VERANOS

Para Luis Rebolledo

El verano es un buen tiempo para recuperar la medida del mundo, salvo que uno se sumerja en una de esas poblaciones costeras donde se quintuplica el número de residentes y siga aferrándose a la tiranía de agendas y compromisos sociales y gintonics en la terraza del bar y churrasco por la noche y ya, en el éxtasis alcohólico, que si un bailongo efervescente, los más osados un chapuzón nocturno y a dormir mientras la noche pasó por encima sin que nos enterásemos. Los veranos de los pueblos costeros y del interior marcan un tiempo diferente, pausado, que nos ayuda a recuperar la tranquilidad escamoteada durante el resto del año. El mar, decía Carlos Barral, es una religión y recuerdo la duración inmedible que aquellas jornadas que parecían no tener fin. Sin embargo, la presencia del mar es dictatorial ya que nos reclamaba de mañana y de tarde: el mar era el juego y no resultaba necesario otro recurso: baños por la mañana, acaso una siesta frente al televisor y baños por la tarde: todo estaba inventado y no era necesaria la imaginación salvo la siempre inquietante contemplación del mar. Era un espacio acotado, definido, que te reclamaba todas las horas de ocio. Un día de lluvia en la playa se aliñaba con la sensación de una catástrofe porque no podríamos bañarnos y las horas fluían con pereza y les preguntábamos a los del pueblo si al día siguiente haría buen tiempo y ellos siempre decían que sí después de mirar hacia el cielo encapotado. Con todo, a pesar de esa pasión que el mar siguen ejerciendo sobre mí, evoco pormenorizadamente los días intensos (e inmensos) de A Rúa, a donde fui casi todos los veranos a pasar unos días. Uno se levantaba, desayunaba y a media mañana se acercaba al río en compañía de los chicos del pueblo y de otros veraneantes que casi todos procedían de Madrid; nadie nos vigilaba y cometíamos las mayores locuras sin la tutela de un adulto: no sé si confiaban en nosotros o en el azar: todos salimos indemnes del asunto, supongo que por intercesión de un invisible ángel de la guarda al que citaban nuestros mayores. A la hora de comer, ese tío al que pertenecía la casa, nos permitía un alivio impensable en la ciudad: teñir con un “chisco” de vino un vaso de gaseosa La Casera que de inmediato nos embarcaba en la edad adulta. Y aunque entonces se nos presentaba el reposo de la siesta como un castigo, entiendo al cabo de tiempo el sentido aquellas horas en las que te encerrabas en una habitación y leías las novelas de Reno y de Bruguera y los tebeos y comenzabas a descubrir el placer de la lectura que no estribaba en la categoría de las obras sino en que te transportaban a un mundo acorde con tu imaginación, ilimitado, sensorial. Después de la merienda nos reuníamos otra vez y recorríamos los alrededores del pueblo, inventábamos juegos, nos contábamos cosas con una camaradería cómplice e inocente porque el mundo no nos causaba mayores problemas: estaba a nuestra disposición, maleable como la plastilina. Todo se enfangaba con el olor de las higueras. No resultaba infrecuente que después de tales incursiones que nos ayudaban a descubrir los secretos de la vida, nos reuniésemos en casa de un vecino para escuchar música y ahí descubríamos a una chica de la que nos enamorábamos con la eternidad efímera del verano y le contábamos a un amigo el secreto que no debía jamás descubrir y el amigo no tardaba en acercarse a esa chica y confesarle “fulanito anda por ti” y ya en el siguiente guateque nos atrevíamos a sacarla a bailar y poníamos en sus manos nuestra vida que era una vida común pero que a nosotros se nos antojaba apasionante como la de un corsario. Seguramente sonaba la melaza de Adamo. Después de cenar, de noche, en la terraza, nuestro tío nos permitía estar con él, sentados ambos en sendas hamacas, y contemplábamos un cielo infinito y luminoso, sin ruidos, en el que se remansaba la vida como si la vida fuese eterna, como ese amor que acabábamos de descubrir. Quizá a ciertas edades todo sea eterno. En noches así la muerte parecía una frivolidad, una adversidad que nunca podría suceder, una trampa fácilmente esquivable. Uno entraba en una finca a robar una pieza de fruta y adquiría el legendario valor de aquellos héroes cuyas historias leíamos a la hora de la siesta. Un mundo a nuestra medida, en el que nada sobraba ni nada faltaba. El olor narcótico de las higueras siempre, los gorriones que caían en las trampas en las que insertábamos una miga de pan, la caza de las ranas en las orillas del río. Tantas cosas… Luego amanecía una mañana en la que la lluvia percutía en la claraboya de la habitación y sabíamos con certeza que el verano había concluido, que era el tiempo de los adioses para los que nos íbamos y para los que quedaban en el pueblo. Prometíamos, y cumplíamos, escribirnos cartas contándonos nuestras vidas en la ciudad a la espera de que llegase el próximo verano y nuestros hermanos mayores se despedían de sus novias con canciones nostálgicas del Dúo Dinámico o de Armado Manzanero y ellos sí que lloraban pero no nosotros, que sabíamos que el otoño y el invierno y la primavera eran caminos indispensables que nos llevarían a las siguientes vacaciones, cuando esa niña a la que le habíamos dado un beso en la mejilla ya ni se acordaba de nosotros y, además, nos afeaba la sombra de un bigote que empezaba a crecer a medida que los veranos se hacían más cortos. Cosas de la nostalgia, supongo.

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