HEMORROIDECTOMÍA

por Chesi

Todo se va cumpliendo tal cual se lo aclaró el médico de cabecera. Ingresó en el hospital, sometido a ayuno de anacoreta, y lo condujeron a ese lugar impreciso denominado quirófano que no es un lugar sino un estado de ánimo donde no transcurre el tiempo o donde el tiempo transcurre de distinta forma para el paciente y para el personal del centro, enfermeras y una anestesista, la doctora Montes, que se presenta e informa en un idioma hermético: le va a poner una raquianestesia, una anestesia local por vía raquídea, introduciéndole entre las vértebras lumbares L3‑L4 una dosis de ropibacaína que lo dormirá de cintura para abajo, valga decir, estará medio muerto.

Todo se va cumpliendo tal cual. Ahora se mantiene en vergonzosa actitud ginecológica, cara a las blancas luces celestes, con las piernas apoyadas en las abrazaderas; a esta lamentable postura parturienta le condujeron las traidoras almorranas externas, cuyos dolores no paliaba el explosivo cóctel Molotov de Hemoal, Trombocid, Hemorrane y Mitosyl que se aplicabas en el recto, ungüento que ni el más osado de los druidas habría concebido jamás: ni la fórmula de la cocacola es tan retorcida.

Dos cirujanos, uno de ellos de apellido extranjero, observan la zona afectada por las dilataciones varicosas de las venas del recto. La gente relata sus operaciones a los resignados oyentes ‑implantes, cataratas, hernias, roturas, desgastes, partos‑ pero mantiene en secreto la hemorroidectomía, como si la almorrana fuese el síntoma de una perversión. En España se confiesa antes un latrocinio que una hemorroide.

Todo se va cumpliendo. Tres enfermeras, que a partir de ahora estarán al tanto de sus debilidades, de esa debilidad anal que lo hace humano, se azacanean en torno a la camilla y el doctor extranjero esgrime el bisturí como un gladiador una espada. De alguna forma, pese a la anestesia, nota que está hurgando en ese lugar sagrado e íntimo y recuerda la operación de fimosis a la que se sometió a los dieciocho años: otros dos cirujanos, mientras uno de ellos le mondaba el pene que hasta entonces sólo él había manipulado, hablaban entre sí de las secuelas del mayo francés del 68 y de los presuntos achaques del duendecillo de El Ferrol (del Duendecillo); los de ahora parlamentan acerca de la crisis, de los hijos en el extranjero y de fútbol. El del bisturí eléctrico, en tanto secciona las venas varicosas, propone la salida inmediata del euro y el retorno a la añorada peseta y el otro lo contradice. El paciente es sólo una coartada para que ellos dialoguen. Qué poca importancia le prestan a su culo.

Todo se va. El diestro del bisturí (oreja y vuelta al ruedo) cauteriza la zona ya limpia de las malvadas excrecencias: unos se someten a cirugía para retocar su cara pero él, pobre calamidad, padece cirugía para mejorar su culo. ¿No va a dolerme nunca más?, pregunta. El cirujano observador tiene su punto de cruel gracia hispana y olé. Depende de lo que haga usted con él, responde, y el personal sanitario rompe a reír, ja, ja, ja.