El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Categoría: Uncategorized

LA TÍA ELVIRA

Aquel fin de semana sus padres tomaron un tren para asistir al entierro de algún familiar en el otro extremo de la península y la tía se instaló en el piso para hacerse cargo de él. Nunca descubrirá el funcionamiento de eso que llaman memoria así que el recuerdo que ahora tiene de Elvira es el recuerdo de un recuerdo: el recuerdo actual de Elvira tal como la veía cuando cargaba catorce años y acaso lo mejor de nuestras vidas suceda siempre en la memoria. Sabe con certeza algunas cosas de Elvira: que tenía los ojos negros y el cabello oscuro y, a través del niño que fue, que era alta y hermosa y que usaba un perfume que cada vez que le daba un beso lo inquietaba. Sus padres se ausentaron porque alguien había muerto en el quinto infierno y era imprescindible ir de luto, loar las bondades del cadáver que en vida seguro que fue un hijo de puta como todos, humedecer los ojos de sentidopésame y beber un anís a la memoria del ausente. El ritual de la muerte es el único respetable de todas las ceremonias con las que enmascaramos nuestra podredumbre.

Elvira se instaló en el piso un viernes y aquel inmueble hosco, con aire de mausoleo, muebles que crujían y el tic‑tac de un reloj de péndulo, se transformó con su perfume. Era como vivir en otra casa. En el tocadiscos sonaba una música inglesa y ella bailaba por las habitaciones, ventilaba los dormitorios que olían a cerrado, fumaba cigarrillos rubios, canturreaba por el pasillo, le regalaba besos inesperados y otros pretéritos imperfectos que convirtieron el piso en algo irreconocible, así que intuyó que la felicidad estriba en la lejanía paterna. La felicidad de la ausencia. La libertad. Pero en toda felicidad sobreviene la debacle y aquel fin de semana venturoso, el cataclismo sobrevino el sabbath, después de que Elvira, como si tuviese diez años menos, se sentase en el borde de su cama, le leyese unas páginas de Las aventuras de Tom Sawyer, lo besase en la frente con el perfume que clausuraba los ojos y, después de apagar la luz, cerrase la puerta de su cuarto dejándolo en compañía de eso que a falta de un nombre mejor denominaremos deseo. Los larguísimos insomnios con los párpados cerrados. La cuenta de los rítmicos latidos del corazón. Uno, dos, tres, cuatro. Sueña despierto. Es Tom, Tom Sawyer. Seis, siete, ocho. Se escapa de la tiranía de la tía Polly porque quiere ir en busca de Huckleberry Finn. Once, doce, trece. Quiere demasiadas cosas: abandonar la aldea, ser rico y popular, casarse con Becky Thatcher.

Descubren, Huck y él, el cadáver del doctor Robinson. Alguien ha asesinado al doctor, alguien temible. Joe el Indio. Diecisiete, dieciocho. Si Joe sabe que su amigo y él están al tanto de la fechoría, sus vidas son despreciables. De eso está hablando con el bueno de Finn cuando percibe unos ruidos y una especie de lamentos que lo mismo puede ser de gozo que de dolor. Se incorpora en la cama para escuchar: un pequeño cascabeleo metálico, el susurro de unas voces y, ocasionalmente, un quejido que parece extenuarse en el mismo momento de ser proferido. No es el doctor Robinson agonizando aunque hay algo de fúnebre en la voz, algo exultantemente fúnebre. Los ruidos se acompasan a la voz que, intuye, alguien profiere con los labios entreabiertos. Se yergue y sale silencioso al pasillo. Presiente, de nuevo, la catástrofe. Oye los susurros, como un diálogo mantenido por dos conspiradores ‑un hombre y una mujer‑ que se funden con esporádicos zurridos. Camina descalzo, de puntillas, hacia el lugar del que proviene el alboroto. La noche oscura del pasillo, ese túnel conocido y a la vez incierto. El peligro de lo familiar. Ya está en la puerta de lo que sus padres llaman pomposamente la habitación de invitados. Ahora son más claras las voces, sí: un hombre y una mujer. Distingue palabras incoherentes en el mal trabado discurso de Elvira y cierta hilaridad en las palabras del hombre. Asoma el rostro por la puerta entreabierta y a través de la lechosa claridad de las farolas que se filtra por los listones de la persiana a medio bajar, ve la espalda del hombre, que sube y baja. Las piernas de Elvira se enredan en la parte posterior de los muslos del desconocido y las manos de uñas rojas, aferradas cerca de la cintura, se crispan dejando marcas a los dos lados de la columna vertebral; a veces aflojan la tensión y se deslizan desde los omóplatos hasta las nalgas como dos insectos enormes. Los perfiles de ambos se funden en uno solo y parte del cabello de Elvira, de la tía Elvira, se atropella sobre la almohada. Las piernas de la tía se cruzan en los glúteos del hombre y piensa que si ella soltase las manos y los pies aferrados al cuerpo masculino sucedería algo terrible e irreparable. Ya no hay palabras, solo jadeos. Percibe otros olores mezclados con el perfume de Elvira, sudor, tal vez, y tabaco, el mareante aroma del alcohol. Ahora se produce un silencio que presagia algo innombrable o algo que no tiene nombre y, de repente, la tía Elvira profiere un quejido que no es tal sino una algarabía pajarera que alcanza la categoría de grito sin llegar a serlo y las uñas rojas se clavan en la espalda del desconocido unos segundos, hasta que se despegan de la carne masculina y ambos brazos se extienden hacia uno y otro lado de la cama como la parodia de una crucifixión. El hombre mueve el culo con un espasmo violento y definitivo y abate la cabeza de perfil contra las tetas de la tía. Luego permanece inmóvil. Joe el Indio y el cadáver del doctor Robinson. Lloroso, lloroso sin saber por qué, e inconsolable, se retira a su cuarto.

Anuncios

HEMORROIDECTOMÍA

Todo se va cumpliendo tal cual se lo aclaró el médico de cabecera. Ingresó en el hospital, sometido a ayuno de anacoreta, y lo condujeron a ese lugar impreciso denominado quirófano que no es un lugar sino un estado de ánimo donde no transcurre el tiempo o donde el tiempo transcurre de distinta forma para el paciente y para el personal del centro, enfermeras y una anestesista, la doctora Montes, que se presenta e informa en un idioma hermético: le va a poner una raquianestesia, una anestesia local por vía raquídea, introduciéndole entre las vértebras lumbares L3‑L4 una dosis de ropibacaína que lo dormirá de cintura para abajo, valga decir, estará medio muerto.

Todo se va cumpliendo tal cual. Ahora se mantiene en vergonzosa actitud ginecológica, cara a las blancas luces celestes, con las piernas apoyadas en las abrazaderas; a esta lamentable postura parturienta le condujeron las traidoras almorranas externas, cuyos dolores no paliaba el explosivo cóctel Molotov de Hemoal, Trombocid, Hemorrane y Mitosyl que se aplicabas en el recto, ungüento que ni el más osado de los druidas habría concebido jamás: ni la fórmula de la cocacola es tan retorcida.

Dos cirujanos, uno de ellos de apellido extranjero, observan la zona afectada por las dilataciones varicosas de las venas del recto. La gente relata sus operaciones a los resignados oyentes ‑implantes, cataratas, hernias, roturas, desgastes, partos‑ pero mantiene en secreto la hemorroidectomía, como si la almorrana fuese el síntoma de una perversión. En España se confiesa antes un latrocinio que una hemorroide.

Todo se va cumpliendo. Tres enfermeras, que a partir de ahora estarán al tanto de sus debilidades, de esa debilidad anal que lo hace humano, se azacanean en torno a la camilla y el doctor extranjero esgrime el bisturí como un gladiador una espada. De alguna forma, pese a la anestesia, nota que está hurgando en ese lugar sagrado e íntimo y recuerda la operación de fimosis a la que se sometió a los dieciocho años: otros dos cirujanos, mientras uno de ellos le mondaba el pene que hasta entonces sólo él había manipulado, hablaban entre sí de las secuelas del mayo francés del 68 y de los presuntos achaques del duendecillo de El Ferrol (del Duendecillo); los de ahora parlamentan acerca de la crisis, de los hijos en el extranjero y de fútbol. El del bisturí eléctrico, en tanto secciona las venas varicosas, propone la salida inmediata del euro y el retorno a la añorada peseta y el otro lo contradice. El paciente es sólo una coartada para que ellos dialoguen. Qué poca importancia le prestan a su culo.

Todo se va. El diestro del bisturí (oreja y vuelta al ruedo) cauteriza la zona ya limpia de las malvadas excrecencias: unos se someten a cirugía para retocar su cara pero él, pobre calamidad, padece cirugía para mejorar su culo. ¿No va a dolerme nunca más?, pregunta. El cirujano observador tiene su punto de cruel gracia hispana y olé. Depende de lo que haga usted con él, responde, y el personal sanitario rompe a reír, ja, ja, ja.

AJUSTE DE CUENTAS

Fuiste hasta el cementerio situado en la falda de un monte en el extremo opuesto al lugar donde vives. El chirlazo del río divide en dos la geografía de una ciudad que carece de nombre y que ha cambiado desde tu infancia: era entonces, o así la recuerdas, un ámbito de tascas, casinos, iglesias, hornos, colegios, ultramarinos, peluquerías de barrio, zapaterías, patios de luces con ropa tendida. No cabe consuelo alguno: la geografía es un azar. Te acercas hasta la tumba de tu padre y no sabes el porqué de tal acto irreflexivo. Lees el nombre, las fechas del nacimiento y de la muerte, te preguntas qué te vincula a él como no sea el destino venidero de morir. Tu padre viajaba y cada vez que regresaba a casa mantenía una disputa con su mujer. Cuando él se ausentaba el piso se hundía en un silencio sepulcral. Nunca supiste gran cosa de tu padre salvo sus súbitos accesos de ira que padeciste en más de una ocasión; si tuvieses que elegir una imagen suya, sería la de un hombre exaltado y feroz que te perseguía con un cinturón en la mano. No sabes el motivo por el que ahora estás delante de su tumba, paralizado bajo un cielo en el que una nutrida bandada de estorninos gira formando inverosímiles figuras. Los estorninos, sus enloquecidos quiebros, fueron uno de los juguetes preferidos de tu infancia. Los estorninos. El fútbol en los parques. Los churros de los domingos. La Enciclopedia Universitas, Salvat Editores, segunda edición, 1954. Los correazos de tu padre. El truco, el escondite, la pídola, los árboles, los cines. Los latigazos de tu padre. El colegio, la misa, los deberes, el primer cigarrillo y los zurriagazos de tu padre. El paraíso de la niñez: otra estafa como el paraíso católico: el gran fraude de la fe. La primera borrachera, el primer amor y los vergajazos de tu padre a los que te enfrentas aferrándolo por la camisa mientras mamá llora tratando de separaros. Después ocurrió el accidente, la hospitalización y la muerte que celebraste con embriaguez. Ahora estás de pie delante de la tumba de tu verdugo y no te conmueven ni la piedad ni el perdón ni la nostalgia. La gris figura paterna, su vacío fantasmal. Te duelen más los golpes que el olvido y sabes que jamás vas a perdonarlo.

EL REENCUENTRO

Uno estaba acostumbrado, más o menos acostumbrado, a que los muertos se apareciesen en lugares estratégicos, espacios que desde siempre ocuparon esa realidad entre la leyenda, la tradición, la historia y la cultura en la que el alma del vizconde de Klöemel cruzaba a caballo por la lejanía o la abuela Lola, muerta cuatro décadas atrás, se plantaba en la cocina de lareira y comía castañas con la familia dándole primicias de lo que a uno le aguardaba cuando pasase el trance que tan atinadamente glosó Jorge Manrique, entre otros. Eran tiempos distintos: los muertos estaban en los libros, en las películas, en los sueños y en la tradición: fuera de ahí sólo ocupaban el espacio de los chistes de humor negro al tercer gintonic. O al cuarto, allá cada cual. Acaso alguna vez (seguro que lo escribió Cunqueiro) mientras uno iba a llevar flores a la tumba de un familiar, viese cómo un cadáver levantaba la lápida de la suya y se ponía a adecentarla con una esponja humedecida en agua tarareando Cuando salí de Cuba o algo por el estilo. Pero el prestigio de los cadáveres mengua y ahora ocupan espacios neutrales e incluso impropios de su categoría; por ejemplo, hay escritores que son cadáveres desde hace años aunque sigan ganando premios y aparezcan en los suplementos literarios porque se repiten y se plagian a sí mismos desde que cumplieron los cuarenta, convirtiéndose en parodias o caricaturas: varía la carátula del libro pero el contenido es el mismo. Hay, es indudable, cadáveres políticos que no es necesario señalar; creo firmemente que en la conferencia episcopal también existen y huelen a cloroformo. Pero tales digresiones impertinentes me alejan del objetivo: la aparición de muertos en convenciones como, por ejemplo, comidas de empresa (a las que no asistí jamás), de exalumnos (a las que no asistí jamás) o de reclutas de un determinado reemplazo (a las que no asistí jamás). Sin embargo, las navidades pasadas me topé con uno de esos cadáveres en un bar, lo que demuestra que existe una epidemia y que nos están invadiendo. Estaba yo bebiendo el vino ritual de las tardes, cuando se me aproximó un sujeto de mi edad, de pelo canoso y buen aspecto que, como de costumbre, hizo la pregunta que a todo ser indefenso pone en alerta: “¿Te acuerdas de mí?” Como la pregunta ya me la hicieron alrededor de tres docenas de veces, opté por la respuesta que suelo aplicar para no perder el tiempo con acertijos: “Para nada”. Se presentó, dijo su gracia, un nombre común en los listines telefónicos (si siguen existiendo) y en las esquelas, que me resultaba vagamente familiar y apuntó el dato concreto que según él establecía una relación irrebatible entre ambos. “Fuimos compañeros de curso en el colegio”. En un instante brevísimo pero que dio de sí como un chicle, repasé mis once largos años de alumno marista: recordé fisonomías, nombres de compañeros, habilidades de unos y de otros en distintos deportes, las flores a María en los meses de mayo, evoqué a profesores y hasta me dio tiempo para conceder que quizá mi memoria fuese injusta con el profesorado marista y le debiese más de lo que yo creía: determinados principios, la memorización de numerosos poemas, el amor por la literatura. Cierto que ellos, los profesores, solían recomendar a autores que no dejaron huella en mí pero, por reacción, uno iba a buscar (a Tanco, naturalmente) a aquellos otros que ellos repudiaban por rojos, por comunistas, por ateos, por borrachos, por homosexuales o simplemente por extranjeros. Nada bueno podía venir de más allá de nuestras fronteras salvo el beato Champagnat, elevado posteriormente a santo. Mi acompañante, que como acto de cortesía y complicidad me invitó a un segundo vino, hizo un repaso de colegas y evidenció las cualidades que los hacían singulares. A cada nombre (que, insisto, me sonaban de manera muy vaga, como sucede con los rostros de las personas que no conoces en una ciudad pequeña como la nuestra pero que te resultan familiares de cruzártelas una y otra vez por la calle y que crean en ti el desconcierto de “¿a éste de qué demonios lo conozco?”) añadía una particularidad: Fernando López (anda que no habré tratado yo a Fernandos López) era un fenómeno en fútbol. “¿Te acuerdas?”. Dije que sí pero no, como hice con todos los siguientes: Luis Álvarez suspendió todas en junio y las aprobó en septiembre. Guillermo Díaz, el de baloncesto, que después pasó al instituto. Moncho Fernández, que coleccionaba matrículas de honor y ahora tenía una empresa de alquiler de coches. Chomín Crespo, que actualmente era concejal no sé dónde. Largó (estábamos en el tercero vino) una nómina onomástica con sus correspondientes características, ora virtudes, ora defectos, y remataba con el soniquete “¿te acuerdas?” al que yo respondía contundentemente que no, en ocasiones con algo como “si, me parece recordar” o bien “vagamente, creo que sé quién era, sí”. Anochecía ya en una de esas tardes breves de diciembre enfoscadas de villancicos y luces de colores y dos mil reproducciones de Papá Noel cuando mi compañero de barra decidió que ya era hora de poner fin a nuestro encuentro, aquellos cuarenta minutos que depositó ante mí restos de un pasado definitivamente extinto y las señas de identidad de desconocidos por los que no sentía nostalgia alguna. Algo debo anotar a su favor; no ejecutó la insidiosa pregunta que acostumbran a hacerme con cierta frecuencia: “¿Qué? ¿Sigues escribiendo?”, que suena a “¿sigues fumando?, esos vicios. Me quedé mirándolo mientras se alejaba; al acercarse a la puerta se giró, me dedicó la más amplia de las sonrisas, me señaló con el dedo índice de la mano derecha como si fuese una pistola y dijo en voz alta: “¡Qué bien los pasamos en los salesianos!” Pedí un innecesario cuarto vino. Vi alejarse al muerto por la acera, sonreírme desde el cristal de la ventana, perderse en la noche, la misma noche en la que yo me quedé anclado, rodeado de cadáveres que me hacían señas desde un ayer tan remoto como indeseable.

LA DENUNCIA

La chica presenta la denuncia en la comisaría con voz insegura y temblona: que estaba paseando como casi todas las tardes de su vida yendo de aquí para allá por la orilla del río, sin meterse con nadie, pensando en sus asuntos, pensando que algún día tendría que abandonar el oficio y buscarse otro empleo, cualquier empleo por humilde que fuera porque las cosas pintaban muy mal, cada vez tenía menos clientes y los ingresos apenas le llegaban para pagar la habitación con derecho a cocina en la que vivía desde que se marchó de casa a los diecisiete años ‑y aquí la historia tomaba la deriva de una telenovela‑ embarazada a saber de quién y entregó el hijo en adopción a cambio de una cantidad ridícula que entonces le pareció una fortuna, y que todo eso pensaba y recordaba esta tarde como un aluvión de nostalgia y recuerdos, una cellisca que en vez de agua y nieve fuese de nostalgia y recuerdos mientras

(música de bandoneón, maestro, por favor)

la chavala linda como una flor ‑si no hay que atenerse a una rigurosa exactitud fisonómica‑ esperaba coqueta no necesariamente bajo la quieta luz de un farol cuando se le apropincuó un gil apoyado en el tronco de un árbol y sin mediar palabra le exigió dinero a punta de estilete o realmente sí medió palabra le dijo que:

‑no podés laburar acá en la orisha del río que era territorio privado y que en todo caso si querés laburar acá en la orisha del río

en la veredita leprosa donde ella gambeteaba la pobreza o caminito que todas las tardes feliz recorría él sería su macró el que la protegería de los bacanes indeseables y al que debería dar una parte de los beneficios ¿comprendés, piba? y que a modo de adelanto y compromiso de buena fe aflojás la plata que llevás encima esos pesos duraderos pero ella encima sólo portaba cinco napos para un café y para el boleto del colectivo y entonces el cafisho milonguero principió a golpiarla y naide de la chusma que transitaba por la veredita del carajo acudió a socorrerla ni discó el número de la cana por lo cual l’hijueputa mendocino la desplumó no sólo de la plata sino también del celular y lo que ignoraba la pebeta que definimos ut supra linda como una flor recurriendo a una hipérbole imperdonable era por qué el pendejo después de inferirle las trompadas no la había despojao de la medalla de la virgen de Lourdes que le había obsequiado una sor cuando entregó a su pipiolo aunque ella la agraviada no se llamaba Lourdes sino Yesika con i griega como Yenifer y con k como Karina.

Fin del teletango.

EL PIANISTA

Hace tiempo que no coincide en el portal con el pianista, un tipo alto y de barba canosa que tiene un ruidoso teclado electrónico con el que da conciertos en las calles y plazas de la ciudad recurriendo a un repertorio estrictamente clásico. Le fascina ver tocar al pianista porque es manco: arma el instrumento y con el brazo izquierdo ataca el teclado. A veces se detiene a observarlo más que a oírlo. Le falta el antebrazo derecho pero con el sano posee una diabólica habilidad para la interpretación. Al lado del teclado, yace siempre una botella de ginebra a la que recurre con generosa frecuencia, lo que paulatinamente merma la agilidad de sus dedos y entorpece la pulcritud de la ejecución, de forma que Chopin suena como una tragaperras; cuando el flujo de alcohol en la sangre del artista alcanza los niveles adecuados, sea cual sea la naturaleza del público, abre la bragueta, extrae una polla rabelesiana y con ella aporrea el teclado y otra noche en comisaría. Los policías, antes de detenerlo, contemplan asombrados y divertidos el pene glorioso que golpea el teclado electrónico con satánica imprecisión porque el arte pertenece siempre a la mitad demoníaca del ser humano: el arte es oscuro. Alguna vez lo acompañó a casa y le contó su triste historia, la triste historia de una mujer: él vivía en Madrid y pertenecía a una orquesta que actuaba en un bar de Malasaña. Las cosas les iban bien: habían trabajado en televisión, los reclamaban de algunos festivales y tenían dos cedés grabados. Era el novio de la cantante, Linda, una negra estadounidense en cuyo cuerpo uno nunca encontraba la paz. El oyente imagina el cuerpo de la negra, el majestuoso cuerpo de la negra embutido en un vestido semitransparente: los hombros bien marcados, los brazos firmes, las implacables tetas, el vientre exacto, las redondeadas caderas, los muslos perfectos que muestra por las aberturas del vestido, las largas piernas oscuras: un sueño de caoba.

Todo marchaba entre ambos hasta que Linda decidió enamorarse del maromo que tocaba el banjo y la guitarra, negro y grande como ella aunque de distinta nacionalidad. Por afinidad de color, aquella mujer que transformaba el jazz en un puro lamento de hembra en celo, sustituyó al pianista nacional por el instrumentista isleño. El pianista se pasaba las noches llorando y bebiendo, escuchando las grabaciones de Linda, su voz grave y rota, particularmente la memorable versión de una canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holiday. El pianista canta mientras esperan el ascensor.

Dice que ahora ya no sufre al escuchar la canción pero que entonces, cuando tenía ambos brazos, imaginaba un extraño fruto colgado de las ramas de un árbol y que ese extraño fruto podrido era su cuerpo abandonado por Linda, ya que Meeropol compuso esa canción tristísima al ver los cadáveres de los negros que los blancos colgaban de los árboles, los cadáveres torturados balanceándose entre las miradas de los curiosos indiferentes. La barbarie y el horror carecen de fronteras. El pianista lo invita a una copa en su piso que él acepta.

Una muñeca de plástico a la que le presenta como Air Doll FG‑123 está malamente sentada en una silla. La señala, le acaricia la cabeza. Algún malnacido la tiró a la basura, explica. Él la recogió y trató de inflarla pero perdía aire; buscó el agujero, le puso un parche y ahí la tienes. Me hace una compañía de la hostia aunque no lo creas. Luego pone uno de los cedés que grabó con su antigua orquesta que respondía al nombre de Esclavos del Ritmo. Es Linda, dice cuando suena una rotunda voz femenina cantando una versión de Fina estampa. Linda, aclara mientras sirve la ginebra, no sólo era buena en el jazz (y en la cama, añade sonriendo); bordaba cualquier modalidad: blues, bossa, fado, rancheras. Air Doll, no canta pero, insiste, me hace compañía. A veces, cuando salgo a tocar la llevo conmigo, la coloco en una silla y no me siento tan solo. La gente se ríe porque la gente es estúpida por naturaleza, ¿no crees? Mira a Air Doll: con la boca abierta parece ser ella la que cante. Acaso el pianista sea dichoso con la muñeca como en otro tiempo lo fue con Linda que ahora interpreta Milonga sentimental. Después observa el hueco del brazo ausente, el muñón a la altura del codo, la amputación de un miembro que el músico consideraría indispensable para su profesión. Se imagina a un sacerdote manco celebrando la misa. A un cirujano. A un guitarrista. A un pescador. Un churrete de luz lunar se filtra por la ventana y repta por el suelo como una culebra. El pianista repone la ginebra y le cuenta a su vecino, que lo observa embutir la botella en la axila del brazo incompleto y enroscar el tapón con la mano superviviente, cómo perdió el brazo. Tres semanas después de que Linda lo abandonara, hundido y harto de escuchar hasta la extenuación lo de strange fruit hanging from the poplar trees, cuando ya no le quedaba ni una lágrima más que verter y la música no era consuelo sino tortura y se sentía como un extraño fruto podrido balanceándose en la rama de un álamo, tomó la decisión de suicidarse para llevar a cabo lo cual se emborrachó metódicamente en un bar de la calle Toledo llamado El Rincón de El Bierzo del que salió con una cogorza fúnebre y monumental y se encaminó a la estación de metro más cercana (Pirámides) con la intención de arrojarse al paso del tren, tropezando con unos y con otros, trastabillando en las escaleras mecánicas y cuando vio las luces de la máquina acercarse por el túnel, se aproximó al borde del andén, dio un paso en falso (ya sabemos que la vida está llena de pasos en falso, aclara innecesariamente), se precipitó a la vía y el tren le seccionó el brazo pero no la amarga memoria de Linda que era lo que él realmente quería extirpar, el desventurado recuerdo de aquella mujer negra con una voz prodigiosa que ahora canta algo de Vinicius de Moraes. Cuando se recuperó y creyó que nunca volvería a tocar el piano, una hermana suya que trabajaba aquí, lo acogió en este piso donde ahora beben los dos hombres, en la planta octava de la torre norte. Esa hermana (en todas las familias hay una oveja negra) se dedicó a la política y desde hace ocho años vive en Bruselas y tuvo la cortesía de poner el piso a su nombre y girarle esporádicamente dinero, aunque sospecha que si ella se entera de que su pobre hermano tullido toca el piano con la polla en espacios públicos, adiós a las generosas subvenciones que ella detrae asimismo de sus escandalosas dietas y el otro le dice que sí, qué cojones, que es un delito más grave cobrar las indecentes dietas que acapara la patulea política que enseñar la picha en público aunque esto conduzca a la cárcel y aquello al feroz enriquecimiento. Los políticos emigran a Bruselas como los vencejos al sur: ambos buscan el paraíso. Cuando abandona el piso ya no suena la voz de Linda y el pianista está charlando con Air Doll que ni se molesta en despedirse porque es muy largo el olvido.

SOMBRAS DE LA CIUDAD, 1

Cree firmemente en la existencia del monstruo de lago Ness; otros creen firmemente en la existencia de Dios.

BARRAS DE PAN

Veo por la calle a personas que acuden a la panadería, compran una barra y toman el camino de su domicilio dándole pellizcos tranquilamente, sin prisas, con la displicencia que te regala ignorar (o no importarte) que si sigues a ese ritmo, antes de abrir el portal tendrás que dar la vuelta, entrar de nuevo en la panadería y comprar otra barra. Entiendo perfectamente la tentación: pocos sabores más maravillosos que el del pan recién hecho. Son personas aventureras, que no piensan en el mañana, que descreen del futuro: en todo caso, admirables para mí que pertenezco al grupo de compradores de pan que mantienen intocada la barra hasta que llegan a casa y a la hora de comer cortan los trozos que se irán repartiendo. Eso de mantener intacta la virginidad de la barra es propio de gentes conservadoras, sedentarias, formales y aburridas. Me incluyo, lamentablemente, en este grupo. Me vino a la mente la comparación al echar un vistazo a los libros que acumulé en mi ya larga vida, ojeando las dos librerías (salón y despacho) que me acompañan desde hace algún tiempo durante el cual he sido testigo, próximo o lejano, del atentado de J. F. Kennedy, por ejemplo; para no abundar en otros hitos de mi biografía, digamos que cuando yo nací el mundo estaba a medio hacer (o a medio deshacer, quizá): soy, como ven, viejo de carajo. Si a la edad le suman la afición temprana a la lectura y una cierta capacidad económica (restringida: nunca podría ser, ni por capital ni por gusto, un bibliófilo) entenderán que me haya hecho con una biblioteca xeitosa manque no hipertrofiada. ¿Y lo de las barras de pan, las intonsas y las decapitadas? Pues en ello pensé mirando (no cabe agregar pensativamente, sospecho) las dos librerías y comprobar que hay volúmenes que sé con total seguridad que no leeré nunca; más aun: de algunos de ellos me pregunto por qué demonios los compré. Y pensé asimismo que en la juventud, tal vez no sólo por la naturaleza que te dan los pocos años sino asimismo porque uno anda más justo de dinero (hay edades en las que es más necesaria una cerveza que un libro), uno compraba los que iba a leer de inmediato; es decir, no salía de una librería con un libro y se decía que iba a leerlo más adelante, en el futuro, cuando tuviera tiempo; no, era tal la expectante necesidad de hincarle el diente que obraba como los compradores de pan que pellizcan y mordisquean la barra: con voracidad inmediata, sin plantearse el porvenir; así, creo recordar, nos sumergíamos a cierta edad en los libros, como zambullidas desde un trampolín en una piscina. Después uno se hace inevitablemente mayor y si la vida no lo mata a coces y reveses, dispone de algún que otro billete o tarjeta de crédito para comprar libros pero no va directamente (o no sólo va directamente) hacia la pieza deseada sino que se detiene muchos minutos paseando entre los expositores, los anaqueles y los rincones de la librería y aparte de comprar lo que buscaba, adquiere asimismo la biografía de Kafka (por ejemplo) en dos tomos casi infinitos y se plantea seriamente que ese libro se lo merendará en los meses de vacaciones pero para entonces no se acuerda de la biografía y al arrancar el verano compra tres o cuatro libros que acaso tampoco termine de leer porque interfieren otros que exigen una lectura inmediata; y compra además aquel otro que le recomendaron porque cualquier día, cuando acabe los que tiene pendientes, podrá dedicarle unas horas. Y obrando así, al final, uno atesora en su biblioteca particular muchos libros que leyó pero también muchos que aguardan a que uno tenga tiempo y ganas de meterse con ellos aun sabiendo que posiblemente esas dos condiciones no se den nunca. O sea, dejas la barra de pan sin mordisquear aguardando el momento de la comida. De cualquier forma, aunque observemos la cantidad de libros que permanecen sin leer en la biblioteca, seguimos con nuestro afán de comprar esos que nos juramos que ya leeremos en el puente de la constitución, por ejemplo. E incluso incurriendo en lo solemnemente trágico, tenemos la total certeza de que nos moriremos sin haber leído todos los libros que compramos. Muchos de ellos van a sobrevivirnos. Recuerdo que un día, un día lejano y extraviado para siempre, yo también mordisqueaba la barra de pan camino de casa.

EPITAFIOS VENGATIVOS

Hace años (y ya hace años de casi todo lo que uno recuerda) escribí un artículo titulado Epitafios en el que recogía las inscripciones de algunas lápidas que me habían llamado la atención, tanto de personas conocidas, en general escritores, como de otras que habían vivido de forma anónima, como acostumbran a ser la mayoría de las vidas que van a dar etcétera; en el texto daba cuenta de ciertos epitafios y resaltaba su categoría: filosóficos, divertidos, ampulosos, dramáticos, sentenciosos, solemnes, pesimistas, resignados, irónicos, humorísticos y aquí conviene  intercalar un segundo etcétera. Pero existe una índole de epitafios que da título a este artículo y de la que no tengo noticia, aunque probablemente exista, que el corazón y el ingenio de los humanos es tan ilimitado como perverso y viene de antiguo. Hablemos, pues, de los epitafios vengativos. Lo malo de ellos es que la condición indispensable estriba en que su autor se muera, asunto bastante corriente porque somos raza gregaria, pero no de forma repentina, sino que, desahuciado por los doctores, sepa que en dos semanas o dos meses va a diñarla. Digamos que el que va a palmar se llama Eufrasio y por la razón o la sinrazón que sea, que el odio no requiere fundamentos, detesta a su vecino del quinto C, que responde a la gracia de Alcibíades Marisco Caro: ¡ni siquiera hablan del tiempo en el ascensor! Eufrasio acude al marmolista situado frente al cementerio donde será inhumado en breve y le encarga un epitafio cruel (y falso)  que el artesano debe grabar en la lápida un día o dos después del deceso. Alcibíades Marisco Caro me adeuda la cantidad de trescientos cuarenta y dos euros y cincuenta y cuatro céntimos desde el 21 de mayo de 2014 una noche que fuimos de putas juntos y pagué yo. Algún visitante del cementerio, o un encargado, descubre la tumba, hace una foto con el móvil y a las pocas horas la inscripción revolotea como mariposa por las redes sociales (resulta pertinente el sustantivo redes: algo que atrapa, que impide la libertad; en definitiva, trampa) de todo el país y otorga fama al inocente Alcibíades de moroso y putañero, de modo que si el del quinto C se demora en una reunión de vecinos, el del tercero A comentará son sorna “a lo mejor no viene porque está en putas” y el resto de los comuneros que si jiji, que si jaja, hasta que aparece Alcibíades y el presidente le pregunta que si viene a la reunión o se va de putas y ya la tenemos armada. “Además de putero y moroso, violento”, enjuiciará alguno. Los epitafios vengativos abarcan tantas posibilidades de inquina que para no pecar de prolijo los resumiré en dos ejemplos más. Erundina odia a su amiga Leonor Pinche Cuate porque lunes, miércoles y viernes van a jugar al pádel y Leonor le inflige unas derrotas de escándalo, impías, sin dejarle ganar un punto ni por caridad. Así que cuando Erundina descubre lo poco que le queda de vida acude a un marmolista (no el que está enfrente del cementerio sino otro de la calle Pardo Bazán) y apalabra la leyenda que debe aparecer en la lápida dos o tres días después de su anunciado y funesto óbito y que reza así: Leonor guarra los días 9 y 20 de cada mes cuando ibas a la pelu yo me tiraba a tu marido y en tu cama. El implacable proceso posterior (fotografía, instagram, twitter, facebook) se cumple inexorablemente y cuando el marido de Leonor llega a casa, ésta le muestra la foto que le enviaron por whatsapp y comenta “así que Erundina y tú ñaca ñaca, ¿eh?” y pone paralelos los dedos índices de cada mano y los junta y los separa dando a entender claramente que ella ya tenía la mosca detrás de la oreja y esto viene a confirmar sus sospechas, que se va de casa y que a las cinco en el despacho del abogado y que adiós; y el hombre, que no entiende nada, que ni siquiera le pone cara a la tal Leonor, mascuja “pero, pero, pero”, descorcha una botella de vino, vacía de golpe un vaso bien cumplido de los de Nocilla, y sigue repitiendo pero, pero, pero, porque cuando nos desbordan las circunstancias suele replegarse la elocuencia. Incurriré para terminar en un último ejemplo. Gervasio sabe que le queda poco de vida y ese poco quiere dilapidarlo en destrozar la de su compañero de trabajo Adán Barro Divino, que una vez lo conminó a invertir el Bolsa y el incauto Gervasio quedó con el culo al aire; como es pertinente acude a un marmolista (éste ubicado en la carretera de la Granja)  y le encarga la inscripción que un empleado debe grabar en la lápida al día siguiente del entierro; efectivamente, antes de veinticuatro horas, alguien fotografía la leyenda y la hace rular por las redes sociales: Yo soy el verdadero padre de los hijos de Adán Barro Divino. Adán no tarda en recibir un whatsapp con la información, urde un malestar en el trabajo y va a buscar a su mujer que, inventemos, ostenta la Concejalía de Nubes Errantes y Despropósitos Atmosféricos. Llega Adán al despacho, enarbola el móvil, exige: Lee esto. La mujer, boquiabierta, no da crédito a la patraña y después de repetir como el marido de Leonor pero, pero, pero, añade: No te creerás esa falacia. El marido duda si sentenciar “los muertos no mienten” y la mujer aprovecha la vacilación para argumentar: “Pero si Monchete y Ángeles son igualitos que tú”. Adán, enloquecido y rabioso, discrepa: “La nariz de Monchete es la nariz de Gervasio y los ojos de Ángeles son los ojos de Gervasio” y camina hacia la puerta del despacho y, sin girarse, comunica: “No me esperes para comer. Ah, y a las cinco en el despacho del abogado, ¡sin demoras que te conozco!” La mujer se derrumba en el sillón. Pero, pero, pero. Pues ya ven ustedes las numerosas posibilidades que atesoran los epitafios vengativos, como mensajes dentro de una botella arrojada al mar y que arriba a la costa insólitamente a su debido tiempo. De hecho, yo ya urdí mi propio epitafio vengativo y ojalá que tarde muchos años en ponerlo en práctica; naturalmente, está destinado a un colega de oficio al que no tengo el gusto de conocer y cuyo nombre no desvelaré de momento. Fulanito de Tal, de que leí tres novelas soberbias, atesora innumerables defectos: escribe mejor que yo, gana más premios que yo,  es más brillante que yo, tiene más prestigio que yo, obtiene más dinero que yo, es más alto y guapo que yo: motivos más que sobrados para tramar un epitafio vengativo cuyo texto, tras largas reflexiones, reescrituras y correcciones, pergeñé en otra noche de puñetero insomnio; a veces sonrío imaginando a mi rival murmurando pero, pero, pero, cuando circule por las redes sociales y llegue a su whatsapp mi epitafio vengativo: “Fulanito de Tal es un escritor de mierda y además un plagiario”. Que se joda.

RECTIFICACIÓN

En la entrada anterior, se me coló un “y indagó” por el que pido disculpas y por el cual bien merezco una segunda operación en el otro ojo efectuada por un batallón de zapadores. Perdón por el crimen aunque sea imperdonable.