UNA VISITA

La anciana avanza con un andador por el pasillo, de una punta a la otra, tres, cuatro, cinco, seis veces, hasta que se cansa y se sienta en la silla de ruedas: la lenta recuperación de una operación de cadera en un esqueleto de ochenta y seis años. Suena el teléfono móvil con una musiquita infantil que progresivamente aumenta de volumen; su hijo se interesa por su estado; la acompañó durante la operación y la convalecencia pero se le terminó el permiso y ahora está buscando a una mujer que se ocupe de la madre que, mal que bien, es capaz de hacerse la comida. La telefonea varias veces por la mañana y pasa las tardes en el domicilio materno, hasta que le da la cena, la lava, la acuesta y luego regresa a casa donde le insiste a su mujer en que deberían traerse a la anciana aunque su mujer tiene razón y en un piso pequeño y con dos hijos mal acomodo habría para la vieja y que mañana mismo contratará a una auxiliar de clínica para que cuide de su suegra al menos durante la noche y hasta que la anciana se recupere. Y, aunque se recupere, a esa edad no puede vivir sola. La anciana enciende la televisión, le quita la voz y empieza a hacer un sudoku de un cuaderno que le regalaron sus nietos. Tiene una innata habilidad para los números; en cambio, detesta los aburridos crucigramas que tanto le gustaban a su amiga Amelia, que apareció muerta en su piso, cuando ya empezaba a oler a descomposición. Una enorme fotografía en blanco y negro de su marido preside el salón y a veces habla con el retrato, le cuenta noticias familiares, asuntos de vecindad, casi como si el hombre estuviese vivo. La claridad de julio rescata al piso de la grisalla habitual. A media mañana marca el número del supermercado y hace un pedido que por la tarde su hijo ordenará en la despensa. Las lentejas, la pasta, la leche, la fruta, el agua, el detergente, las latas de conservas, los embutidos, el queso y las galletas rellenas de chocolate que son su perdición. Se desplaza en la silla de ruedas: la cama está sin hacer pero también de eso se ocupará su hijo. A la mujer le duele convertirse en un estorbo, saber que en el futuro ya sólo será un inconveniente para los demás y si no fuera por su fe inquebrantable pediría al cielo que urgiera su muerte para de ese modo liberar a la familia de su carga. La telefonea una amiga para preguntarle por sus alifafes y le promete que a media tarde irá a visitarla. Piensa en lo que va a comer: recalentará las judías que le hizo su hijo ayer, cocerá un huevo y arreglado, no necesita más, piensa, una mujer que apenas se mueve. Llaman por el interfono. Como desde la silla de ruedas no alcanza, se apoya en el andador cuando suena el timbre por segunda vez. Supermercado. Deja abierta la puerta de la calle y regresa al salón. Un hombre con una caja de cartón entra en el piso. No es el repartidor habitual. Pregunta por él. Está de baja, una hernia. A la mujer no le sorprende: siempre cargando con tanto peso. ¿Dónde dejo esto? La caja parece extrañamente ligera en las manos grandes del repartidor que no sabe dónde está la cocina, primera puerta a la izquierda. El hombre desaparece y reaparece casi de inmediato. Voy a pagarle. ¿Me da el tique? El repartidor queda sorprendido, como si ignorase lo que debe hacer. La mujer insiste. ¿Y el tique? ¿No lo trajo? El repartidor abre los labios pero no dice nada: solo mira a la mujer, ausente. Entonces el hombre profiere tres palabras ‑el tique, sí‑, se lleva una mano a un bolsillo trasero del pantalón y empieza a sacar lentamente la navaja. Con la mano libre se rasca la almorrana.

Anuncios