El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: octubre, 2018

RECTIFICACIÓN

En la entrada anterior, se me coló un “y indagó” por el que pido disculpas y por el cual bien merezco una segunda operación en el otro ojo efectuada por un batallón de zapadores. Perdón por el crimen aunque sea imperdonable.

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FINAL DE UNA OPERACIÓN

Que algunas personas me hayan animado a escribir un artículo que cierre aquel otro que titulé Una operación, es gratificante por varios motivos; sobre todo, en primer lugar, porque sigue habiendo gente que lee periódicos; en segundo lugar porque esa gente lee Faro de Vigo y, en último lugar, porque entre los colaboradores ourensanos (Eguileta, Miguel Ángel, Martinón, Arneiros, Fraiz y otros que en este momento lamento no recordar) existen lectores que al menos ojean lo que uno escribe. Así que el presente artículo da fe de algo que yo ponía en entredicho en el anterior: sobreviví a la operación de cataratas. Vaya por delante mi total agradecimiento al personal que se ocupó de mí (y de otros tantos damnificados) en la residencia sanitaria: desde celadores hasta los cirujanos (si había más de uno, supongo que tal es el protocolo, no pude saberlo con certeza porque me enmascararon de fantasma en la camilla con un trapo tipo mortaja que me tapaba la cabeza o, en símil taurino, la testuz). En la primera fase, allá en toriles, una enfermera que respondía a la gracia de Rocío y de la que me enamoré de inmediato me trató (y a todos los que aguardábamos la intervención, unos más tranquilos que otros) con tanto interés que varias veces, mientras me ponía gotas en el ojo averiado, sentí ganas de abrazarla sin impulsos lascivos, por mera ternura, por gratitud. Aunque yo creí que sería uno de los que exigiría de inmediato, mientras aguardábamos entrar en el quirófano, ir urgentemente al baño para, sin rodeos, cagarme por la pata abajo pensando “ésta es mi última deposición en vida” (seguramente intuí que muerto incurriría en el vaciado alguna vez más) soporté el trance con apostura de héroe homérico: ni me meé ni me tuvieron que dar un tranquilizante: mi tensión era normal; de este hecho deduje que ya estaba muerto. No era así. Mi desconcierto y mi temor, que podríamos tildar de terror absoluto, fue cuando me llevaron a la antesala del quirófano y una doctora a la cual, pese a la mascarilla, le adiviné la belleza del rostro (tal vez creyendo que ya estaba muerto y me hallaba en presencia de una santa), me miró el ojo e hizo ese comentario displicente e ingenuo que ya había escuchado en una revisión previa: “Menuda catarata”. Tomé la frase como si fuera una opinión admirativa. Cuando salió el cirujano del quirófano y indagó en el ojo siniestro y siniestrado, dijo algo así como “éste no” y me devolvieron a toriles. Ahí empezó mi legendario ánimo a flaquear. Regresé a ese espacio intermedio en el que Rocío me dijo algo que me preocupó ligeramente hasta el punto de pensar en reclamar ipso facto un notario: “Contigo tienen que aplicar otra técnica”. Una frase así desanima al más pintado: a mí también. ¿Otra técnica? ¿Barrena, explosivos, tuneladora? Ahí empecé a pensar en mi gente: en los días de mi infancia, en mi adolescencia, en mi pecaminosa juventud, en las geografías que había visitado, en los libros que había leído, en las personas que amé, en el porvenir de lo poco que poseía. Adiós, adiós. Al cabo de una eternidad apareció otro médico que volvió a mirarme el ojo (para mí que ya habían comentado entre ellos el desatino de mi catarata dura, creo que la llamaron así) y repitió el apotegma: “Menuda catarata”. De todo ello nada bueno podía inferirse. Transcurrido un tiempo lento como el que pasa un cochinillo asado al espeto, me introdujeron en la antesala del coso y un anestesista procedió: actuó limpiamente, todo hay que decirlo, como José Tomás entrando a matar: la aguja de la jeringuilla penetró de forma irreprochable en la ojera de un ojo que previamente habían marcado con un líquido, como para facilitar la estocada del diestro. ¡Diana! Guillermo Tell había acertado en la manzana y no había atravesado con la saeta la frente de su hijo. Supe, mientras derramaban Betadine en ese ojo, que tenía la parte izquierda de la cara insensible: una dureza granítica, rocosa. Si el mejor Muhamad Alí me hubiera suministrado en ese sitio un derechazo no lo habría acusado. Al cabo de una eternidad que medida en tiempo real (durante el cual los anestesistas me hablaron como si aquello no fuese nada; de ese desinterés deduje que lo mío era extremadamente grave) entré en el quirófano en el que el maestro, cuyo nombre desconozco, reincidió en el aforismo: “Menuda catarata”. Ya casi empezaba a sentirme orgulloso de padecer una catarata que asombraba a la cuadrilla: mi popularidad rozaba la de los cojones del caballo de Espartero. Ignoro cuánto tiempo duró la operación en la que me sentí asfalto trabajado por operarios municipales: algo que sonaba como un torno, algo que sonaba como una lijadora, algo que sonaba a canto gregoriano. Creo haber entrevisto una luz blanca al final de la cual un ser incorpóreo y sonriente me recibía con los brazos abiertos. ¿Dios? No es imposible. La verdad sea dicha: sin el mínimo dolor por lo que conjeturo que el diestro, al terminar, sería galardonado con las orejas, el rabo y la vuelta al ruedo. Finalizado el trámite de exterminio, fui, como los demás pacientes, condecorado con un café que me supo a gloria (creí que nunca más iba a tomar café) y unas galletas: estaba vivo. Salí de la resi con el ojo vendado y las posteriores revisiones confirmaron que todo iba bien. En este momento, justo ocho días después de la operación, estoy recuperando la vista: ya había olvidado la tonalidad de los colores, la visión a más de un metro de distancia, la dicha casi táctil de un mundo que había contemplado en blanco y negro. La felicidad casi absoluta. El corolario es que gozamos de una seguridad social irreprochable, con unos profesionales que son un ejemplo y que gracias a ellos ahora sé que las cerezas son rojas, el aguacate verde, los limones amarillos, la hipocondría gris y la vista (la salud en general) un sentido innegociable. Desde estas líneas que posiblemente ninguno de ellos lea, gracias.

UNA OPERACIÓN

El próximo día ocho de octubre tengo programada una operación de cataratas; es posible que cuando este artículo aparezca ya haya pasado el trance y quien esto escribe siga vivo para contarlo aunque prometo no dar la tabarra al respecto porque no hay nada peor que esa persona que te encuentra en la calle y te participa los achaques, intervenciones quirúrgicas, malestares y alifafes con los que la vida nos carga a los que vamos cumpliendo años. Como decía el otro, de casa se viene llorado. Con respecto a la operación citada ut supra, como acreditado hipocondriaco que soy avalado por un máster en Aravaca, un máster legal, con todas las de la ley, desde que me comunicaron la necesidad de esa intervención, no he dejado de acopiar datos por parte de ambos bandos: de los profesionales y de los pacientes. Todos llegan a una conclusión: eso no es nada. Mire, yo dije lo mismo cuando alguien me comunicaba que tenía que someterse a una operación de cataratas; las operaciones nunca son nada si quien se somete a ellas es el otro; pero cuando se trata de que hurguen en tu ojo, ya cambia la visión (no sé si la palabreja conviene) del asunto. Médicos en los que confío confirmaron la tesis de que es una operación menor. Eso me recuerda una anécdota de no sé quién, un personaje famoso, no sé si un político, un filósofo o un escritor de principios del siglo XX, que acudió a una barbería a afeitarse y el barbero le infligió un corte en la mejilla; el barbero se excusó diciendo: “Es un corte pequeño, apenas un milímetro”. Y el cliente le respondió: “Tal vez un milímetro en una autopista de miles de kilómetros no represente apenas nada; un milímetro en mi mejilla es un corte en toda regla”. Confesé a los pacientes para que me ayudaran con datos a tener en cuenta, por ejemplo, si era necesaria la extremaunción, si debía hacer testamento y otras minucias: todos declinaron tales exageraciones y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, afirmaron, sin llegar a convencerme, que el trámite no era nada. En mi familia, cuando yo era niño, vi operarse a mi padre de cataratas. El doctor Barja, un eminente oftalmólogo que vivía en el parque de San Lázaro, cerca de nuestra casa, fue el ejecutor; ciertamente eran los años sesenta del pasado siglo y la operación resultó una carnicería porque no existían los medios que hoy tienen a su disposición quienes deben efectuar esa intervención quirúrgica. Pero la imagen de mi padre con un parche en el ojo, manchado de sangre, y reposando boca arriba en la cama durante muchos días, la tengo grabada de forma irrevocable. Cuando fui a pasar unas pruebas previas y en la sala de espera había más concurrencia que en un concierto de cámara, escuché cómo una enfermera le aseguraba a una paciente amiga suya que la operación de cataratas no era nada, un trámite menor, que se trataba de que el cristalino…, y no bien oí la palabra cristalino, me levanté y me fui lejos, para no ser testigo de los minuciosos detalles que le proporcionaba la enfermera a su amiga. No son tranquilizadores, coño, que no; están cargados, sí, lo reconozco, de buena intención pero a mí me nombran el cristalino y es como si me nombraran el Valle de los Caídos: me echo a temblar. La verdad es que asumo mi culpa: el proceso de pérdida de visión en mi caso fue lento y cuando hice la primera visita al oftalmólogo ya no veía nada del ojo izquierdo y con el derecho borrosamente, de forma que en la calle discernía sombras irreconocibles y hasta que alguien se estrellaba contra mí no lo distinguía. Recuerdo aquella primera sesión porque la enfermera, tapándome el ojo derecho, abrió una mano (eso me lo dijo ella) y me preguntó “¿cuántos dedos ve?” Mi respuesta se ciñó a la estricta verdad: “No la veo a usted, no veo la mano, cómo voy a ver cuántos dedos hay ahí”. El diagnóstico de la doctora, tras hacerme firmar un papel, fue operación de cataratas del ojo izquierdo. Empecé a temblar, pues, en verano y ya estamos en otoño. En la siguiente visita, una médico, después de vaciarme en ambos ojos (¿por qué en los dos?, me preguntaba yo) unas gotas en una cantidad similar al agua bendita que se desprende en la cabeza del neófito cuando se bautiza, me abocó a la sala de espera y tras un par de horas aguardando, me llamó, entré en el despacho y me miró los ojos por el aparato pertinente que no sé cómo se llama. Su comentario me animó mucho: “Uf, menuda catarata”.  Las indicaciones que me dio fueron entrañables, algo como si la retina cae dentro del ojo hay que volver a operar y cosillas así que sumadas a las indicaciones de otro papel que firmé (sólo recuerdo que dejé de leerlas cuando apuntaron la posibilidad de una parada cardiaca) me condenaron al terror más absoluto. En ese tiempo que transcurre hasta la fecha del 8 de octubre, mientras voy recordando cómo fue mi vida, de quiénes debo despedirme y de poner al día los asuntos pendientes, pensé asimismo en una tontería que me preocupa. Al operarse de los ojos uno comenta ”me voy a operar de la vista”. No me parece correcto, es tomar la función por el órgano. Es decir, tú no anuncias “me voy a operar del olfato” si te operan de la nariz o “me voy a operar del tacto” (aparte, claro, de que tú no te operas: te operan, estás a merced de otros) si te operan de una mano. No. Sin embargo, con los ojos pasa eso: no dices me van a operar de los ojos sino me van a operar de la vista cuando en realidad, con láser o cómo demonios sea, van a hurgar en tus puñeteros ojos, no en la función que los ojos ejecutan. Ahí me tienen, dándole vueltas a un asunto gramatical o lingüístico cuando se aproxima la fecha infausta. La frase de la doctora, uf, menuda catarata, me impele a pensar en un tipo con una barrena perforando mi ojo y excavando, excavando sin piedad, con saña, a jornal. Y eso, para un hipocondríaco, ya digo, es una tortura que no se soporta fácilmente. Al próximo que me diga eso no es nada, si soy capaz de distinguirlo, lo ultimo o lo apaleo con el bastón blanco con el que estoy empezando a hacer prácticas.