EPITAFIOS VENGATIVOS

Hace años (y ya hace años de casi todo lo que uno recuerda) escribí un artículo titulado Epitafios en el que recogía las inscripciones de algunas lápidas que me habían llamado la atención, tanto de personas conocidas, en general escritores, como de otras que habían vivido de forma anónima, como acostumbran a ser la mayoría de las vidas que van a dar etcétera; en el texto daba cuenta de ciertos epitafios y resaltaba su categoría: filosóficos, divertidos, ampulosos, dramáticos, sentenciosos, solemnes, pesimistas, resignados, irónicos, humorísticos y aquí conviene  intercalar un segundo etcétera. Pero existe una índole de epitafios que da título a este artículo y de la que no tengo noticia, aunque probablemente exista, que el corazón y el ingenio de los humanos es tan ilimitado como perverso y viene de antiguo. Hablemos, pues, de los epitafios vengativos. Lo malo de ellos es que la condición indispensable estriba en que su autor se muera, asunto bastante corriente porque somos raza gregaria, pero no de forma repentina, sino que, desahuciado por los doctores, sepa que en dos semanas o dos meses va a diñarla. Digamos que el que va a palmar se llama Eufrasio y por la razón o la sinrazón que sea, que el odio no requiere fundamentos, detesta a su vecino del quinto C, que responde a la gracia de Alcibíades Marisco Caro: ¡ni siquiera hablan del tiempo en el ascensor! Eufrasio acude al marmolista situado frente al cementerio donde será inhumado en breve y le encarga un epitafio cruel (y falso)  que el artesano debe grabar en la lápida un día o dos después del deceso. Alcibíades Marisco Caro me adeuda la cantidad de trescientos cuarenta y dos euros y cincuenta y cuatro céntimos desde el 21 de mayo de 2014 una noche que fuimos de putas juntos y pagué yo. Algún visitante del cementerio, o un encargado, descubre la tumba, hace una foto con el móvil y a las pocas horas la inscripción revolotea como mariposa por las redes sociales (resulta pertinente el sustantivo redes: algo que atrapa, que impide la libertad; en definitiva, trampa) de todo el país y otorga fama al inocente Alcibíades de moroso y putañero, de modo que si el del quinto C se demora en una reunión de vecinos, el del tercero A comentará son sorna “a lo mejor no viene porque está en putas” y el resto de los comuneros que si jiji, que si jaja, hasta que aparece Alcibíades y el presidente le pregunta que si viene a la reunión o se va de putas y ya la tenemos armada. “Además de putero y moroso, violento”, enjuiciará alguno. Los epitafios vengativos abarcan tantas posibilidades de inquina que para no pecar de prolijo los resumiré en dos ejemplos más. Erundina odia a su amiga Leonor Pinche Cuate porque lunes, miércoles y viernes van a jugar al pádel y Leonor le inflige unas derrotas de escándalo, impías, sin dejarle ganar un punto ni por caridad. Así que cuando Erundina descubre lo poco que le queda de vida acude a un marmolista (no el que está enfrente del cementerio sino otro de la calle Pardo Bazán) y apalabra la leyenda que debe aparecer en la lápida dos o tres días después de su anunciado y funesto óbito y que reza así: Leonor guarra los días 9 y 20 de cada mes cuando ibas a la pelu yo me tiraba a tu marido y en tu cama. El implacable proceso posterior (fotografía, instagram, twitter, facebook) se cumple inexorablemente y cuando el marido de Leonor llega a casa, ésta le muestra la foto que le enviaron por whatsapp y comenta “así que Erundina y tú ñaca ñaca, ¿eh?” y pone paralelos los dedos índices de cada mano y los junta y los separa dando a entender claramente que ella ya tenía la mosca detrás de la oreja y esto viene a confirmar sus sospechas, que se va de casa y que a las cinco en el despacho del abogado y que adiós; y el hombre, que no entiende nada, que ni siquiera le pone cara a la tal Leonor, mascuja “pero, pero, pero”, descorcha una botella de vino, vacía de golpe un vaso bien cumplido de los de Nocilla, y sigue repitiendo pero, pero, pero, porque cuando nos desbordan las circunstancias suele replegarse la elocuencia. Incurriré para terminar en un último ejemplo. Gervasio sabe que le queda poco de vida y ese poco quiere dilapidarlo en destrozar la de su compañero de trabajo Adán Barro Divino, que una vez lo conminó a invertir el Bolsa y el incauto Gervasio quedó con el culo al aire; como es pertinente acude a un marmolista (éste ubicado en la carretera de la Granja)  y le encarga la inscripción que un empleado debe grabar en la lápida al día siguiente del entierro; efectivamente, antes de veinticuatro horas, alguien fotografía la leyenda y la hace rular por las redes sociales: Yo soy el verdadero padre de los hijos de Adán Barro Divino. Adán no tarda en recibir un whatsapp con la información, urde un malestar en el trabajo y va a buscar a su mujer que, inventemos, ostenta la Concejalía de Nubes Errantes y Despropósitos Atmosféricos. Llega Adán al despacho, enarbola el móvil, exige: Lee esto. La mujer, boquiabierta, no da crédito a la patraña y después de repetir como el marido de Leonor pero, pero, pero, añade: No te creerás esa falacia. El marido duda si sentenciar “los muertos no mienten” y la mujer aprovecha la vacilación para argumentar: “Pero si Monchete y Ángeles son igualitos que tú”. Adán, enloquecido y rabioso, discrepa: “La nariz de Monchete es la nariz de Gervasio y los ojos de Ángeles son los ojos de Gervasio” y camina hacia la puerta del despacho y, sin girarse, comunica: “No me esperes para comer. Ah, y a las cinco en el despacho del abogado, ¡sin demoras que te conozco!” La mujer se derrumba en el sillón. Pero, pero, pero. Pues ya ven ustedes las numerosas posibilidades que atesoran los epitafios vengativos, como mensajes dentro de una botella arrojada al mar y que arriba a la costa insólitamente a su debido tiempo. De hecho, yo ya urdí mi propio epitafio vengativo y ojalá que tarde muchos años en ponerlo en práctica; naturalmente, está destinado a un colega de oficio al que no tengo el gusto de conocer y cuyo nombre no desvelaré de momento. Fulanito de Tal, de que leí tres novelas soberbias, atesora innumerables defectos: escribe mejor que yo, gana más premios que yo,  es más brillante que yo, tiene más prestigio que yo, obtiene más dinero que yo, es más alto y guapo que yo: motivos más que sobrados para tramar un epitafio vengativo cuyo texto, tras largas reflexiones, reescrituras y correcciones, pergeñé en otra noche de puñetero insomnio; a veces sonrío imaginando a mi rival murmurando pero, pero, pero, cuando circule por las redes sociales y llegue a su whatsapp mi epitafio vengativo: “Fulanito de Tal es un escritor de mierda y además un plagiario”. Que se joda.

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