EL GOZO DE VIVIR

Nunca tuve la buena fortuna de charlar con Carlos Casares, de escucharle relatar sus múltiples experiencias que era, según opinión unánime de quienes fueron sus contertulios, una ceremonia inolvidable, pero releyendo este mes de agosto una parte de sus artículos, no me cuesta imaginar la enjundia de sus diálogos. No hay en dichos artículos un asomo de afectación ni de jactancia y escribe con el mismo cariño de un compañero de juegos infantiles en A Limia que de un encopetado académico sueco. El ojo, la intuición, el talento de Carlos (es un galardón para él que se pueda prescindir del apellido) lo llevan a reflexionar imparcialmente acerca de un desconocido con el que comparte la terraza de un bar en Nigrán con el mismo afecto con el que habla de un político neoyorquino o de un escritor famoso: llegué a la conclusión de que, más que amar la vida (que también, puesto que cualquier detalle, por nimio que fuese, despertaba en él el gozo de vivir), Casares amaba a las personas que la habitan y ninguna de ellas, ni siquiera las que convocan nuestro desdén, cuando no abiertamente el odio, le resultaba indiferente, como si tratase de descubrir, aun en el fondo de las más detestables, una justificación para sus desmanes. Como me comentaron quienes compartieron con él charlas en distintos escenarios, uno lee los artículos de Casares y le parece estar asistiendo a una sobremesa en la que, más que acaparar la atención, proponía caminos para que el diálogo se enriqueciera con digresiones que son las que al final proporcionan múltiples posibilidades para una tertulia que se bifurca con las aportaciones de cada participante. Carlos elevaba la anécdota más trivial (podía ser la pereza del gato Samuel, una charla con un obrero que trabajaba en la casa, la fugaz visión de un desconocido en un tren) a la categoría de una filosofía de vida exenta de alharacas. Vanidad es una palabra que no entraba en su vocabulario. Pienso en todo esto (y que se me disculpe si lo que añado ahora puede sonar a influencia de la reciente lectura) una tarde de sábado en una pequeña aldea de Macendo, en el ayuntamiento de Castrelo de Miño, cuando empieza a atardecer y por las callejas sólo discurre como lava el silencio; entonces me sirvo un vaso de ribeiro, me siento en la terraza con el libro de Carlos Casares y sospecho que el crepúsculo sería mejor (posiblemente hasta más demorado) si Carlos encendiese un puro a mi lado, contemplásemos sin hablar la tonalidad de granada del sol que declina, y él comenzase a relatar cualquier cosa diciendo “Onte pola mañán tiven que ir ata Panxón” y seguramente caería la noche sin que nos diésemos cuenta, hasta muy cerca del amanecer, gracias al embrujo de las palabras que dominaba con la misma delicadeza con la que acariciaba al gato y escuchaba el trino de un pájaro y que tantas veces le sirvieron de estímulo para escribir algún artículo o iniciar una conversación como la que acabo de tener con él releyéndolo, que suele ser el diálogo más grato que se puede mantener con un autor, la relectura.

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