LIBROS

por Chesi

Alguien escribió que la literatura es una forma de vida; otro agregó una sentencia casi irrefutable: “Yo soy yo y lo que leí”.  Para quienes aman la literatura, los libros forman parte del día a día, de manera que no es extraño verlos hablarles a los libros, comentarles, en una habitación solitaria como la que reivindicaba Virginia Woolf, lo mucho que disfrutaron con su lectura, la compañía que les hicieron o, en ocasiones, el sentirse defraudados al cerrarlos, haber pagado equis euros por una superchería que, por lo general, suele exponerse en la mesa de novedades. Sospecho que de alguna forma extraña o inexplicable, los libros son seres vivos que, además, se transforman con la relectura, abriéndonos nuevas perspectivas. Es raro que una persona que lea se sienta sola. Somos, en cierta forma, lo que leemos; naturalmente que hay experiencias ajenas a la lectura que conforman asimismo nuestra forma de ser, nuestra visión del mundo que nos rodea. Pero en los libros uno halla casi todo lo que necesita: desde la recreación de tiempos ya extintos a las posibilidades de entrever un futuro que barruntamos de forma confusa y, por supuesto, una mirada más amplia al presente que nos asfixia. Una casa con libros nunca será una casa vacía. Y entre ellos, los hay familiares (esos autores a los que leímos tiempo atrás y que revisitamos como cuando entramos en el hogar de un viejo amigo), otros que nos sorprenden y deslumbran por primera vez. Los libros rectifican muchas cosas: rectifican la soledad, la duración de las noches, alguna herida que nos causó la vida, porque en ellos descubrimos que lo que estamos sufriendo no es más que una reedición del sufrimiento que padece de forma natural el ser humano desde hace miles de años y parece que esa herida cicatriza más fácilmente cuando abrimos uno de esos volúmenes y nos perdemos en él. Piensen en esas fotografías de las revistas de decoración en las que habitualmente aparecen libros que enseguida detectamos que están de adorno: por lo general carísimas guías de ciudades, quizá alguno que otro de gastronomía, reproducciones de cuadros de un pintor o guías de museos, acaso una biografía de alguien. Esos libros son un mero ornamento y es posible que jamás hayan sido abiertos e incluso, si cogemos una lupa y observamos la fotografía con cuidado, no resultaría extraño descubrir el celofán todavía intonso, casi igual que los adornos de los comercios de muebles en los que vemos una biblioteca que contiene lomos vacíos de libros sin páginas, puro ornato sin sentido, o como las enciclopedias que se apilaban hace años y que, por lo general, apenas se abrían. Recuerdo un piso en el que existía una librería dedicada a Espasa Calpe: tengo la completa seguridad, basada en comentarios de los que allí vivían, de que jamás nadie tocó esos libros salvo el plumero que se pasaba por sus cantos. Supongo que sería una forma de afirmar un estatus social o algo así. Como, más o menos, las casas burguesas de entonces en las que casi siempre había un piano y una chica joven y casadera que tocaba Para Elisa, inevitablemente, salvo casos en los que la pasión por la música era algo más que un entretenimiento para las visitas y el chocolate con pastas. Los libros son otra cosa, como dije al principio refiriéndome a alguien: una forma de vida, una manera de educarnos, de ver el mundo de distintas maneras, tanto del que lo mira con nuestros ojos como, sobre todo, de aquellos que nos obligan a observarlo de una forma distinta y dinamitan los principios aparentemente sólidos en los que nos movíamos. La soledad casa bien con los libros y, a la vez, los libros, cuando los abres, desbaratan la soledad. Porque somos, entre otras muchas cosas, lo que leemos.

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