LA DENUNCIA

La chica presenta la denuncia en la comisaría con voz insegura y temblona: que estaba paseando como casi todas las tardes de su vida yendo de aquí para allá por la orilla del río, sin meterse con nadie, pensando en sus asuntos, pensando que algún día tendría que abandonar el oficio y buscarse otro empleo, cualquier empleo por humilde que fuera porque las cosas pintaban muy mal, cada vez tenía menos clientes y los ingresos apenas le llegaban para pagar la habitación con derecho a cocina en la que vivía desde que se marchó de casa a los diecisiete años ‑y aquí la historia tomaba la deriva de una telenovela‑ embarazada a saber de quién y entregó el hijo en adopción a cambio de una cantidad ridícula que entonces le pareció una fortuna, y que todo eso pensaba y recordaba esta tarde como un aluvión de nostalgia y recuerdos, una cellisca que en vez de agua y nieve fuese de nostalgia y recuerdos mientras

(música de bandoneón, maestro, por favor)

la chavala linda como una flor ‑si no hay que atenerse a una rigurosa exactitud fisonómica‑ esperaba coqueta no necesariamente bajo la quieta luz de un farol cuando se le apropincuó un gil apoyado en el tronco de un árbol y sin mediar palabra le exigió dinero a punta de estilete o realmente sí medió palabra le dijo que:

‑no podés laburar acá en la orisha del río que era territorio privado y que en todo caso si querés laburar acá en la orisha del río

en la veredita leprosa donde ella gambeteaba la pobreza o caminito que todas las tardes feliz recorría él sería su macró el que la protegería de los bacanes indeseables y al que debería dar una parte de los beneficios ¿comprendés, piba? y que a modo de adelanto y compromiso de buena fe aflojás la plata que llevás encima esos pesos duraderos pero ella encima sólo portaba cinco napos para un café y para el boleto del colectivo y entonces el cafisho milonguero principió a golpiarla y naide de la chusma que transitaba por la veredita del carajo acudió a socorrerla ni discó el número de la cana por lo cual l’hijueputa mendocino la desplumó no sólo de la plata sino también del celular y lo que ignoraba la pebeta que definimos ut supra linda como una flor recurriendo a una hipérbole imperdonable era por qué el pendejo después de inferirle las trompadas no la había despojao de la medalla de la virgen de Lourdes que le había obsequiado una sor cuando entregó a su pipiolo aunque ella la agraviada no se llamaba Lourdes sino Yesika con i griega como Yenifer y con k como Karina.

Fin del teletango.

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