El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

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EPITAFIOS VENGATIVOS

Hace años (y ya hace años de casi todo lo que uno recuerda) escribí un artículo titulado Epitafios en el que recogía las inscripciones de algunas lápidas que me habían llamado la atención, tanto de personas conocidas, en general escritores, como de otras que habían vivido de forma anónima, como acostumbran a ser la mayoría de las vidas que van a dar etcétera; en el texto daba cuenta de ciertos epitafios y resaltaba su categoría: filosóficos, divertidos, ampulosos, dramáticos, sentenciosos, solemnes, pesimistas, resignados, irónicos, humorísticos y aquí conviene  intercalar un segundo etcétera. Pero existe una índole de epitafios que da título a este artículo y de la que no tengo noticia, aunque probablemente exista, que el corazón y el ingenio de los humanos es tan ilimitado como perverso y viene de antiguo. Hablemos, pues, de los epitafios vengativos. Lo malo de ellos es que la condición indispensable estriba en que su autor se muera, asunto bastante corriente porque somos raza gregaria, pero no de forma repentina, sino que, desahuciado por los doctores, sepa que en dos semanas o dos meses va a diñarla. Digamos que el que va a palmar se llama Eufrasio y por la razón o la sinrazón que sea, que el odio no requiere fundamentos, detesta a su vecino del quinto C, que responde a la gracia de Alcibíades Marisco Caro: ¡ni siquiera hablan del tiempo en el ascensor! Eufrasio acude al marmolista situado frente al cementerio donde será inhumado en breve y le encarga un epitafio cruel (y falso)  que el artesano debe grabar en la lápida un día o dos después del deceso. Alcibíades Marisco Caro me adeuda la cantidad de trescientos cuarenta y dos euros y cincuenta y cuatro céntimos desde el 21 de mayo de 2014 una noche que fuimos de putas juntos y pagué yo. Algún visitante del cementerio, o un encargado, descubre la tumba, hace una foto con el móvil y a las pocas horas la inscripción revolotea como mariposa por las redes sociales (resulta pertinente el sustantivo redes: algo que atrapa, que impide la libertad; en definitiva, trampa) de todo el país y otorga fama al inocente Alcibíades de moroso y putañero, de modo que si el del quinto C se demora en una reunión de vecinos, el del tercero A comentará son sorna “a lo mejor no viene porque está en putas” y el resto de los comuneros que si jiji, que si jaja, hasta que aparece Alcibíades y el presidente le pregunta que si viene a la reunión o se va de putas y ya la tenemos armada. “Además de putero y moroso, violento”, enjuiciará alguno. Los epitafios vengativos abarcan tantas posibilidades de inquina que para no pecar de prolijo los resumiré en dos ejemplos más. Erundina odia a su amiga Leonor Pinche Cuate porque lunes, miércoles y viernes van a jugar al pádel y Leonor le inflige unas derrotas de escándalo, impías, sin dejarle ganar un punto ni por caridad. Así que cuando Erundina descubre lo poco que le queda de vida acude a un marmolista (no el que está enfrente del cementerio sino otro de la calle Pardo Bazán) y apalabra la leyenda que debe aparecer en la lápida dos o tres días después de su anunciado y funesto óbito y que reza así: Leonor guarra los días 9 y 20 de cada mes cuando ibas a la pelu yo me tiraba a tu marido y en tu cama. El implacable proceso posterior (fotografía, instagram, twitter, facebook) se cumple inexorablemente y cuando el marido de Leonor llega a casa, ésta le muestra la foto que le enviaron por whatsapp y comenta “así que Erundina y tú ñaca ñaca, ¿eh?” y pone paralelos los dedos índices de cada mano y los junta y los separa dando a entender claramente que ella ya tenía la mosca detrás de la oreja y esto viene a confirmar sus sospechas, que se va de casa y que a las cinco en el despacho del abogado y que adiós; y el hombre, que no entiende nada, que ni siquiera le pone cara a la tal Leonor, mascuja “pero, pero, pero”, descorcha una botella de vino, vacía de golpe un vaso bien cumplido de los de Nocilla, y sigue repitiendo pero, pero, pero, porque cuando nos desbordan las circunstancias suele replegarse la elocuencia. Incurriré para terminar en un último ejemplo. Gervasio sabe que le queda poco de vida y ese poco quiere dilapidarlo en destrozar la de su compañero de trabajo Adán Barro Divino, que una vez lo conminó a invertir el Bolsa y el incauto Gervasio quedó con el culo al aire; como es pertinente acude a un marmolista (éste ubicado en la carretera de la Granja)  y le encarga la inscripción que un empleado debe grabar en la lápida al día siguiente del entierro; efectivamente, antes de veinticuatro horas, alguien fotografía la leyenda y la hace rular por las redes sociales: Yo soy el verdadero padre de los hijos de Adán Barro Divino. Adán no tarda en recibir un whatsapp con la información, urde un malestar en el trabajo y va a buscar a su mujer que, inventemos, ostenta la Concejalía de Nubes Errantes y Despropósitos Atmosféricos. Llega Adán al despacho, enarbola el móvil, exige: Lee esto. La mujer, boquiabierta, no da crédito a la patraña y después de repetir como el marido de Leonor pero, pero, pero, añade: No te creerás esa falacia. El marido duda si sentenciar “los muertos no mienten” y la mujer aprovecha la vacilación para argumentar: “Pero si Monchete y Ángeles son igualitos que tú”. Adán, enloquecido y rabioso, discrepa: “La nariz de Monchete es la nariz de Gervasio y los ojos de Ángeles son los ojos de Gervasio” y camina hacia la puerta del despacho y, sin girarse, comunica: “No me esperes para comer. Ah, y a las cinco en el despacho del abogado, ¡sin demoras que te conozco!” La mujer se derrumba en el sillón. Pero, pero, pero. Pues ya ven ustedes las numerosas posibilidades que atesoran los epitafios vengativos, como mensajes dentro de una botella arrojada al mar y que arriba a la costa insólitamente a su debido tiempo. De hecho, yo ya urdí mi propio epitafio vengativo y ojalá que tarde muchos años en ponerlo en práctica; naturalmente, está destinado a un colega de oficio al que no tengo el gusto de conocer y cuyo nombre no desvelaré de momento. Fulanito de Tal, de que leí tres novelas soberbias, atesora innumerables defectos: escribe mejor que yo, gana más premios que yo,  es más brillante que yo, tiene más prestigio que yo, obtiene más dinero que yo, es más alto y guapo que yo: motivos más que sobrados para tramar un epitafio vengativo cuyo texto, tras largas reflexiones, reescrituras y correcciones, pergeñé en otra noche de puñetero insomnio; a veces sonrío imaginando a mi rival murmurando pero, pero, pero, cuando circule por las redes sociales y llegue a su whatsapp mi epitafio vengativo: “Fulanito de Tal es un escritor de mierda y además un plagiario”. Que se joda.

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RECTIFICACIÓN

En la entrada anterior, se me coló un “y indagó” por el que pido disculpas y por el cual bien merezco una segunda operación en el otro ojo efectuada por un batallón de zapadores. Perdón por el crimen aunque sea imperdonable.

FINAL DE UNA OPERACIÓN

Que algunas personas me hayan animado a escribir un artículo que cierre aquel otro que titulé Una operación, es gratificante por varios motivos; sobre todo, en primer lugar, porque sigue habiendo gente que lee periódicos; en segundo lugar porque esa gente lee Faro de Vigo y, en último lugar, porque entre los colaboradores ourensanos (Eguileta, Miguel Ángel, Martinón, Arneiros, Fraiz y otros que en este momento lamento no recordar) existen lectores que al menos ojean lo que uno escribe. Así que el presente artículo da fe de algo que yo ponía en entredicho en el anterior: sobreviví a la operación de cataratas. Vaya por delante mi total agradecimiento al personal que se ocupó de mí (y de otros tantos damnificados) en la residencia sanitaria: desde celadores hasta los cirujanos (si había más de uno, supongo que tal es el protocolo, no pude saberlo con certeza porque me enmascararon de fantasma en la camilla con un trapo tipo mortaja que me tapaba la cabeza o, en símil taurino, la testuz). En la primera fase, allá en toriles, una enfermera que respondía a la gracia de Rocío y de la que me enamoré de inmediato me trató (y a todos los que aguardábamos la intervención, unos más tranquilos que otros) con tanto interés que varias veces, mientras me ponía gotas en el ojo averiado, sentí ganas de abrazarla sin impulsos lascivos, por mera ternura, por gratitud. Aunque yo creí que sería uno de los que exigiría de inmediato, mientras aguardábamos entrar en el quirófano, ir urgentemente al baño para, sin rodeos, cagarme por la pata abajo pensando “ésta es mi última deposición en vida” (seguramente intuí que muerto incurriría en el vaciado alguna vez más) soporté el trance con apostura de héroe homérico: ni me meé ni me tuvieron que dar un tranquilizante: mi tensión era normal; de este hecho deduje que ya estaba muerto. No era así. Mi desconcierto y mi temor, que podríamos tildar de terror absoluto, fue cuando me llevaron a la antesala del quirófano y una doctora a la cual, pese a la mascarilla, le adiviné la belleza del rostro (tal vez creyendo que ya estaba muerto y me hallaba en presencia de una santa), me miró el ojo e hizo ese comentario displicente e ingenuo que ya había escuchado en una revisión previa: “Menuda catarata”. Tomé la frase como si fuera una opinión admirativa. Cuando salió el cirujano del quirófano y indagó en el ojo siniestro y siniestrado, dijo algo así como “éste no” y me devolvieron a toriles. Ahí empezó mi legendario ánimo a flaquear. Regresé a ese espacio intermedio en el que Rocío me dijo algo que me preocupó ligeramente hasta el punto de pensar en reclamar ipso facto un notario: “Contigo tienen que aplicar otra técnica”. Una frase así desanima al más pintado: a mí también. ¿Otra técnica? ¿Barrena, explosivos, tuneladora? Ahí empecé a pensar en mi gente: en los días de mi infancia, en mi adolescencia, en mi pecaminosa juventud, en las geografías que había visitado, en los libros que había leído, en las personas que amé, en el porvenir de lo poco que poseía. Adiós, adiós. Al cabo de una eternidad apareció otro médico que volvió a mirarme el ojo (para mí que ya habían comentado entre ellos el desatino de mi catarata dura, creo que la llamaron así) y repitió el apotegma: “Menuda catarata”. De todo ello nada bueno podía inferirse. Transcurrido un tiempo lento como el que pasa un cochinillo asado al espeto, me introdujeron en la antesala del coso y un anestesista procedió: actuó limpiamente, todo hay que decirlo, como José Tomás entrando a matar: la aguja de la jeringuilla penetró de forma irreprochable en la ojera de un ojo que previamente habían marcado con un líquido, como para facilitar la estocada del diestro. ¡Diana! Guillermo Tell había acertado en la manzana y no había atravesado con la saeta la frente de su hijo. Supe, mientras derramaban Betadine en ese ojo, que tenía la parte izquierda de la cara insensible: una dureza granítica, rocosa. Si el mejor Muhamad Alí me hubiera suministrado en ese sitio un derechazo no lo habría acusado. Al cabo de una eternidad que medida en tiempo real (durante el cual los anestesistas me hablaron como si aquello no fuese nada; de ese desinterés deduje que lo mío era extremadamente grave) entré en el quirófano en el que el maestro, cuyo nombre desconozco, reincidió en el aforismo: “Menuda catarata”. Ya casi empezaba a sentirme orgulloso de padecer una catarata que asombraba a la cuadrilla: mi popularidad rozaba la de los cojones del caballo de Espartero. Ignoro cuánto tiempo duró la operación en la que me sentí asfalto trabajado por operarios municipales: algo que sonaba como un torno, algo que sonaba como una lijadora, algo que sonaba a canto gregoriano. Creo haber entrevisto una luz blanca al final de la cual un ser incorpóreo y sonriente me recibía con los brazos abiertos. ¿Dios? No es imposible. La verdad sea dicha: sin el mínimo dolor por lo que conjeturo que el diestro, al terminar, sería galardonado con las orejas, el rabo y la vuelta al ruedo. Finalizado el trámite de exterminio, fui, como los demás pacientes, condecorado con un café que me supo a gloria (creí que nunca más iba a tomar café) y unas galletas: estaba vivo. Salí de la resi con el ojo vendado y las posteriores revisiones confirmaron que todo iba bien. En este momento, justo ocho días después de la operación, estoy recuperando la vista: ya había olvidado la tonalidad de los colores, la visión a más de un metro de distancia, la dicha casi táctil de un mundo que había contemplado en blanco y negro. La felicidad casi absoluta. El corolario es que gozamos de una seguridad social irreprochable, con unos profesionales que son un ejemplo y que gracias a ellos ahora sé que las cerezas son rojas, el aguacate verde, los limones amarillos, la hipocondría gris y la vista (la salud en general) un sentido innegociable. Desde estas líneas que posiblemente ninguno de ellos lea, gracias.

UNA OPERACIÓN

El próximo día ocho de octubre tengo programada una operación de cataratas; es posible que cuando este artículo aparezca ya haya pasado el trance y quien esto escribe siga vivo para contarlo aunque prometo no dar la tabarra al respecto porque no hay nada peor que esa persona que te encuentra en la calle y te participa los achaques, intervenciones quirúrgicas, malestares y alifafes con los que la vida nos carga a los que vamos cumpliendo años. Como decía el otro, de casa se viene llorado. Con respecto a la operación citada ut supra, como acreditado hipocondriaco que soy avalado por un máster en Aravaca, un máster legal, con todas las de la ley, desde que me comunicaron la necesidad de esa intervención, no he dejado de acopiar datos por parte de ambos bandos: de los profesionales y de los pacientes. Todos llegan a una conclusión: eso no es nada. Mire, yo dije lo mismo cuando alguien me comunicaba que tenía que someterse a una operación de cataratas; las operaciones nunca son nada si quien se somete a ellas es el otro; pero cuando se trata de que hurguen en tu ojo, ya cambia la visión (no sé si la palabreja conviene) del asunto. Médicos en los que confío confirmaron la tesis de que es una operación menor. Eso me recuerda una anécdota de no sé quién, un personaje famoso, no sé si un político, un filósofo o un escritor de principios del siglo XX, que acudió a una barbería a afeitarse y el barbero le infligió un corte en la mejilla; el barbero se excusó diciendo: “Es un corte pequeño, apenas un milímetro”. Y el cliente le respondió: “Tal vez un milímetro en una autopista de miles de kilómetros no represente apenas nada; un milímetro en mi mejilla es un corte en toda regla”. Confesé a los pacientes para que me ayudaran con datos a tener en cuenta, por ejemplo, si era necesaria la extremaunción, si debía hacer testamento y otras minucias: todos declinaron tales exageraciones y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, afirmaron, sin llegar a convencerme, que el trámite no era nada. En mi familia, cuando yo era niño, vi operarse a mi padre de cataratas. El doctor Barja, un eminente oftalmólogo que vivía en el parque de San Lázaro, cerca de nuestra casa, fue el ejecutor; ciertamente eran los años sesenta del pasado siglo y la operación resultó una carnicería porque no existían los medios que hoy tienen a su disposición quienes deben efectuar esa intervención quirúrgica. Pero la imagen de mi padre con un parche en el ojo, manchado de sangre, y reposando boca arriba en la cama durante muchos días, la tengo grabada de forma irrevocable. Cuando fui a pasar unas pruebas previas y en la sala de espera había más concurrencia que en un concierto de cámara, escuché cómo una enfermera le aseguraba a una paciente amiga suya que la operación de cataratas no era nada, un trámite menor, que se trataba de que el cristalino…, y no bien oí la palabra cristalino, me levanté y me fui lejos, para no ser testigo de los minuciosos detalles que le proporcionaba la enfermera a su amiga. No son tranquilizadores, coño, que no; están cargados, sí, lo reconozco, de buena intención pero a mí me nombran el cristalino y es como si me nombraran el Valle de los Caídos: me echo a temblar. La verdad es que asumo mi culpa: el proceso de pérdida de visión en mi caso fue lento y cuando hice la primera visita al oftalmólogo ya no veía nada del ojo izquierdo y con el derecho borrosamente, de forma que en la calle discernía sombras irreconocibles y hasta que alguien se estrellaba contra mí no lo distinguía. Recuerdo aquella primera sesión porque la enfermera, tapándome el ojo derecho, abrió una mano (eso me lo dijo ella) y me preguntó “¿cuántos dedos ve?” Mi respuesta se ciñó a la estricta verdad: “No la veo a usted, no veo la mano, cómo voy a ver cuántos dedos hay ahí”. El diagnóstico de la doctora, tras hacerme firmar un papel, fue operación de cataratas del ojo izquierdo. Empecé a temblar, pues, en verano y ya estamos en otoño. En la siguiente visita, una médico, después de vaciarme en ambos ojos (¿por qué en los dos?, me preguntaba yo) unas gotas en una cantidad similar al agua bendita que se desprende en la cabeza del neófito cuando se bautiza, me abocó a la sala de espera y tras un par de horas aguardando, me llamó, entré en el despacho y me miró los ojos por el aparato pertinente que no sé cómo se llama. Su comentario me animó mucho: “Uf, menuda catarata”.  Las indicaciones que me dio fueron entrañables, algo como si la retina cae dentro del ojo hay que volver a operar y cosillas así que sumadas a las indicaciones de otro papel que firmé (sólo recuerdo que dejé de leerlas cuando apuntaron la posibilidad de una parada cardiaca) me condenaron al terror más absoluto. En ese tiempo que transcurre hasta la fecha del 8 de octubre, mientras voy recordando cómo fue mi vida, de quiénes debo despedirme y de poner al día los asuntos pendientes, pensé asimismo en una tontería que me preocupa. Al operarse de los ojos uno comenta ”me voy a operar de la vista”. No me parece correcto, es tomar la función por el órgano. Es decir, tú no anuncias “me voy a operar del olfato” si te operan de la nariz o “me voy a operar del tacto” (aparte, claro, de que tú no te operas: te operan, estás a merced de otros) si te operan de una mano. No. Sin embargo, con los ojos pasa eso: no dices me van a operar de los ojos sino me van a operar de la vista cuando en realidad, con láser o cómo demonios sea, van a hurgar en tus puñeteros ojos, no en la función que los ojos ejecutan. Ahí me tienen, dándole vueltas a un asunto gramatical o lingüístico cuando se aproxima la fecha infausta. La frase de la doctora, uf, menuda catarata, me impele a pensar en un tipo con una barrena perforando mi ojo y excavando, excavando sin piedad, con saña, a jornal. Y eso, para un hipocondríaco, ya digo, es una tortura que no se soporta fácilmente. Al próximo que me diga eso no es nada, si soy capaz de distinguirlo, lo ultimo o lo apaleo con el bastón blanco con el que estoy empezando a hacer prácticas.

ESE MOMENTO

Ese momento en el que sabes que no vas a vender un puto libro en tu puta vida. Ese momento en el que sabes que sólo van a leerte media docena de amigos, a lo mejor un crítico ocioso y cuatro colegas que te aprecian. Ese momento en el que te desentiendes de los maestros a los cuales pusiste como ejemplos a los que debías aspirar Ese momento. Ese momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a acumular líneas y párrafos y capítulos con la certeza de que estás escribiendo para ti. Ese momento en el que descubres tus limitaciones. Ese momento en el que eres consciente de que tu nombre no aparecerá en suplementos literarios, ni en revistas; de que jamás te llamarán de una feria de libro para firmar ejemplares; de que nadie te reclamará para coloquios ni mesas redondas ni otros alardes literarios. Ese momento en el que las editoriales rechazarán tus manuscritos. Ese momento en el que eres consciente de que el mundo se circunscribe a tu despacho, a tu mesa de trabajo, a los libros que te rodean y nada más, apenas nada más. Ese momento en el que te das cuenta de que ya nada es posible fuera de una cierta decencia para escribir. De que tuviste a tu alrededor personas que confiaban en que fueras capaz de hacer algo extraordinario pero descrees ya de lo extraordinario si proviene de ti mismo. Ese momento en el que mundo se reduce a lo que diariamente te rodea, esa basura miserable. Ese momento en el que disfrutas más de lo que lees que de lo que escribes. Ese momento en el que te gustaría mandarlo todo a la mierda pero algo te impulsa a seguir. Ese momento en el que descubres que hay numerosos escritores excelentes que de alguna forma compensan lo que tú eres incapaz de conseguir. Ese momento en el que percibes que estás en una división inferior a la que te gustaría pertenecer. Ese momento en el que tu incapacidad te invita al silencio; ese momento en el que te preguntas ¿para qué seguir intentándolo? Ese momento brutal en el que el mundo se te cae encima y u optas por transigir con la maldición o decides poner punto final a lo intentado hasta ahora. Ese momento en el que en vez de esgrimir el bolígrafo piensas que es mejor abrir un libro ajeno o salir a beber un vino. Ese momento en el que te avergüenzas de lo que has firmado. Ese momento en el que tienes la seguridad de que el silencio es la mejor opción que debes admitir contra toda esperanza. Ese momento. Acaso ese momento cruel. Ese momento en el que la vida se paraliza y sales al balcón a fumar un cigarrillo y ves un cielo medianamente azul que nada te sugiere. Ese momento. Ese momento en el que estableces una rutina que te exima de escribir: salir a caminar, beber una cerveza, hablar con algún conocido, regresar a casa, leer a otros autores, ceñirte a la tristeza o a la melancolía, convertirte en presidente de la comunidad de vecinos. Ese momento en el que sabes que nunca escribirás nada medianamente digno, medianamente inolvidable. Ese momento en el que sabes que nadie se preocupará por ti, que ningún agente literario reclamará tus libros ni editorial alguna se interesará por lo que escribes, que no puedes aspirar a ningún premio, que sólo te queda esa vana esperanza, esa vana de costumbre de emborronar páginas sin ningún destino que no sea el del olvido, ese momento. Justo en ese momento, es que cuando debes empezar a escribir.

ESTATUAS

Hablando de gastronomía con un amigo, asunto en el que él es un experto y yo un aficionado sin más, mientras caminábamos por las calles de la zona antigua bajo un sol otoñal excesivamente tibio y casi peligrosamente veraniego, se me desvió un tanto el pensamiento de los halagos que mi amigo hacía hacia determinados restaurantes y de las pegas que les ponía a otros y en tanto él disertaba acerca de sus gustos particulares, decidimos hacer una pequeña ruta por las estatuas dedicadas a literatos que hay en la ciudad, ya que mi amigo no sólo conoce los entresijos de los fogones sino igualmente de la literatura y otras disciplinas artísticas, lo cual demuestra la amplitud de sus apetencias que no sólo de pan vive el hombre. Ya que el busto de Vicente Risco, en el barrio de A Ponte, nos quedaba a desmano, optamos por dar salida a nuestro nuevo rumbo desde la estatua de Concepción Arenal y llegar hasta los jardines del Padre Feijoo. Mientras mi amigo, al que llamaré en adelante Paco para no insistir en el hecho de nuestra amistad, alababa sin concesiones una dorada a la sal de un determinado establecimiento y cometía el imperdonable delito de catalogarla de “espectacular”, asunto que obvié dada la ya larga amistad que nos une, con esa manía funesta de adjetivar como espectacular todo lo que nos deleita o sobrecoge (una puesta de sol espectacular, un paisaje espectacular, un físico espectacular, un edificio espectacular), yo recordaba la frase de un escritor al que no pude identificar, que dice: “Las estatuas erigidas al autor marcan los límites de su gloria poética”.  ¿Son las estatuas los límites de esa gloria póstuma o contienen un significado de perdurabilidad?, me pregunté delante de la de Blanco Amor, en los jardines del Obispado y detrás del Liceo, entidad por la que pasaron notables no sólo de la literatura sino de otros campos. Intercambiamos nuestras miradas con la seria de Ferro Couselo al amparo del Museo Arqueológico y seguimos caminando hacia la plaza de la Imprenta, donde un quintaesenciado Castelao yace con aspecto humilde tan cerca del barrio chino que un día albergó glorias ya extintas, anécdotas que pasaron a formar parte del imaginario colectivo o a aliñar páginas de algunas novelas o de las crónicas de sucesos que el buen periodismo es otra forma de literatura. Ascendimos hasta la plaza del Corregidor, en la que un pletórico Otero Pedrayo parece estar dando una conferencia ante un público invisible y después bajamos hasta la denominada popularmente plaza de los Ramones: allí están mirando cada uno hacia un punto distinto del horizonte, Valle‑Inclán y Cabanillas: dos pontevedreses acogidos al territorio ourensano. Paco y yo mezclamos la gastronomía con el hecho de que no hay excesivas estatuas dedicadas a literatos en la ciudad aunque sí quedan huellas de ellos en placas (aquí nació, aquí vivió, aquí escribió, aquí murió) o en el nombre de las calles: José Luis López Cid, Filomena Dato. Cervantes tiene un oscuro callejón con rastros de puterío. A Valente le han dedicado un centro cultural que mucha gente aún llama el Banco de España, el Simeón mantiene ese nombre que a veces se reemplaza por el actual, Marcos Valcárcel. Nos preguntamos uno al otro quién merece una estatua. ¿Carlos Casares, por ejemplo, López Cuevillas, Xocas?  ¿Establece la calidad literaria, o el trabajo de investigación, el hecho de que se erija una estatua a un autor o pesa asimismo la importancia local, el azar de haber nacido en la ciudad, para que decidan inmortalizarlo en bronce o en piedra? Abogamos por pensar en ello seriamente y entramos en un bar de la calle Lepanto, la antigua rúa da Obra, y regalarnos con un par de ribeiros. Paco hablaba cada vez menos de gastronomía y, de repente, quiso saber si en la categoría de literatos o de personajes literarios, O Carrabouxo de Xosé Lois merecía una estatua. Yo, aunque callé, estaba convencido de que sí: O Carrabouxo la merece y, aparte del fauno de Xaime Quessada a cuyo pie se rinde homenaje a personajes de los tebeos (incurro deliberadamente en lo de tebeos), a mí no me importaría, todo lo contrario, que hubiese monumentos dedicados a Mortadelo y Filemón, a Asterix y Obelix, a Carpanta, a doña Urraca, a Tintín, como en la hermosa canción de Sisa Qualsevol nit pot sortir el sol. Tengo claro que prefiero la irrealidad de estos personajes al busto de un político del signo que sea. Incluso no sería disparatado erigirles estatuas a  aquellos personajes que sin ser estrictamente literarios llenaron de leyendas mi infancia, ya remota: El Capitán Bombilla, La Concha, El Cepo, Toñito Patata, que fueron esenciales para otorgar categoría legendaria a Ourense y formar parte ya de la mitología popular. Realmente, una ciudad como la nuestra, si uno empieza a escarbar, debería erigir una estatua cada pocos metros a sus literatos, a sus pintores, a sus escultores, a sus médicos, a sus fotógrafos, a sus empresarios, a sus arquitectos, a sus estudiosos,  porque basta expurgar un poco para darse de bruces con el talento de mucha gente. No sólo las personas famosas vinculadas al mundo de la literatura y demás artes merecen una estatua (si es que alguien la merece, a saber): también las gentes del común, por decirlo de algún modo, que le van dando a la ciudad la categoría de su esencia. Yo siempre fui partidario de erigirle una a La Chichona: jamás tuve la fortuna de conocer a esa mujer, esa puta legendaria, acerca de la cual los mayores nos contaban hazañas que de ser ciertas, amontonaban en su cuerpo más cadáveres que Agustina de Aragón largando cañonazos contra las tropas francesas.  Así transcurrió la agradable mañana: pasamos de la gastronomía a la literatura y al final ya nos enfangamos, sin nostalgia, en los personajes de nuestro pasado que tienen en la memoria la misma consistencia que Guillermo Brown porque en la vida de uno es tan importante don Quijote como aquel guardia municipal que te hurtaba el balón por jugar al fútbol en el parque de San Lázaro. Para rematar esa mañana de agradable tertulia, entramos a comer a un restaurante y el camarero nos alertó de que allí comía con frecuencia Baltar. Paco, que a veces tiene una vena cáustica muy particular, con tintes anarquistas, le preguntó: “¿Y ése quién es? ¿Tiene alguna estatua en la ciudad?” Sospecho que antes o después erigirán alguna. Pedimos de primero caldo y de segundo lubina. Elegimos un Sanclodio para acompañar la jornada gastronómicoliteraria.

ARROZ CON LECHE

La nostalgia es el arroz con leche de la vejez. Ignoro por qué, pese a la afición que los niños suelen tener por el dulce, jamás fui capaz de probar un bocado de ese postre que se servía en bandejas ovaladas que, por lo general, tenían un borde azul y que remiten a un tiempo ya concluso, como tantas cosas. Aquella gollería (escribir gollería es incurrir en nostalgia), con su capa de canela, siempre me proporcionó algo que tiraba más hacia el asco que al desasosiego, como si su textura, entre lo sólido y lo líquido, fuese un experimento nefando, similar al puré. Nunca entendí que alguien pudiese gustar del puré de patatas (aunque lo ornamenten con una floración perejilera) pudiendo comer patatas fritas o patatas cocidas: me parecía que era una forma de degradar el tubérculo, si la patata es un tubérculo, haciéndole perder su esencia sólida y contundente: si ese templo gastronómico que es McDonald’s no pone en sus hamburguesas puré de patatas sino patatas fritas, por algo será, coño. Así que cuando uno ya cumplió sus años más o menos decorosamente (expresión que no significa absolutamente nada pese a la eufonía), un buen montón de años, y los médicos le recomiendan no acercarse al azúcar (ni a muchas otras cosas; en definitiva, te recomiendan no vivir), la vida, a través de intermediarios, te suministra la falsificación del arroz con leche: la nostalgia. Quede claro que no soy de los que ven la grisalla del NO-DO  y lloran; es más, si me quieren someter a una tortura irreprochable, pongan ante mis ojos esa sucesión de fotografías que se inician cuando uno está en la cuna todavía con cara de feto, y sigan con la progresión clásica: haciendo castillos de arena en una playa, primera comunión, corbatita para el primer fin de año en el Liceo, amarrado a los colegas de final de Bachillerato, grapado a los conmilitones del servicio militar, ostentación de los primeros vaqueros acampanados, sonrisa alcohólica de un magosto, foto con tu novia en el monte, otras del día de la boda, acunando hijos y después ya lo que viene y que sigue siendo lo habitual de la anterior exhibición; hasta que te muestran una actual (posiblemente tomada a traición, con el móvil) y uno se pregunta qué demonios de línea consanguínea se puede establecer entre el gilipollas de la cuna y el actual con su barriguita, su alopecia, sus gafas y las hondas cicatrices de la existencia. A lo mejor nuestra vida es sólo eso: instantes. Hay perversos que malinterpretan a Jorge Manrique y señalan sus versos más conocidos: Cualquiera tiempo pasado/fue mejor. Cita errónea, torticera y tramposa. Don Jorge Manrique escribió eso, sí, pero el verso anterior señala la clave de la decadencia: Cómo a nuestro parecer. Y nuestro parecer no siempre es objetivo, todo lo contrario. Aunque descreo de ello: la vida me parece infinitamente mejor hoy, ya entrando en la vejez, que cuando me bañaba en el río, me enamoraba con afeites wertherianos y creía que el futuro era una extensión ilimitada plagada de resortes para la felicidad. La nostalgia ataca por vías numerosas y agresivas: un día te encuentras en el whatsapp una fotografía  de un curso en el colegio cuando tenías doce años y te preguntas quién demonios será aquel chiquillo con cara de espantado que vagamente te recuerda a ti y hasta quieres anular las posibles correspondencias que existen entre el infante y el tipo que eres hoy, cincuenta años más tarde. Porque si llegas a reconocerte y a aceptarte, antes o después caerás en una de esas comidas de exalumnos donde se cuentan las imbecilidades más prosaicas adornándolas con la orla de la fantasía legendaria. Rebuscar en ese álbum de fotos que conservó tu madre es darte de bruces con un desconocido del que eres incapaz de desvelar qué lazos, de cualquier tipo, lo encadenan al que hoy eres. La nostalgia es eso que ya recogió (si no lo hizo, fue un error) Max Aub en sus Crímenes ejemplares: cuando te invitan a una casa y después de la comida alguien anuncia: Y ahora, el postre, chán, chán. Y de postre hay… arroz con leche, exacto. Por educación tratas de escaquearte y alegar que el médico te ha advertido que tengas cuidado con la glucosa. Alguno de los comensales insiste: Por una vez que te saltes las normas del médico, no pasa nada. Concluyes, casi con los ojos cerrados, la porción de arroz con leche que te sirvieron. Uno es, en el fondo, educado. Pero la cosa no termina ahí; otro de los comensales propone: Venga, un poquito más, hombre, que este postre lo borda Amparito. Y te sirven una nueva ración que tragas con ganas de vomitar. Cuando concluyes, otra vez te invita a repetir: No nos vas a hacer un feo, vamos, una última ración y terminamos; es una vergüenza dejar ese poco. En ese momento, si fueses uno de los personajes que Aub incorpora a su libro, te levantarías, esgrimirías el cuchillo del asado (que, además, sirvieron con puré de patatas) y exterminarías a todos los que te rodean desparramando luego los restos de arroz con leche encima de los cadáveres ensangrentados. Quede claro, pues, que no me gusta el arroz con leche. Tampoco la nostalgia.

MON SEMBABLE

MON SEMBABLE, MON FRÈRE

Creo que es en la novela Trilogía de la geurra, de Agustín Fernández Mallo (Seix Barral, 2018), con la que el escritor coruñés obtuvo el premio Biblioteca Breve, donde el protagonista acude a una biblioteca en busca de un libro determinado y se sorprende al encontrar en sus páginas anotaciones manuscritas, lo que inducen al personaje a especular quién y por qué y cuándo pudo haberse interesado antes que él en ese preciso volumen. No recuerdo, sin embargo, si Fernández Mallo le dedica a la anécdota unas líneas breves o unos párrafos. Pero esa coincidencia me llevó a un asunto personal que tuvo lugar, si no me equivoco, en el año 2012, cuando acudí a una biblioteca para hacerme con un ejemplar de La marcha Radetzky, de Josep Roth: a día de hoy, después de haber leído media docena de novelas de este Roth, me sigue pareciendo su obra más conseguida. Afortunadamente, en la actualidad la editorial Acantilado está sacando la mayoría de obras de este autor de origen judío, nacido en el imperio austrohúngaro y que vivió a lomos de los siglos XIX y XX. Cuando Roth intuye que el inolvidable autor de Mein Kamp y sus secuaces van a armar la de Dios es Cristo por la fruslería de unos ojos azules y un cabello rubio y compondrán una sangrienta sinfonía que bailará medio mundo, lía el petate y se larga a París, donde se suicida escrupulosa y lentamente con alcohol en 1939 a los cuarenta y cinco años. Llegué a casa con el préstamo de la biblioteca y mi sorpresa fue mayúscula (perdón) cuando en una página en blanco que precedía a la del título y nombre del autor, descubrí que alguien antes que yo había sacado el libro de la biblioteca; confieso que me gustaría conocer al lector metódico que consignó a lápiz, con caligrafía meticulosa las siguientes notas textuales (que fotocopié y tengo ahora mismo a mano, mientras redacto este artículo): “Solferino. Población de Italia, prov. de Mantua. 2.035 hab. Restos de un castillo. En ella Napoleón III derrotó al ejército austríaco al mando del emperador Francisco José I (1859)”. Y: “Radecky o Radetzky. Juan, José, Wenceslao, Francisco Carlos. Conde de Radetz. General austríaco (1766-1858). Después de la batalla de Marengo, fue destinado al ejército de Alemania, en el que brilló por su valor y prudencia. Sus hazañas, tan numerosas como heroicas, han dado origen a una extensa bibliografía. Vivió 92 años”. Y ““Radetzky Marsch”. Compuesta por Johann Strauss, padre, en el año revolucionario de 1848-1848, März. In Wien wurde Metternich unter dem Druck der Revolution entlassen. Das erwachte National‑Bewubtseinder Ungarn. Tschechen Und Italianer bedrothe die Existenz des Vielvölkerstaates Österreich”. Estas cosas, naturalmente, establecen un vínculo repentino entre quien me precedió en la lectura y disfrute de la obra de Josep Roth, en este caso, y que, me dio a entender, a modo de clave o de mensaje escondido, manuscribió esas anotaciones para que quien abriese con posterioridad el libro, tuviese algunos datos históricos relevantes que hicieran comprensible la lectura, facilitando detalles que podrían pasar inadvertidos. Este tipo de azares (con un libro, con la música, con el cine) suelen crear extrañas correspondencias entre personas que posiblemente no vayan a conocerse nunca pero siempre se siente una especie de afecto con ese hombre o esa mujer que antes que nosotros ha desbrozado el camino que vamos a seguir, como si estableciese ciertos hitos que nos hacen más llevadera la lectura. Deduje, acaso con ligereza, que era una persona de edad: la esmerada caligrafía difícilmente podía corresponderse con un joven y la atribuí a alguien que había estudiado esa asignatura hoy desaparecida; deduje, acaso con ligereza, que esa persona vivía sola en un piso amplio heredado de sus padres, tal vez en compañía de algún gato orondo y se pasaba las horas leyendo cuidadosamente libros de historia o ficciones. Tuve ganas de dirigirme al personal de la biblioteca y pedirles que me proporcionaran una lista de lectores que se hubiesen interesado con anterioridad por la novela de Josep Roth y emprender una búsqueda a base de investigar en las guías telefónicas que hoy cayeron en desuso. Quizá un día, después de llamar a numerosas puertas, me abriría alguien, un hombre o una mujer de edad, que me confirmase que sí, que había sido él o ella quien recogió el libro en la biblioteca y manuscribió aquellos datos que prevenían a un futuro lector. E imaginé que me invitaba a entrar en ese piso que olía a décadas ya prescritas y, mientras bebíamos un café, ese hombre o esa mujer y yo manteníamos un diálogo cómplice acerca de las bondades no sólo de la ficción de Roth sino de la literatura y el mundo en general, como si ambos nos hubiésemos conocido hacía muchos años y recuperásemos una relación que el azar había interrumpido. Devolví el libro con la gratitud de quien ha recibido un regalo que no esperaba pero que le había hecho transitoriamente feliz.

YO PLAGIÉ A BRYCE ECHENIQUE

Ahora que uno no tiene ganas de escribir o el asunto ya no lo divierte ni conmueve y halla más placer en leer lo que escriben los demás, sobre todo si son amigos, confesaré que a lo largo de mi vida de escritor, ya longeva, hubo dos asuntos recurrentes que para bien o para mal me dieron el reconocimiento fugaz del brillo de los apellidos con los que se me vinculó. El primero que nombro es Juan Goytisolo y mi gratitud para con él y sus elogios a algunas obras mías ya la hice patente en cuantas ocasiones me fue posible (y acaso me haya quedado corto). Hay cosas que no olvidaré mientras viva. Pero otro desconcertante asunto se encastró de tal modo en mi biobibliografía que me resultó bastante aburrido casi de inmediato. Hablo del plagio de Alfredo Bryce Echenique que fusiló dos artículos míos aparecidos en la revista Jano aunque tuvo la precaución de en uno de ellos al menos, variar la expresión “en la ciudad en la que vivo” que formaba parte de mi artículo, por Madrid (como si pone Lima o Londres: perdóneseme la grosería (que no es tal): me la suda). La historia, como cualquier historia, merece ser contada con todo detalle nabokoviano así que la empezaré a modo de relato. Caminaba una mañana por la calle Toledo de Madrid donde tenía que subirme a un avión (asunto que para un infeliz como yo, si no va acompañado, constituye una tragedia ya que tengo la seguridad de que llegaré a un destino que no es el mío) para dirigirme a Barcelona a presentar La soledad de las vocales que había obtenido el premio Bruguera de novela. Era la primavera del año 2008 y recibí una llamada de un periodista de El Comercio, diario que, creo, es peruano. Me preguntó mi gracia y me dijo la suya para a continuación avisarme de que Bryce Echenique había plagiado mi artículo Las esquinas habitadas (tiempo después descubriría que hizo lo mismo con otro titulado, me parece recordar, La locura). Quiso saber mi parecer pero no supe a qué atenerme ya que era la primera noticia que tenía al respecto. Insistió el periodista asegurando que no sólo era yo el afectado sino que había al menos una docena de personas, tirando por lo bajo, víctimas de las apropiaciones del novelista peruano. La verdad es que el plagio me parece una descortesía, una indecencia y una cabronada (aunque en ocasiones acceda a la categoría de arte) pero no le di mayor importancia al asunto y de hecho me desmarqué de una especie de Asociación de Afectados por los Plagios de Bryce Echenique que llevaron el asunto a juicio y ganaron algún dinero. Recuerdo haber tratado ese dislate, con educación e ironía, en una breve nota a pie de página en mi novela Tela de araña. Sí deseo hacer hincapié en un asunto que de verdad fue lo único del embrollo que me molestó: que determinadas personas (seguramente sin ningún vínculo con la literatura pues de lo contrario no incurrirían en tal perversión) adujesen en defensa de Bryce que gracias a él yo me había dado a conocer; a lo cual yo argumentaba que el hecho de que Alfredo B. Echenique me hubiese plagiado no había aumentado en un ejemplar el caudal de mis menguadas ventas, que ahí siguen escuálidas como siempre, antes y después de la irrupción del novelista en mi apacible vida. El asunto del plagio me reportó, eso sí, unas cuantas entrevistas. Bastantes meses después recibí un correo electrónico de Bryce Echenique (lo conservo: incluso me dijo que lo usara públicamente si quería pero no lo haré) en el cual afirmaba que sus enemigos habían entrado en su casa y habían cogido artículos que él conservaba porque le habían gustado (entre ellos los míos) y que los habían enviado a revistas firmados por él y que si Fujimori, Nostradamus, la música de José Alfredo Jiménez, el pisco y las nieves del Himalaya se habían conjurado en su contra y eso. La verdad es que me alegró recibir el correo que pese a su tozudez no justificaba en absoluto el plagio y enredaba aún más el asunto pero, créanme, yo era un lector agradecido de Bryce Echenique, de quien había devorado casi todo y algunas de sus obras (para qué citarlas) me habían proporcionado horas de un placer por el que, pese a todo, yo me sentía en deuda con Alfredo Bryce Echenique. Borges tenía razón y uno se jacta de los libros que lee más que de los que escribe. Dio coletazos el asunto plagiario pero poco a poco fue calmándose aunque de vez en cuando boqueaba, como si en mi biografía, ser plagiado fuese un galardón del que enorgullecerme. Nada más lejos de mi forma de ser. Pasemos ahora, dando un salto temporal de unos cuantos años, a una década después e insertémonos, cómodamente, en el mes de marzo de 2018 y vean a este escritor jubilado, sin ideas para escribir nada nuevo (ni ganas) y consolado únicamente por la lectura (las de autores que no me resultan afines, personalmente hablando, como Pío Baroja o Mircea Cartarescu o Ambrose Bierce) y otros escritores que, además, son amigos, así que aprovecho para recordar (y recomendar) El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero, y Sol poniente, de Antonio Fontana. No sé por qué esa tarde de marzo con la nieve amenazante por los alrededores de Ourense, eché mano de La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique, novela que me había encandilado allá por los años 80 del pasado siglo. Y empecé a leer, muy despacio, subrayando frases, anotando, volviendo a revivir el enorme placer que la obra (junto con Un mundo para Julius, Dos señoras conversan y las cuentos completos) me habían proporcionado; aunque para ser ecuánimes o tratar de serlo, hubo novelas del peruano que me desalentaron y leí más por empecinamiento que por pasión. Palabra ésta que me lleva a citar una frase de La vida exagerada que era la única que había anotado en mi lectura de 1988 (página 313 de la edición de Plaza y Janés): “cansado de buscar y de no encontrar el territorio de la pasión”.

Así pues, déjame que te cuente, limeño, que andaba yo, recién corregidas las galeradas de mi Nembrot, esquinadamente orgulloso de haber homenajeado al Cortázar de Rayuela bautizando a mi Horacio Oureiro con las mismas iniciales que el Horacio Oliveira de Rayuela, ya sabes, ese tipo de carácter extraño, mordaz  y extremadamente analítico cuando al releer La vida exagerada de Martín Romaña, me percaté, con no escasa sorpresa, de que en realidad Horacio Oureiro nada le debía a Horacio Oliveira y sí en cambio mi personaje constituía una flagrante apropiación de tu Martín Romaña, que ese exagerado, hipocondríaco, huevón, tímido y enamoradizo Martín era el modelo fiel en el que yo me había fijado para dibujar (inconscientemente) a mi Horacio Oureiro, y que tu Inés del alma mía/luz de donde el sol la toma era exactamente mi Sally y que la portera, madame Labru, había servido de espejo en el que yo, mediante una transformación arriesgada, construí al gerente del hotel L’Etoile, Monsieur Blocherond, y que como en la tuya, en mi novela había un perro pequeño y molestón, y que en mi novela, como en la tuya, había un pintor infame y que, finalmente, mi París no era el París de Cortázar, ni mucho menos, sino el París de Martín Romaña y ya a estas alturas más que empezar a pensarlo tengo la certeza de que a lo largo de mis libros, de todos o de casi todos, de mis páginas o de casi todas, no hice otra cosa que meter mano en ficciones ajenas y en este caso en concreto, en Nembrot, en la sección parisina, digo, yo actué como un corsario e invadí no sólo la geografía de tu espléndida novela sino asimismo buena parte de sus personajes, buena parte de sus tics, incluso esa manía (que yo atribuía ingenuamente al cronopio argentino) de intercalar en el discurso textos de canciones (nada rebuscadas: boleros, tangos, habaneras aunque a lo mejor las habaneras y los tangos y los boleros son más serios que una sinfonía, a saber): en definitiva: mucho antes de que tú hubieses metido mano en dos artículos míos, yo había expoliado una novela tuya que es mucho más grave, así que ahora, tantos, tantos años después, aunque no hayan pasado más de mil años, muchos más, estimado Alfredo, te pido disculpas por la invasión y, a la vez, doy al olvido ese pecadillo de haberte apropiado de dos breves textos míos y firmarlos con tu nombre porque empiezo a sospechar que, como decían algunos perversos, es un honor que te hayas fijado en esas páginas escuetas y les hayas puesto tu nombre al pie, Alfredo Bryce Echenique que es mucho más atractivo que el de un tal José María Pérez Álvarez que te sigue admirando como hace tres décadas y ojalá algún día coincidamos tras un pisco o una Estrella Galicia y continuemos este monólogo que empecé una tarde marzo de 2018, con frío pero sin aguacero vallejiano, ¿de acuerdo? En resumen, que para decir con Dios a los dos nos sobran los motivos. Ojalá sea un hasta luego, colega.

LIBROS

Alguien escribió que la literatura es una forma de vida; otro agregó una sentencia casi irrefutable: “Yo soy yo y lo que leí”.  Para quienes aman la literatura, los libros forman parte del día a día, de manera que no es extraño verlos hablarles a los libros, comentarles, en una habitación solitaria como la que reivindicaba Virginia Woolf, lo mucho que disfrutaron con su lectura, la compañía que les hicieron o, en ocasiones, el sentirse defraudados al cerrarlos, haber pagado equis euros por una superchería que, por lo general, suele exponerse en la mesa de novedades. Sospecho que de alguna forma extraña o inexplicable, los libros son seres vivos que, además, se transforman con la relectura, abriéndonos nuevas perspectivas. Es raro que una persona que lea se sienta sola. Somos, en cierta forma, lo que leemos; naturalmente que hay experiencias ajenas a la lectura que conforman asimismo nuestra forma de ser, nuestra visión del mundo que nos rodea. Pero en los libros uno halla casi todo lo que necesita: desde la recreación de tiempos ya extintos a las posibilidades de entrever un futuro que barruntamos de forma confusa y, por supuesto, una mirada más amplia al presente que nos asfixia. Una casa con libros nunca será una casa vacía. Y entre ellos, los hay familiares (esos autores a los que leímos tiempo atrás y que revisitamos como cuando entramos en el hogar de un viejo amigo), otros que nos sorprenden y deslumbran por primera vez. Los libros rectifican muchas cosas: rectifican la soledad, la duración de las noches, alguna herida que nos causó la vida, porque en ellos descubrimos que lo que estamos sufriendo no es más que una reedición del sufrimiento que padece de forma natural el ser humano desde hace miles de años y parece que esa herida cicatriza más fácilmente cuando abrimos uno de esos volúmenes y nos perdemos en él. Piensen en esas fotografías de las revistas de decoración en las que habitualmente aparecen libros que enseguida detectamos que están de adorno: por lo general carísimas guías de ciudades, quizá alguno que otro de gastronomía, reproducciones de cuadros de un pintor o guías de museos, acaso una biografía de alguien. Esos libros son un mero ornamento y es posible que jamás hayan sido abiertos e incluso, si cogemos una lupa y observamos la fotografía con cuidado, no resultaría extraño descubrir el celofán todavía intonso, casi igual que los adornos de los comercios de muebles en los que vemos una biblioteca que contiene lomos vacíos de libros sin páginas, puro ornato sin sentido, o como las enciclopedias que se apilaban hace años y que, por lo general, apenas se abrían. Recuerdo un piso en el que existía una librería dedicada a Espasa Calpe: tengo la completa seguridad, basada en comentarios de los que allí vivían, de que jamás nadie tocó esos libros salvo el plumero que se pasaba por sus cantos. Supongo que sería una forma de afirmar un estatus social o algo así. Como, más o menos, las casas burguesas de entonces en las que casi siempre había un piano y una chica joven y casadera que tocaba Para Elisa, inevitablemente, salvo casos en los que la pasión por la música era algo más que un entretenimiento para las visitas y el chocolate con pastas. Los libros son otra cosa, como dije al principio refiriéndome a alguien: una forma de vida, una manera de educarnos, de ver el mundo de distintas maneras, tanto del que lo mira con nuestros ojos como, sobre todo, de aquellos que nos obligan a observarlo de una forma distinta y dinamitan los principios aparentemente sólidos en los que nos movíamos. La soledad casa bien con los libros y, a la vez, los libros, cuando los abres, desbaratan la soledad. Porque somos, entre otras muchas cosas, lo que leemos.