EUROVISIÓN

por Chesi

Recuerdas a la vecina de enfrente que ya no está, una francesa divorciada con dos hijos pequeños. Vivía en el piso noveno de la torre sur, paralela a la tuya, los dos edificios más altos de la ciudad. La viste con frecuencia ducharse, sin la precaución de cerrar la puerta del baño ni la mampara del plato. Se demoraba bajo el chorro que mojaba sus cabellos cortos, el rostro parecido al de una actriz italiana, las tetas redondas, las piernas esbeltas. El agua se embalsaba en los huecos de las clavículas. Disfrutabas al observar las manos enjabonadas que recorrían cada centímetro de su cuerpo: la cara con los ojos cerrados, el cuello, la espalda, la cordillera de la columna vertebral, los hoyuelos en lo alto de las nalgas, las tetas redondas, el vientre firme, el sexo en el que se demoraba largos segundos si los segundos pueden ser largos, las piernas de jade. La lenta cascada que brotaba de su sexo y anegaba los muslos, las corvas, las pantorrillas, los tobillos, los pies. Te gustaría ser la esponja que frotase la anatomía que casi diariamente excitaba tu fervor. Ni un flaco psicópata dirigido por un cineasta barrigón hubiera podido romper el encanto de aquellos cinco minutos inolvidables y húmedos. Después, si hacía buen tiempo, salía al balcón a secarse y evocabas, dado tu mal gusto musical, una canción de Serge Gainsbourg ‑todos cometemos errores: para eso están las frases hechas‑ que atronó algunos meses de tu adolescencia. Je suis une poupée de cire / une poupée de son / mon coeur est gravé dans mes chansons / poupée de cire poupée de son. La observabas y pensabas en los vencejos dando vueltas en el aire, comiendo, copulando, durmiendo en el aire mucilaginoso que se cernía sobre la triste España. Nunca debiste abandonar Francia, France Gall, le decías en silencio a la mujer que, apoyada en el balcón, contemplaba el río o leía algún libro o fumaba un cigarrillo o bebía una cerveza de un color similar a su piel. En invierno se ponía un albornoz, se recostaba en una tumbona y escrutaba el cielo, como tú, un cielo gris del que habían huido los vencejos. En ocasiones, los hijos, una niña y un niño de entre tres y cinco años, se sentaban en el suelo del balcón junto a su madre. Un día de junio, France cumplió el ritual acostumbrado, el que tú estudiabas complacido, ausente y feliz. Entró en la ducha y ejecutó los gestos que sabes de memoria.

Después sale al balcón desnuda, bajo el sol abrasador de la primavera, bajo un cielo oscurecido por los incendios. Sale desnuda al balcón y el sol, tamizado por las nubes incendiarias, socarra su piel todavía húmeda. Je n’suis qu’une poupée de cire / qu’une poupée de son. Entra al piso, reaparece con una lata de cerveza, mira al cielo, luego hacia abajo. Enciende un cigarrillo y el humo asciende, casi inmóvil al principio, después serpentea un rato y se hace invisible. Desde el balcón cuentas veinticuatro vencejos y cuando vuelves a mirarla, France no tiene el cigarrillo en la mano. Bebe y se pasa el dorso de la mano por el mentón. Gira la cabeza, mueve los labios y al cabo de unos segundos aparecen los hijos a su lado. También están desnudos. Los tres permanecen quietos y en silencio, como si esperaran algo o a alguien. Como si el tiempo no transcurriese en aquel balcón. Te gustaría saber qué está ocurriendo. Ella entra y vuelve a salir con otra cerveza, se inclina para decirles algo a los niños y a continuación los besa: dos besos fugaces, imposibles de fotografiar, en los labios de la pareja, como un insecto que se posa un instante en un pétalo y sigue volando. La francesa coloca una banqueta al pie del balcón y los tres se aúpan: ahora la barandilla a la mujer le queda a la altura de las rodillas y a los niños por la cintura. Ignoras qué sucede, qué juego o ritual está teniendo lugar en el piso 9º de la torre sur aunque intuyes un incierto peligro que te alerta. Gritas y gesticulas pero ellos no te hacen caso, ajenos a la vecindad, al mundo, a la vida. Los tres, casi al unísono, colocan sus piernas derechas sobre la barandilla: el niño, el más pequeño del grupo, tarda un poco en conseguirlo. De repente, la madre coge a sus hijos de las manos, con la derecha la izquierda del niño, con la izquierda la derecha de la niña, les ayuda a colocarse de pie sobre la barandilla, luego se alza ella, dudan un instante como si los agitara el viento y saltan al vacío. No se soltarán las manos hasta estrellarse contra el asfalto, horror al que no quieres asistir. Mais un jour je vivrai mes chansons. Todo queda en silencio, como fosilizado: el río, las aves, los vehículos. Nada sucede. Nada sucede porque todo ha sucedido ya. No hay futuro. No hay futuro, no hay futuro. Suena una sirena y el mundo se pone en marcha. Hacia el desastre pero en marcha.

Fin del Festival de Eurovisión.

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