FINAL DE UNA OPERACIÓN

por Chesi

Que algunas personas me hayan animado a escribir un artículo que cierre aquel otro que titulé Una operación, es gratificante por varios motivos; sobre todo, en primer lugar, porque sigue habiendo gente que lee periódicos; en segundo lugar porque esa gente lee Faro de Vigo y, en último lugar, porque entre los colaboradores ourensanos (Eguileta, Miguel Ángel, Martinón, Arneiros, Fraiz y otros que en este momento lamento no recordar) existen lectores que al menos ojean lo que uno escribe. Así que el presente artículo da fe de algo que yo ponía en entredicho en el anterior: sobreviví a la operación de cataratas. Vaya por delante mi total agradecimiento al personal que se ocupó de mí (y de otros tantos damnificados) en la residencia sanitaria: desde celadores hasta los cirujanos (si había más de uno, supongo que tal es el protocolo, no pude saberlo con certeza porque me enmascararon de fantasma en la camilla con un trapo tipo mortaja que me tapaba la cabeza o, en símil taurino, la testuz). En la primera fase, allá en toriles, una enfermera que respondía a la gracia de Rocío y de la que me enamoré de inmediato me trató (y a todos los que aguardábamos la intervención, unos más tranquilos que otros) con tanto interés que varias veces, mientras me ponía gotas en el ojo averiado, sentí ganas de abrazarla sin impulsos lascivos, por mera ternura, por gratitud. Aunque yo creí que sería uno de los que exigiría de inmediato, mientras aguardábamos entrar en el quirófano, ir urgentemente al baño para, sin rodeos, cagarme por la pata abajo pensando “ésta es mi última deposición en vida” (seguramente intuí que muerto incurriría en el vaciado alguna vez más) soporté el trance con apostura de héroe homérico: ni me meé ni me tuvieron que dar un tranquilizante: mi tensión era normal; de este hecho deduje que ya estaba muerto. No era así. Mi desconcierto y mi temor, que podríamos tildar de terror absoluto, fue cuando me llevaron a la antesala del quirófano y una doctora a la cual, pese a la mascarilla, le adiviné la belleza del rostro (tal vez creyendo que ya estaba muerto y me hallaba en presencia de una santa), me miró el ojo e hizo ese comentario displicente e ingenuo que ya había escuchado en una revisión previa: “Menuda catarata”. Tomé la frase como si fuera una opinión admirativa. Cuando salió el cirujano del quirófano y indagó en el ojo siniestro y siniestrado, dijo algo así como “éste no” y me devolvieron a toriles. Ahí empezó mi legendario ánimo a flaquear. Regresé a ese espacio intermedio en el que Rocío me dijo algo que me preocupó ligeramente hasta el punto de pensar en reclamar ipso facto un notario: “Contigo tienen que aplicar otra técnica”. Una frase así desanima al más pintado: a mí también. ¿Otra técnica? ¿Barrena, explosivos, tuneladora? Ahí empecé a pensar en mi gente: en los días de mi infancia, en mi adolescencia, en mi pecaminosa juventud, en las geografías que había visitado, en los libros que había leído, en las personas que amé, en el porvenir de lo poco que poseía. Adiós, adiós. Al cabo de una eternidad apareció otro médico que volvió a mirarme el ojo (para mí que ya habían comentado entre ellos el desatino de mi catarata dura, creo que la llamaron así) y repitió el apotegma: “Menuda catarata”. De todo ello nada bueno podía inferirse. Transcurrido un tiempo lento como el que pasa un cochinillo asado al espeto, me introdujeron en la antesala del coso y un anestesista procedió: actuó limpiamente, todo hay que decirlo, como José Tomás entrando a matar: la aguja de la jeringuilla penetró de forma irreprochable en la ojera de un ojo que previamente habían marcado con un líquido, como para facilitar la estocada del diestro. ¡Diana! Guillermo Tell había acertado en la manzana y no había atravesado con la saeta la frente de su hijo. Supe, mientras derramaban Betadine en ese ojo, que tenía la parte izquierda de la cara insensible: una dureza granítica, rocosa. Si el mejor Muhamad Alí me hubiera suministrado en ese sitio un derechazo no lo habría acusado. Al cabo de una eternidad que medida en tiempo real (durante el cual los anestesistas me hablaron como si aquello no fuese nada; de ese desinterés deduje que lo mío era extremadamente grave) entré en el quirófano en el que el maestro, cuyo nombre desconozco, reincidió en el aforismo: “Menuda catarata”. Ya casi empezaba a sentirme orgulloso de padecer una catarata que asombraba a la cuadrilla: mi popularidad rozaba la de los cojones del caballo de Espartero. Ignoro cuánto tiempo duró la operación en la que me sentí asfalto trabajado por operarios municipales: algo que sonaba como un torno, algo que sonaba como una lijadora, algo que sonaba a canto gregoriano. Creo haber entrevisto una luz blanca al final de la cual un ser incorpóreo y sonriente me recibía con los brazos abiertos. ¿Dios? No es imposible. La verdad sea dicha: sin el mínimo dolor por lo que conjeturo que el diestro, al terminar, sería galardonado con las orejas, el rabo y la vuelta al ruedo. Finalizado el trámite de exterminio, fui, como los demás pacientes, condecorado con un café que me supo a gloria (creí que nunca más iba a tomar café) y unas galletas: estaba vivo. Salí de la resi con el ojo vendado y las posteriores revisiones confirmaron que todo iba bien. En este momento, justo ocho días después de la operación, estoy recuperando la vista: ya había olvidado la tonalidad de los colores, la visión a más de un metro de distancia, la dicha casi táctil de un mundo que había contemplado en blanco y negro. La felicidad casi absoluta. El corolario es que gozamos de una seguridad social irreprochable, con unos profesionales que son un ejemplo y que gracias a ellos ahora sé que las cerezas son rojas, el aguacate verde, los limones amarillos, la hipocondría gris y la vista (la salud en general) un sentido innegociable. Desde estas líneas que posiblemente ninguno de ellos lea, gracias.

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