El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: agosto, 2017

LA TORMENTA

Por la mañana las moscas volaron enloquecidas, algunas avispas se aventuraron en el interior de la casa, los gatos se revolvieron inquietos en la huerta y en la breve tertulia que se forma espontáneamente en la aira mientras esperamos la llegada de la furgoneta del panadero, más de uno pronosticó que, pese al cielo despejado y al calor estival, se avecinaba una tormenta como podía deducirse de alguna nubecilla aparentemente mansa a los ojos de un habitante de la ciudad como yo, incapaz de descifrar tan leves indicios, y del siempre aludido dolor de huesos cuando se prevé un cambio meteorológico. Dos horas después el cielo se fue enfoscando con gestos de gigante furioso y durante la sobremesa y hasta bien entrada la tarde, cayó la furia brutal de una tormenta con visos de apocalipsis que aunó una lluvia feroz, un inquietante viento calmo, el fragor del granizo que puede arrasar las cosechas y el eco retumbante de los truenos que seguían a los relámpagos. El aire se plagó del olor a tierra mojada que siempre remite a una niñez remota y apacible y caduca. Ese domingo 27 de agosto, en el que a las cuatro de la tarde hubo que encender la luz que se iba y venía si querías leer un rato, el verano se pudrió definitivamente como un postre que olvidas en una alacena y descubres al cabo del tiempo con su moho, sus gusanitos y su quéascoporDios, tira eso a la basura. Un paisaje blanco de invierno tomó posesión del territorio declinante del verano. Pero, ¿hay estación más hermosa que el otoño que se avecina? El calor ya no resulta insoportable, el estrépito de las verbenas no se acumula diariamente, las noches son más frescas y la vida parece alfombrada por una paz que es difícil de encontrar en la urgencia del verano. En realidad, el verano es un espejismo, la promesa de una felicidad incumplida como el paraíso de algunas religiones, una estación que sólo adquiere sentido cuando uno es joven  tiene por delante las infinitas posibilidades de la vida que antes o después, como el verano, se truncarán; para los adultos, el verano no es sino un brevísimo receso en el diario combate por la supervivencia y se termina cuando guardamos en el trastero las sombrillas y metemos las toallas y los trajes de baño en la lavadora y las conservamos en el armario hasta el verano próximo en el que descubrimos que las cremas protectoras han caducado como este agosto que murió un domingo, a una hora casi taurina. Descanse en paz.

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EL MUNDO DE HOY

“-¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mendaces, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?” Rebusqué esta cita desoladora de Voltaire, inserta en Cándido o el optimismo, leyendo El mundo de ayer (Editorial Acantilado), de Stefan Zweig, ese intelectual nacido en Viena a finales del siglo XIX y que, además de las ficciones, de los ensayos y las biografías, levanta acta notarial de buena parte del convulso siglo XX, problemático y febril, que decía el tango, del que fue un espectador por una parte privilegiado, dada su desahogada posición económica, y por otra desolado frente a la descomposición de un mundo que se pudría con la Primera Guerra mundial y, no mucho más tarde, con la Segunda y que lo llevaron, entre otras circunstancias adversas, a quitarse la vida en Brasil. Hoy vivimos malos tiempos para los idealistas y los pacifistas y Zweig, como tantos otros, entonces aún creía en la posibilidad de que el ser humano se involucrase en una especie de fraternidad universal que le permitiera avanzar, a lomo de los descubrimientos científicos y de la cultura, hacia un futuro de entendimiento entre países y religiones. Sospecho que si Zweig hubiese nacido a mediados del siglo XX, a la vista del actual desorden que impera en la mayoría de los rincones de este desquiciado planeta, se hubiese suicidado asimismo ya que el atrezo de la humanidad es, si cabe, más catastrófico que hace un siglo desde el punto de vista bélico. Stefan Zweig detectaba entonces las diferencias entre la guerra mundial de la segunda década del siglo XX y la que la siguió poco después, apenas un clic en el devenir de la historia: en tanto en la primera los soldados, las naciones, iban a la guerra confiados en que estaban luchando por un mundo mejor, creyendo ciegamente en que su sacrificio traería el resultado de una Europa más sólida, más unida, más feliz, en la segunda imperaban turbios motivos de raza e intereses armamentísticos, amén de otras fruslerías que abocaron a una generación a la guerra. Probablemente hoy, un intelectual de la talla de Zweig, idealista, como dije antes, independiente, que añora una entidad supranacional europea y confía casi ciegamente en el buen corazón de las personas, sería motivo de risa. Quizá estemos en un mundo donde, pese a la triste realidad que a diario nos asalta en las noticias, sean más necesarios que nunca esos idealistas, esos pacifistas que a la postre son vencidos por las circunstancias, cuando los “razonables” o los “locos con carné” que dirigen el mundo, arengan con proclamas bélicas a sus súbditos apelando a la religión, a la libertad o a la democracia pero que al cabo sueltan “pepinazos” en países de África o de Oriente Medio para quitar el óxido del arsenal armamentístico y apropiarse de los recursos de los países bombardeados; en el otro caso degüellan miserablemente a sus víctimas y lo publican en los medios de comunicación o atentan en ciudades sembrando el caos en aras de un paraíso quimérico. No existe otra finalidad en las armas que se emplean salvo satisfacer el afán de dominio de una panda de malnacidos, sea cual sea el símbolo que enarbolen en sus banderas. Zweig se asentó en Petrópolis con su segunda mujer y desesperados ambos ante el futuro de Europa y su cultura, barruntando que el nazismo arraigaría en todos los rincones del planeta, se suicidaron el 22 de febrero de 1942. Stefan Zweig dejó escrito lo siguiente: «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra». A la vista de la situación actual, uno tiene que responder resignadamente que sí a las preguntas que formulaba Voltaire en Cándido o el optimismo; probablemente, aunque con métodos menos brutales, siempre hemos sido mendaces y bellacos y pérfidos e ingratos y ladrones y cobardes y envidiosos y avaros y ambiciosos y cualquier etcétera peyorativo que se le quiera añadir. Y, sin embargo, siguen existiendo personas que nos hacen mejor la existencia, tipos que aún te animan a creer en esta raza, acaso contra toda esperanza, y ojalá esas personas no se sumen jamás al desencanto que abocó a un intelectual como Stefan Zweig a quitarse la vida porque ya no soportaba tanta ruindad ni era capaz de enfrentarse a un futuro que preveía diabólico. Ese futuro que estamos escribiendo entre todos, con chafarrinones continuos y caligrafía hostil y un sentido bastante indescifrable y en el que resultan imprescindibles esas gentes como Stefan Zweig que te ayudan a detectar las faltas de ortografía con las que escribimos.