “y a Dios los que es de Dios”? Perdón por el ramalazo marista.

Más de uno y de dos tararearon (tarareamos) aquello de “Mambrú se fue a la guerra”. En justicia, Mambrú jamás pisó un campo de batalla. La cancioncilla infantil es una traslación a la lengua española de otra francesa titulada Marlbrough s’en va-t-en-guerre, compuesta tras la batalla de Malplaquet que enfrentó a las tropas de Francia y Gran Bretaña. Hay que retirar de inmediato la placa que Mambrú tenga asignada en alguna población y poner una dedicada a Marlbrough. Otra canción infantil que posiblemente fue tergiversada es Antón Pirulero; el tal Antón existió, en Granada, circa 1860, y el animal asesinó a su mujer de veinte puñaladas. Muchas teorías apuntan a que Pirulero no era en realidad su apellido sino un apodo deformado que provenía de perulero, palabra que, según el DRAE, significa, entre otras acepciones, natural de Perú o indiano que regresa de ese país. No es descabellado pensar que Antón Pirulero fuese un perulero, un emigrante español que retornó de Perú y pasó al imaginario popular por el crimen que cometió.

Recuerdo en Longa noite de pedra, si la memoria no me falla, un poema de Celso Emilio Ferreiro en el que arremetía en algún verso contra Goethe (creo que le llamaba burgués, entre otras cosas) por haber escrito “Prefiero la injusticia al desorden”. Se equivocaba Celso Emilio como se equivocó la paloma que por ir al norte fue al sur y creyó que el trigo era agua y todo eso. Lo que Goethe manifestó fue esto: “Prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden”. Quizá haya alguna semejanza entre ambos aforismos pero el primero no es textual.

Hay un romance español que cita irónicamente Cervantes en Rinconete y Cortadillo y cuyo primer verso dice “Marinero de Tarpeya”. Cervantes hace una broma con él ya que parece que el error proviene de un editor despistado y, acaso, algo ignorante, puesto que el original no habla de ningún marinero sino de Nerón, y el verso en cuestión es el siguiente: “Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía”. El editor y después la voz del pueblo, convirtieron a un poderoso emperador romano en un marinero y posiblemente sea mejor oficio este que aquél.

Insisto en que no hay crítica alguna en el texto, todo lo contrario. Un idioma es patrimonio de sus usuarios que muchas veces lo deterioran y lo pudren, y otras lo enriquecen con aportaciones insólitas que probablemente la Academia tendrá que recoger más temprano que tarde. Es ese pálpito diario el que hace doblemente maravilloso el milagro de cualquier idioma. Y hay que protegerlo teniendo en cuenta que el fin no justifica los medios y siempre que piense en Casablanca seguramente se me escapará lo de “Tócala otra vez, Sam” porque a veces las falsificaciones son tan atractivas como el modelo imitado.

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