El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

VOCES PRESTADAS

Al señor del bigote

A veces son necesarias las palabras ajenas para expresar (o ratificarnos en) nuestras opiniones, la auctoritas de otros para afirmarnos en nuestras creencias. Sobrellevé unas cuantas entrevistas (no muchas) y siempre las preguntas me parecieron un poco inútiles o, más bien, innecesarias, porque cuanto tenía que decir lo había expresado en los libros, en las ficciones, en las que cuelo, de manera explícita o de forma esquinada, lo que pienso de la literatura, de la vida, de la amistad, del rencor y de tantas otras pasiones que nos mueven. Esta especie de orgullosa boutade la mantuve en silencio hasta que la vi refrendada en una entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes y en la que manifestaba algo similar a lo que yo no me atrevía a exponer: Que si alguien quería saber lo que pensaba, incluso sus principios políticos, que leyera sus novelas. Lo que tengo que decir, podríamos significar, está ya en mis libros. Creo que cualquier lector más o menos avezado, si entra en los libros de un determinado autor, puede hacerse una idea bastante clara de lo que éste opina en general de ciertos asuntos, aunque haya escritores que, más que manifestarse, se atrincheran detrás de sus obras: hay autores que se conocen a través de sus obras y otros que sólo se conocen a través de las entrevistas o las biografías. Y de ese exordio paso a cierta perplejidad que me causan algunos intelectuales, preferiblemente ingleses, franceses y alemanes. En sus manifestaciones, muchos de ellos alardean (realmente no es un alarde, sino una realidad, supongo: no hay por qué descreer de sus declaraciones) de memorizar a Shakespeare (ingleses), de poder citar a Goethe de corrido (alemanes; aunque aquí también entran a veces otras opciones: los poetas clásicos alemanes) o de haber releído a Proust hasta la extenuación. Aún recuerdo a un personaje famoso español que afirmaba hace décadas que había leído el Quijote más de cien veces (supongo que sería un énfasis hiperbólico). No sólo eso: algunos de ellos, ingleses preferentemente, habían traducido al latín Hamlet o La Eneida a la lengua inglesa. Y todo eso lo habían llevado a cabo a los once, doce años. Ante esa avalancha de erudición (de la que, insisto, no desconfío) a uno la vanidad se le esconde en el interior del zapato porque a los once, doce años, yo leía a Mortadelo y Filemón y a Guillermo y sus Proscritos, novelas resumidas e ilustradas de Bruguera (Walter Scott, Shakespeare), al Capitán Trueno, al Jabato, a Roberto Alcázar y Pedrín y Hazañas bélicas y algunas noveluchas que de matute te inyectaban en el colegio religioso entre las que estaban las de Mark Twain, afortunadamente. Y a Carroll y a Swift y a Poe y a cierto Melville y a Defoe, que de literatura infantil tienen más bien poco. Sólo más tarde, cuando uno había dejado los bocadillos de queso con membrillo y empezaba a enamorarse y a desertar de los pantalones cortos, se empantanaba en Bécquer, Juan Ramón y Rosalía, en las blandenguerías de Martín Vigil y adyacentes, acaso Candel, y posteriormente, en la remota reválida de sexto, intuía que la literatura era otra cosa y buceaba desordenadamente en Delibes, Cela, Laforet, Asturias, Frank Yerby (si Frank Yerby es otra cosa), Colette, Morris West (si Morris West es otra cosa), Valle Inclán, Celso Emilio Ferreiro y en las felices hordas transpirenaicas. Me acordé de ello haciendo una cala en el divertido blog Parecía una persona normal (…con bigote), del escritor Ángel Herrero López, en una de cuyas entradas, cita a Augusto Monterroso que afirmaba: “En sus artículos, en sus cartas, en sus diarios, los escritores franceses dicen siempre que releen, nunca que leen por primera vez a un clásico, como si en el Liceo hubieran debido leerlo todo y un autor importante no leído fuera un total deshonor. Releyendo a Pascal, releyendo a Racine… No siempre hay que creerles.” A este respecto, aunque en un contexto diferente, escribe con evidente sorna Rafael Reig en su magnífico Señales de humo (Manual de literatura para caníbales I) lo siguiente: “Un momento. ¿Leyendo? ¡Por favor! Estamos en presencia de un intelectual, así que había estado relegendi; un intelectual sólo relee. Leer algo por primera vez es lo característico de alguien que trabaja en un taller de chapa y pintura; una experiencia tan ajena a los hábitos de un intelectual como rellenar quinielas o remendar calcetines”. De nuevo las palabras ajenas venían a darle consistencia a lo que yo había considerado tiempo atrás: que ese exceso de sabiduría adolescente puede ser perjudicial para la salud, aunque siempre preferiré a un chaval que relee a Homero a una edad temprana, a otro que camina con un iphone por la calle ignorando que ahí fuera existen libros.  Aunque tal vez todo este asunto de la relectura estribe en que al principio, cuando uno es joven, cualquier lectura es un descubrimiento: se exploran las posibilidades casi infinitas que se abren ante uno; y cuando envejecemos, dedicamos parte de nuestro tiempo a releer aquellas obras con las que nos sentimos más identificados. Releer sería, en definitiva, una forma elegante de envejecer.

NOTA.-El lunes pasado, 20 de marzo, Ángel Herrero López decidió desconectar su blog de cualquier aparato que lo mantuviera con vida. Pese a ello, aún está ahí para quien desee leer los textos que “el señor del bigote” fue colgando. Merece la pena.

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HISPANIA

“…cuya triste reiteración revela el odio impotente de nuestros adversarios cualquiera que sea el Régimen que exista en nuestra patria a partir de la Contrarreforma para acá España viene padeciendo los ataques más injustos irritantes e intolerables que a nación alguna se le hayan podido infligir ataques que de manera sistemática tienen su rebrote periódico desde la taimada frontera de la mentira del resentimiento de la información malintencionada y tendenciosa de todo lo que implique contra la soberana decisión de un país de gobernarse por sí mismo sin ingerencias (sic) foráneas ni arbitrarias imposiciones y si estos ataques son indignantes cuando nos vienen de manos extranjeras no merecen más que desprecio si proceden de un compatriota dispuesto a colocar la turbina en la cloaca con el propósito de convertirse en un personajillo al pairo de posiciones políticas que conocemos hasta la saciedad…”, (palabras escritas por Emilio Romero contra Juan Goytisolo y que éste aprovechó para construir el prólogo de su novela Señas de identidad): Ahí queda eso, apliquémonos el cuento, porque vejamos al pudridero nacional y a sus representantes, injuriamos su historia, descreemos de su destino, maldecimos su tierra entre flores fandanguillos y alegrías, ofendemos a la patria que nos mantiene y por la que no vertimos ni una triste gota de nuestra sangre pese a tener múltiples oportunidades de hacerlo con aquellos airosos y marciales uniformes militares, nos mofamos de quien nos ha parido y no merecemos más que desprecio porque aireamos la santa mierda de la zahúrda y deseamos la cirugía de tan glorioso territorio, sólo Dios pudo hacer tanta belleza / y es imposible que puedan (sic) haber dos, somos soeces y traidores, no respetamos la memoria de sus mártires, vilipendiamos sus principios, somos hijos descastados, engendros del mal, aberraciones monstruosas, Hispania es ese terreno mal abonado en el que nacimos, y todo el mundo sabe que es verdad / y lloran cuando tienen que marchar, pisoteamos sus cinco rosas inmarcesibles y las flechas de su haz, zaherimos su porvenir de justicia y paz, somos abscesos en el sano organismo patrio, Hispania no es lugar para descreídos, amargados, insolidarios, rastreros, blasfemos, cínicos, aguafiestas, desleales como nosotros, que no nos emocionamos con el himno y la bandera, nos aplastará el peso de su gloria milenaria, por eso se oye este refrán / que viva Hispania, somos voces disonantes en el concierto común de su presente luminoso, no veremos reír la primavera ni cataremos el vino de Jerez ni el vinillo de Rioja, nos denostarán nuestros coetáneos y los hijos de sus hijos, porque no nos conmovimos con las gestas de sus habitantes, ni inclinamos la cholla al paso de la bandera ni nos llevamos la mano al pimiento morrón cuando suena el himno, y siempre la recordarán / que viva Hispania, nos chanceamos de su espléndido porvenir, malnacidos, desagradecidos personajillos subalternos, mediocres y miserables que no cooperamos al engrandecimiento de la nación, tarea para la que nadie es indispensable pero todos somos necesarios, la gente canta con ardor / que viva Hispania, somos chafarrinones en los límpidos renglones del patrio devenir, unas tachaduras en sus pulcros anales, unas moscas cojoneras, las almorranas de una anatomía incólume, por eso nuestros nombres serán borrados de todos los registros, porque fuimos los judasiscariotes que traicionamos a la madrepatria por unas monedas, no hay sitio para nosotros, personajillos antipatriotas, debemos exiliarnos o arrepentirnos si cabe dolor de contrición en nuestros corazones pestilentes, loemos las hazañas que asombraron al mundo, arrodillémonos ante el incienso protector, lloremos al pronunciar el casto nombre de la patria, no merecemos sino desprecio, detestables, inmundos, repugnantes, miserables, contumaces personajillos discrepantes (esos que Aznar tildó en su día de perros que ladran por las esquinas y Álvarez Cascos de resentidos del 68) que creemos en otra Hispania distinta. ¡Hispania es la más mejor, coño! Oéoéoéoé. Oé. Oé.

LA CENIZA DE UN CIGARRILLO

El 28 de febrero se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de Ana María Moix. Alguien dijo de ella lo siguiente: “Se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó” y, efectivamente, se mantenía siempre en un segundo plano, en una penumbra buscada a propósito, como si no encontrase su sitio en el mundo literario y decidiera, quizá a su pesar, ser la hermana de Terenci, pese a que Castellet la incluyó en su selección de novísimos cuando ella contaba alrededor de veinte años y empezaban a circular sus primeros libros, las novelas Julia y Walter ¿por qué te fuiste? y los poemas de Baladas del dulce Jim y No time for flowers y otras historias entre otros, además de su labor como traductora. En muchos de sus escritos, parece limitarse a levantar acta notarial de lo que opinaban y sentían y vivían sus compañeros de generación, rehuyendo el protagonismo: fue más una escritora de tercera persona que de primera persona, como si considerara más importantes a los que la rodeaban que a ella misma. Es decir, aquella chica tímida fervorosamente aferrada a un cigarrillo, disponía de sólidos cimientos literarios para construirse un personaje o una imagen que seguramente le repugnaban. En el mundo editorial barcelonés de entonces, ser joven (como ser de izquierdas) era un valor que se le añadía al talento (si además eras sudamericano, la puerta estaba definitivamente abierta) y no resultaba infrecuente que veinteañeros decididos aparecieran en los catálogos de unas espléndidas editoriales que nos suministraron buena parte de la mejor literatura que había en el mercado. Pero, excepto para un círculo más o menos restringido de lectores, Ana María Moix desaparece (más bien se refugia) en un suave anonimato. ¿Qué fue de ella, de esa mujer menuda y tierna, desde su irrupción fulgurante en el mundo literario hasta que años más tarde nos entrega obras de madurez como Manifiesto personal, qué fue de aquella chica que a principios de los años setenta entrevista a prácticamente todos los grandes del boom en el formidable 24×24 hasta que, una vez muerta, la editorial Laetoli publica Semblanzas e impertinencias, que recoge los artículos escritos por Moix desde el año 73? No es difícil imaginarla paseando por Barcelona, charlando con sus amigas Colita o Esther Tusquets, intercambiando silencios y agudezas con Carlos Barral, bebiendo una copa en Bocaccio con Beatriz de Moura, Gabriel Ferrater, Marsé y Gil de Biedma, posiblemente escuchando sin más, mientras enciende otro cigarrillo y a veces se olvida de que lo tiene entre los dedos y la ceniza se le cae en la chaqueta como un verso feliz; después plasmará en el papel los recuerdos y las nostalgias de una Barcelona que paulatinamente iba desapareciendo. Repasando sus artículos, se detecta la enorme curiosidad que sentía por cualquier disciplina y sus inteligentes (a veces sorprendentes e irónicos) comentarios en torno a la música, el cine, la literatura, la sexualidad, la política, el feminismo, la educación y que nos dan una idea de la inquietud intelectual de Ana María Moix, que parecía asistir al espectáculo, no sólo de la literatura, sino del mundo, con un distanciamiento que mucho tenía que ver con el escepticismo y la buena educación, siendo afectuosa en los halagos y educada en las descalificaciones. Es difícil imaginarla alzando la voz a la hora de hablar como es imposible que se enfangue en sectarismos en sus artículos, aun cuando sea acerca de asuntos que la asquean o la avergüenzan. Durante los breves años que estuvo al frente de Bruguera fue de una generosidad que ya no se estila, editando a escritores que se atenían rigurosamente a la calidad del texto y apostando por la dignidad literaria, en contra de superventas facilones y atosigantes. No cuesta demasiado verla en su piso, desmenuzando un inédito que le acaba de llegar, encendiendo otro cigarrillo más, leyendo minuciosamente ese texto mientras suena alguna música en el salón: y la ceniza del cigarrillo cae sobre una línea de ese escrito (Nunca podré olvidar el olor a cucaracha) que ella retira delicadamente con el dorso de la mano, la misma delicadeza que exhibía en el trato con la gente o en la levedad de sus versos, la muerte llora en las esquinas vestida de hojalata. Quizá ni ella desease que ahora, a destiempo, se recupere su memoria, la de alguien que valoraba la amistad por encima de todo y que aspiraba a un mundo, como se deduce de su Manifiesto personal, que no llegaría a ver, que acaso no lleguemos a ver nunca, ese mundo donde imperen la justicia, la libertad, la igualdad, la generosidad y otras virtudes que hoy son mercancía miserable de almoneda porque pierde prestigio la honestidad y cotizan al alza los que antes eran pecados capitales, un mundo que, acaso más que no llegar nunca, ya había declinado. El último día de febrero se cumple el tercer aniversario de una persona de las que hacen más cómoda la existencia de quienes están a su alrededor, que atiende con paciencia infinita a quienes la reclaman, que escucha con interés cualquier fruslería que alguien le cuenta mientras efectúa ese gesto displicente de limpiarse la ceniza del cigarrillo que ha vuelto a caer en su chaqueta.

DICCIONARIOS

Ahora que parece que las discusiones acerca de las ventajas del libro de papel sobre el electrónico, o viceversa, ya no se enconan como hace años, cuando muchos proclamaron la desaparición de los primeros y la prevalencia de los segundos, y mientras aguardamos ese futuro más o menos apocalíptico sentados en el velador de un bar leyendo un periódico que huele a tinta, se puede pensar en que sí hay una cuestión en la que el papel es infinitamente superior al libro electrónico: los diccionarios. Es cierto que cualquier persona conectada a un dispositivo electrónico tiene a su alcance el diccionario de la DRAE (aparte de otros muchos, por ejemplo, de idiomas) y que resulta una ayuda inestimable para quienes viajan y no pueden desplazarse con un tocho de semejante enjundia; e incluso estando en casa y ejerciendo una labor sedentaria como la lectura, tener abierto un diccionario electrónico proporciona rapidez y eficacia, además de comodidad, porque uno no se ve obligado a echar mano del diccionario de papel, perder el tiempo buscando la palabra que necesitamos y regresar a la lectura. Pero el intríngulis (palabra fea donde las haya) de lo hasta ahora expuesto estriba en la locución “perder el tiempo” que colé antes de matute. Porque cuando uno investiga un diccionario electrónico, en la casilla correspondiente escribe la palabra que necesita, por ejemplo, presbiterio, y descubre lo siguiente: (Del lat. presbyterĭum, y este del gr. πρεσβυτέριον). 1. m. Área del altar mayor hasta el pie de las gradas por donde se sube a él, que regularmente suele estar cercada con una reja o barandilla. 2. m. Reunión de los presbíteros con el obispo. Y regresa a su ocupación lectora. Sin embargo, si usted está tranquilamente leyendo (en papel o en formato digital) un libro y se encuentra con una palabra que no entiende, por ejemplo, coñazo, si es que hay alguien que ignore lo que significa, y ojea un diccionario convencional, hallará los siguientes resultados: 1. m. coloq. Persona o cosa latosa, insoportable. 2. m. vulg. Ven. Golpe fuerte. Pero ahora, con el diccionario de papel, tiene usted la oportunidad de perderse en el significado de otras palabras que atraigan su atención en tanto que en el digital uno busca la palabra exacta, la que necesita, y no sigue hurgando en otras colindantes que reclamen su significado. No resulta insólito que, con cierta frecuencia, uno hojee el diccionario persiguiendo el significado de una palabra y se sorprenda al cabo de un rato apuntando el de otras, como esos libros que uno lee y que después lo llevan a otros o como ese bar al que acudes y del que sales con la necesidad de hacer escala en el siguiente. A una de esas preguntas insólitas (seamos benévolos) que se les suelen hacer a los escritores (“¿y usted qué libro se llevaría a una isla desierta?”) creo que fue García Márquez quien respondió que un diccionario; no parece una mala elección: en un diccionario se condensa buena parte de nuestra lengua que es, en el fondo, nuestra seña de identidad. Transitar por un diccionario es como hacerlo por un país que conocemos mal y en cada recodo te encuentras con una sorpresa, con algo imprevisto, sin cartel de Finis Terrae porque las posibilidades de un idioma son ilimitadas. Y perdón por el pestiño, (del lat. pistus, majado, batido). 1. m. Fruta de sartén, hecha con porciones pequeñas de masa de harina y huevos batidos, que después de fritas en aceite se bañan con miel. 2. m. coloq. Persona o cosa pesada, latosa o aburrida. Feliz viaje por el diccionario.

EL MAR

Mi madre se quedó viuda muy joven, a los 22 años, a causa de un accidente laboral de su marido que había emigrado a Cataluña a principios de los años cincuenta. A cargo de dos hijas de dos y cuatro años, no tuvo más remedio que emplearse a fondo no sólo en las tareas de casa sino en las del campo. Sólo años más tarde entendí aquel sacrificio brutal, inmisericorde, diario, como una esclavitud. Jamás quiso abandonar la aldea salvo para ir a Sabadell a recoger el cadáver de su marido dejándonos a ambas a cargo de los abuelos, esas figuras complementarias que hoy, por la situación económica, vuelven a ser actores principales de la sociedad. Pasaron los años, pasaron muchos años, y mi madre permanecía en el pueblo, firme como un roble largamente enraizado, sin querer venir a vivir con nosotros a la ciudad. “Tengo”, decía, “que cuidar a vuestro padre” y todos los sábados iba al cementerio, renovaba las flores, rezaba y volvía desde el atrio de la iglesia a casa como si hubiese estado conversando con papá, del que mi hermana y yo sólo teníamos la referencia en blanco y negro de una foto enviada desde Sabadell a poco de llegar allí. Cuando le preguntaba por las fotografías de la boda, mamá respondía evasivamente algo como “estarán por ahí” o “ya las buscaré con calma otro día”, como si la memoria fuese un territorio hostil. Un verano, cuando ella cumplió los ochenta años, logré convencerla para que nos acompañara a mi marido y a mí y a nuestros hijos a la playa; rezongó, claro, que quién iba a cuidar la casa, a reponer las flores del cementerio, a dar de comer a los gatos, a regar los tomates, las lechugas, los pimientos, las cebollas: sabía de su papel en el mundo, en su pequeño mundo, y, creo yo, pensaba que si ella no estaba allí, en ese mundo limitado pero a la vez infinito, todo se iría al traste. Recuerdo aquel viaje con memoria minuciosa, casi obsesiva: el trayecto desde el interior hasta la playa a mamá se le antojó un infierno; acostumbrada a realizar mil trabajos al ritmo lento del pueblo, viajar en coche le parecía, pienso, una manera de acelerar el tránsito hacia la muerte. Al llegar, dejé a mi marido con los niños en casa, abriendo las maletas, y quise estar yo sola en el instante en el que mamá viese por primera vez el mar. Atardecía en un cielo limpio, transparente, y cogidas del brazo, caminamos sin prisa hasta la playa casi vacía a causa de una brisa fuerte que espantaba a los veraneantes. Sentía una sensación inédita: a esa mujer que me había enseñado tantas cosas que jamás podría olvidar, yo tenía la oportunidad de enseñarle ahora algo que ella desconocía, de la que no tenía referencia. Le devolvía un favor mínimo a cambio de los mil favores impagables que mi hermana y yo habíamos recibido. Llegamos a la playa: podría extenderme en detalles como si aquella tarde fuese un cuadro que uno ve mil veces en un museo y acaba memorizando: podría hablar de las gaviotas, de una nube con una forma extraña, del color dorado de la arena, de la superficie del mar levemente arrugada, del contorno de la isla al fondo, del olor indescriptible del mar. Nos adentramos en el arenal y cogí la mano derecha de mamá que temblaba ya muy suavemente; me pregunté hasta cuándo la vida me seguiría proporcionando el regalo de aquel contacto cálido, protector, pero que, en cierta medida, dependía cada vez más de mí. Nos sentamos en una barca puesta del revés. Estúpidamente, como un cicerone que no sabe nada del monumento que debe explicar a los turistas, sólo acerté a decir “el mar, mamá, mira, es el mar”. Ella permaneció en silencio, como si la visión abrumadora de algo hasta entonces desconocido, no requiriese palabras, como si hablar fuese un acto que vulnerase el equilibrio de aquel instante mágico en el que el mundo parecía estar en paz consigo mismo. La miraba de reojo y no sé por qué, tuve la sensación de que mamá lloraba sin dejar salir una lágrima, como seguramente había hecho al recoger el cadáver de mi padre cincuenta años atrás. El instante se revestía de una solemnidad dolorosa. Y, claro, tanta solemnidad puede ser tediosa, como esas misas que se prolongan eternamente con una homilía excesiva o una sesión parlamentaria. Y alguien tenía que restarle solemnidad al anaranjado atardecer que iba cayendo sobre nosotras. Fue ella. Mamá bajó la cabeza como si una visión breve del mar ya hubiese sido suficiente para captar toda su belleza, todo su significado, todo su simbolismo; metió la punta del pie derecho en la arena, lo balanceó hacia adelante como un niño pequeño que intenta una patada inexperta y fallida a un balón y dijo: “Esta tierra es una porquería, aquí no se puede plantar nada”. Me reí con una felicidad cómplice: la medida del mundo de mi madre estribaba en lo sólido, en la tierra, y no en ese mar cuyo vaivén seguramente ella no entendería. Con frecuencia, desde que ella no está, mi hermana y yo nos relatamos esa anécdota que ya pasó a formar parte de la memoria de la familia. Aquí, repetimos cuando tenemos algún contratiempo, cuando algo nos sale mal, no se puede plantar nada.

Clara Abranhos

CUATRO VÍRGENES

La religión nos suministra a los ateos una felicidad que no sé si será de la misma índole que la que regala a los creyentes. Esos placeres de orden estético, como las iglesias, las catedrales, las capillas, los cuadros, las esculturas; la música o los textos inagotables de la Biblia, san Juan de la Cruz, san Agustín, fray Luis o santa Teresa, lo reconcilian a uno con el hecho religioso y está en un tris de pensar que a lo mejor tiene sentido eso de la trascendencia y el más allá pero luego ya se encargan la conferencia episcopal y la superstición de poner las cosas en su sitio y devolverte a la incredulidad y cierto escepticismo. Reflexioné al respecto al visitar hace pocos meses el museo de la Real Colegiata de san Isidoro, en León, donde admiré unos frescos que componen la denominada “Capilla Sixtina del Arte Románico”: a los españoles se nos da muy bien compararnos con lo foráneo. La majestuosidad granítica del Escorial hay que envolverla en el énfasis de “La Octava Maravilla del Mundo” (a estas alturas hay unas doscientas octavas maravillas) o la efervescencia cultural ourensana del siglo XX tiene que maquillarse con lo de “Atenas de Galicia” para darle prestancia. Lo cierto es que los frescos de la colegiata, nunca restaurados, son espléndidos y lo que más me llamó la atención son los doce medallones que representan la vida de los leoneses a lo largo de los doce meses del año, con las faenas agrícolas habituales de cada mes. Asimismo, en otra sala está expuesto un santo cáliz (otro más de los verdaderos santos cálices de la historia: si se reuniesen todos los “verdaderos” santos cálices del mundo, podría darse de beber a los miles de comensales que se agrupan cada verano en O Carballiño para asistir a la fiesta gastronómica del pulpo, igual que si empalmas todos los fragmentos de lignum crucis hallados hasta ahora, podría construirse un puente desde Vigo hasta las islas Cíes o desde Valencia hasta Mallorca, como decía aquella canción viejuna de los años sesenta del pasado siglo) realmente maravilloso. Otra de las salas excepcionales es la Biblioteca, que incluye más de trescientos incunables, ciento cincuenta códices, ochocientos pergaminos y una extraordinaria biblia visigótico-mozárabe del siglo X, entre otras joyas. Mi sorpresa fue el comentario de la guía, una chica que me pareció una profesional excelente, concisa en la exposición y que suministraba cualquier detalle aunque no tuviese que ver directamente con lo que estábamos visitando, además de demostrar sin alardes unos conocimientos de historia más que notables, quien nos hizo reparar en una talla de una virgen llamada La Virgen de los Buenos Libros; pude comprobar posteriormente que hay vírgenes con esa hermosa denominación en otros lugares de España. El nombre de la virgen que presidía la Biblioteca me hizo pensar en otra virgen cuyo nombre me parece el más hermoso que escuché nunca para la madre de Jesús: La Virgen de los Ojos Grandes, adscrita a la catedral de Lugo: tanto la denominación de Virgen de los Buenos Libros como Virgen de los Ojos Grandes tienen unas reminiscencias poéticas y de carácter laico que me agradan enormemente. Mientras escribo, se me viene a la mente otro nombre sencillo y próximo: La Virgen de la Leche, cuyas reproducciones pueden adquirirse en el monasterio de Oseira. Pero como observo que, pese a mi ateísmo militante y con diplomatura por la Universidad de Amherst donde se imparten clases de Literatura de la Locura, estoy haciendo un panegírico de peligroso sincretismo que puede adscribirme, a ojos de quien no me conozca, a alguna cofradía, muchas de las cuales tienen asimismo nombres poéticos, apunto para terminar que realmente la virgen que más me atrae de todas las que conozco es La Virgen de los Sicarios, novela de Fernando Vallejo, autor colombiano que cree en Dios pero no en la Iglesia, y que tiene la humanidad torturada en la que solemos desenvolvernos en el día a día. Termino pidiendo perdón por el exceso de mayúsculas del artículo, acaso reminiscencias de un tiempo donde todo se escribía con el énfasis de las mayúsculas para darle una impostada trascendencia a lo que no la tiene: la vida suele caligrafiarse con minúsculas. De cualquier forma, espero que La Virgen de los Buenos Libros proteja indefinidamente a quienes los escriben y a quienes los leen, a quienes los venden y a quienes los editan, creyentes o no, porque me temo que vienen, si ya no están aquí, malos tiempos para esas actividades.

UN PASTICHE

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que esparce minúsculas gotitas de agua. Las gafas le cuelgan del cuello y a veces detiene su quehacer, mira a su alrededor con ojos ensimismados y fuma un cigarrillo que deja en el cenicero o se acaricia el desorden de la barba. Tiene el pelo largo y aspecto de extranjero, como un gigante que llegara de repente y sin saber cómo a un país de enanos ignorando su idioma y sus costumbres, como un personaje de Swift. Esporádicamente, con lentitud, bebe una cerveza y después retoma la rutina de escribir a bolígrafo en una libreta de espiral de tapa roja. “Hubo un tiempo en que a lo mejor veía duro, tal vez porque todavía era capaz de mirar, y el que mira ve dos veces, ve lo que está viendo y además es lo que está viendo o por lo menos podría serlo o querría serlo o querría no serlo, todas ellas maneras sumamente filosóficas y existenciales de situarse y de situar el mundo.” El sujeto enorme acaba de redactar esa frase de un tirón, sin levantar la vista del papel; le da un sorbo a la cerveza, coge el cigarrillo y observa a un hombre que camina lentamente por la acera: su aspecto le resulta familiar, algo insólito (si lo insólito no es lo habitual que no queremos comprender) para un gigante extranjero que acaba de ingresar en un país de enanos. El tipo grande contempla los círculos que la espuma deja en el vaso y apaga el cigarrillo; luego escribe. “Pero ese sujeto un día hacia los veinte años empezó a no mirar más, porque en realidad tenía la piel suavecita y las últimas veces que había querido mirar de frente el mundo, la visión le había tajeado la piel en dos o tres sitios y naturalmente…” y suspende la escritura para observar al hombre otra vez, observar su espalda ya lejana y corroborar o revocar la sensación de familiaridad imposible que creyó descubrir, para lo cual se coloca las gafas que cuelgan del cuello con un cordoncito, se pasa una mano por el cabello abundante, suelta las gafas cuando el paseante dobla la esquina y bebe un trago de cerveza. Enciende otro cigarrillo, gira el rostro para que el polvo de agua lo refresque y reinicia la tarea. “…entonces una mañana empezó solamente a ver, cuidadosamente a nada más que ver, y por supuesto desde entonces todo lo que veía lo veía blando, lo ablandaba con solo verlo, y él estaba contento porque no le gustaban de ninguna manera las cosas duras” y cesa su actividad porque en la acera de enfrente, la que rodea el perímetro del parque, acaba de instalar su tinglado un individuo manco y barbudo, un cronopio, sin duda, y el grandón, divertido y con algo de asombro porque barrunta un espectáculo único y él adora los espectáculos únicos, tan poco frecuentes, cierra la libreta, encaja el bolígrafo en la espiral y mira cómo el manco empieza a tocar el teclado con la mano superviviente y al escuchar los compases iniciales el gigante casi estornuda de gozo porque reconoce de inmediato la melodía de Bye Bye Blackbird, de Dixon y Henderson, que se sabe de memoria porque docenas de veces se la escuchó tocar al glorioso Miles Davis, como si el manco supiese que un gigante ultramarino acaba de llegar al país de los enanos y hubiera que agasajarlo como corresponde e incurre en el jazz que es la verdadera patria del coloso y acerca del cual éste garabateó centenares (o menos) de páginas y el grandullón, mientras escucha, le señala el vaso vacío al camarero que experto en lenguaje de signos y en veleidades espiritosas, tarda lo mismo en satisfacerlo que Usain Bolt en recorrer los doscientos metros lisos por lo cual el grandote deduce que la cerveza no ha sido tirada ritualmente pero qué más da cuando un manco ejecuta, casi literalmente, a Miles Davis, ayudándose, en vacíos interludios improvisados a base de silencios que no figuran en pentagrama alguno, de la impagable cooperación alcohólica que le proporciona una botella de pitarra, a resultas de lo cual, una vez fallecido Davis, se abre una breve eternidad de suspense que provoca un aplauso mayoritario y casi unánime, un claclaclá que espanta a las palomas cojoneras y alborota el polvo de agua en el que, quépena, no se refleja el arcoíris. El gigantón aplaude fervoroso y sonriente recuerda a las muchedumbres fervorosas y sonrientes que aplaudían en las veladas del Luna Park y comprende o más bien se ratifica en la idea de que no existe el azar y quién lo iba a decir, cuando salió de su piso parisino para buscar al gato que huyó por las escaleras, que tras la pista del felino iba a recorrer sin darse cuenta kilómetros y kilómetros para llegar a un parque de una ciudad desconocida donde un músico manco está tocando, calamitosamente pero no importa, una pieza para piano de Erik Satie, reconoce, pese a su torpe ejecución, Première pensée rose‑croix, interrumpida, dita sea, de forma grosera y dictatorial por dos miembros de la policía, más que probables famas, que invitan al artista a recoger sus pertenencias, apilarlas en el modesto carro en el que las transporta (porque la música ambulante no genera fortunas exageradas que permitan la adquisición de medios de transporte más lujosos como una limusina, sino que obliga al intérprete a gambetear la pobreza en carros con ejes desengrasaos), y acompañarlos a comisaría en medio de las protestas del público defraudado que silba e insulta a la autoridad competente o incompetente, a saber, cabrones, hijosputa y todas esas zalamerías. El gigante, amilanado por sentirse extranjero en un país de enanos, por una vez no toma partido a favor de la víctima atropellada, bebe despacio la cerveza, abre la libreta de espiral de tapa roja y sigue a lo suyo. “¿Qué hacer con mi amigo? Nada, claro. En todo caso verlo pero nunca mirarlo; ¿cómo, pregunto, podríamos mirarlo sin la más leve amenaza de disolución? El que solamente ve, solamente ha de ser visto; moraleja melancólica y prudente que va, me temo, más allá de las leyes de la óptica.”

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que disemina minúsculas gotitas de agua, un polvillo casi invisible en la tarde que se está poniendo y cuando decline definitivamente, piensa el grandote parafraseando a Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor y como el examinador no otorgue un aprobado general, nos vemos en septiembre, cavila el gigante que recoge sus enseres, se pone las gafas, yergue su inmensa estatura y camina decidido sin saber a dónde, que es la forma más segura de caminar, mientras especula con la posibilidad de escribir un cuento acerca de un boludo y cronopio pianista manco no bien encuentre el camino de regreso para volver a París que ya va a ser hora de su cita con la Maga en Pont des Arts.

LIBROS

Alfonso Armada, director del ABC Cultural, tuvo la generosidad de mencionar Nembrot en esta lista de libros del año 2016. Mi agradecimiento.

Libros Bárbaros de 2016

PERDEDORES

Hay tal enfermiza (y quizá bendita) fascinación por los personajes perdedores en el mundo de la cultura y, concretamente, en la literatura que podíamos afirmar, con escaso margen de error, que la buena literatura se ocupa de la desdicha y la mala de la felicidad. Claro que habría que matizar con contundencia qué significa exactamente perdedores y me da una pereza horrible. Perdedores en su día fueron Kafka y Van Gogh, por citar dos ejemplos. La manida sentencia inaugural de Anna Karénina (“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”) de Tólstoi acostumbra a ser una premisa sobre la que se sustenta buena parte de la literatura. Este preliminar viene a cuento porque hace unos meses leí un reportaje acerca de un ciclista que se había especializado durante años en convertirse en el farolillo rojo del Tour de Francia, con la misma dedicación, la misma entereza y el mismo planteamiento que podía emplear Eddy Mercks en ganar cinco veces la carrera francesa. Por perversión o por carácter siempre he admirado a ese tipo de gente, al corredor que, sin ser descalificado por llegar fuera del control, era capaz de mantener una inteligente estrategia para ser el último de la carrera y pienso que merecía estar en el podio junto con los galardonados en París. Es cierto que nos atraen, en general, las figuras deportivas que se convirtieron en leyenda: Hinault, Anquetil, Indurain, pero en la memoria de este corazoncito que cualquier día hará pum, fabriqué una hornacina acogedora para otro tipo de ciclistas: el grandioso Poulidor que siempre llegaba detrás de Anquetil, Bugno a la estela de Miguelón (aunque, a la postre, Pou Pou y Gianni Bugno figuran en la lista de los grandes) y, sobre todo, para los gregarios, esos corredores grises que se retrasaban, bajaban hasta el coche del equipo, se abastecían de bebida y comida y volvían a ponerse en cabeza para satisfacer las exigencias y las necesidades de la estrella del equipo. Sin ellos no pocos desfallecimientos jalonarían la trayectoria de los grandes vencedores del Tour, del Giro, de la Vuelta a España. Son  corredores que una vez facturado su gris papel, se rezagan al escalar un puerto y van dando bandazos de un lado a otro de la carretera y que alcanzan la meta exhaustos pero no derrotados, sabiendo que al día siguiente deberán llevar a cabo su trabajo de galeotes sin otro premio que eso tan lábil de “la satisfacción del deber cumplido”. Los heroicos ciclistas de la sombra que pocas veces son citados en las crónicas deportivas. Cualquiera de ellos es infinitamente mejor que Lance Armstrong que ahora reconoce, a destiempo, que resulta imposible ganar siete tours sin recurrir a sustancias dopantes; lo curioso es que, estando como estaba el ciclismo bajo sospecha, cuando más de uno nos atrevimos a decir eso, que el estadounidense iba ciego cada vez que acudía a Francia como el yonqui busca al camello, nos reprochaban nuestro chovinismo (a ti lo que te molesta es que bata el récord de Indurain) o nuestro desprecio por Estados Unidos (claro, como es de Estados Unidos y tú eres un rojo de mierda que cree que ese país es imperialista; si fuese un ruso no dirías lo mismo (¿?)). La verdad es que desde los años ochenta, por lo menos, pongo en duda que ciclista alguno, ni el que gana la carrera ni el que abastece de bidones a su jefe de filas, no eche mano de algún suplemento extra para hacer frente a una prueba donde se pasa de los cien metros de altitud a los dos mil quinientos, donde durante tres semanas corres con treinta y ocho grados un día y al otro con diez, donde ruedas a la orilla del mar y en la siguiente etapa en una cumbre nevada. Es la misma esencia del ciclismo, que exige monstruosidades más allá del sentido común (como, en general, casi todas las disciplinas deportivas actuales) la que provoca que los deportistas recurran a lo que un médico sin entrañas ni conciencia ponga a su disposición. Hace ya muchos años que alguien vinculado al mundo del ciclismo profetizó que un ganador de un Tour necesitaba tantas sustancias perjudiciales para el organismo, que sería raro que viviese más allá de los sesenta años. La gloria a tu alcance si cierras los ojos y no piensas en el futuro: la tentación es enorme. En cualquier actividad se forjan esos semidioses que viven a la sombra de los dioses y que sustentan las columnas del edificio. Por perversión, como dije antes, cuando asisto a una final de la Liga de Campeones o Chámpions Li, no puedo dejar de pensar en el equipo vencido, en esos hombres que se sientan en el césped y lloran como niños mientras los triunfadores celebran la conquista de la Copa con la paletada del oeeeeé, oeeeeeé, oeeeé, oé. Que es que se me va al corazoncito del carajo a arropar al púgil que quedó tendido en la lona en tanto el árbitro levanta el brazo del ganador aunque éste haya sido el grandioso Muhammad Alí. En la historia del fútbol deberían seguir existiendo unos premios a la deportividad como había antaño y que se otorgaban, por lo general, al delantero que tiraba un penalti fuera porque el árbitro se había equivocado al señalarlo o al futbolista que encaraba la portería rival y al ver que el portero en su salida se tropezaba y quedaba en el suelo mandaba el balón a la grada porque no quería aprovecharse del traspié del rival. Sé que aún quedan futbolistas así que de vez en cuando hacen honor a la esencia del deporte, ese deporte hoy tan cargado de connotaciones económicas que es imposible imaginarse una generosidad de semejante calibre en un partido de fútbol.

Post Data: ¿Hay algo más hermoso que la entereza de un equipo de fútbol como Os Chaos (Amoeiro, Ourense), que jamás ganan ni empatan un partido, que pierden por goleada, que pueden llegar a final de temporada con diez goles a favor y dos centenares en contra y, pese a todo, siguen desde hace años, domingo a domingo, saltando al campo con orgullo? ¿Algo más heroicamente conmovedor que Eric Moussambani nadando los cien metros en los JJ.OO. de Sidney en más de 1 minuto y 52 segundos como si buscase en la orilla una isla en la que asilarse? Pues ahí quería ir a parar después de tan largo artículo.

DOS ASUNTOS BREVES

1.-De patrias “El portero del edificio colindante con el que vivía Lennon cuando fue abatido por David Chapman, había bebido el día anterior al asesinato un café con un vendedor de periódicos de ascendencia gallega al que el exbeatle le compró un ejemplar del New York Times”: y con un titular así (ficticio), se establece una línea fragilísima pero inapelable de relación entre John Lennon y Galicia: sin dicho nexo (exageremos, que para eso está el idioma) el de Liverpool jamás hubiera escrito Imagine. ¡Galicia calidade, coño! Cuando cada día las fronteras son más lábiles, uno se encuentra en los diarios noticias de ese jaez, buscando las raíces (en este caso gallegas) o los vínculos con alguien famoso como si eso engrandeciera el borroso concepto de  “Galicia”. Al paso que vamos, aparecerán establecimientos hosteleros (preferiblemente de Santiago) donde pueda leerse en el pórtico: “Aquí meó Bertín Osborne” o algo similar. Aunque sería más hermoso encontrarse con alguno que reivindicara, jactancioso, “Aquí no comió Hemingway”, como el que hay en las inmediaciones de la Plaza Mayor de Madrid: el orgullo de la humildad. Pero esa búsqueda incesante de filiaciones más o menos dudosas, sólo ocurre cuando la persona cuyas raíces se estudian pertenece al bando del éxito, aunque sin descartar el de los asesinos en serie: resulta extraño que a estas alturas nadie haya hurgado en la genealogía de los salvajes que perpetraron la carnicería en Puerto Hurraco para descubrir que antes de cometer semejante tropelía habían consumido previamente una garrafa de aguardiente de hierbas de Castrelo de Miño, por ejemplo, o unas botellas de licor café de Loiro, de fama mundial, por supuesto, que hay un mendigo en Moscú que pasó varios años en Palas de Rei y que se atiborra de esa bebida para soportar los fríos inviernos y los veranos menos fríos y las inestables primaveras y los breves otoños y a quien todos en la capital rusa conocen por el apodo de “O galego”. Me temo que cuando mi adorada Susan Sarandon muera algún visionario establecerá su correspondencia con Galicia puesto que en el trayecto Ourense-Santiago, por la antigua y hermosa carretera, uno se encuentra con dos pueblos, casi consecutivos, cuyos nombres son Susana y Sarandon. Pero siempre habrá alguien más osado, como ese historiador/visionario catalán, por llamarlo de alguna manera, que afirma tajantemente que Cervantes y Santa Teresa son catalanes; seguramente está investigando la estirpe de Einstein para descubrir que Albert nació en Sant Cugat y fue socio del Barça hasta su muerte. Es más, como habían inventado de forma miserable con la muerte de Cela, que según su fiel compañera Marina Castaño profirió antes de morir aquellas dos inolvidables sentencias (“Marina, te quiero” y “Viva Iria Flavia”), Einstein, en su lecho de muerte, gritó “¡Viva la República Independiente de Catalunya!”. Empiezo a sospechar que el primer caganer de la historia responde a un diseño de Leonardo da Vinci, que pasó largas temporadas en Platja d’Aro. Con dos cojones.

2.-De correcciones Hace meses escribió un artículo Javier Marías en El País Semanal (si no fue él, fue Pérez‑Reverte en otro suplemento: no importa mucho el autor, en este caso) en el que insertaba una frase que venía a decir (lamento no poder transcribirla literalmente) que una determinada situación era un cáncer para nuestra sociedad (supongo que sería la corrupción o algo de ese jaez). A la semana siguiente, en la sección Cartas al Director una persona manifestó su protesta porque el novelista había jugado con la palabra cáncer, una enfermedad lamentablemente común y que, según no sé qué periódico, padecerán (padeceremos) uno de cada tres españoles. La reconvención me parece muy traída por los pelos ya que no estaba en el ánimo del señor Marías injuriar o denigrar a nadie sino que echaba mano de una expresión coloquial para alertar a sus lectores de algo que él consideraba grave. Eso denominado corrección política es un eufemismo (una pijada) bajo el cual se agazapa la censura pero lo grave (acojonante) es que ya no existe (espero y deseo) la figura del censor sino que es la misma (puta) sociedad quien establece los límites dentro de los cuales uno debe manejarse con prudencia que no es tal sino gazmoñería. Si nos ponemos tiquismiquis (tocapelotas) habría que reescribir todo, desde la Biblia hasta Bukowski, más o menos, y sólo se salvaría El divino impaciente de Pemán. Porque una expresión desafortunada como “gocé como una perra” no sé a quién exaltaría pero algún (jodido) miembro de alguna asociación animalista pondría el grito en el cielo por involucrar a un tierno cuadrúpedo en el acto sexual (o sea, lo que vulgarmente se denomina un polvo o un kiki, entre otras muchas y variopintas acepciones). Así que hay que expresarse, según algunos, con sumo cuidado, cogiéndosela con papel de fumar, porque cualquier palabra es susceptible de herir sensibilidades y escrúpulos. Evite usted incurrir en lo de “es un trabajo de chinos” no vaya a ser que vejemos a ese pueblo asiático. Cualquier día no podremos pedir chorizos en una tienda porque alguien asegurará que estamos haciendo una velada crítica a buena parte de la clase política. Pero a éste no sé si darle la razón.