El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

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VERANOS

Para Luis Rebolledo

El verano es un buen tiempo para recuperar la medida del mundo, salvo que uno se sumerja en una de esas poblaciones costeras donde se quintuplica el número de residentes y siga aferrándose a la tiranía de agendas y compromisos sociales y gintonics en la terraza del bar y churrasco por la noche y ya, en el éxtasis alcohólico, que si un bailongo efervescente, los más osados un chapuzón nocturno y a dormir mientras la noche pasó por encima sin que nos enterásemos. Los veranos de los pueblos costeros y del interior marcan un tiempo diferente, pausado, que nos ayuda a recuperar la tranquilidad escamoteada durante el resto del año. El mar, decía Carlos Barral, es una religión y recuerdo la duración inmedible que aquellas jornadas que parecían no tener fin. Sin embargo, la presencia del mar es dictatorial ya que nos reclamaba de mañana y de tarde: el mar era el juego y no resultaba necesario otro recurso: baños por la mañana, acaso una siesta frente al televisor y baños por la tarde: todo estaba inventado y no era necesaria la imaginación salvo la siempre inquietante contemplación del mar. Era un espacio acotado, definido, que te reclamaba todas las horas de ocio. Un día de lluvia en la playa se aliñaba con la sensación de una catástrofe porque no podríamos bañarnos y las horas fluían con pereza y les preguntábamos a los del pueblo si al día siguiente haría buen tiempo y ellos siempre decían que sí después de mirar hacia el cielo encapotado. Con todo, a pesar de esa pasión que el mar siguen ejerciendo sobre mí, evoco pormenorizadamente los días intensos (e inmensos) de A Rúa, a donde fui casi todos los veranos a pasar unos días. Uno se levantaba, desayunaba y a media mañana se acercaba al río en compañía de los chicos del pueblo y de otros veraneantes que casi todos procedían de Madrid; nadie nos vigilaba y cometíamos las mayores locuras sin la tutela de un adulto: no sé si confiaban en nosotros o en el azar: todos salimos indemnes del asunto, supongo que por intercesión de un invisible ángel de la guarda al que citaban nuestros mayores. A la hora de comer, ese tío al que pertenecía la casa, nos permitía un alivio impensable en la ciudad: teñir con un “chisco” de vino un vaso de gaseosa La Casera que de inmediato nos embarcaba en la edad adulta. Y aunque entonces se nos presentaba el reposo de la siesta como un castigo, entiendo al cabo de tiempo el sentido aquellas horas en las que te encerrabas en una habitación y leías las novelas de Reno y de Bruguera y los tebeos y comenzabas a descubrir el placer de la lectura que no estribaba en la categoría de las obras sino en que te transportaban a un mundo acorde con tu imaginación, ilimitado, sensorial. Después de la merienda nos reuníamos otra vez y recorríamos los alrededores del pueblo, inventábamos juegos, nos contábamos cosas con una camaradería cómplice e inocente porque el mundo no nos causaba mayores problemas: estaba a nuestra disposición, maleable como la plastilina. Todo se enfangaba con el olor de las higueras. No resultaba infrecuente que después de tales incursiones que nos ayudaban a descubrir los secretos de la vida, nos reuniésemos en casa de un vecino para escuchar música y ahí descubríamos a una chica de la que nos enamorábamos con la eternidad efímera del verano y le contábamos a un amigo el secreto que no debía jamás descubrir y el amigo no tardaba en acercarse a esa chica y confesarle “fulanito anda por ti” y ya en el siguiente guateque nos atrevíamos a sacarla a bailar y poníamos en sus manos nuestra vida que era una vida común pero que a nosotros se nos antojaba apasionante como la de un corsario. Seguramente sonaba la melaza de Adamo. Después de cenar, de noche, en la terraza, nuestro tío nos permitía estar con él, sentados ambos en sendas hamacas, y contemplábamos un cielo infinito y luminoso, sin ruidos, en el que se remansaba la vida como si la vida fuese eterna, como ese amor que acabábamos de descubrir. Quizá a ciertas edades todo sea eterno. En noches así la muerte parecía una frivolidad, una adversidad que nunca podría suceder, una trampa fácilmente esquivable. Uno entraba en una finca a robar una pieza de fruta y adquiría el legendario valor de aquellos héroes cuyas historias leíamos a la hora de la siesta. Un mundo a nuestra medida, en el que nada sobraba ni nada faltaba. El olor narcótico de las higueras siempre, los gorriones que caían en las trampas en las que insertábamos una miga de pan, la caza de las ranas en las orillas del río. Tantas cosas… Luego amanecía una mañana en la que la lluvia percutía en la claraboya de la habitación y sabíamos con certeza que el verano había concluido, que era el tiempo de los adioses para los que nos íbamos y para los que quedaban en el pueblo. Prometíamos, y cumplíamos, escribirnos cartas contándonos nuestras vidas en la ciudad a la espera de que llegase el próximo verano y nuestros hermanos mayores se despedían de sus novias con canciones nostálgicas del Dúo Dinámico o de Armado Manzanero y ellos sí que lloraban pero no nosotros, que sabíamos que el otoño y el invierno y la primavera eran caminos indispensables que nos llevarían a las siguientes vacaciones, cuando esa niña a la que le habíamos dado un beso en la mejilla ya ni se acordaba de nosotros y, además, nos afeaba la sombra de un bigote que empezaba a crecer a medida que los veranos se hacían más cortos. Cosas de la nostalgia, supongo.

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FINNEGANS WAKE

Ahora que por primera vez aparece la traducción íntegra en español de Finnegans Wake (Ed. El Cuenco de plata) realizada con esmero y brillantez, según dicen, por Marcelo Zabaloy, no está de más recordar lo que de esta novela (y del resto de sus ficciones) manifestaba con cierta jactancia James Joyce: “La petición que le hago a mi lector es que dedique su vida entera a leer mi obra”. Hasta hoy habían aparecido traducciones incompletas: en Lumen, en 1993, Víctor Pozanco se atrevió con una versión resumida que, según los entendidos, deja mucho que desear y en 1992 Francisco García Tortosa (uno de los traductores de Ulises en Cátedra)  tradujo el capítulo Anna Livia Plurabelle, en la misma editorial. En 1923 James Joyce acomete la escritura de esta obra a la que pronto denominará “el monstruo”. Y que, salvo casos aislados, produce rechazo entre los críticos y los afines a Joyce. Según explica en un minucioso artículo de Revista de Libros Ismael Belda, que alaba sin fisuras la traducción de Zabaloy, las diatribas con respecto a Finnegans Wake de aquellos que habían considerado Ulises una obra maestra, seguramente desalentarían a Joyce, un escritor ya vencido hacia el alcoholismo y en los últimos años de su vida. Su valedor Ezra Pound no se anda con bromas ni paños calientes: “Nada excepto una visión divina o una cura para la gonorrea podría justificar de ninguna manera semejante periferización circunvalante” (frase que también tiene su aquel). Stanislaus, el hermano de Joyce, un firme admirador de las obras de James, sospecha que parecía que el cerebro de Joyce fallaba y H. G. Wells dice no hallar placer alguno en su lectura: son algunas muestras del escaso o nulo entusiasmo que Finnegans Wake despertó entre los lectores. En el artículo de Revista de Libros, Belda arriesga la posibilidad de encontrar un argumento para la novela que a tantos otros les resultó abstrusa e impenetrable. No debemos dar de lado a ese mismo intento efectuado por Domingo García Sabell en el libro Ensaios (Galaxia, 1963) y en el cual dedica un artículo titulado James Joyce i (sic) a loita pola comunicación total en el que aventura igualmente la trama de la última obra de Joyce aunque, como indica Belda, podría dicha ¿novela? tener tantos argumentos y exégesis como lectores. Mis intentos (con el texto de Pozanco) de internarme en esa prosa fueron siempre infructuosos pese a mi devoción por el resto de la literatura de Joyce. Leyéndola, se me vino a la cabeza una noticia aparecida en un periódico hace un par de años que daba cuenta de que una bodega había inventado para un vino de Jumilla una contraetiqueta que parodiaba las contraetiquetas clásicas de los vinos en las que se habla de taninos, frutas, maderas, efectos retronasales y demás parafernalia. Ridiculizando esos textos, la contraetiqueta del Jumilla, tras los tópicos habituales, señalaba: “Como si te digo que unos leperos vampiros, de buena familia, lo recolectan solo en noches de apareamiento del cernícalo real mientras escuchan a Chiquetete.” Pues eso, por ahí van los tiros. A la espera de la traducción de Zabaloy, parece ser Finnegans Wake un enorme contrasentido, un inmenso caos que acaso sólo tuviese coherencia en la cabeza de Joyce, y, quién sabe, tal vez no anduviese desencaminado el irlandés cuando refiriéndose a dicha ficción diagnosticó: “Puede que esté fuera de la literatura ahora, pero su futuro está dentro de la literatura”. Cierto es que muchas obras fueron disfrutadas años después de su aparición y no es insólito que cuando algo nuevo y complicado surge, necesite de un tiempo de adaptación a la espera de que encuentre a ese lector ya formado para entender cabalmente la novedad. De momento, parece ser que aún no haya llegado ese tiempo de consolidación de dicha novela. En un intercambio de correos electrónicos entre John Banville y Pierre Lemaitre, en los que hablan de libros y otras vicisitudes en el suplemento Babelia de El País, Banville se la pone a huevo al francés al escribir: “Una novela, incluso Finnegans Wake, tiene un principio, un desarrollo y un final”. Lemaitre, elegante, mordaz y humorístico, manifiesta en su último correo, entre otras cosas, lo siguiente: “Concluiré con la alegría de saber  que pronto me mostrará usted donde se encuentra en Finnegans Wake el desarrollo (el principio y el final me parecen un poco menos difíciles…)”. Lo cual quiere decir que hincarle el diente a lo que llamó James Joyce “work in progress”, adentrarse en el aparente marasmo de Finnegans Wake sigue siendo un reto para cualquier lector en cualquier lengua. Ojalá la traducción de Zabaloy nos ayude a los que leemos en español a despejar, en la medida de lo posible, los secretos (o algunos de ellos, al menos) de esa obra singular.

HIPOCONDRÍACOS

Los hipocondríacos somos unos seres dignos de lástima. Hasta entrañables. Quizá un poco coñazos en ocasiones pero, a la larga, unos pobres desgraciados con una extensa y peligrosa memoria como un archivo informático con los datos no ya de uno mismo, sino de quienes nos rodean. Cuando me sobreviene el menor contratiempo físico, esa memoria autónoma y cruel, desempolva las conversaciones que escuché desde que era un niño y que atañían a percances relativos a la salud. Esto es, si un día te levantas con dolor en un ojo, de inmediato te asedian los fantasmas amenazantes de personas que han sufrido cataratas, desprendimiento de retina, glaucoma; no puedes creer (seguramente ni quieras creer) que lo que te desazona es una simple conjuntivitis que se cura con un humilde colirio, sino que te ves como Borges, dictando líneas a un alma caritativa y escuchando lo que otros te leen, quizá incluso guiado por un perro lazarillo. En lo concerniente a los infartos, contratiempo bastante popular como una mala canción de verano, atesoro síntomas múltiples que me fueron transmitiendo distintos infartados (hasta el momento en el que no pude aguantar más las deposiciones y cogí un taxi para entrar en urgencias: suena a chiste pero poseo una carpeta plagada de electrocardiogramas que algún día donaré a la electroteca nacional, si existe): dolor agudo en ambos brazos, dolor insoportable en el izquierdo, dolor en el pecho, vómitos en algún que otro caso, dolor en la espalda, dolor en el estómago, dificultad para respirar. Si a una persona normal (dejemos para otro momento qué demonios es eso de la normalidad) le duele un brazo, recurre a una aspirina o a un fisioterapeuta, lo mismo que si le duele la espalda. Un hipocondríaco de verdad, jamás se aferraría a posibilidades tan simples: la aspirina, junto con la cafinitrina, la lleva en el bolsillo (sí, en una coqueta cajita donde transporta un orfidal, un sumial, aerored, medio trankimazín y otras maravillas de la química) y al menor síntoma de dolor en uno cualquiera de los espacios arriba indicados se mete entre pecho y espalda la aspirina y busca un taxi para que otro médico le haga el electrocardiograma número veintitantos, de modo que con los realizados a lo largo de su vida, si alguien tuviera la paciencia de enmarcarlos, se podría hacer una exposición de lo más aparente en el Reina Sofía, por ejemplo. Otro asunto grave (y cada vez más recurrente) es el ictus. Ah, el ictus. Puedo espigar algunos síntomas almacenados a lo largo del tiempo: dolor de cabeza, pérdida de fuerza en el brazo, mareos, dificultad para articular palabra; de modo que cuando uno siente una punzada en la sien, el taxista (“hombre, usted de nuevo por aquí. ¿Qué? ¿Otra vez a urgencias?”, “sí, por favor, pero haga sonar el claxon hasta que lleguemos que esto pinta mal”, “bah, no será nada, como siempre”, “no joda y acelere que mis días tocan a su fin”) nos lleva de nuevo a urgencias y nos deposita allí a la espera de que alguien nos atienda aunque en ese momento, en ese momento de inquietud, ya nos hemos despedido mentalmente de las personas que amamos y, pese a nuestro ateísmo militante, preguntamos a un enfermero si no podría acercarse por la sala el capellán. Y si un día te equivocas al hablar, si trastocas las sílabas, si en vez de decir, por ejemplo, Guadalajara dices Gualadajara que en cualquier otro provocaría la risa, tú lo detectas como el anuncio del ictus inmediato y vuelves al taxi acogedor. El buscar las gafas que llevas puestas en la frente y no dar con ellas, para cualquier ser humano es un despiste: para un hipocondríaco, evidencias irrefutables de un Alzheimer súbito. Y así con cualquier enfermedad de la que hayamos oído hablar y aunque seamos hombres (en mi caso), si nos duele el vientre, sospechamos que antes o después van a hacernos una histerectomía, no queremos transigir con una mugrienta cagalera. No quiero ser pesado pero ¿saben usted cuantos inflatos (sic) padecí en mi vida? Una sencilla acumulación de gases debida a la cerveza o a los guisantes o a los garbanzos, me tendió no pocas veces en camillas inhóspitas en las que una enfermera me afeitaba el vello del pecho para enlapar allí las ventosas y certificar, otra vez, que, en fin, acaso estuviese enamorado de ella pero que estaba hasta el gorro de hacerme otro electro. Es duro vivir así aunque a muchos les mueva a risa. Pero el verdadero enemigo de un hipocondríaco licenciado, como el que esto escribe, son los prospectos médicos, particularmente de los antidepresivos y ansiolíticos. Para nosotros, los infelices hipocondríacos, Cioran es un humorista comparado con esos textos que además de abstrusos son tenebrosos. ¿Qué se puede esperar de un medicamento que avisa de que en caso de que lo ingieras accidentalmente (¿quién cojones se toma un medicamento accidentalmente?) “avise al médico sin tardanza o acuda al servicio de urgencias del hospital más próximo”. Coño, sólo le falta añadir: “Y póngase en contacto con los servicios funerarios de inmediato”. Los prospectos de los medicamentos causan más males a la humanidad que en su día el Werther, que empujó a miles de jóvenes (seguramente hipocondríacos) a suicidarse. En este que tengo a mano avisa de los posibles efectos adversos. Échense a temblar: fatiga, somnolencia, debilidad muscular, amnesia anterógrada, confusión, estreñimiento, depresión, diplopia, dificultad de articular palabras, incontinencia, trastornos de la libido, dolor de cabeza, náuseas, sequedad de boca, erupciones cutáneas, temblor, vértigo, visión borrosa, elevación de las transaminasas, excitación aguda, trastorno del sueño, alucinaciones y casos de ictericia. ¿Pero qué puñetas cura ese medicamente, por favor? Es peor el remedio que la enfermedad. Con tales secuelas, ¿quién querrá experimentar con él? Entenderá usted que a la vista de la precedente prosa digna del Apocalipsis de san Juan, al leer estas palabras de Cioran, “Primero percibimos la anomalía del hecho estricto de existir, y sólo después la de nuestra situación específica: la sorpresa de ser hombre”, los hipocondríacos nos descojonemos de risa. Sin pasarnos, que uno también puede morir de la risa. Otro día hablaremos del hipo que ahora me voy a urgencias.

LA TORMENTA

Por la mañana las moscas volaron enloquecidas, algunas avispas se aventuraron en el interior de la casa, los gatos se revolvieron inquietos en la huerta y en la breve tertulia que se forma espontáneamente en la aira mientras esperamos la llegada de la furgoneta del panadero, más de uno pronosticó que, pese al cielo despejado y al calor estival, se avecinaba una tormenta como podía deducirse de alguna nubecilla aparentemente mansa a los ojos de un habitante de la ciudad como yo, incapaz de descifrar tan leves indicios, y del siempre aludido dolor de huesos cuando se prevé un cambio meteorológico. Dos horas después el cielo se fue enfoscando con gestos de gigante furioso y durante la sobremesa y hasta bien entrada la tarde, cayó la furia brutal de una tormenta con visos de apocalipsis que aunó una lluvia feroz, un inquietante viento calmo, el fragor del granizo que puede arrasar las cosechas y el eco retumbante de los truenos que seguían a los relámpagos. El aire se plagó del olor a tierra mojada que siempre remite a una niñez remota y apacible y caduca. Ese domingo 27 de agosto, en el que a las cuatro de la tarde hubo que encender la luz que se iba y venía si querías leer un rato, el verano se pudrió definitivamente como un postre que olvidas en una alacena y descubres al cabo del tiempo con su moho, sus gusanitos y su quéascoporDios, tira eso a la basura. Un paisaje blanco de invierno tomó posesión del territorio declinante del verano. Pero, ¿hay estación más hermosa que el otoño que se avecina? El calor ya no resulta insoportable, el estrépito de las verbenas no se acumula diariamente, las noches son más frescas y la vida parece alfombrada por una paz que es difícil de encontrar en la urgencia del verano. En realidad, el verano es un espejismo, la promesa de una felicidad incumplida como el paraíso de algunas religiones, una estación que sólo adquiere sentido cuando uno es joven  tiene por delante las infinitas posibilidades de la vida que antes o después, como el verano, se truncarán; para los adultos, el verano no es sino un brevísimo receso en el diario combate por la supervivencia y se termina cuando guardamos en el trastero las sombrillas y metemos las toallas y los trajes de baño en la lavadora y las conservamos en el armario hasta el verano próximo en el que descubrimos que las cremas protectoras han caducado como este agosto que murió un domingo, a una hora casi taurina. Descanse en paz.

EL MUNDO DE HOY

“-¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mendaces, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?” Rebusqué esta cita desoladora de Voltaire, inserta en Cándido o el optimismo, leyendo El mundo de ayer (Editorial Acantilado), de Stefan Zweig, ese intelectual nacido en Viena a finales del siglo XIX y que, además de las ficciones, de los ensayos y las biografías, levanta acta notarial de buena parte del convulso siglo XX, problemático y febril, que decía el tango, del que fue un espectador por una parte privilegiado, dada su desahogada posición económica, y por otra desolado frente a la descomposición de un mundo que se pudría con la Primera Guerra mundial y, no mucho más tarde, con la Segunda y que lo llevaron, entre otras circunstancias adversas, a quitarse la vida en Brasil. Hoy vivimos malos tiempos para los idealistas y los pacifistas y Zweig, como tantos otros, entonces aún creía en la posibilidad de que el ser humano se involucrase en una especie de fraternidad universal que le permitiera avanzar, a lomo de los descubrimientos científicos y de la cultura, hacia un futuro de entendimiento entre países y religiones. Sospecho que si Zweig hubiese nacido a mediados del siglo XX, a la vista del actual desorden que impera en la mayoría de los rincones de este desquiciado planeta, se hubiese suicidado asimismo ya que el atrezo de la humanidad es, si cabe, más catastrófico que hace un siglo desde el punto de vista bélico. Stefan Zweig detectaba entonces las diferencias entre la guerra mundial de la segunda década del siglo XX y la que la siguió poco después, apenas un clic en el devenir de la historia: en tanto en la primera los soldados, las naciones, iban a la guerra confiados en que estaban luchando por un mundo mejor, creyendo ciegamente en que su sacrificio traería el resultado de una Europa más sólida, más unida, más feliz, en la segunda imperaban turbios motivos de raza e intereses armamentísticos, amén de otras fruslerías que abocaron a una generación a la guerra. Probablemente hoy, un intelectual de la talla de Zweig, idealista, como dije antes, independiente, que añora una entidad supranacional europea y confía casi ciegamente en el buen corazón de las personas, sería motivo de risa. Quizá estemos en un mundo donde, pese a la triste realidad que a diario nos asalta en las noticias, sean más necesarios que nunca esos idealistas, esos pacifistas que a la postre son vencidos por las circunstancias, cuando los “razonables” o los “locos con carné” que dirigen el mundo, arengan con proclamas bélicas a sus súbditos apelando a la religión, a la libertad o a la democracia pero que al cabo sueltan “pepinazos” en países de África o de Oriente Medio para quitar el óxido del arsenal armamentístico y apropiarse de los recursos de los países bombardeados; en el otro caso degüellan miserablemente a sus víctimas y lo publican en los medios de comunicación o atentan en ciudades sembrando el caos en aras de un paraíso quimérico. No existe otra finalidad en las armas que se emplean salvo satisfacer el afán de dominio de una panda de malnacidos, sea cual sea el símbolo que enarbolen en sus banderas. Zweig se asentó en Petrópolis con su segunda mujer y desesperados ambos ante el futuro de Europa y su cultura, barruntando que el nazismo arraigaría en todos los rincones del planeta, se suicidaron el 22 de febrero de 1942. Stefan Zweig dejó escrito lo siguiente: «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra». A la vista de la situación actual, uno tiene que responder resignadamente que sí a las preguntas que formulaba Voltaire en Cándido o el optimismo; probablemente, aunque con métodos menos brutales, siempre hemos sido mendaces y bellacos y pérfidos e ingratos y ladrones y cobardes y envidiosos y avaros y ambiciosos y cualquier etcétera peyorativo que se le quiera añadir. Y, sin embargo, siguen existiendo personas que nos hacen mejor la existencia, tipos que aún te animan a creer en esta raza, acaso contra toda esperanza, y ojalá esas personas no se sumen jamás al desencanto que abocó a un intelectual como Stefan Zweig a quitarse la vida porque ya no soportaba tanta ruindad ni era capaz de enfrentarse a un futuro que preveía diabólico. Ese futuro que estamos escribiendo entre todos, con chafarrinones continuos y caligrafía hostil y un sentido bastante indescifrable y en el que resultan imprescindibles esas gentes como Stefan Zweig que te ayudan a detectar las faltas de ortografía con las que escribimos.

MEMORIAS APÓCRIFAS

Puedo narrar con aproximado tino la historia que cuenta El graduado, hablar con cierta solvencia de Dustin Hoffman interpretando el papel de Benjamin, de Katharine Ross ejerciendo de Elaine o de la excelsa Anne Bancroft representando su rol de señora Robinson, insinuante y  madura. Recuerdo asimismo a Richard Dreyfuss, un residente de una casa de estudiantes y, cómo no, la música de Simon&Garfunkel, particularmente la canción Mrs. Robinson que sonó durante años porque en aquella época los éxitos musicales duraban muchísimo tiempo y no se veían de repente subsumidos por otro inmediato. Cuando se estrenó El graduado corría (bueno, en opinión de un viejo resistente, los años entonces no corrían sino que se arrastraban perezosa, deliciosamente lentos: cosas de la edad) el año 1967 y, por ese pasado ya extinto, un éxito musical, por ejemplo, Extraños en la noche, de Frank Sinatra, duraba bastantes años, como sucedía con los álbumes (perdón: entonces eran elepés) de Beatles o de Rolling Stones o de cualesquiera otros triunfadores del convulso decenio, de tal forma que esas canciones pasaban a formar parte de la banda sonora de tu vida porque permanecían durante mucho tiempo en las emisoras de radio, en la incipiente televisión, sin estar sometidas, como en la actualidad, a un aluvión continuo y constante de éxitos que se superponen unos a otros de tal manera que es muy difícil, para la gente joven, encontrar a alguien que la haya marcado de manera contundente porque los referentes son múltiples. Seguramente si a personas de mi edad se les pregunta por sus músicos preferidos podrían hablar de media docena o una docena de grupos y/o de cantantes pero a la gente más joven les resultaría complicado porque la industria discográfica se agigantó hasta tal punto que las referencias son interminables, apabullantes (y eso no es mejor ni peor que antaño). Puedo narrar, dije al principio, con cierta exactitud el argumento de El graduado, incluso las interpretaciones de algunos de sus actores, y, sin embargo, jamás vi esa película. Recuerdo no impostado es, por supuesto, el cartel: la pierna derecha de Bancroft subiéndose (ésa es mi impresión, que la sube, no que la baja, por la forma de la prenda en la pantorrilla) la media y un anonadado, sorprendido y acojonado Hoffman, con los hombros caídos, las manos en los bolsillos, delante de la puerta y a su lado, a su derecha, un televisor y encima de éste, en la pared, un aplique: ahí está, como aguardando lo que inevitablemente tiene que suceder (o lo que ya sucedió) y acaso por su rostro uno intuya que realmente la señora Robinson se está quitando la media, no poniéndosela. Junto con la canción principal, es el único dato exacto de la película, ese cartel en el que el hombre se parece poco al actor, la única memoria real que me pertenece ya que las demás son impostadas. Convendría intercalar la pregunta que hace Alicia, el personaje de Lewis Carroll: “¿Para qué demonios sirve una memoria que sólo funciona marcha atrás?” Con frecuencia poseemos memoria de algo que en realidad no sucedió o que nos fue transmitido oralmente, que vimos en algún NODO remoto pero que juraríamos que fuimos espectadores de ese recuerdo. Guardo uno lejanísimo: haber visto a los componentes del Dúo Dinámico lanzarse desde un espigón al mar en un verano antañón en Combarro, donde veraneaba, durante el rodaje de una película titulada, creo, Botón de ancla. Con el tiempo uno descubre que sí, acaso haya una escena similar en la película pero de lo que uno está seguro es de que no serían ellos quienes se arrojaban al mar sino probablemente unos dobles porque en ese acto no había aglomeración de chicas y era la época en la que el Dúo Dinámico constituía acaso el primer modelo de cantantes con fans enfervorecidas y lo que yo recuerdo es el escrupuloso salto de dos chicos que se lanzaban vestidos al mar desde la escollera de un pueblo entonces gris y tranquilo hasta que llegaron el color y los turistas y transformaron (o transformamos) el enclave apacible en un hervidero de chiringuitos y terrazas y fiestas como es en general la costa actual, desde San Sebastián a Badalona pasando por Huelva y Cádiz y Málaga y Valencia sin desdeñar las islas Baleares y las Canarias. Y llega un momento en la vida en el que uno duda de si realmente vio a Marcelino cabecear y obtener al gol de la victoria contra la URSS de Yashine, Chislensko y compañía en el año 1964 o si ese hecho histórico (parecía entonces de la misma naturaleza que el viaje de Colón a las Indias o el desastre de la Armada Invencible) en realidad lo vivió un hermano mayor que vino a contárnoslo enardecido mientras tragábamos el bocadillo de mantequilla con azúcar, que solía ser la merienda recurrente y existencial que sustentaba las tardes de buena parte de los infantes españoles. Soy capaz de recitar la alineación del Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, paladear en la memoria el gusto descompuesto de los taconazos de Di Stéfano (a) La Saeta Rubia (acojona su verdadero nombre: Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé), las enloquecidas carreras por la banda de Gento (a) La Galerna del Cantábrico, los disparos relampagueantes de Puskas (a) Cañoncito Pum, y, sin embargo, dada mi edad, no pude asistir realmente a tales acontecimientos que seguramente me fueron transmitidos posteriormente por una defectuosa televisión en blanco y negro. La memoria se va formando, así pues, en capas sucesivas hasta formar un palimpsesto: a la visión inicial con frecuencia se le van sumando otras como aparece el musgo en un muro y quizá no sea muy osado pensar que buena parte de la literatura se sustenta, entonces, sobre una falacia que luego se aliña con un tanto de imaginación y de talento.

ESA CIUDAD

Me gustaría vivir fuera de Ourense para sentir nostalgia de Ourense. Acostumbrado como estoy a habitar de forma casi permanente esta ciudad, seguro que mis ojos no detectan ciertas cosas que a los foráneos no le pasarán inadvertidas: determinados edificios, las orillas del río, el color del cielo en los atardeceres o la placidez de las noches. Todo ello para mí constituye un don gratuito y en el que acaso no repare, como los miembros de las familias ricas no lo hacen en el lujo que los rodea porque piensan que es lo natural. Aunque es cierto que no resulta necesario huir de una ciudad para comprenderla: algunas grandes obras de la literatura están escritas desde el interior de determinada geografía y no desde la mirada periférica de la nostalgia. Contrariamente, hubo autores que necesitaron de la distancia para recrear su ciudad, como Joyce con Dublín, o de la injerencia del tiempo, como la Roma de Yourcenar. Si yo viviese fuera, si me fuera concedido ese privilegio, acaso añoraría la ciudad gris de los años sesenta y el festival del Miño: la playa fluvial de Oira: las solemnes procesiones de semana santa: los muslos de las majorettes de las fiestas del Corpus: los seminaristas que bajaban hacia Ourense como pájaros migratorios: Pepiño, aquel tullido que pedía limosna en el puente de As Burgas: las reuniones en O Volter: los bocadillos de calamares en las galerías Tobaris: las aulas de los maristas: a la Concha con su puro inagotable: la presencia oronda de monseñor Temiño: las pelotas de goma de los zapatos Gorila con las que jugábamos al fútbol: las inagotables idas y venidas por el Paseo: los guateques casi clandestinos: la legendaria Chichona: el olor a café de Campos: la vestimenta del Capitán Bombilla: las veladas de boxeo en el cine Airiños: la miseria de La Perrecha: la música instrumental del grupo Benposta: los batidos de La Ibense: el Club Deportivo Ourense ganando todos los partidos de una Liga de fútbol: las verbenas en el jardín del Posío: los suicidas saltando desde los puentes: los juegos de pídola y de chorromorropicotaina en el parque de San Lázaro: las incursiones temerosas en el barrio chino: un tipo muerto a orillas del río mientras se trajinaba a una gallina: las hazañas de Raúl Rey: la escuela de aeromodelismo: las sesiones de cine en el Principal, en el Xesteira, en el Mary, en el Avenida, en el Losada: las actuaciones de las vedetes en La Bilbaína: los billares y futbolines del Coime en Santo Domingo: los goles de Wilson y de Pataco y de Montenegro: la galanura del capitán Bombilla: los chapuzones en el Miño: las locuciones de Pedro Arcas en la radio: las victorias de Reverter: la sesión vermú en la sala de fiestas Auria: la desenvoltura de Toñito Patata: el garaje en la calle Curros Enríquez donde podía leerse “Prohibido blasfemar y hablar de política”, recogido posteriormente por Carandell en Celtiberia Show, y todas esas historias legendarias y a la vez reales que embarraron mi infancia y es posible que también otras infancias similares a la mía. Seguramente no me gustaría vivirlas de nuevo. Nada de todo ello existe sino en un rincón de la memoria, esa que nos va formando a veces a nuestro pesar. Si viviese fuera de aquí, acaso esa mirada sobre el ayer fuese más tolerante, menos dolorosa, más conciliadora. Pero uno nunca regresa sino a la nostalgia, que es charco contaminado.

HERMOSAS FALSIFICACIONES

Con frecuencia los usuarios del idioma establecen sus propias arbitrariedades que dan lugar a variaciones, en ocasiones divertidas, de una frase original. Muchas de ellas son ya refranes que se utilizan en el lenguaje oral a modo de coletillas y sentencias y que, pese a sus errores, se incorporan al habla; quede claro, pues, desde el inicio, que no es finalidad de este texto mofarme de quienes las emplean ni en absoluto corregirlos, sino dar fe de tales expresiones que con el tiempo variaron muchas veces su manifestación original y en ocasiones hasta su sentido. Empecemos por dos que provienen del mundo del cine. La famosa “Tócala otra vez, Sam” no aparece en la película Casablanca sino que procede del título de la película de Woody Allen Play It Again, Sam. En realidad (en la realidad de la ficción cinematográfica, tan sólida como lo que se considera “realidad”), Ilsa (Ingrid Bergman) se acerca al pianista y le dice: “Tócala, Sam. Toca As Time Goes By”. Más tarde es el imperturbable Rick (Humphrey Bogart) quien acucia a Sam: “La tocaste para ella, la puedes tocar para mí. Si ella pudo soportarlo, yo puedo. ¡Tócala!” Pero es tan fuerte (y creo que feliz) el arraigo de la frase falsificada, que ya forma parte del imaginario.

¿Quién no profirió alguna vez, en determinada circunstancia, la urgencia de la frase “¡Más madera!”? Pues jamás Groucho dijo nada igual en la película que, según parece, atesora homenajes más o menos explícitos a El Maquinista de la General, de Buster Keaton. Realmente, lo que Groucho grita es “¡Traed madera!” Por cierto, El maquinista de la General se titula en inglés The General. Sería interesante que algún experto cinéfilo investigara los títulos de las películas, particularmente anglosajonas, que llegan a nosotros con otros aberrantes y disparatados cuando no estúpidos.

Otro lugar común en las conversaciones es la sentencia “Con la iglesia hemos topado”, que contiene variaciones polisémicas para todos los gustos. Y lo cierto es que en la segunda parte de Quijote, en el capítulo IX, cuando Sancho y don Quijote entran en el pueblo, lo que éste le dice a su escudero es: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.

Poca gente habrá que no haya escuchado alguna vez lo de “el fin justifica los medios”, atribuido a Maquiavelo y, en concreto, a su obra El Príncipe: cuantos más datos se amontonen en un error, mejor porque éste empieza a parecer más una verdad. Los políticos dan sobradas (y repugnantes) muestras de ello. Pues bien, la frase procede de una anotación que hizo Napoleón Bonaparte en la última página del ejemplar de El Príncipe que poseía. Maquiavelo jamás escribió tal sentencia. Por usar otro lugar común, al César lo que es del César. ¿Por qué se suele amputar esa frase y no se añade la segunda parte: “y a Dios los que es de Dios”? Perdón por el ramalazo marista.

Más de uno y de dos tararearon (tarareamos) aquello de “Mambrú se fue a la guerra”. En justicia, Mambrú jamás pisó un campo de batalla. La cancioncilla infantil es una traslación a la lengua española de otra francesa titulada Marlbrough s’en va-t-en-guerre, compuesta tras la batalla de Malplaquet que enfrentó a las tropas de Francia y Gran Bretaña. Hay que retirar de inmediato la placa que Mambrú tenga asignada en alguna población y poner una dedicada a Marlbrough. Otra canción infantil que posiblemente fue tergiversada es Antón Pirulero; el tal Antón existió, en Granada, circa 1860, y el animal asesinó a su mujer de veinte puñaladas. Muchas teorías apuntan a que Pirulero no era en realidad su apellido sino un apodo deformado que provenía de perulero, palabra que, según el DRAE, significa, entre otras acepciones, natural de Perú o indiano que regresa de ese país. No es descabellado pensar que Antón Pirulero fuese un perulero, un emigrante español que retornó de Perú y pasó al imaginario popular por el crimen que cometió.

Recuerdo en Longa noite de pedra, si la memoria no me falla, un poema de Celso Emilio Ferreiro en el que arremetía en algún verso contra Goethe (creo que le llamaba burgués, entre otras cosas) por haber escrito “Prefiero la injusticia al desorden”. Se equivocaba Celso Emilio como se equivocó la paloma que por ir al norte fue al sur y creyó que el trigo era agua y todo eso. Lo que Goethe manifestó fue esto: “Prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden”. Quizá haya alguna semejanza entre ambos aforismos pero el primero no es textual.

Hay un romance español que cita irónicamente Cervantes en Rinconete y Cortadillo y cuyo primer verso dice “Marinero de Tarpeya”. Cervantes hace una broma con él ya que parece que el error proviene de un editor despistado y, acaso, algo ignorante, puesto que el original no habla de ningún marinero sino de Nerón, y el verso en cuestión es el siguiente: “Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía”. El editor y después la voz del pueblo, convirtieron a un poderoso emperador romano en un marinero y posiblemente sea mejor oficio este que aquél.

Insisto en que no hay crítica alguna en el texto, todo lo contrario. Un idioma es patrimonio de sus usuarios que muchas veces lo deterioran y lo pudren, y otras lo enriquecen con aportaciones insólitas que probablemente la Academia tendrá que recoger más temprano que tarde. Es ese pálpito diario el que hace doblemente maravilloso el milagro de cualquier idioma. Y hay que protegerlo teniendo en cuenta que el fin no justifica los medios y siempre que piense en Casablanca seguramente se me escapará lo de “Tócala otra vez, Sam” porque a veces las falsificaciones son tan atractivas como el modelo imitado.

MEA CULPA

Los amigos están para desordenarte la vida, felizmente. Y uno de ellos, me hace saber que Felisberto nació en Uruguay, a quien yo alegremente le atribuí la nacionalidad argentina. Como con Gardel, casi un epónimo de argentinismo, para quienes unos reclaman la patria uruguaya y otros la argentina. Sirva como levísima disculpa que le importan un carajo las patrias a la buena literatura, que Cortázar puede ser francés, Sterne estadounidense, Mishima italiano y Lobo Antunes alemán. Vizcaíno Casas, por ejemplo, no se entendería sin España. Ya sé que estas digresiones agravan mi error pero quedan de puta madre. Pues eso: discúlpenme la pifia. Trataré de no reincidir pero no estoy yo muy seguro.

EL CONCEPTO DE FICCIÓN

Recientemente leí El concepto de ficción, de Juan José Saer, editada por Rayo Verde. Quizá no sea necesario señalar que Juan José Saer es uno de los grandes escritores que ha dado la literatura argentina y no resulta exagerado afirmar que uno de los mejores en lengua española, casi en la misma medida de secretismo que Juan Filloy (Op Oloop, Caterva), otro de los autores semiclandestinos más importantes de un país que, entre otras cosas, ha suministrado un aluvión de escritores de una enorme calidad en medio de tangos, psicoanalistas, futbolistas, cineastas y cantantes. Y unos cuantos militares cabrones. A nadie a quien le guste la ficción, le pasan inadvertidos los nombres que perezosamente denominaré canónicos, desde el que podríamos considerar poco menos que su fundador, Hernández, hasta Ricardo Piglia o Patricio Pron: si aquél fuese el principio que no lo es pero a efectos genealógicos sirve como hito, y éste el final, el trayecto estaría jalonado por, entre otros, Macedonio Fernández, Borges, que en sí mismo encierra toda una literatura, Felisberto Hernández, Cortázar, Roberto Arlt o Bioy Casares, por no extender la nómina; una nómina en la que no sería desacertado instalar a Gombrowicz, que las fronteras patrias en la literatura suelen lábiles, a menudo fastidiosas y en ocasiones reduccionistas. Pero existen otros autores argentinos que no entran igualmente en lo que Saer denomina “ese ejército impreciso de escribas mesurados” y que por extrañas razones, no han sido debidamente promocionados pese a la calidad de sus escritos. Uno a veces tiende a alegrarse, con una indecente dosis de orgullo, de que sigan manteniéndose en un anonimato más o menos sólido, determinados escritores que acaso por razones editoriales, por circunstancias personales o por pura mala suerte, resultan difíciles de encontrar en las librerías, temiendo que el día que estén en las mesas de novedades, la fama habrá empezado a pudrir el producto. Y Juan José Saer es uno de ellos. Por supuesto que es conocido y reconocido pero su nombre constituye otro más inter pares que no parece alcanzar la estatura que se le otorga, por ejemplo, a Jorge Luis Borges. Por si alguien está interesado, lo más sobresaliente de sus ficciones estriba probablemente en El entenado, Las nubes, El limonero real y Nadie nada nunca: la particularidad de una prosa deslumbrante, minuciosa, en novelas en las que apenas suceden cosas, de una quietud perturbadora. Resulta difícil clasificar o adjetivar la obra de Saer como lo resulta asimismo la del citado al principio, Juan Filloy: dueño igualmente de un mundo particularísimo que de ninguna manera se puede encajar en tendencias, escuelas o modas, la literatura de Filloy es un descubrimiento para aquel que por primera vez se sumerja en ella, ya que es casi imposible hallar referencias previas que lo localicen o delimiten, como si sus ficciones empezaran y se agotaran en Juan Filloy, sin antecedentes (lo cual es, naturalmente, falso) y sin seguidores (lo cual es, seguramente, cierto). En esa corriente más o menos alborotada de la literatura argentina (probablemente similar a la corriente literaria de cualquier otro país) es posible hallar otros autorespuente que nos ayuden a transitar desde una orilla a la otra. Si la primera pisada la pusimos en el trecho Saer y la segunda en el trecho Filloy, no sería mala idea avanzar un paso y asentarnos en Fogwill, otro escritor que rehúye el peligro que apunta Saer en la página 125 del ensayo al que me referí en la primera frase de este artículo: “Cuando la tradición se transforma en modelo, se vuelve inmediatamente oficial”. Kertész lo escribió hace una porrada de años: “El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura”: la misma advertencia con distintas palabras. Los grandes novelistas crean su propia tradición: Sterne, por ejemplo, Rabelais, Cervantes, Caroll. En Help a él (si se desmenuzan las letras del título se descubrirá que son las mismas que las del famoso texto de Borges, El aleph), Fogwill coge (si quieren, pueden usar el verbo en sentido argentino: no desentona) el cuento de su predecesor y lo desmonta o, más bien, toda la concentración o la fuerza centrípeta del texto borgeano, pasa a ser aquí una fuerza centrífuga que se expande. Afortunadamente, en aquel momento no existía nadie quisquilloso que tratara de llevar a los tribunales a Fogwill por apropiación indebida o algo así, como sucedió con la reelaboración de El hacedor que publicó Fernández Mallo. Y ya para asentar el pie en la otra orilla, citemos a otro autor de escaso reconocimiento y con una obra espléndida aunque el capolavoro que se cita es siempre Zama: Antonio Di Benedetto. Acabemos con una cita de Saer: “La ortodoxia trabaja contra la literatura. Por exceso de rigor, un escritor puede encontrar de la noche a la mañana que ha cambiado de especialidad: la novelística urbana corre el peligro de convertirse en cartografía; la ecole du regard acabará proponiendo sustituir la pluma por el metro de carpintero. Los novelistas del “Nouveau Nouveau Roman” [sic: y conviene aclarar que este texto fue escrito en 1968] vigilan con ansiedad los últimos tratados de lingüística general cosa de no escribir una sola línea que disienta de ellos. Súbitamente, nos encontramos con que la escritura automática se ha convertido en oligofrenia. No habíamos acabado de sorprendernos con los experimentos de Mallarmé y de E. E. Cummings, que ya tenemos su caricatura pretenciosa en el movimiento letrista: si esta tendencia se impone los honores terminará por impartirlos el Sindicato de Artes Gráficas y no la Academia Francesa”. Por fortuna, pienso que autores citados en este artículo no corren ninguno de los riesgos que Juan José Saer anuncia: ni son ortodoxos, ni siguen las modas y los vaivenes de la crítica ni pertenecen a un ejército de escribas mesurados: hay en ellos diversidad y calidad donde elegir. La felicidad máxima de la literatura reside en la lectura, que se sustenta sobre todo en poder abrir las obras de escritores como los nombrados en este artículo.