AJUSTE DE CUENTAS

por Chesi

Fuiste hasta el cementerio situado en la falda de un monte en el extremo opuesto al lugar donde vives. El chirlazo del río divide en dos la geografía de una ciudad que carece de nombre y que ha cambiado desde tu infancia: era entonces, o así la recuerdas, un ámbito de tascas, casinos, iglesias, hornos, colegios, ultramarinos, peluquerías de barrio, zapaterías, patios de luces con ropa tendida. No cabe consuelo alguno: la geografía es un azar. Te acercas hasta la tumba de tu padre y no sabes el porqué de tal acto irreflexivo. Lees el nombre, las fechas del nacimiento y de la muerte, te preguntas qué te vincula a él como no sea el destino venidero de morir. Tu padre viajaba y cada vez que regresaba a casa mantenía una disputa con su mujer. Cuando él se ausentaba el piso se hundía en un silencio sepulcral. Nunca supiste gran cosa de tu padre salvo sus súbitos accesos de ira que padeciste en más de una ocasión; si tuvieses que elegir una imagen suya, sería la de un hombre exaltado y feroz que te perseguía con un cinturón en la mano. No sabes el motivo por el que ahora estás delante de su tumba, paralizado bajo un cielo en el que una nutrida bandada de estorninos gira formando inverosímiles figuras. Los estorninos, sus enloquecidos quiebros, fueron uno de los juguetes preferidos de tu infancia. Los estorninos. El fútbol en los parques. Los churros de los domingos. La Enciclopedia Universitas, Salvat Editores, segunda edición, 1954. Los correazos de tu padre. El truco, el escondite, la pídola, los árboles, los cines. Los latigazos de tu padre. El colegio, la misa, los deberes, el primer cigarrillo y los zurriagazos de tu padre. El paraíso de la niñez: otra estafa como el paraíso católico: el gran fraude de la fe. La primera borrachera, el primer amor y los vergajazos de tu padre a los que te enfrentas aferrándolo por la camisa mientras mamá llora tratando de separaros. Después ocurrió el accidente, la hospitalización y la muerte que celebraste con embriaguez. Ahora estás de pie delante de la tumba de tu verdugo y no te conmueven ni la piedad ni el perdón ni la nostalgia. La gris figura paterna, su vacío fantasmal. Te duelen más los golpes que el olvido y sabes que jamás vas a perdonarlo.

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