UNA OPERACIÓN

El próximo día ocho de octubre tengo programada una operación de cataratas; es posible que cuando este artículo aparezca ya haya pasado el trance y quien esto escribe siga vivo para contarlo aunque prometo no dar la tabarra al respecto porque no hay nada peor que esa persona que te encuentra en la calle y te participa los achaques, intervenciones quirúrgicas, malestares y alifafes con los que la vida nos carga a los que vamos cumpliendo años. Como decía el otro, de casa se viene llorado. Con respecto a la operación citada ut supra, como acreditado hipocondriaco que soy avalado por un máster en Aravaca, un máster legal, con todas las de la ley, desde que me comunicaron la necesidad de esa intervención, no he dejado de acopiar datos por parte de ambos bandos: de los profesionales y de los pacientes. Todos llegan a una conclusión: eso no es nada. Mire, yo dije lo mismo cuando alguien me comunicaba que tenía que someterse a una operación de cataratas; las operaciones nunca son nada si quien se somete a ellas es el otro; pero cuando se trata de que hurguen en tu ojo, ya cambia la visión (no sé si la palabreja conviene) del asunto. Médicos en los que confío confirmaron la tesis de que es una operación menor. Eso me recuerda una anécdota de no sé quién, un personaje famoso, no sé si un político, un filósofo o un escritor de principios del siglo XX, que acudió a una barbería a afeitarse y el barbero le infligió un corte en la mejilla; el barbero se excusó diciendo: “Es un corte pequeño, apenas un milímetro”. Y el cliente le respondió: “Tal vez un milímetro en una autopista de miles de kilómetros no represente apenas nada; un milímetro en mi mejilla es un corte en toda regla”. Confesé a los pacientes para que me ayudaran con datos a tener en cuenta, por ejemplo, si era necesaria la extremaunción, si debía hacer testamento y otras minucias: todos declinaron tales exageraciones y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, afirmaron, sin llegar a convencerme, que el trámite no era nada. En mi familia, cuando yo era niño, vi operarse a mi padre de cataratas. El doctor Barja, un eminente oftalmólogo que vivía en el parque de San Lázaro, cerca de nuestra casa, fue el ejecutor; ciertamente eran los años sesenta del pasado siglo y la operación resultó una carnicería porque no existían los medios que hoy tienen a su disposición quienes deben efectuar esa intervención quirúrgica. Pero la imagen de mi padre con un parche en el ojo, manchado de sangre, y reposando boca arriba en la cama durante muchos días, la tengo grabada de forma irrevocable. Cuando fui a pasar unas pruebas previas y en la sala de espera había más concurrencia que en un concierto de cámara, escuché cómo una enfermera le aseguraba a una paciente amiga suya que la operación de cataratas no era nada, un trámite menor, que se trataba de que el cristalino…, y no bien oí la palabra cristalino, me levanté y me fui lejos, para no ser testigo de los minuciosos detalles que le proporcionaba la enfermera a su amiga. No son tranquilizadores, coño, que no; están cargados, sí, lo reconozco, de buena intención pero a mí me nombran el cristalino y es como si me nombraran el Valle de los Caídos: me echo a temblar. La verdad es que asumo mi culpa: el proceso de pérdida de visión en mi caso fue lento y cuando hice la primera visita al oftalmólogo ya no veía nada del ojo izquierdo y con el derecho borrosamente, de forma que en la calle discernía sombras irreconocibles y hasta que alguien se estrellaba contra mí no lo distinguía. Recuerdo aquella primera sesión porque la enfermera, tapándome el ojo derecho, abrió una mano (eso me lo dijo ella) y me preguntó “¿cuántos dedos ve?” Mi respuesta se ciñó a la estricta verdad: “No la veo a usted, no veo la mano, cómo voy a ver cuántos dedos hay ahí”. El diagnóstico de la doctora, tras hacerme firmar un papel, fue operación de cataratas del ojo izquierdo. Empecé a temblar, pues, en verano y ya estamos en otoño. En la siguiente visita, una médico, después de vaciarme en ambos ojos (¿por qué en los dos?, me preguntaba yo) unas gotas en una cantidad similar al agua bendita que se desprende en la cabeza del neófito cuando se bautiza, me abocó a la sala de espera y tras un par de horas aguardando, me llamó, entré en el despacho y me miró los ojos por el aparato pertinente que no sé cómo se llama. Su comentario me animó mucho: “Uf, menuda catarata”.  Las indicaciones que me dio fueron entrañables, algo como si la retina cae dentro del ojo hay que volver a operar y cosillas así que sumadas a las indicaciones de otro papel que firmé (sólo recuerdo que dejé de leerlas cuando apuntaron la posibilidad de una parada cardiaca) me condenaron al terror más absoluto. En ese tiempo que transcurre hasta la fecha del 8 de octubre, mientras voy recordando cómo fue mi vida, de quiénes debo despedirme y de poner al día los asuntos pendientes, pensé asimismo en una tontería que me preocupa. Al operarse de los ojos uno comenta ”me voy a operar de la vista”. No me parece correcto, es tomar la función por el órgano. Es decir, tú no anuncias “me voy a operar del olfato” si te operan de la nariz o “me voy a operar del tacto” (aparte, claro, de que tú no te operas: te operan, estás a merced de otros) si te operan de una mano. No. Sin embargo, con los ojos pasa eso: no dices me van a operar de los ojos sino me van a operar de la vista cuando en realidad, con láser o cómo demonios sea, van a hurgar en tus puñeteros ojos, no en la función que los ojos ejecutan. Ahí me tienen, dándole vueltas a un asunto gramatical o lingüístico cuando se aproxima la fecha infausta. La frase de la doctora, uf, menuda catarata, me impele a pensar en un tipo con una barrena perforando mi ojo y excavando, excavando sin piedad, con saña, a jornal. Y eso, para un hipocondríaco, ya digo, es una tortura que no se soporta fácilmente. Al próximo que me diga eso no es nada, si soy capaz de distinguirlo, lo ultimo o lo apaleo con el bastón blanco con el que estoy empezando a hacer prácticas.

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