MON SEMBABLE

MON SEMBABLE, MON FRÈRE

Creo que es en la novela Trilogía de la geurra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral, 2018), con la que el escritor coruñés obtuvo el premio Biblioteca Breve, donde el protagonista acude a una biblioteca en busca de un libro determinado y se sorprende al encontrar en sus páginas anotaciones manuscritas, lo que inducen al personaje a especular quién y por qué y cuándo pudo haberse interesado antes que él en ese preciso volumen. No recuerdo, sin embargo, si Fernández Mallo le dedica a la anécdota unas líneas breves o unos párrafos. Pero esa coincidencia me llevó a un asunto personal que tuvo lugar, si no me equivoco, en el año 2012, cuando acudí a una biblioteca para hacerme con un ejemplar de La marcha Radetzky, de Josep Roth: a día de hoy, después de haber leído media docena de novelas de este Roth, me sigue pareciendo su obra más conseguida. Afortunadamente, en la actualidad la editorial Acantilado está sacando la mayoría de obras de este autor de origen judío, nacido en el imperio austrohúngaro y que vivió a lomos de los siglos XIX y XX. Cuando Roth intuye que el inolvidable autor de Mein Kamp y sus secuaces van a armar la de Dios es Cristo por la fruslería de unos ojos azules y un cabello rubio y compondrán una sangrienta sinfonía que bailará medio mundo, lía el petate y se larga a París, donde se suicida escrupulosa y lentamente con alcohol en 1939 a los cuarenta y cinco años. Llegué a casa con el préstamo de la biblioteca y mi sorpresa fue mayúscula (perdón) cuando en una página en blanco que precedía a la del título y nombre del autor, descubrí que alguien antes que yo había sacado el libro de la biblioteca; confieso que me gustaría conocer al lector metódico que consignó a lápiz, con caligrafía meticulosa las siguientes notas textuales (que fotocopié y tengo ahora mismo a mano, mientras redacto este artículo): “Solferino. Población de Italia, prov. de Mantua. 2.035 hab. Restos de un castillo. En ella Napoleón III derrotó al ejército austríaco al mando del emperador Francisco José I (1859)”. Y: “Radecky o Radetzky. Juan, José, Wenceslao, Francisco Carlos. Conde de Radetz. General austríaco (1766-1858). Después de la batalla de Marengo, fue destinado al ejército de Alemania, en el que brilló por su valor y prudencia. Sus hazañas, tan numerosas como heroicas, han dado origen a una extensa bibliografía. Vivió 92 años”. Y ““Radetzky Marsch”. Compuesta por Johann Strauss, padre, en el año revolucionario de 1848-1848, März. In Wien wurde Metternich unter dem Druck der Revolution entlassen. Das erwachte National‑Bewubtseinder Ungarn. Tschechen Und Italianer bedrothe die Existenz des Vielvölkerstaates Österreich”. Estas cosas, naturalmente, establecen un vínculo repentino entre quien me precedió en la lectura y disfrute de la obra de Josep Roth, en este caso, y que, me dio a entender, a modo de clave o de mensaje escondido, manuscribió esas anotaciones para que quien abriese con posterioridad el libro, tuviese algunos datos históricos relevantes que hicieran comprensible la lectura, facilitando detalles que podrían pasar inadvertidos. Este tipo de azares (con un libro, con la música, con el cine) suelen crear extrañas correspondencias entre personas que posiblemente no vayan a conocerse nunca pero siempre se siente una especie de afecto con ese hombre o esa mujer que antes que nosotros ha desbrozado el camino que vamos a seguir, como si estableciese ciertos hitos que nos hacen más llevadera la lectura. Deduje, acaso con ligereza, que era una persona de edad: la esmerada caligrafía difícilmente podía corresponderse con un joven y la atribuí a alguien que había estudiado esa asignatura hoy desaparecida; deduje, acaso con ligereza, que esa persona vivía sola en un piso amplio heredado de sus padres, tal vez en compañía de algún gato orondo y se pasaba las horas leyendo cuidadosamente libros de historia o ficciones. Tuve ganas de dirigirme al personal de la biblioteca y pedirles que me proporcionaran una lista de lectores que se hubiesen interesado con anterioridad por la novela de Josep Roth y emprender una búsqueda a base de investigar en las guías telefónicas que hoy cayeron en desuso. Quizá un día, después de llamar a numerosas puertas, me abriría alguien, un hombre o una mujer de edad, que me confirmase que sí, que había sido él o ella quien recogió el libro en la biblioteca y manuscribió aquellos datos que prevenían a un futuro lector. E imaginé que me invitaba a entrar en ese piso que olía a décadas ya prescritas y, mientras bebíamos un café, ese hombre o esa mujer y yo manteníamos un diálogo cómplice acerca de las bondades no sólo de la ficción de Roth sino de la literatura y el mundo en general, como si ambos nos hubiésemos conocido hacía muchos años y recuperásemos una relación que el azar había interrumpido. Devolví el libro con la gratitud de quien ha recibido un regalo que no esperaba pero que le había hecho transitoriamente feliz.

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