EL ESCRITOR

por Chesi

El escritor estuvo tecleando una hora en el ordenador, una hora infinita y dura en la que urdió frases que luego borraba y rehacía porque le ha caído en suerte ese feliz oficio ingrato (tal vez haya que tachar esta frase) en el que acaso sea tan importante escribir como desescribir y al cabo de los fugaces pero larguísimos sesenta minutos en los que apenas rescató unas líneas decide concederse un descanso pero antes agrega ¿Sog…, sogtulaak? Exacto. Sogtulaak significa: hable usted del tiempo, nuestros acompañantes no son de fiar y a ver quién es el guapo que lo entiende y con frecuencia eso mismo sospecha el escritor, a ver quién cojones me entiende, así que se otorga una tregua y la tregua es un espacio de silencio que él llena con sonidos, a saber: deslizar un dedo por el teclado del piano, repicar dos cubos de hielo en un vaso minúsculo, lagrimear en su interior un chorro de whisky y velar el resplandor de la lámpara de pie con un lienzo de color azul, todo lo cual, pero sobre todo esto último, proporciona al espacio de silencio una atmósfera conventual o de prostíbulo de lujo para clientes con cuentas corrientes en paraísos fiscales. Sale con el whisky a la terraza y mira a la gente que se apresura en la tarde bochornosa y, no sabemos por qué, quizá por su inmovilidad, se fija especialmente en un hombre que está apoyado contra la pared de la acera de enfrente y, como si el hombre sintiera el peso de la mirada que el escritor derrama desde la terraza del cuarto piso, alza su rostro hacia el que lo observa desde arriba y ahora que el hombre inmóvil levanta la cabeza, y, puedeserque intimidado por la inocente mirada escrutadora, sigue su camino en dirección a un bar. El escritor regresa al salón, se sienta en el sofá y apoya la cabeza en el respaldo como si le pesaran las palabras en la nuca, esas palabras torponas, aparentemente ligeras, que tiene que escribir y que acarrea al ordenador como una hormiga infatigable transportando briznas sin parar, un día y otro y otro y, detente, porque el escritor también sabe que siempre hay un y que queda suelto, así que recoge el vaso, se sienta delante del ordenador, pecha con su briznita y escribe que para eso eligió este insano oficio o viceversa y que alguien aclare aquí el sentido de viceversa. “En este momento de mi vida y de mi escritura me repugnan vivir y escribir”, da un trago al whisky y como si obedeciera a un instinto impostergable y maldito añade “Sueño demasiado ‑¡pero escribirlo! Los sueños narrados, propios o (sobre todo) ajenos son un coñazo. Y una descortesía” o como si en vez de ceder a ese instinto impostergable y maldito un idioma hermético lo obligara a escribir así y en ocasiones su editor lo insta a ser menos críptico pero él no escribe así de forma deliberada sino porque no sabe hacerlo de otra manera y lo aburren mortalmente las monsergas de editores y críticos literarios con sus extravagantes por razonables teorías acerca del CAOMI o Cómo Afrontar el Oficio Maldito e Impostergable que en el fondo no es sino una VMI, o sea, la Vanidad Maldita e Impostergable de ver nuestro nombre y apellidos en la portada de un libro que no va a leer ni Diosz o a lo sumo la docena de personas que nos quieren sin tener en cuenta para nada, generosos, que somos sacristanes de la liturgia de un oficio que, aunque no convenga repetirlo para no incurrir en reiteración, resulta maldito e impostergable y por eso regresa al salón, rellena el whisky al que añade otro hielo y lía un porro y trata de inventar una biografía para el desconocido que hace un rato lo miró ‑se miraron‑ apoyado en la pared de la acera de enfrente. Después relee el párrafo que acaba de teclear, se reconoce en él, reconoce su voz entre el alud de las voces prestadas y considera que esta vez no tiene que desescribirse, que dijo, más o menos aproximadamente, lo que quería decir o escribió, más o menos aproximadamente, lo que tenía que escribir y que en el futuro, cuando lea lo escrito, no va a tener que arrepentirse y tal sensación de éxito, aunque sepa que literatura y éxito son palabras antónimas, lo impulsa a regalarse la limosna de un whisky que le recuerda a los domadores de los circos cuando premian a los animales con un terrón de azúcar o un pescado. Va a sentarse de nuevo pero escucha el primer movimiento de la Sonata Waldstein, opus 53 que alguien interpreta en la calle, sale a la terraza y en el mismo lugar en el que descubrió al desconocido y ambos intercambiaron la desdicha de vuestras miradas, está ahora un pianista manco que, sobrio, se afana sobre el teclado en medio de curiosos que se detienen a escuchar el concierto, dejan unas monedas, pasan de largo. Algunas noches de verano el escritor se sienta en la terraza y mira las estrellas o enciende la luz y lee un libro. Ahora contempla la manca habilidad del pianista que defiende la pieza de Beethoven solventemente con cinco dedos ágiles y seguros; el escritor se pregunta si el músico ambulante habrá nacido sin el brazo o lo perdería en algún accidente pero es incapaz de imaginar de dónde puede provenir la ausencia del miembro que no empaña la ejecución de la sonata. Cae la tarde y la chicharrera es menos sofocante. El escritor, con algunas gotas de sudor en la frente, entra de nuevo en el piso, vuelve a sentarse frente al ordenador y va pescando palabrejas de aquí y de allá, de la calle y del diccionario, y las enhebra, las ensarta, las cambia de sitio, varía sus significados, las siente palpitar, sabe que están vivas, que no son un ejercicio que el profesor impone a un alumno tonto sino una necesidad o un reclamo o eso que late y que lo mismo puede ser corazón que almorrana, chicha y limoná, oro y mierda, pero que en cualquier caso hay que escribir y escribe (“ay qué violenta es la vida, Oskar, qué ayuna de cordura y de paciencia, cuán presta a la ofensa y a la sangre, y a la sangre y a la sangre, qué demonio ha guiado la mano que estrangula esa botella que busca fragmentar la jeta del probe desgraciao que la esquiva de milagro. Pero ha ido a darle, joder si ha ido a darle, a Oskar se le agarrotan las nalgas del susto, hijjjadé”) porque si luego no sirven para nada, como tantas veces, qué fastidio, como tantas veces, ya habrá tiempo de desescribirlas y rendido por el titánico esfuerzo de hacer un castillo invisible con aquellas 78 cartas o palabras o cartapalabras y culminar el noble e inestable edificio de su aristocrática profesión, el escritor se otorga magnánimo la corona de hachís que merecida tiene por lo bien que se portó en la pista del circo y cuando enciende el porro suena el troc‑troc de la cerradura, sonido que propulsa al probe desgraciao del escritor hacia la verticalidad adquirida por esta raza no hace tanto y dirigirse hacia el origen del troc‑troc, su causa y su efecto, su milagroso origen y su terapéutico y jubiloso final y se acerca a la mujer que entra en el piso a la vez que pronuncia su nombre.