CUATRO ÁMBITOS

El pulso de la ciudad puede palparse en cuatro ámbitos distintos: las salas de espera de los médicos, los tanatorios, las peluquerías y los bares. Ciertamente, en las calles y en las plazas uno puede asistir a conversaciones que le desvelen los entresijos, las glorias y las miserias de una ciudad pero los cuatro escenarios nombrados al principio me han servido en no pocas ocasiones para recurrir a la perversión de almacenar en la memoria gestos o frases o comportamientos que después puedo pasar a una página mutatis mutandis.  En las antesalas de los médicos uno detecta la mayor o menos gravedad de los desajustes de los cuerpos y a medida que cumples años, al visitar esos espacios con más frecuencia, te enteras de los alifafes no sólo de los allí presentes sino asimismo de sus familiares, de sus amigos e incluso asistir al buen o al mal trato que al parecer del que habla le inflige su médico de cabecera. Sales de esos sitios con la sensación de que el mundo se está yendo al carajo y al abandonarlos lo primero que se te ocurre para paliar la brevedad de un futuro que otros pintaron para ti de color morado tirando a negro, es entrar en un bar y pedir una cerveza para reponer fuerzas y esperanzas: el alcohol, con frecuencia, palía los desarreglos de la vida, al menos los contratiempos más leves. En el bar, aunque no seas una persona excesivamente sociable y rehúyas los grupos, con el ánimo del alcohol va mejorando el asunto y si estás medianamente atento el camarero te informará de los habitantes del barrio, de cuál roba las páginas de los crucigramas, de quién está tramitando una herencia, del que cambió de coche, del viaje que va a hacer el matrimonio que está tomando café, de que la mujer solitaria se acaba de divorciar y de que menganito varió de residencia; si además, permaneces atento a las conversaciones de los que se agrupan en torno a una mesa, podrás catar los gustos políticos y futbolísticos de la peña. Con esa extraña complicidad que el ámbito del bar establece entre los consumidores y las dos cervezas que tomaste, la vida empieza a enderezarse hasta que cuando vas a salir, el camarero te pregunta si te acuerdas de fulanito y cuando respondes que sí, descabeza tu frágil alegría de golpe: Murió ayer por la noche, está en el tanatorio. Así que no te queda más remedio que coger un autobús y acercarte al tanatorio ya que aunque tu relación con él no era de amistad, sí que existía complicidad entre ambos porque a veces habíais visto juntos un partido de tenis o te había invitado a una caña y te ves en la obligación de allegarte al tanatorio y dar el pésame a quienes crees, con no total seguridad, que son sus familiares, un tanto apesadumbrados pero sin que ello impida establecer una conversación acerca del mal año para las vendimias y las matanzas con este calor que definitivamente todos achacan al cambio climático excepto el primo de Rajoy. Te demoras, pues, allí hasta que ya no sabes con quién estás hablando, si es familiar del muerto el que te cuenta que sus hijos se fueron a buscar un futuro fuera de Galicia porque aquí no hay posibilidades y que no olvides que el sábado próximo es la fiesta de los callos en su pueblo y que te des por invitado, ya verás cómo lo pasamos de puta madre.  Antes de abandonar el lugar, entras en la cafetería, ventilas una cerveza de forma acelerada y al pisar la calle enciendes un cigarrillo porque ya tienes la espesa sensación de que ése será tu último cigarrillo que para eso llevas en tus genes una hipocondría irrazonada pero en ningún momento absurda. Como todavía tienes tiempo antes de comer, te pasas por la peluquería y la chica que te atiende, la misma de siempre, te detalla pormenores de la clientela, sobre todo de la que sale, te va contando enredos familiares de novela decimonónica y cuando acaba la faena, ya tienes almacenado en tu interior una serie de datos que bien podrían insertarse en la novela que estás escribiendo pero te gana la urgencia, llegas a casa y decides escribir para el periódico en el que colaboras un artículo, así que coges el papel, el bolígrafo y comienzas:  “El pulso de la ciudad puede palparse…”

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