CALLE DE LA IMPRENTA

por Chesi

En la calle de la Imprenta, que merece sin duda la categoría de plaza, no existe nada reseñable salvo las ruinas y la elegante escultura de Castelao que Buciños creó para este enclave y que parece haber sido diseñada con el trazo seguro, escueto y aéreo con el que Castelao afinaba sus dibujos y que, junto con sus textos y los de otros autores, dan testimonio de lo que fuimos y probablemente de lo que somos, tal vez, incluso, de lo que aspiramos a ser. La calle de la Imprenta no es  sino una desolación que une dos desolaciones: la calle Colón y la calle Libertad: ambas poseen todo lo necesario para ser dos calles históricas del casco antiguo y sin embargo parecen escenarios de una película de guerra que se abandonan porque ya nunca volverán a ser atrezo para un nuevo rodaje. Recurriendo a una frase tópica, ambas están dejadas de la mano de Dios (y de los sucesivos alcaldes) como tantos otros lugares de la ciudad. Siguiendo con un símil cinematográfico, no sería extraño ver deambular a un zombi por Libertad o por Colón. En la calle de la Imprenta no es habitual encontrar a grupos de personas que sentadas en un banco intercambien las confidencias que suelen participarse los vecinos y más bien parece un tránsito o un atajo para ir a otro lugar, para huir a otro sitio. Me temo que ni los pájaros anidan en los escasos árboles; posee la hostil pesadumbre de lo que un día fue o pudo haber sido, como el barrio chino o la plazuela de la Trinidad: se intuye en ella el prometido prodigio que nunca se alcanzó. Siempre hay un gato que atraviesa solemne espacios así. Si un día leyéramos en el periódico que un edificio se había derrumbado, que un muro había cedido, destriparíamos la noticia sin sorpresa, como una maldición anunciada que por fin se cumple y no suscitaría en nosotros otro comentario que el habitual “eso estaba visto”. ¿Por qué se degradan ciertos lugares que no merecen tal desidia? ¿Por qué la calle Libertad es una llaga pútrida y a su lado la plaza de Pena Vixía muestra una salud de hermosa consistencia? ¿Quién o quiénes son (de alguna forma, somos) los culpables? ¿Podría diagnosticarlo Castelao y acaso proporcionarnos el remedio? ¿O es muy tarde ya y el mal resulta incurable? Siempre nos quedará el consuelo de la fantasía, así que vamos a imaginar que algunas noches del año salgan de sus tumbas Víctor Campio, Otero Pedaryo, Blanco Amor, Tovar, Antón y Vicente Risco, Filomena Dato, Valente, Carlos Casares, Xocas, Julio y José Luis López Cid, Alexandre Bóveda, Ricardo Outeiriño, Julio Gimeno, Ben Cho Shey, Pura y Dora Vázquez, en definitiva, que los muertos ilustres de las letras vinculados de una u otra forma a esta ciudad y a esta provincia, se dirijan por diversas rutas a la calle de la Imprenta y mantengan un diálogo interminable con Castelao, proponiendo tal vez soluciones para arreglar el deterioro urbanístico. “Y yo qué pinto aquí, en esta calle insalubre, muerto de frío…”, se quejará Castelao. Quizá alguno de sus acompañantes se despoje de la chaqueta y se la eche por los hombros al de Rianxo, poco acostumbrado a los gélidos inviernos ourensanos. Cuando se deshaga la reunión, uno de los asistentes, no diremos cuál, con una excusa baladí, disimuladamente, se perderá (o se encontrará) en un burdel del próximo barrio de las putas, tan declinante como su entorno. Tengo para mí que si un día cambian de ubicación la estatua de Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao, la calle de la Imprenta desaparecería para siempre.