ESTATUAS

Hablando de gastronomía con un amigo, asunto en el que él es un experto y yo un aficionado sin más, mientras caminábamos por las calles de la zona antigua bajo un sol otoñal excesivamente tibio y casi peligrosamente veraniego, se me desvió un tanto el pensamiento de los halagos que mi amigo hacía hacia determinados restaurantes y de las pegas que les ponía a otros y en tanto él disertaba acerca de sus gustos particulares, decidimos hacer una pequeña ruta por las estatuas dedicadas a literatos que hay en la ciudad, ya que mi amigo no sólo conoce los entresijos de los fogones sino igualmente de la literatura y otras disciplinas artísticas, lo cual demuestra la amplitud de sus apetencias que no sólo de pan vive el hombre. Ya que el busto de Vicente Risco, en el barrio de A Ponte, nos quedaba a desmano, optamos por dar salida a nuestro nuevo rumbo desde la estatua de Concepción Arenal y llegar hasta los jardines del Padre Feijoo. Mientras mi amigo, al que llamaré en adelante Paco para no insistir en el hecho de nuestra amistad, alababa sin concesiones una dorada a la sal de un determinado establecimiento y cometía el imperdonable delito de catalogarla de “espectacular”, asunto que obvié dada la ya larga amistad que nos une, con esa manía funesta de adjetivar como espectacular todo lo que nos deleita o sobrecoge (una puesta de sol espectacular, un paisaje espectacular, un físico espectacular, un edificio espectacular), yo recordaba la frase de un escritor al que no pude identificar, que dice: “Las estatuas erigidas al autor marcan los límites de su gloria poética”.  ¿Son las estatuas los límites de esa gloria póstuma o contienen un significado de perdurabilidad?, me pregunté delante de la de Blanco Amor, en los jardines del Obispado y detrás del Liceo, entidad por la que pasaron notables no sólo de la literatura sino de otros campos. Intercambiamos nuestras miradas con la seria de Ferro Couselo al amparo del Museo Arqueológico y seguimos caminando hacia la plaza de la Imprenta, donde un quintaesenciado Castelao yace con aspecto humilde tan cerca del barrio chino que un día albergó glorias ya extintas, anécdotas que pasaron a formar parte del imaginario colectivo o a aliñar páginas de algunas novelas o de las crónicas de sucesos que el buen periodismo es otra forma de literatura. Ascendimos hasta la plaza del Corregidor, en la que un pletórico Otero Pedrayo parece estar dando una conferencia ante un público invisible y después bajamos hasta la denominada popularmente plaza de los Ramones: allí están mirando cada uno hacia un punto distinto del horizonte, Valle‑Inclán y Cabanillas: dos pontevedreses acogidos al territorio ourensano. Paco y yo mezclamos la gastronomía con el hecho de que no hay excesivas estatuas dedicadas a literatos en la ciudad aunque sí quedan huellas de ellos en placas (aquí nació, aquí vivió, aquí escribió, aquí murió) o en el nombre de las calles: José Luis López Cid, Filomena Dato. Cervantes tiene un oscuro callejón con rastros de puterío. A Valente le han dedicado un centro cultural que mucha gente aún llama el Banco de España, el Simeón mantiene ese nombre que a veces se reemplaza por el actual, Marcos Valcárcel. Nos preguntamos uno al otro quién merece una estatua. ¿Carlos Casares, por ejemplo, López Cuevillas, Xocas?  ¿Establece la calidad literaria, o el trabajo de investigación, el hecho de que se erija una estatua a un autor o pesa asimismo la importancia local, el azar de haber nacido en la ciudad, para que decidan inmortalizarlo en bronce o en piedra? Abogamos por pensar en ello seriamente y entramos en un bar de la calle Lepanto, la antigua rúa da Obra, y regalarnos con un par de ribeiros. Paco hablaba cada vez menos de gastronomía y, de repente, quiso saber si en la categoría de literatos o de personajes literarios, O Carrabouxo de Xosé Lois merecía una estatua. Yo, aunque callé, estaba convencido de que sí: O Carrabouxo la merece y, aparte del fauno de Xaime Quessada a cuyo pie se rinde homenaje a personajes de los tebeos (incurro deliberadamente en lo de tebeos), a mí no me importaría, todo lo contrario, que hubiese monumentos dedicados a Mortadelo y Filemón, a Asterix y Obelix, a Carpanta, a doña Urraca, a Tintín, como en la hermosa canción de Sisa Qualsevol nit pot sortir el sol. Tengo claro que prefiero la irrealidad de estos personajes al busto de un político del signo que sea. Incluso no sería disparatado erigirles estatuas a  aquellos personajes que sin ser estrictamente literarios llenaron de leyendas mi infancia, ya remota: El Capitán Bombilla, La Concha, El Cepo, Toñito Patata, que fueron esenciales para otorgar categoría legendaria a Ourense y formar parte ya de la mitología popular. Realmente, una ciudad como la nuestra, si uno empieza a escarbar, debería erigir una estatua cada pocos metros a sus literatos, a sus pintores, a sus escultores, a sus médicos, a sus fotógrafos, a sus empresarios, a sus arquitectos, a sus estudiosos,  porque basta expurgar un poco para darse de bruces con el talento de mucha gente. No sólo las personas famosas vinculadas al mundo de la literatura y demás artes merecen una estatua (si es que alguien la merece, a saber): también las gentes del común, por decirlo de algún modo, que le van dando a la ciudad la categoría de su esencia. Yo siempre fui partidario de erigirle una a La Chichona: jamás tuve la fortuna de conocer a esa mujer, esa puta legendaria, acerca de la cual los mayores nos contaban hazañas que de ser ciertas, amontonaban en su cuerpo más cadáveres que Agustina de Aragón largando cañonazos contra las tropas francesas.  Así transcurrió la agradable mañana: pasamos de la gastronomía a la literatura y al final ya nos enfangamos, sin nostalgia, en los personajes de nuestro pasado que tienen en la memoria la misma consistencia que Guillermo Brown porque en la vida de uno es tan importante don Quijote como aquel guardia municipal que te hurtaba el balón por jugar al fútbol en el parque de San Lázaro. Para rematar esa mañana de agradable tertulia, entramos a comer a un restaurante y el camarero nos alertó de que allí comía con frecuencia Baltar. Paco, que a veces tiene una vena cáustica muy particular, con tintes anarquistas, le preguntó: “¿Y ése quién es? ¿Tiene alguna estatua en la ciudad?” Sospecho que antes o después erigirán alguna. Pedimos de primero caldo y de segundo lubina. Elegimos un Sanclodio para acompañar la jornada gastronómicoliteraria.

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