EL BAUTISMO

por Chesi

Fue un día de invierno y, como hijo único, experimentaba las sobadas atenciones con las que sus padres lo mimaban convirtiéndolo gradualmente en el don nadie que ahora es. A causa de una gripe no pudo acompañarlos a un bautizo en una provincia limítrofe. Once años, una gripe y una chica, Mercedes, que ayudaba a la madre en la cocina y servía la mesa, con su cofia y su delantal cuando aparecían invitados. Aunque le pareciera mayor, Mercedes apenas tenía diez años más que él y unas instrucciones que cumplió escrupulosamente: cada cierto tiempo tomarle la fiebre, bañarlo en agua templada, darle la comida, no olvidar la medicación fijada por el médico, hacerle la merienda y, a media tarde, ya estarían de regreso los señores de la casa, él, viajante, ella, cómo no, sus labores.

Mercedes canturreaba por el piso mientras él trataba de leer, en vano, a causa del dolor de cabeza, un libro resumido e ilustrado titulado Las aventuras de Huckleberry Finn, pero se le cerraban los párpados y mediosoñaba con islas, barcos que navegaban ríos anchos y oscuros, negros que dormían a la intemperie y niñas rubias apellidadas Thatcher: hubiera cambiado su vida de enfermo por la vicaria realidad de la novela. Mercedes desmantela su sueño como quien aparta un cortinón y anuncia que está preparando el baño; luego coloca una mejilla en su frente, colige que aún tiene algo de fiebre y empapa con alcohol de romero sus sienes y sus muñecas. Piensa que así debe de oler la geografía del libro de Mark Twain: siempre huele mejor el extranjero.

Suenan las campanadas del mediodía en la almoneda del ayuntamiento cuando Mercedes le anuncia que puede pasar al baño y el chico descubre el paraíso de la bañera con agua humeante y cubierto de espuma: se introduce como si fuera a sumergirse en un océano donde hallará islotes, barcos hundidos, cofres herrumbrosos, el cadáver de algún pirata, un sinuoso tiburón. Cierra los ojos. Soñar es sedante y gratuito. Mercedes está arrodillada al otro lado pero él sonríe sin vergüenza ya que únicamente su cabeza asoma por encima de la espuma. No tiene cuerpo: sólo frente, ojos, nariz, boca, mentón y orejas. El resto de la anatomía pertenece al océano. Ella lo enjabona y el chaval, enfermo y afortunado, la deja hacer. Está boca abajo y nota las manos de Mercedes que, delicadamente, con más ternura y lentitud que las de mamá, lavan su pelo, el cuello, las axilas, la espalda, el culo, la parte de atrás de las piernas. Clinc, clinc. En realidad, desearía que Mercedes fuese su mamá. La espuma ha ido deshaciéndose y ella le pide que se dé la vuelta, así que se coloca boca arriba, como un muerto al que han estado buscando durante semanas que emerge a la superficie en el río Misisipi. Mercedes se pone un momento de pie, le sonríe, enrolla las mangas de la blusa casi hasta los hombros: tiene un vello suave y rubio en los antebrazos y no usa sortija. Detesta a las mujeres que llevan adornados los dedos con anillos y sortijas porque le recuerdan a las brujas de las películas. Su madre usa sortijas: dos en la mano izquierda y tres en la derecha. A veces se pregunta si tales adornos significan algo, si son un símbolo de algo que él, como niño, no sabe comprender. Clinc, clinc. Mercedes le lava la cara y las orejas, los sobacos de nuevo, el pecho y el vientre, las ingles, las piernas y los pies, hurgando entre los dedos. No ha tocado su sexo y le pregunta sin malicia ¿por qué no me lavas eso? Mamá sí lo hace, añade. Ella le sonríe como si hubiera dicho una inconveniencia, como si le hubiera propuesto algo impropio o nefando. Se enjabona las manos y comienza a frotarle la pichula circularmente, de forma demorada, como si su higiene y su fiebre dependieran de la limpieza del pipí. Cosas que no hacen las mamás, niñito, dice sonriendo y aunque le disgusta lo de niñito, disfruta con la limpieza de la zona que empieza a convertirse en un cuidadoso masajeo en los testículos. Clinc, clinc. Nota que el gusanito engorda y se endurece como cuando se levanta a mear a medianoche. Ahora Mercedes empuña el miembro que se vuelve invisible en el interior de su mano, con lentitud al principio pero aumentando paulatinamente el ritmo. Sin soltar el pene cambia de postura y con la mano libre le acaricia los huevos. Piensa en los testículos peludos de su padre que parecen tarántulas. Mercedes sigue moviendo el brazo derecho arriba y abajo y el chico ve asomar, roja, por encima del índice y del pulgar, la cabeza de su pirula que no reconoce, que no puede pertenecerle: es un órgano ajeno, de otro. Siente alborotarse ahí un placer del que nadie le había hablado nunca y no sabe si esa especie de mareo proviene de la fiebre o del gusto que le proporciona la chica que susurra goza, niñito mío, córrete, pero ignora el sentido de los imperativos que, intuye, están vinculados a la maniobra de Mercedes. Sabe que algo va a suceder porque su cuerpo se agita a sacudidas, como convulsionando. En adelante, recordará sobre todo una cosa: el clinc‑clinc de la pulsera plateada con unos colgantes que representaban a animales que no olvidará nunca, el muy golfo: un elefante, un pájaro, un camello, un pez, una serpiente, un gato, aquel zoo de abalorios que emitían un incansable concierto metálico en tanto el brazo derecho de Mercedes iba y venía como en una antigua faena agrícola, clinc, clinc. Percibe la inusual dureza de la carne en la mano incansable de la chica y surge de no sabe dónde el espasmo final de un placer inédito e incalculable a la vez que apenas unas gotas de líquido blanquecino afloran en la abertura del glande y Mercedes suelta la minga que aún está erecta, se dobla hacia el interior de la bañera y con la lengua recoge el chorrito de semen, lo saborea y después lo traga, ese zumito sin cuajar del esperma primerizo, con su fructosa, su ácido cítrico, sus aminoácidos, su carnitrina, su fósforo y su potasio, y el calcio y el sodio y las prostaglandinas, ñam, ñam, pura vitamina, mmm, mmm. Es dolorosa la felicidad. Luego le lava la pilila que ha recobrado su exiguo tamaño habitual, lo besa en los labios y dice: bienvenido al mundo, hombrecito y: le gusta lo de hombrecito y: piensa que quiere más a Mercedes que a su madre y dice: te quiero. Ella se pone de pie y se ríe, se seca las manos en una toalla que le entrega y lo conmina a que se vista porque le va a preparar la comida, sopa de fideos y un bisté de hígado con patatas fritas para reponer fuerzas y entonces descubre que el más feliz de la vida, de su vida, al menos, no es el día de la primera comunión. Ya no tiene fiebre: ni unas décimas. Clinc, clinc.