El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: junio, 2017

MEMORIAS APÓCRIFAS

Puedo narrar con aproximado tino la historia que cuenta El graduado, hablar con cierta solvencia de Dustin Hoffman interpretando el papel de Benjamin, de Katharine Ross ejerciendo de Elaine o de la excelsa Anne Bancroft representando su rol de señora Robinson, insinuante y  madura. Recuerdo asimismo a Richard Dreyfuss, un residente de una casa de estudiantes y, cómo no, la música de Simon&Garfunkel, particularmente la canción Mrs. Robinson que sonó durante años porque en aquella época los éxitos musicales duraban muchísimo tiempo y no se veían de repente subsumidos por otro inmediato. Cuando se estrenó El graduado corría (bueno, en opinión de un viejo resistente, los años entonces no corrían sino que se arrastraban perezosa, deliciosamente lentos: cosas de la edad) el año 1967 y, por ese pasado ya extinto, un éxito musical, por ejemplo, Extraños en la noche, de Frank Sinatra, duraba bastantes años, como sucedía con los álbumes (perdón: entonces eran elepés) de Beatles o de Rolling Stones o de cualesquiera otros triunfadores del convulso decenio, de tal forma que esas canciones pasaban a formar parte de la banda sonora de tu vida porque permanecían durante mucho tiempo en las emisoras de radio, en la incipiente televisión, sin estar sometidas, como en la actualidad, a un aluvión continuo y constante de éxitos que se superponen unos a otros de tal manera que es muy difícil, para la gente joven, encontrar a alguien que la haya marcado de manera contundente porque los referentes son múltiples. Seguramente si a personas de mi edad se les pregunta por sus músicos preferidos podrían hablar de media docena o una docena de grupos y/o de cantantes pero a la gente más joven les resultaría complicado porque la industria discográfica se agigantó hasta tal punto que las referencias son interminables, apabullantes (y eso no es mejor ni peor que antaño). Puedo narrar, dije al principio, con cierta exactitud el argumento de El graduado, incluso las interpretaciones de algunos de sus actores, y, sin embargo, jamás vi esa película. Recuerdo no impostado es, por supuesto, el cartel: la pierna derecha de Bancroft subiéndose (ésa es mi impresión, que la sube, no que la baja, por la forma de la prenda en la pantorrilla) la media y un anonadado, sorprendido y acojonado Hoffman, con los hombros caídos, las manos en los bolsillos, delante de la puerta y a su lado, a su derecha, un televisor y encima de éste, en la pared, un aplique: ahí está, como aguardando lo que inevitablemente tiene que suceder (o lo que ya sucedió) y acaso por su rostro uno intuya que realmente la señora Robinson se está quitando la media, no poniéndosela. Junto con la canción principal, es el único dato exacto de la película, ese cartel en el que el hombre se parece poco al actor, la única memoria real que me pertenece ya que las demás son impostadas. Convendría intercalar la pregunta que hace Alicia, el personaje de Lewis Carroll: “¿Para qué demonios sirve una memoria que sólo funciona marcha atrás?” Con frecuencia poseemos memoria de algo que en realidad no sucedió o que nos fue transmitido oralmente, que vimos en algún NODO remoto pero que juraríamos que fuimos espectadores de ese recuerdo. Guardo uno lejanísimo: haber visto a los componentes del Dúo Dinámico lanzarse desde un espigón al mar en un verano antañón en Combarro, donde veraneaba, durante el rodaje de una película titulada, creo, Botón de ancla. Con el tiempo uno descubre que sí, acaso haya una escena similar en la película pero de lo que uno está seguro es de que no serían ellos quienes se arrojaban al mar sino probablemente unos dobles porque en ese acto no había aglomeración de chicas y era la época en la que el Dúo Dinámico constituía acaso el primer modelo de cantantes con fans enfervorecidas y lo que yo recuerdo es el escrupuloso salto de dos chicos que se lanzaban vestidos al mar desde la escollera de un pueblo entonces gris y tranquilo hasta que llegaron el color y los turistas y transformaron (o transformamos) el enclave apacible en un hervidero de chiringuitos y terrazas y fiestas como es en general la costa actual, desde San Sebastián a Badalona pasando por Huelva y Cádiz y Málaga y Valencia sin desdeñar las islas Baleares y las Canarias. Y llega un momento en la vida en el que uno duda de si realmente vio a Marcelino cabecear y obtener al gol de la victoria contra la URSS de Yashine, Chislensko y compañía en el año 1964 o si ese hecho histórico (parecía entonces de la misma naturaleza que el viaje de Colón a las Indias o el desastre de la Armada Invencible) en realidad lo vivió un hermano mayor que vino a contárnoslo enardecido mientras tragábamos el bocadillo de mantequilla con azúcar, que solía ser la merienda recurrente y existencial que sustentaba las tardes de buena parte de los infantes españoles. Soy capaz de recitar la alineación del Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, paladear en la memoria el gusto descompuesto de los taconazos de Di Stéfano (a) La Saeta Rubia (acojona su verdadero nombre: Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé), las enloquecidas carreras por la banda de Gento (a) La Galerna del Cantábrico, los disparos relampagueantes de Puskas (a) Cañoncito Pum, y, sin embargo, dada mi edad, no pude asistir realmente a tales acontecimientos que seguramente me fueron transmitidos posteriormente por una defectuosa televisión en blanco y negro. La memoria se va formando, así pues, en capas sucesivas hasta formar un palimpsesto: a la visión inicial con frecuencia se le van sumando otras como aparece el musgo en un muro y quizá no sea muy osado pensar que buena parte de la literatura se sustenta, entonces, sobre una falacia que luego se aliña con un tanto de imaginación y de talento.

ESA CIUDAD

Me gustaría vivir fuera de Ourense para sentir nostalgia de Ourense. Acostumbrado como estoy a habitar de forma casi permanente esta ciudad, seguro que mis ojos no detectan ciertas cosas que a los foráneos no le pasarán inadvertidas: determinados edificios, las orillas del río, el color del cielo en los atardeceres o la placidez de las noches. Todo ello para mí constituye un don gratuito y en el que acaso no repare, como los miembros de las familias ricas no lo hacen en el lujo que los rodea porque piensan que es lo natural. Aunque es cierto que no resulta necesario huir de una ciudad para comprenderla: algunas grandes obras de la literatura están escritas desde el interior de determinada geografía y no desde la mirada periférica de la nostalgia. Contrariamente, hubo autores que necesitaron de la distancia para recrear su ciudad, como Joyce con Dublín, o de la injerencia del tiempo, como la Roma de Yourcenar. Si yo viviese fuera, si me fuera concedido ese privilegio, acaso añoraría la ciudad gris de los años sesenta y el festival del Miño: la playa fluvial de Oira: las solemnes procesiones de semana santa: los muslos de las majorettes de las fiestas del Corpus: los seminaristas que bajaban hacia Ourense como pájaros migratorios: Pepiño, aquel tullido que pedía limosna en el puente de As Burgas: las reuniones en O Volter: los bocadillos de calamares en las galerías Tobaris: las aulas de los maristas: a la Concha con su puro inagotable: la presencia oronda de monseñor Temiño: las pelotas de goma de los zapatos Gorila con las que jugábamos al fútbol: las inagotables idas y venidas por el Paseo: los guateques casi clandestinos: la legendaria Chichona: el olor a café de Campos: la vestimenta del Capitán Bombilla: las veladas de boxeo en el cine Airiños: la miseria de La Perrecha: la música instrumental del grupo Benposta: los batidos de La Ibense: el Club Deportivo Ourense ganando todos los partidos de una Liga de fútbol: las verbenas en el jardín del Posío: los suicidas saltando desde los puentes: los juegos de pídola y de chorromorropicotaina en el parque de San Lázaro: las incursiones temerosas en el barrio chino: un tipo muerto a orillas del río mientras se trajinaba a una gallina: las hazañas de Raúl Rey: la escuela de aeromodelismo: las sesiones de cine en el Principal, en el Xesteira, en el Mary, en el Avenida, en el Losada: las actuaciones de las vedetes en La Bilbaína: los billares y futbolines del Coime en Santo Domingo: los goles de Wilson y de Pataco y de Montenegro: la galanura del capitán Bombilla: los chapuzones en el Miño: las locuciones de Pedro Arcas en la radio: las victorias de Reverter: la sesión vermú en la sala de fiestas Auria: la desenvoltura de Toñito Patata: el garaje en la calle Curros Enríquez donde podía leerse “Prohibido blasfemar y hablar de política”, recogido posteriormente por Carandell en Celtiberia Show, y todas esas historias legendarias y a la vez reales que embarraron mi infancia y es posible que también otras infancias similares a la mía. Seguramente no me gustaría vivirlas de nuevo. Nada de todo ello existe sino en un rincón de la memoria, esa que nos va formando a veces a nuestro pesar. Si viviese fuera de aquí, acaso esa mirada sobre el ayer fuese más tolerante, menos dolorosa, más conciliadora. Pero uno nunca regresa sino a la nostalgia, que es charco contaminado.