UNA VISITA

por Chesi

La casucha insalubre podría haber sido declarada ruinosa con toda justicia, pensó el flemático don Arturo cuando golpeó con los nudillos la puerta de la habitación marcada con una plaquita oval que tenía inscripto el número 1. ¿Convendría explicar a usted, oh lector, o a usted, oh lectora, si existieren y de ser así vaya por delante mi honda gratitud, por qué don Arturo Elizondo, un cincuentón atildado, de broncínea tez, ojos marinos, cuidadas maneras, elegante terno, un jazmín en el ojal (aunque ya sé que no se estila), trilingüe, empresario exitoso, casado y padre de seis hijos y que, si había decidido ser infiel a doña Anuncia, podría conseguir las mejores hembras de la costa y alrededores merced a su porte e hipertrofiado capital, se ausentaba del hotel de cinco estrellas en el que estaba alojado para buscar la querencia de una prostituta que le cobraría por la transacción una cantidad inferior a la que él dejaba de propina cuando iba a cenar con su señora y soltaban a la prole en las seguras y blancas manos de la institutriz miss Witt que había llegado a trabajar para la Familia Real Británica? Eso mismo se preguntaba don Arturo Elizondo en tanto recorría con paso atlético que denotaba la práctica habitual del deporte (hípica, esgrima, vela, tenis, esquí ‑marítimo y terrenal‑, paracaidismo, frontón, balonmano, halterofilia, boxeo, salto de longitud, trampolín, polo, petanca, ciclismo, gimnasia, bowling, colombofilia, patinaje) a prima noche la distancia que separaba el hotel El Esplendor Costanero, casi prodigioso palacio de Oriente, de la humilde pensión La Mandrágora do, según le había secreteado su amigo el laureado poeta Nicasio Formentor y Urrutia (autor, entre otras delicadas composiciones, de El desbarajuste de los grillos, Las cigarras invisibles, Luciérnagas  furiosas, Caracoles pausados y Cangrejos de ayer, que significaban su amoroso estro por el mundo animal) ejercía la prostitución una tal Elisa Flora que al desnudarse emitía un olor epidérmico cuyos efectos habían catapultado a más de un cliente al recogimiento conventual o al manicomio (y a algún otro al insensato suicido). Caminando bajo un firmamento en el que las estrellas celosas hilvanaban las costuras celestes (se volvían a mirarlo ‑a don Arturo, no al cielo‑ las mujeres de cualquier edad y catadura sin importar la clase social a la que pertenecieren) pensó, divertido ya que no era hombre celoso, que a aquella hora su nunca bien ponderada cónyuge doña Anuncia Pérez de Goodbye estaría fornicando alocadamente con Rómulo, el monitor de gimnasia, creyendo haberlo seducido cuando en realidad don Arturo Elizondo Camposanto le había donado al mozo, bien formado pero piantado y congénitamente estúpido, una sabrosona cantidad equivalente a seis meses de sueldo (el de Rómulo García) para que copulara con la mujer (la de Arturo Elizondo) aunque sabía que el gañán (ídem)  jamás satisfaría a la hembra (Anuncia) en la desmedida medida (disculpe el lector o la lectora tamaña teratología) en la que él (Arturo) la enloquecía merced a un sexo hipertrofiado (“luces sexo de negro mandinga”, solía repetirle Nicasio Formentor que aseguraba parecerse “a Óscar Wilde y no sólo en el aspecto de dandi”), a una depurada técnica sexual tibetana y a susurrarle al oído procacidades en español, francés e italiano. Cuando Elisa Flora abrió la puerta del cuartucho de la pensión La Mandrágora, antro de penurias y malevaje, por detrás de la mujer (alta, esbelta, rubia, ojos azules, senos turgentes, amplias caderas, cuello delgado, pómulos vietnamitas, nariz grecolatina, boca irlandesa, piernas marfileñas, nalgas africanas, manos siamesas, hombros arquitectónicos: todo eso consignó don Arturo merced a una halcónica ojeada tan fugaz como experta) nuestro protagonista (aunque no sea el único pues ya se verá a su debido tiempo que ésta es obra coral, no unívoca) tanteó con su agudísima vista (no usaba lentes de ni cerca ni de lejos) el descorazonador decorado, a saber: una habitación de cuatro por cuatro metros con las paredes empapeladas de azul purísima con querubes armados con arcos y flechas y que aspiraban en vano a la intrigante categoría de Cupidos, esos gordezuelos diosecillos del amor, love, amour, amore; una lámpara de luz dubitativa cuasi leprosa colgando del techo; una cama desgalichada más yacija que tálamo de 1.85 por 0.80; a sus pies una alfombra de alarmante alopecia; al fondo aparecía una ventana de marco verde bajo la cual se incrustaba una pileta; a la derecha había un armario grande (ganas dan de escribirlo con hache) de doble puerta al que estaba adosada una mesa de pino con una silla en la que se sentaba una chiquilina de cuatro o cinco años, angelicalmente blonda, que desvestía a una muñeca y a la que Elisa Flora (nos referimos a la niña, no al juguete) presentó como su hija Isabelita. Don Arturo, acostumbrado a suntuosos palacios, a suites exuberantes, a interminables limusinas, a efervescentes salones, a restaurantes de lujo, a yachts de armador griego, a legendarios hipódromos, no sintió repugnancia ni desazón, dadas sus veleidades democráticas, por el espectáculo mas preguntóse en silencio: ¿Esta gente dónde defeca? ¿En la vereda, como los chuchos?

-¿Qué desea usted, buen hombre? ‑inquirió Elisa Flora.

-Vengo a olerla.

-Cuánto vicio rinológico, por Cristo bendito. Con lo fácil que es coger…

-Traigo recomendación ‑dijo don Arturo desplegando un moquero con sus iniciales, AEC, sobre la cama y sentándose encima‑ de don Nicasio Formentor y Urrutia.

-El poeta. Vaya pájaro. Otro que tal baila aunque sazona unos óbolos fastuosos, auténticas prebendas. Él también viene sólo a olerme porque, además de asegurar que así se inspira, es maricón. No paga mal, reitero, y me regala poesías. Mire ‑la hetaira metió la mano entre los opulentos senos, extrajo un papel cuadriculado y lo desdobló‑, ésta me la dejó hace un momento. Nica acaba de irse, no sé cómo no se cruzaron en la escalera.

Don Arturo tuvo una sospecha: el hombre con el que se encontró en el rellano, que le cedió el paso cortésmente y llevaba el rostro velado por un antifaz, ¿sería su amigo y egregio vate don Nicasio Formentor y Urrutia a quien una vulgar suripanta amputaba confianzudamente Nica? Otrosí: ¿No había sonado muy artificial, muy impostado, muy forzoso, muy servil, muy enrevesado, muy falso, el acento mexicano cuando lo saludó “con Dios, chamaquito”? Elisa Flora, que de momento no olía a nada, si la nada tiene olor, digamos que a nada remarcable, le entregó el papel que don Arturo leyó con cierta perplejidad no exenta de vergüenza: Ayer, mañana y ahora / nadie huele como Flora. No era, ni de lejos, su mejor composición; tampoco, debía reconocerlo, la peor. Una vez leído, Elisa reintegró el papel a su amorosa estantería cárnica (aunque carnosa quizá sea aquí le mot juste).

-Así que viene usted a olerme, sólo eso.

-Ese sólo no encaja aquí, madame. Dicen que husmearla es como ver el aleph.

La culta referencia desubicó a Elisa Flora: la mayoría de sus clientes parecían huidos de un psiquiátrico. Don Arturo pensó brevemente y sin inquina en lo que estarían haciendo Anuncia y Rómulo: no llegó a conmoverse. Reparó entonces en la niña que ajena al diálogo de los adultos vestía a la muñeca. “¿Y ella?”, preguntó el hombre señalando a la capitidisminuida con el mentón firme de teutona arrogancia. “Está acostumbrada”, dijo la mujer (la puta, la adulta). Elizondo vio obscurecerse el firmamento celestial a través de la fenestra. Elisa Flora se apropincuó a Isabelita, le acarició la melena piojosa, “vamos”, le dijo, la guió hasta el armario (¿harmario?); la innúbil no lamentó introducirse en el jonásico mueble que clausuró la madonna con la llave. “La muñeca le hace compañía”, comentó la hermosa meretriz sonriendo.

Una vez que la infanta estuvo enjaulada, Elisa Flora apagó la luz aunque la claridad de la delicada noche estival permitía a don Arturo Elizondo Camposanto discernir la cama, la alfombra, el lavabo, el armario, la mesa, la silla. Quizá todo ello incitase en su incólume memoria el pasaje de un libro, la escena de una película o un ayer putero en una juventud remota y alocada como la de cualquier efebo. La mujer le preguntó a don Arturo si no pensaba desvestirse. “Sólo vine a oler”. Elisa Flora advirtió: “Le prohíbo que se masturbe mientras me olfatea; me repugnan los tocamientos propios que devienen, ipso facto, impropios”. Suficiente, pero elegante, el míster dijo: “No sé lo que es masturbarse; cuando estaba excitado acudía a una mujer. Perdí la virginidad a los once años”. “Como yo”, escolió Elisa Flora que pasó a demostrar la veracidad del endeble pareado de Nicasio Formentor; para lo cual retiró primero el veraniego vestido floreado (merecido por su segundo nombre) adquirido a precio de ganga en los almacenes La Primavera; la vaharada inaugural de un aroma endemoniadamente penetrante frunció la perfilada napia de don Arturo. ¿Lavanda, azahar? La incontestable belleza de la deidad solapábase con el olor indefinido: el hombre se acercó un poco más a la mujer y la olfateó de forma cánida (perruna, si se quiere). Elisa Flora llevó las manos a la espalda y dejó caer a sus pies el sujetador como cóndor andino que exhausto expira en pleno vuelo: la fragancia se hizo más intensa, más densa, casi sólida, hasta tal extremo que el hombre creyó que iba a marearse. ¿Menta, albahaca? El aroma resultaba indefinible a la par que irreconocible. Turbó el éxtasis la voz casi llorosa de Isabelita: “Mamá, déjame salir, porfa”. Elisa sonrió. “Un momento, corazón, ya estoy terminando”. Con una gestualidad perezosa, casi teatral, la cortesana, oscilando las estoicas caderas, deslizó las bragas hasta los tobillos y don Arturo Elizondo descubrió que el impar aroma provenía del sexo. No, no era anís, no, no era tomillo, no, no era hierbaluisa. ¡Nunca en su larga y afortunada vida donjuanesca había sido testigo de milagro tal! Se arrodilló y rozó con la punta del soberbio órgano olfativo la femenil vulva y sintióse transportado a una geografía ignota que sólo podía existir en trances oníricos o en falsos mapamundis. Le pareció oler una destilería de whisky en la que se rompieran al unísono las barricas y el líquido anegara un local; le pareció oler una fábrica de perfumes en la que se abrieran de golpe todos los pomos a la vez; le pareció oler una capilla donde centenares de sacerdotes orates agitaran otros tantos turíbulos; le pareció oler un zoco marroquí saturado de diferentes especias; le pareció oler en uno solo el aroma de todos los vinos de la tierra; le pareció oler en una sola todas las rosas de la eternidad; le pareció oler, entre las piernas de Flora, todos los mares que había conocido; le pareció oler el estiércol de todas las granjas de su niñez, los múltiples frutos de todos los huertos que había hollado, todas las pieles que besó a lo largo de su vida y supo que por más que se duchase para combatir el perfume olería a Elisa Flora el resto de los días que tuviera el destino a bien otorgarle. “Mamá, joder, quiero salir”, se quejó la voz difusa de Isabelita (no olvidemos que permanece encerrada en el armario). “Ya voy, mi amor”, dijo la mujer que recogió las prendas de ropa y procedió a enmendar el déshabillé visceral. Arturo Elizondo, cual devoto que se recupera de místico arrobo, se puso de pie y Elisa Flora, sonriendo, retiró del ojal de la chaqueta made in London el jazmín que otrora lo engalanaba (al ojal, a la chaqueta y al elegante Elizondo: a ambos los tres). Estaba marchito. Nada le extrañó a Arturo que meditó en tanto rebuscaba en la cartera, arduo le resultaría convencer a Anuncia de que no regresaba de una orgía con ciento o doscientas huríes trepanadoras. Los tres billetes que entregó a Elisa Flora y que bien administrados abastecerían varios cursos escolares de Isabelita, no dolieron a Elizondo: la mujer, que atesoró el caudal (podría decirse la plata) entre seno y seno, como el dístico de don Nicasio Formentor y Urrutia, bien que los había ganado sin despeinarse. Después Elisa Flora dejó en libertad a la alocada potranca de su retoño que mientras acompañaba a don Arturo a la puerta afirmó preguntando: “¿A que huele de puta madre?” Elizondo Camposanto consideró que la frase acuñada contenía al menos tres verdades: la olfativa, la profesional y la consanguínea. Acarició la rubicunda cabellera de la hija de puta.