LA TÍA ELVIRA

Aquel fin de semana sus padres tomaron un tren para asistir al entierro de algún familiar en el otro extremo de la península y la tía se instaló en el piso para hacerse cargo de él. Nunca descubrirá el funcionamiento de eso que llaman memoria así que el recuerdo que ahora tiene de Elvira es el recuerdo de un recuerdo: el recuerdo actual de Elvira tal como la veía cuando cargaba catorce años y acaso lo mejor de nuestras vidas suceda siempre en la memoria. Sabe con certeza algunas cosas de Elvira: que tenía los ojos negros y el cabello oscuro y, a través del niño que fue, que era alta y hermosa y que usaba un perfume que cada vez que le daba un beso lo inquietaba. Sus padres se ausentaron porque alguien había muerto en el quinto infierno y era imprescindible ir de luto, loar las bondades del cadáver que en vida seguro que fue un hijo de puta como todos, humedecer los ojos de sentidopésame y beber un anís a la memoria del ausente. El ritual de la muerte es el único respetable de todas las ceremonias con las que enmascaramos nuestra podredumbre.

Elvira se instaló en el piso un viernes y aquel inmueble hosco, con aire de mausoleo, muebles que crujían y el tic‑tac de un reloj de péndulo, se transformó con su perfume. Era como vivir en otra casa. En el tocadiscos sonaba una música inglesa y ella bailaba por las habitaciones, ventilaba los dormitorios que olían a cerrado, fumaba cigarrillos rubios, canturreaba por el pasillo, le regalaba besos inesperados y otros pretéritos imperfectos que convirtieron el piso en algo irreconocible, así que intuyó que la felicidad estriba en la lejanía paterna. La felicidad de la ausencia. La libertad. Pero en toda felicidad sobreviene la debacle y aquel fin de semana venturoso, el cataclismo sobrevino el sabbath, después de que Elvira, como si tuviese diez años menos, se sentase en el borde de su cama, le leyese unas páginas de Las aventuras de Tom Sawyer, lo besase en la frente con el perfume que clausuraba los ojos y, después de apagar la luz, cerrase la puerta de su cuarto dejándolo en compañía de eso que a falta de un nombre mejor denominaremos deseo. Los larguísimos insomnios con los párpados cerrados. La cuenta de los rítmicos latidos del corazón. Uno, dos, tres, cuatro. Sueña despierto. Es Tom, Tom Sawyer. Seis, siete, ocho. Se escapa de la tiranía de la tía Polly porque quiere ir en busca de Huckleberry Finn. Once, doce, trece. Quiere demasiadas cosas: abandonar la aldea, ser rico y popular, casarse con Becky Thatcher.

Descubren, Huck y él, el cadáver del doctor Robinson. Alguien ha asesinado al doctor, alguien temible. Joe el Indio. Diecisiete, dieciocho. Si Joe sabe que su amigo y él están al tanto de la fechoría, sus vidas son despreciables. De eso está hablando con el bueno de Finn cuando percibe unos ruidos y una especie de lamentos que lo mismo puede ser de gozo que de dolor. Se incorpora en la cama para escuchar: un pequeño cascabeleo metálico, el susurro de unas voces y, ocasionalmente, un quejido que parece extenuarse en el mismo momento de ser proferido. No es el doctor Robinson agonizando aunque hay algo de fúnebre en la voz, algo exultantemente fúnebre. Los ruidos se acompasan a la voz que, intuye, alguien profiere con los labios entreabiertos. Se yergue y sale silencioso al pasillo. Presiente, de nuevo, la catástrofe. Oye los susurros, como un diálogo mantenido por dos conspiradores ‑un hombre y una mujer‑ que se funden con esporádicos zurridos. Camina descalzo, de puntillas, hacia el lugar del que proviene el alboroto. La noche oscura del pasillo, ese túnel conocido y a la vez incierto. El peligro de lo familiar. Ya está en la puerta de lo que sus padres llaman pomposamente la habitación de invitados. Ahora son más claras las voces, sí: un hombre y una mujer. Distingue palabras incoherentes en el mal trabado discurso de Elvira y cierta hilaridad en las palabras del hombre. Asoma el rostro por la puerta entreabierta y a través de la lechosa claridad de las farolas que se filtra por los listones de la persiana a medio bajar, ve la espalda del hombre, que sube y baja. Las piernas de Elvira se enredan en la parte posterior de los muslos del desconocido y las manos de uñas rojas, aferradas cerca de la cintura, se crispan dejando marcas a los dos lados de la columna vertebral; a veces aflojan la tensión y se deslizan desde los omóplatos hasta las nalgas como dos insectos enormes. Los perfiles de ambos se funden en uno solo y parte del cabello de Elvira, de la tía Elvira, se atropella sobre la almohada. Las piernas de la tía se cruzan en los glúteos del hombre y piensa que si ella soltase las manos y los pies aferrados al cuerpo masculino sucedería algo terrible e irreparable. Ya no hay palabras, solo jadeos. Percibe otros olores mezclados con el perfume de Elvira, sudor, tal vez, y tabaco, el mareante aroma del alcohol. Ahora se produce un silencio que presagia algo innombrable o algo que no tiene nombre y, de repente, la tía Elvira profiere un quejido que no es tal sino una algarabía pajarera que alcanza la categoría de grito sin llegar a serlo y las uñas rojas se clavan en la espalda del desconocido unos segundos, hasta que se despegan de la carne masculina y ambos brazos se extienden hacia uno y otro lado de la cama como la parodia de una crucifixión. El hombre mueve el culo con un espasmo violento y definitivo y abate la cabeza de perfil contra las tetas de la tía. Luego permanece inmóvil. Joe el Indio y el cadáver del doctor Robinson. Lloroso, lloroso sin saber por qué, e inconsolable, se retira a su cuarto.

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