HIPOCONDRÍACOS

por Chesi

Los hipocondríacos somos unos seres dignos de lástima. Hasta entrañables. Quizá un poco coñazos en ocasiones pero, a la larga, unos pobres desgraciados con una extensa y peligrosa memoria como un archivo informático con los datos no ya de uno mismo, sino de quienes nos rodean. Cuando me sobreviene el menor contratiempo físico, esa memoria autónoma y cruel, desempolva las conversaciones que escuché desde que era un niño y que atañían a percances relativos a la salud. Esto es, si un día te levantas con dolor en un ojo, de inmediato te asedian los fantasmas amenazantes de personas que han sufrido cataratas, desprendimiento de retina, glaucoma; no puedes creer (seguramente ni quieras creer) que lo que te desazona es una simple conjuntivitis que se cura con un humilde colirio, sino que te ves como Borges, dictando líneas a un alma caritativa y escuchando lo que otros te leen, quizá incluso guiado por un perro lazarillo. En lo concerniente a los infartos, contratiempo bastante popular como una mala canción de verano, atesoro síntomas múltiples que me fueron transmitiendo distintos infartados (hasta el momento en el que no pude aguantar más las deposiciones y cogí un taxi para entrar en urgencias: suena a chiste pero poseo una carpeta plagada de electrocardiogramas que algún día donaré a la electroteca nacional, si existe): dolor agudo en ambos brazos, dolor insoportable en el izquierdo, dolor en el pecho, vómitos en algún que otro caso, dolor en la espalda, dolor en el estómago, dificultad para respirar. Si a una persona normal (dejemos para otro momento qué demonios es eso de la normalidad) le duele un brazo, recurre a una aspirina o a un fisioterapeuta, lo mismo que si le duele la espalda. Un hipocondríaco de verdad, jamás se aferraría a posibilidades tan simples: la aspirina, junto con la cafinitrina, la lleva en el bolsillo (sí, en una coqueta cajita donde transporta un orfidal, un sumial, aerored, medio trankimazín y otras maravillas de la química) y al menor síntoma de dolor en uno cualquiera de los espacios arriba indicados se mete entre pecho y espalda la aspirina y busca un taxi para que otro médico le haga el electrocardiograma número veintitantos, de modo que con los realizados a lo largo de su vida, si alguien tuviera la paciencia de enmarcarlos, se podría hacer una exposición de lo más aparente en el Reina Sofía, por ejemplo. Otro asunto grave (y cada vez más recurrente) es el ictus. Ah, el ictus. Puedo espigar algunos síntomas almacenados a lo largo del tiempo: dolor de cabeza, pérdida de fuerza en el brazo, mareos, dificultad para articular palabra; de modo que cuando uno siente una punzada en la sien, el taxista (“hombre, usted de nuevo por aquí. ¿Qué? ¿Otra vez a urgencias?”, “sí, por favor, pero haga sonar el claxon hasta que lleguemos que esto pinta mal”, “bah, no será nada, como siempre”, “no joda y acelere que mis días tocan a su fin”) nos lleva de nuevo a urgencias y nos deposita allí a la espera de que alguien nos atienda aunque en ese momento, en ese momento de inquietud, ya nos hemos despedido mentalmente de las personas que amamos y, pese a nuestro ateísmo militante, preguntamos a un enfermero si no podría acercarse por la sala el capellán. Y si un día te equivocas al hablar, si trastocas las sílabas, si en vez de decir, por ejemplo, Guadalajara dices Gualadajara que en cualquier otro provocaría la risa, tú lo detectas como el anuncio del ictus inmediato y vuelves al taxi acogedor. El buscar las gafas que llevas puestas en la frente y no dar con ellas, para cualquier ser humano es un despiste: para un hipocondríaco, evidencias irrefutables de un Alzheimer súbito. Y así con cualquier enfermedad de la que hayamos oído hablar y aunque seamos hombres (en mi caso), si nos duele el vientre, sospechamos que antes o después van a hacernos una histerectomía, no queremos transigir con una mugrienta cagalera. No quiero ser pesado pero ¿saben usted cuantos inflatos (sic) padecí en mi vida? Una sencilla acumulación de gases debida a la cerveza o a los guisantes o a los garbanzos, me tendió no pocas veces en camillas inhóspitas en las que una enfermera me afeitaba el vello del pecho para enlapar allí las ventosas y certificar, otra vez, que, en fin, acaso estuviese enamorado de ella pero que estaba hasta el gorro de hacerme otro electro. Es duro vivir así aunque a muchos les mueva a risa. Pero el verdadero enemigo de un hipocondríaco licenciado, como el que esto escribe, son los prospectos médicos, particularmente de los antidepresivos y ansiolíticos. Para nosotros, los infelices hipocondríacos, Cioran es un humorista comparado con esos textos que además de abstrusos son tenebrosos. ¿Qué se puede esperar de un medicamento que avisa de que en caso de que lo ingieras accidentalmente (¿quién cojones se toma un medicamento accidentalmente?) “avise al médico sin tardanza o acuda al servicio de urgencias del hospital más próximo”. Coño, sólo le falta añadir: “Y póngase en contacto con los servicios funerarios de inmediato”. Los prospectos de los medicamentos causan más males a la humanidad que en su día el Werther, que empujó a miles de jóvenes (seguramente hipocondríacos) a suicidarse. En este que tengo a mano avisa de los posibles efectos adversos. Échense a temblar: fatiga, somnolencia, debilidad muscular, amnesia anterógrada, confusión, estreñimiento, depresión, diplopia, dificultad de articular palabras, incontinencia, trastornos de la libido, dolor de cabeza, náuseas, sequedad de boca, erupciones cutáneas, temblor, vértigo, visión borrosa, elevación de las transaminasas, excitación aguda, trastorno del sueño, alucinaciones y casos de ictericia. ¿Pero qué puñetas cura ese medicamente, por favor? Es peor el remedio que la enfermedad. Con tales secuelas, ¿quién querrá experimentar con él? Entenderá usted que a la vista de la precedente prosa digna del Apocalipsis de san Juan, al leer estas palabras de Cioran, “Primero percibimos la anomalía del hecho estricto de existir, y sólo después la de nuestra situación específica: la sorpresa de ser hombre”, los hipocondríacos nos descojonemos de risa. Sin pasarnos, que uno también puede morir de la risa. Otro día hablaremos del hipo que ahora me voy a urgencias.

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