ARROZ CON LECHE

La nostalgia es el arroz con leche de la vejez. Ignoro por qué, pese a la afición que los niños suelen tener por el dulce, jamás fui capaz de probar un bocado de ese postre que se servía en bandejas ovaladas que, por lo general, tenían un borde azul y que remiten a un tiempo ya concluso, como tantas cosas. Aquella gollería (escribir gollería es incurrir en nostalgia), con su capa de canela, siempre me proporcionó algo que tiraba más hacia el asco que al desasosiego, como si su textura, entre lo sólido y lo líquido, fuese un experimento nefando, similar al puré. Nunca entendí que alguien pudiese gustar del puré de patatas (aunque lo ornamenten con una floración perejilera) pudiendo comer patatas fritas o patatas cocidas: me parecía que era una forma de degradar el tubérculo, si la patata es un tubérculo, haciéndole perder su esencia sólida y contundente: si ese templo gastronómico que es McDonald’s no pone en sus hamburguesas puré de patatas sino patatas fritas, por algo será, coño. Así que cuando uno ya cumplió sus años más o menos decorosamente (expresión que no significa absolutamente nada pese a la eufonía), un buen montón de años, y los médicos le recomiendan no acercarse al azúcar (ni a muchas otras cosas; en definitiva, te recomiendan no vivir), la vida, a través de intermediarios, te suministra la falsificación del arroz con leche: la nostalgia. Quede claro que no soy de los que ven la grisalla del NO-DO  y lloran; es más, si me quieren someter a una tortura irreprochable, pongan ante mis ojos esa sucesión de fotografías que se inician cuando uno está en la cuna todavía con cara de feto, y sigan con la progresión clásica: haciendo castillos de arena en una playa, primera comunión, corbatita para el primer fin de año en el Liceo, amarrado a los colegas de final de Bachillerato, grapado a los conmilitones del servicio militar, ostentación de los primeros vaqueros acampanados, sonrisa alcohólica de un magosto, foto con tu novia en el monte, otras del día de la boda, acunando hijos y después ya lo que viene y que sigue siendo lo habitual de la anterior exhibición; hasta que te muestran una actual (posiblemente tomada a traición, con el móvil) y uno se pregunta qué demonios de línea consanguínea se puede establecer entre el gilipollas de la cuna y el actual con su barriguita, su alopecia, sus gafas y las hondas cicatrices de la existencia. A lo mejor nuestra vida es sólo eso: instantes. Hay perversos que malinterpretan a Jorge Manrique y señalan sus versos más conocidos: Cualquiera tiempo pasado/fue mejor. Cita errónea, torticera y tramposa. Don Jorge Manrique escribió eso, sí, pero el verso anterior señala la clave de la decadencia: Cómo a nuestro parecer. Y nuestro parecer no siempre es objetivo, todo lo contrario. Aunque descreo de ello: la vida me parece infinitamente mejor hoy, ya entrando en la vejez, que cuando me bañaba en el río, me enamoraba con afeites wertherianos y creía que el futuro era una extensión ilimitada plagada de resortes para la felicidad. La nostalgia ataca por vías numerosas y agresivas: un día te encuentras en el whatsapp una fotografía  de un curso en el colegio cuando tenías doce años y te preguntas quién demonios será aquel chiquillo con cara de espantado que vagamente te recuerda a ti y hasta quieres anular las posibles correspondencias que existen entre el infante y el tipo que eres hoy, cincuenta años más tarde. Porque si llegas a reconocerte y a aceptarte, antes o después caerás en una de esas comidas de exalumnos donde se cuentan las imbecilidades más prosaicas adornándolas con la orla de la fantasía legendaria. Rebuscar en ese álbum de fotos que conservó tu madre es darte de bruces con un desconocido del que eres incapaz de desvelar qué lazos, de cualquier tipo, lo encadenan al que hoy eres. La nostalgia es eso que ya recogió (si no lo hizo, fue un error) Max Aub en sus Crímenes ejemplares: cuando te invitan a una casa y después de la comida alguien anuncia: Y ahora, el postre, chán, chán. Y de postre hay… arroz con leche, exacto. Por educación tratas de escaquearte y alegar que el médico te ha advertido que tengas cuidado con la glucosa. Alguno de los comensales insiste: Por una vez que te saltes las normas del médico, no pasa nada. Concluyes, casi con los ojos cerrados, la porción de arroz con leche que te sirvieron. Uno es, en el fondo, educado. Pero la cosa no termina ahí; otro de los comensales propone: Venga, un poquito más, hombre, que este postre lo borda Amparito. Y te sirven una nueva ración que tragas con ganas de vomitar. Cuando concluyes, otra vez te invita a repetir: No nos vas a hacer un feo, vamos, una última ración y terminamos; es una vergüenza dejar ese poco. En ese momento, si fueses uno de los personajes que Aub incorpora a su libro, te levantarías, esgrimirías el cuchillo del asado (que, además, sirvieron con puré de patatas) y exterminarías a todos los que te rodean desparramando luego los restos de arroz con leche encima de los cadáveres ensangrentados. Quede claro, pues, que no me gusta el arroz con leche. Tampoco la nostalgia.

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