SOLENOIDE

por Chesi

Aficionado (o víctima, a saber) del insomnio, a veces aprovecho esas largas horas de vigilia para reflexionar, que es un acto que suele doler como si uno se estuviese sometiendo una autoacupuntura con agujas de calcetar.  Después de tales intervalos, no tengo la seguridad de si lo que se mezclan sobre las sábanas deshechas son los pensamientos que malhilé al no poder dormir o algunos sueños que se colaron de matute rompiendo la frágil frontera entre el sueño y la vigilia. Me abstendré de narrar los sueños porque estoy casi totalmente de acuerdo con Javier Pastor que expone en su Mate jaque: “Los sueños narrados, propios o (sobre todo) ajenos, son un coñazo. Y una descortesía.” Digo que estoy casi totalmente de acuerdo porque con los amigos no se puede estar totalmente de acuerdo ya que de lo contrario la conversación se establecería sobre “naturalmente que sí”, “tienes razón” y eso se reserva para el matrimonio después de una década o dos (o tal vez menos) de heroica convivencia. Pues esa noche de insomnio mis pensamientos se extraviaron hacia la novela Solenoide (Ed. Impedimenta) de Mircea Cartarescu (prescindo de la endemoniada grafía rumana) en la que el autor enhebra una serie prolija de sueños que tuvo a lo largo de su vida pero que en ningún momento me enfadaron como lector, ya que se ajustan perfectamente a la trama de esa novela en mi opinión notable; siguiendo el hilo de las dispersas reflexiones nocturnas, comparé esta obra con la de Karl Ove Knausgard (prescindo de la endemoniada grafía noruega) La isla de la infancia (Anagrama): ambas relatan las infancias de los autores/narradores y ambas son extensas (498 páginas del noruego, 794 del rumano). Había oído hablar mucho y bien de Knausgard (algún temerario lo tildó del Proust del siglo XXI) y decidí invertir en conocer de primera mano su ficción que me ganó por KO en la página 153: ahí dejé amortajada la lectura.  En tanto, a mi juicio de lector, la novela de Cartarescu formaba un todo perfecto, un complejo engranaje donde los sueños, las narraciones de la infancia, la vida familiar, las amistades, la escuela, la Rumanía tétrica de Ceaucescu, el sexo, lo indecible, encajaban con una precisión admirable, Karl Ove Knausgard amontonaba datos superfluos como una reseña de fruslerías comunes a millones de infancias: del primero uno extraía placer lector y conocimiento de la vida y del mundo; del otro, una crónica aburrida que me recordó cualquier ejercicio escolar de un alumno de 12 años al que el profesor le encarga un dictado del tipo “Escriba usted minuciosamente lo que hizo ayer” y el discente amontona hechos cotidianos sin más: levantarse, desayunar, ducharse, besar a sus padres antes de salir al colegio, regresar, comer, volver a clase, escuchar las lecciones, merendar, jugar con los amigos, cenar, lavarse los dientes y meterse en cama. Puro hastío. Lo que me desconcertó, y me hizo dar el paso definitivo para abandonar cobardemente la lectura, fue el pasaje en el que el protagonista y un amigo se internan en un bosque y acuclillados sobre un tronco caído, defecan al unísono, acto, como es sabido, fundamental para conocer la esencia de cualquier ser humano o reportar una muestra a un centro de salud para que te hagan un análisis acerca del cáncer de colon: tres páginas de un mortal aburrimiento (uno parecía oler el pestazo del acto recogido en tan largo e innecesario fragmento) en las que Knausgard relata el ritual de bajarse los pantalones, hallar una postura idónea, forzar los esfínteres, excretar el producto y narrarlo como si fuese el parto de los montes: al final salía mierda y no literatura. Pese a mi demostrado amor por la escatología, aquello me superó; y más teniendo en cuenta que recordé ese mismo acto narrado concisamente en apenas media página y con elementos poéticos atractivos por un escritor gallego: “Facer un  turullo semella doado para o diletante pero o experto sabe ben da súa dificultade. Un bó turullo, un turullo que mereza o nome de tal, soamente o acada un artista cada cen anos. O turullo non se consegue nun váter convencional tipo Roca, non: precisa campo aberto e se hai estrelas (resulta indiferente que sexa como bágoas) mellor. Nisa paisaxe aillada, baixe o pantalón e aníquese. Para se inspirar, escoite o canto do grilo (o ideal sería o do moucho). Que as folliñas da herba rocen as súas nadegas: poña o cú ben redondiño, apreté o recto ata sentir que descende a materia intestinal. Cosas dúas mans abra o esfínter agrarimosamente, deixe caer o excremento sen se mover e cando sinta que aahhh de gusto, xire o cú no senso das agullas do reloxio por tres veces. Límpe de seguido cun fento ad hoc. Logo, olle a escultura redondiña que nin mesmo os alfareiros de Niñodaguia: velaí o turullo, pleno, luar, nuclear, case que ensaimada mallorquina, orixe e fin disa miseria, porca miseria que somos. ¿Ou non?” Tan confusos pensamientos de un insomne, atrapallados, removidos como en una liturgia de los actuales gin tonics, vienen malamente a cuento para recomendarles vivamente la enjundiosa lectura de la novela Solenoide, de Mircea Cartarescu, sin los ya citados y endemoniados acentos rumanos.

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