EL PIANISTA

Hace tiempo que no coincide en el portal con el pianista, un tipo alto y de barba canosa que tiene un ruidoso teclado electrónico con el que da conciertos en las calles y plazas de la ciudad recurriendo a un repertorio estrictamente clásico. Le fascina ver tocar al pianista porque es manco: arma el instrumento y con el brazo izquierdo ataca el teclado. A veces se detiene a observarlo más que a oírlo. Le falta el antebrazo derecho pero con el sano posee una diabólica habilidad para la interpretación. Al lado del teclado, yace siempre una botella de ginebra a la que recurre con generosa frecuencia, lo que paulatinamente merma la agilidad de sus dedos y entorpece la pulcritud de la ejecución, de forma que Chopin suena como una tragaperras; cuando el flujo de alcohol en la sangre del artista alcanza los niveles adecuados, sea cual sea la naturaleza del público, abre la bragueta, extrae una polla rabelesiana y con ella aporrea el teclado y otra noche en comisaría. Los policías, antes de detenerlo, contemplan asombrados y divertidos el pene glorioso que golpea el teclado electrónico con satánica imprecisión porque el arte pertenece siempre a la mitad demoníaca del ser humano: el arte es oscuro. Alguna vez lo acompañó a casa y le contó su triste historia, la triste historia de una mujer: él vivía en Madrid y pertenecía a una orquesta que actuaba en un bar de Malasaña. Las cosas les iban bien: habían trabajado en televisión, los reclamaban de algunos festivales y tenían dos cedés grabados. Era el novio de la cantante, Linda, una negra estadounidense en cuyo cuerpo uno nunca encontraba la paz. El oyente imagina el cuerpo de la negra, el majestuoso cuerpo de la negra embutido en un vestido semitransparente: los hombros bien marcados, los brazos firmes, las implacables tetas, el vientre exacto, las redondeadas caderas, los muslos perfectos que muestra por las aberturas del vestido, las largas piernas oscuras: un sueño de caoba.

Todo marchaba entre ambos hasta que Linda decidió enamorarse del maromo que tocaba el banjo y la guitarra, negro y grande como ella aunque de distinta nacionalidad. Por afinidad de color, aquella mujer que transformaba el jazz en un puro lamento de hembra en celo, sustituyó al pianista nacional por el instrumentista isleño. El pianista se pasaba las noches llorando y bebiendo, escuchando las grabaciones de Linda, su voz grave y rota, particularmente la memorable versión de una canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holiday. El pianista canta mientras esperan el ascensor.

Dice que ahora ya no sufre al escuchar la canción pero que entonces, cuando tenía ambos brazos, imaginaba un extraño fruto colgado de las ramas de un árbol y que ese extraño fruto podrido era su cuerpo abandonado por Linda, ya que Meeropol compuso esa canción tristísima al ver los cadáveres de los negros que los blancos colgaban de los árboles, los cadáveres torturados balanceándose entre las miradas de los curiosos indiferentes. La barbarie y el horror carecen de fronteras. El pianista lo invita a una copa en su piso que él acepta.

Una muñeca de plástico a la que le presenta como Air Doll FG‑123 está malamente sentada en una silla. La señala, le acaricia la cabeza. Algún malnacido la tiró a la basura, explica. Él la recogió y trató de inflarla pero perdía aire; buscó el agujero, le puso un parche y ahí la tienes. Me hace una compañía de la hostia aunque no lo creas. Luego pone uno de los cedés que grabó con su antigua orquesta que respondía al nombre de Esclavos del Ritmo. Es Linda, dice cuando suena una rotunda voz femenina cantando una versión de Fina estampa. Linda, aclara mientras sirve la ginebra, no sólo era buena en el jazz (y en la cama, añade sonriendo); bordaba cualquier modalidad: blues, bossa, fado, rancheras. Air Doll, no canta pero, insiste, me hace compañía. A veces, cuando salgo a tocar la llevo conmigo, la coloco en una silla y no me siento tan solo. La gente se ríe porque la gente es estúpida por naturaleza, ¿no crees? Mira a Air Doll: con la boca abierta parece ser ella la que cante. Acaso el pianista sea dichoso con la muñeca como en otro tiempo lo fue con Linda que ahora interpreta Milonga sentimental. Después observa el hueco del brazo ausente, el muñón a la altura del codo, la amputación de un miembro que el músico consideraría indispensable para su profesión. Se imagina a un sacerdote manco celebrando la misa. A un cirujano. A un guitarrista. A un pescador. Un churrete de luz lunar se filtra por la ventana y repta por el suelo como una culebra. El pianista repone la ginebra y le cuenta a su vecino, que lo observa embutir la botella en la axila del brazo incompleto y enroscar el tapón con la mano superviviente, cómo perdió el brazo. Tres semanas después de que Linda lo abandonara, hundido y harto de escuchar hasta la extenuación lo de strange fruit hanging from the poplar trees, cuando ya no le quedaba ni una lágrima más que verter y la música no era consuelo sino tortura y se sentía como un extraño fruto podrido balanceándose en la rama de un álamo, tomó la decisión de suicidarse para llevar a cabo lo cual se emborrachó metódicamente en un bar de la calle Toledo llamado El Rincón de El Bierzo del que salió con una cogorza fúnebre y monumental y se encaminó a la estación de metro más cercana (Pirámides) con la intención de arrojarse al paso del tren, tropezando con unos y con otros, trastabillando en las escaleras mecánicas y cuando vio las luces de la máquina acercarse por el túnel, se aproximó al borde del andén, dio un paso en falso (ya sabemos que la vida está llena de pasos en falso, aclara innecesariamente), se precipitó a la vía y el tren le seccionó el brazo pero no la amarga memoria de Linda que era lo que él realmente quería extirpar, el desventurado recuerdo de aquella mujer negra con una voz prodigiosa que ahora canta algo de Vinicius de Moraes. Cuando se recuperó y creyó que nunca volvería a tocar el piano, una hermana suya que trabajaba aquí, lo acogió en este piso donde ahora beben los dos hombres, en la planta octava de la torre norte. Esa hermana (en todas las familias hay una oveja negra) se dedicó a la política y desde hace ocho años vive en Bruselas y tuvo la cortesía de poner el piso a su nombre y girarle esporádicamente dinero, aunque sospecha que si ella se entera de que su pobre hermano tullido toca el piano con la polla en espacios públicos, adiós a las generosas subvenciones que ella detrae asimismo de sus escandalosas dietas y el otro le dice que sí, qué cojones, que es un delito más grave cobrar las indecentes dietas que acapara la patulea política que enseñar la picha en público aunque esto conduzca a la cárcel y aquello al feroz enriquecimiento. Los políticos emigran a Bruselas como los vencejos al sur: ambos buscan el paraíso. Cuando abandona el piso ya no suena la voz de Linda y el pianista está charlando con Air Doll que ni se molesta en despedirse porque es muy largo el olvido.

Anuncios