El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

DICCIONARIOS

Ahora que parece que las discusiones acerca de las ventajas del libro de papel sobre el electrónico, o viceversa, ya no se enconan como hace años, cuando muchos proclamaron la desaparición de los primeros y la prevalencia de los segundos, y mientras aguardamos ese futuro más o menos apocalíptico sentados en el velador de un bar leyendo un periódico que huele a tinta, se puede pensar en que sí hay una cuestión en la que el papel es infinitamente superior al libro electrónico: los diccionarios. Es cierto que cualquier persona conectada a un dispositivo electrónico tiene a su alcance el diccionario de la DRAE (aparte de otros muchos, por ejemplo, de idiomas) y que resulta una ayuda inestimable para quienes viajan y no pueden desplazarse con un tocho de semejante enjundia; e incluso estando en casa y ejerciendo una labor sedentaria como la lectura, tener abierto un diccionario electrónico proporciona rapidez y eficacia, además de comodidad, porque uno no se ve obligado a echar mano del diccionario de papel, perder el tiempo buscando la palabra que necesitamos y regresar a la lectura. Pero el intríngulis (palabra fea donde las haya) de lo hasta ahora expuesto estriba en la locución “perder el tiempo” que colé antes de matute. Porque cuando uno investiga un diccionario electrónico, en la casilla correspondiente escribe la palabra que necesita, por ejemplo, presbiterio, y descubre lo siguiente: (Del lat. presbyterĭum, y este del gr. πρεσβυτέριον). 1. m. Área del altar mayor hasta el pie de las gradas por donde se sube a él, que regularmente suele estar cercada con una reja o barandilla. 2. m. Reunión de los presbíteros con el obispo. Y regresa a su ocupación lectora. Sin embargo, si usted está tranquilamente leyendo (en papel o en formato digital) un libro y se encuentra con una palabra que no entiende, por ejemplo, coñazo, si es que hay alguien que ignore lo que significa, y ojea un diccionario convencional, hallará los siguientes resultados: 1. m. coloq. Persona o cosa latosa, insoportable. 2. m. vulg. Ven. Golpe fuerte. Pero ahora, con el diccionario de papel, tiene usted la oportunidad de perderse en el significado de otras palabras que atraigan su atención en tanto que en el digital uno busca la palabra exacta, la que necesita, y no sigue hurgando en otras colindantes que reclamen su significado. No resulta insólito que, con cierta frecuencia, uno hojee el diccionario persiguiendo el significado de una palabra y se sorprenda al cabo de un rato apuntando el de otras, como esos libros que uno lee y que después lo llevan a otros o como ese bar al que acudes y del que sales con la necesidad de hacer escala en el siguiente. A una de esas preguntas insólitas (seamos benévolos) que se les suelen hacer a los escritores (“¿y usted qué libro se llevaría a una isla desierta?”) creo que fue García Márquez quien respondió que un diccionario; no parece una mala elección: en un diccionario se condensa buena parte de nuestra lengua que es, en el fondo, nuestra seña de identidad. Transitar por un diccionario es como hacerlo por un país que conocemos mal y en cada recodo te encuentras con una sorpresa, con algo imprevisto, sin cartel de Finis Terrae porque las posibilidades de un idioma son ilimitadas. Y perdón por el pestiño, (del lat. pistus, majado, batido). 1. m. Fruta de sartén, hecha con porciones pequeñas de masa de harina y huevos batidos, que después de fritas en aceite se bañan con miel. 2. m. coloq. Persona o cosa pesada, latosa o aburrida. Feliz viaje por el diccionario.

EL MAR

Mi madre se quedó viuda muy joven, a los 22 años, a causa de un accidente laboral de su marido que había emigrado a Cataluña a principios de los años cincuenta. A cargo de dos hijas de dos y cuatro años, no tuvo más remedio que emplearse a fondo no sólo en las tareas de casa sino en las del campo. Sólo años más tarde entendí aquel sacrificio brutal, inmisericorde, diario, como una esclavitud. Jamás quiso abandonar la aldea salvo para ir a Sabadell a recoger el cadáver de su marido dejándonos a ambas a cargo de los abuelos, esas figuras complementarias que hoy, por la situación económica, vuelven a ser actores principales de la sociedad. Pasaron los años, pasaron muchos años, y mi madre permanecía en el pueblo, firme como un roble largamente enraizado, sin querer venir a vivir con nosotros a la ciudad. “Tengo”, decía, “que cuidar a vuestro padre” y todos los sábados iba al cementerio, renovaba las flores, rezaba y volvía desde el atrio de la iglesia a casa como si hubiese estado conversando con papá, del que mi hermana y yo sólo teníamos la referencia en blanco y negro de una foto enviada desde Sabadell a poco de llegar allí. Cuando le preguntaba por las fotografías de la boda, mamá respondía evasivamente algo como “estarán por ahí” o “ya las buscaré con calma otro día”, como si la memoria fuese un territorio hostil. Un verano, cuando ella cumplió los ochenta años, logré convencerla para que nos acompañara a mi marido y a mí y a nuestros hijos a la playa; rezongó, claro, que quién iba a cuidar la casa, a reponer las flores del cementerio, a dar de comer a los gatos, a regar los tomates, las lechugas, los pimientos, las cebollas: sabía de su papel en el mundo, en su pequeño mundo, y, creo yo, pensaba que si ella no estaba allí, en ese mundo limitado pero a la vez infinito, todo se iría al traste. Recuerdo aquel viaje con memoria minuciosa, casi obsesiva: el trayecto desde el interior hasta la playa a mamá se le antojó un infierno; acostumbrada a realizar mil trabajos al ritmo lento del pueblo, viajar en coche le parecía, pienso, una manera de acelerar el tránsito hacia la muerte. Al llegar, dejé a mi marido con los niños en casa, abriendo las maletas, y quise estar yo sola en el instante en el que mamá viese por primera vez el mar. Atardecía en un cielo limpio, transparente, y cogidas del brazo, caminamos sin prisa hasta la playa casi vacía a causa de una brisa fuerte que espantaba a los veraneantes. Sentía una sensación inédita: a esa mujer que me había enseñado tantas cosas que jamás podría olvidar, yo tenía la oportunidad de enseñarle ahora algo que ella desconocía, de la que no tenía referencia. Le devolvía un favor mínimo a cambio de los mil favores impagables que mi hermana y yo habíamos recibido. Llegamos a la playa: podría extenderme en detalles como si aquella tarde fuese un cuadro que uno ve mil veces en un museo y acaba memorizando: podría hablar de las gaviotas, de una nube con una forma extraña, del color dorado de la arena, de la superficie del mar levemente arrugada, del contorno de la isla al fondo, del olor indescriptible del mar. Nos adentramos en el arenal y cogí la mano derecha de mamá que temblaba ya muy suavemente; me pregunté hasta cuándo la vida me seguiría proporcionando el regalo de aquel contacto cálido, protector, pero que, en cierta medida, dependía cada vez más de mí. Nos sentamos en una barca puesta del revés. Estúpidamente, como un cicerone que no sabe nada del monumento que debe explicar a los turistas, sólo acerté a decir “el mar, mamá, mira, es el mar”. Ella permaneció en silencio, como si la visión abrumadora de algo hasta entonces desconocido, no requiriese palabras, como si hablar fuese un acto que vulnerase el equilibrio de aquel instante mágico en el que el mundo parecía estar en paz consigo mismo. La miraba de reojo y no sé por qué, tuve la sensación de que mamá lloraba sin dejar salir una lágrima, como seguramente había hecho al recoger el cadáver de mi padre cincuenta años atrás. El instante se revestía de una solemnidad dolorosa. Y, claro, tanta solemnidad puede ser tediosa, como esas misas que se prolongan eternamente con una homilía excesiva o una sesión parlamentaria. Y alguien tenía que restarle solemnidad al anaranjado atardecer que iba cayendo sobre nosotras. Fue ella. Mamá bajó la cabeza como si una visión breve del mar ya hubiese sido suficiente para captar toda su belleza, todo su significado, todo su simbolismo; metió la punta del pie derecho en la arena, lo balanceó hacia adelante como un niño pequeño que intenta una patada inexperta y fallida a un balón y dijo: “Esta tierra es una porquería, aquí no se puede plantar nada”. Me reí con una felicidad cómplice: la medida del mundo de mi madre estribaba en lo sólido, en la tierra, y no en ese mar cuyo vaivén seguramente ella no entendería. Con frecuencia, desde que ella no está, mi hermana y yo nos relatamos esa anécdota que ya pasó a formar parte de la memoria de la familia. Aquí, repetimos cuando tenemos algún contratiempo, cuando algo nos sale mal, no se puede plantar nada.

Clara Abranhos

CUATRO VÍRGENES

La religión nos suministra a los ateos una felicidad que no sé si será de la misma índole que la que regala a los creyentes. Esos placeres de orden estético, como las iglesias, las catedrales, las capillas, los cuadros, las esculturas; la música o los textos inagotables de la Biblia, san Juan de la Cruz, san Agustín, fray Luis o santa Teresa, lo reconcilian a uno con el hecho religioso y está en un tris de pensar que a lo mejor tiene sentido eso de la trascendencia y el más allá pero luego ya se encargan la conferencia episcopal y la superstición de poner las cosas en su sitio y devolverte a la incredulidad y cierto escepticismo. Reflexioné al respecto al visitar hace pocos meses el museo de la Real Colegiata de san Isidoro, en León, donde admiré unos frescos que componen la denominada “Capilla Sixtina del Arte Románico”: a los españoles se nos da muy bien compararnos con lo foráneo. La majestuosidad granítica del Escorial hay que envolverla en el énfasis de “La Octava Maravilla del Mundo” (a estas alturas hay unas doscientas octavas maravillas) o la efervescencia cultural ourensana del siglo XX tiene que maquillarse con lo de “Atenas de Galicia” para darle prestancia. Lo cierto es que los frescos de la colegiata, nunca restaurados, son espléndidos y lo que más me llamó la atención son los doce medallones que representan la vida de los leoneses a lo largo de los doce meses del año, con las faenas agrícolas habituales de cada mes. Asimismo, en otra sala está expuesto un santo cáliz (otro más de los verdaderos santos cálices de la historia: si se reuniesen todos los “verdaderos” santos cálices del mundo, podría darse de beber a los miles de comensales que se agrupan cada verano en O Carballiño para asistir a la fiesta gastronómica del pulpo, igual que si empalmas todos los fragmentos de lignum crucis hallados hasta ahora, podría construirse un puente desde Vigo hasta las islas Cíes o desde Valencia hasta Mallorca, como decía aquella canción viejuna de los años sesenta del pasado siglo) realmente maravilloso. Otra de las salas excepcionales es la Biblioteca, que incluye más de trescientos incunables, ciento cincuenta códices, ochocientos pergaminos y una extraordinaria biblia visigótico-mozárabe del siglo X, entre otras joyas. Mi sorpresa fue el comentario de la guía, una chica que me pareció una profesional excelente, concisa en la exposición y que suministraba cualquier detalle aunque no tuviese que ver directamente con lo que estábamos visitando, además de demostrar sin alardes unos conocimientos de historia más que notables, quien nos hizo reparar en una talla de una virgen llamada La Virgen de los Buenos Libros; pude comprobar posteriormente que hay vírgenes con esa hermosa denominación en otros lugares de España. El nombre de la virgen que presidía la Biblioteca me hizo pensar en otra virgen cuyo nombre me parece el más hermoso que escuché nunca para la madre de Jesús: La Virgen de los Ojos Grandes, adscrita a la catedral de Lugo: tanto la denominación de Virgen de los Buenos Libros como Virgen de los Ojos Grandes tienen unas reminiscencias poéticas y de carácter laico que me agradan enormemente. Mientras escribo, se me viene a la mente otro nombre sencillo y próximo: La Virgen de la Leche, cuyas reproducciones pueden adquirirse en el monasterio de Oseira. Pero como observo que, pese a mi ateísmo militante y con diplomatura por la Universidad de Amherst donde se imparten clases de Literatura de la Locura, estoy haciendo un panegírico de peligroso sincretismo que puede adscribirme, a ojos de quien no me conozca, a alguna cofradía, muchas de las cuales tienen asimismo nombres poéticos, apunto para terminar que realmente la virgen que más me atrae de todas las que conozco es La Virgen de los Sicarios, novela de Fernando Vallejo, autor colombiano que cree en Dios pero no en la Iglesia, y que tiene la humanidad torturada en la que solemos desenvolvernos en el día a día. Termino pidiendo perdón por el exceso de mayúsculas del artículo, acaso reminiscencias de un tiempo donde todo se escribía con el énfasis de las mayúsculas para darle una impostada trascendencia a lo que no la tiene: la vida suele caligrafiarse con minúsculas. De cualquier forma, espero que La Virgen de los Buenos Libros proteja indefinidamente a quienes los escriben y a quienes los leen, a quienes los venden y a quienes los editan, creyentes o no, porque me temo que vienen, si ya no están aquí, malos tiempos para esas actividades.

UN PASTICHE

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que esparce minúsculas gotitas de agua. Las gafas le cuelgan del cuello y a veces detiene su quehacer, mira a su alrededor con ojos ensimismados y fuma un cigarrillo que deja en el cenicero o se acaricia el desorden de la barba. Tiene el pelo largo y aspecto de extranjero, como un gigante que llegara de repente y sin saber cómo a un país de enanos ignorando su idioma y sus costumbres, como un personaje de Swift. Esporádicamente, con lentitud, bebe una cerveza y después retoma la rutina de escribir a bolígrafo en una libreta de espiral de tapa roja. “Hubo un tiempo en que a lo mejor veía duro, tal vez porque todavía era capaz de mirar, y el que mira ve dos veces, ve lo que está viendo y además es lo que está viendo o por lo menos podría serlo o querría serlo o querría no serlo, todas ellas maneras sumamente filosóficas y existenciales de situarse y de situar el mundo.” El sujeto enorme acaba de redactar esa frase de un tirón, sin levantar la vista del papel; le da un sorbo a la cerveza, coge el cigarrillo y observa a un hombre que camina lentamente por la acera: su aspecto le resulta familiar, algo insólito (si lo insólito no es lo habitual que no queremos comprender) para un gigante extranjero que acaba de ingresar en un país de enanos. El tipo grande contempla los círculos que la espuma deja en el vaso y apaga el cigarrillo; luego escribe. “Pero ese sujeto un día hacia los veinte años empezó a no mirar más, porque en realidad tenía la piel suavecita y las últimas veces que había querido mirar de frente el mundo, la visión le había tajeado la piel en dos o tres sitios y naturalmente…” y suspende la escritura para observar al hombre otra vez, observar su espalda ya lejana y corroborar o revocar la sensación de familiaridad imposible que creyó descubrir, para lo cual se coloca las gafas que cuelgan del cuello con un cordoncito, se pasa una mano por el cabello abundante, suelta las gafas cuando el paseante dobla la esquina y bebe un trago de cerveza. Enciende otro cigarrillo, gira el rostro para que el polvo de agua lo refresque y reinicia la tarea. “…entonces una mañana empezó solamente a ver, cuidadosamente a nada más que ver, y por supuesto desde entonces todo lo que veía lo veía blando, lo ablandaba con solo verlo, y él estaba contento porque no le gustaban de ninguna manera las cosas duras” y cesa su actividad porque en la acera de enfrente, la que rodea el perímetro del parque, acaba de instalar su tinglado un individuo manco y barbudo, un cronopio, sin duda, y el grandón, divertido y con algo de asombro porque barrunta un espectáculo único y él adora los espectáculos únicos, tan poco frecuentes, cierra la libreta, encaja el bolígrafo en la espiral y mira cómo el manco empieza a tocar el teclado con la mano superviviente y al escuchar los compases iniciales el gigante casi estornuda de gozo porque reconoce de inmediato la melodía de Bye Bye Blackbird, de Dixon y Henderson, que se sabe de memoria porque docenas de veces se la escuchó tocar al glorioso Miles Davis, como si el manco supiese que un gigante ultramarino acaba de llegar al país de los enanos y hubiera que agasajarlo como corresponde e incurre en el jazz que es la verdadera patria del coloso y acerca del cual éste garabateó centenares (o menos) de páginas y el grandullón, mientras escucha, le señala el vaso vacío al camarero que experto en lenguaje de signos y en veleidades espiritosas, tarda lo mismo en satisfacerlo que Usain Bolt en recorrer los doscientos metros lisos por lo cual el grandote deduce que la cerveza no ha sido tirada ritualmente pero qué más da cuando un manco ejecuta, casi literalmente, a Miles Davis, ayudándose, en vacíos interludios improvisados a base de silencios que no figuran en pentagrama alguno, de la impagable cooperación alcohólica que le proporciona una botella de pitarra, a resultas de lo cual, una vez fallecido Davis, se abre una breve eternidad de suspense que provoca un aplauso mayoritario y casi unánime, un claclaclá que espanta a las palomas cojoneras y alborota el polvo de agua en el que, quépena, no se refleja el arcoíris. El gigantón aplaude fervoroso y sonriente recuerda a las muchedumbres fervorosas y sonrientes que aplaudían en las veladas del Luna Park y comprende o más bien se ratifica en la idea de que no existe el azar y quién lo iba a decir, cuando salió de su piso parisino para buscar al gato que huyó por las escaleras, que tras la pista del felino iba a recorrer sin darse cuenta kilómetros y kilómetros para llegar a un parque de una ciudad desconocida donde un músico manco está tocando, calamitosamente pero no importa, una pieza para piano de Erik Satie, reconoce, pese a su torpe ejecución, Première pensée rose‑croix, interrumpida, dita sea, de forma grosera y dictatorial por dos miembros de la policía, más que probables famas, que invitan al artista a recoger sus pertenencias, apilarlas en el modesto carro en el que las transporta (porque la música ambulante no genera fortunas exageradas que permitan la adquisición de medios de transporte más lujosos como una limusina, sino que obliga al intérprete a gambetear la pobreza en carros con ejes desengrasaos), y acompañarlos a comisaría en medio de las protestas del público defraudado que silba e insulta a la autoridad competente o incompetente, a saber, cabrones, hijosputa y todas esas zalamerías. El gigante, amilanado por sentirse extranjero en un país de enanos, por una vez no toma partido a favor de la víctima atropellada, bebe despacio la cerveza, abre la libreta de espiral de tapa roja y sigue a lo suyo. “¿Qué hacer con mi amigo? Nada, claro. En todo caso verlo pero nunca mirarlo; ¿cómo, pregunto, podríamos mirarlo sin la más leve amenaza de disolución? El que solamente ve, solamente ha de ser visto; moraleja melancólica y prudente que va, me temo, más allá de las leyes de la óptica.”

Un tipo enorme está sentado a la mesa de la terraza de un bar, debajo de una sombrilla y cerca de un ventilador que disemina minúsculas gotitas de agua, un polvillo casi invisible en la tarde que se está poniendo y cuando decline definitivamente, piensa el grandote parafraseando a Juan de la Cruz, seremos examinados en el amor y como el examinador no otorgue un aprobado general, nos vemos en septiembre, cavila el gigante que recoge sus enseres, se pone las gafas, yergue su inmensa estatura y camina decidido sin saber a dónde, que es la forma más segura de caminar, mientras especula con la posibilidad de escribir un cuento acerca de un boludo y cronopio pianista manco no bien encuentre el camino de regreso para volver a París que ya va a ser hora de su cita con la Maga en Pont des Arts.

LIBROS

Alfonso Armada, director del ABC Cultural, tuvo la generosidad de mencionar Nembrot en esta lista de libros del año 2016. Mi agradecimiento.

Libros Bárbaros de 2016

PERDEDORES

Hay tal enfermiza (y quizá bendita) fascinación por los personajes perdedores en el mundo de la cultura y, concretamente, en la literatura que podíamos afirmar, con escaso margen de error, que la buena literatura se ocupa de la desdicha y la mala de la felicidad. Claro que habría que matizar con contundencia qué significa exactamente perdedores y me da una pereza horrible. Perdedores en su día fueron Kafka y Van Gogh, por citar dos ejemplos. La manida sentencia inaugural de Anna Karénina (“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”) de Tólstoi acostumbra a ser una premisa sobre la que se sustenta buena parte de la literatura. Este preliminar viene a cuento porque hace unos meses leí un reportaje acerca de un ciclista que se había especializado durante años en convertirse en el farolillo rojo del Tour de Francia, con la misma dedicación, la misma entereza y el mismo planteamiento que podía emplear Eddy Mercks en ganar cinco veces la carrera francesa. Por perversión o por carácter siempre he admirado a ese tipo de gente, al corredor que, sin ser descalificado por llegar fuera del control, era capaz de mantener una inteligente estrategia para ser el último de la carrera y pienso que merecía estar en el podio junto con los galardonados en París. Es cierto que nos atraen, en general, las figuras deportivas que se convirtieron en leyenda: Hinault, Anquetil, Indurain, pero en la memoria de este corazoncito que cualquier día hará pum, fabriqué una hornacina acogedora para otro tipo de ciclistas: el grandioso Poulidor que siempre llegaba detrás de Anquetil, Bugno a la estela de Miguelón (aunque, a la postre, Pou Pou y Gianni Bugno figuran en la lista de los grandes) y, sobre todo, para los gregarios, esos corredores grises que se retrasaban, bajaban hasta el coche del equipo, se abastecían de bebida y comida y volvían a ponerse en cabeza para satisfacer las exigencias y las necesidades de la estrella del equipo. Sin ellos no pocos desfallecimientos jalonarían la trayectoria de los grandes vencedores del Tour, del Giro, de la Vuelta a España. Son  corredores que una vez facturado su gris papel, se rezagan al escalar un puerto y van dando bandazos de un lado a otro de la carretera y que alcanzan la meta exhaustos pero no derrotados, sabiendo que al día siguiente deberán llevar a cabo su trabajo de galeotes sin otro premio que eso tan lábil de “la satisfacción del deber cumplido”. Los heroicos ciclistas de la sombra que pocas veces son citados en las crónicas deportivas. Cualquiera de ellos es infinitamente mejor que Lance Armstrong que ahora reconoce, a destiempo, que resulta imposible ganar siete tours sin recurrir a sustancias dopantes; lo curioso es que, estando como estaba el ciclismo bajo sospecha, cuando más de uno nos atrevimos a decir eso, que el estadounidense iba ciego cada vez que acudía a Francia como el yonqui busca al camello, nos reprochaban nuestro chovinismo (a ti lo que te molesta es que bata el récord de Indurain) o nuestro desprecio por Estados Unidos (claro, como es de Estados Unidos y tú eres un rojo de mierda que cree que ese país es imperialista; si fuese un ruso no dirías lo mismo (¿?)). La verdad es que desde los años ochenta, por lo menos, pongo en duda que ciclista alguno, ni el que gana la carrera ni el que abastece de bidones a su jefe de filas, no eche mano de algún suplemento extra para hacer frente a una prueba donde se pasa de los cien metros de altitud a los dos mil quinientos, donde durante tres semanas corres con treinta y ocho grados un día y al otro con diez, donde ruedas a la orilla del mar y en la siguiente etapa en una cumbre nevada. Es la misma esencia del ciclismo, que exige monstruosidades más allá del sentido común (como, en general, casi todas las disciplinas deportivas actuales) la que provoca que los deportistas recurran a lo que un médico sin entrañas ni conciencia ponga a su disposición. Hace ya muchos años que alguien vinculado al mundo del ciclismo profetizó que un ganador de un Tour necesitaba tantas sustancias perjudiciales para el organismo, que sería raro que viviese más allá de los sesenta años. La gloria a tu alcance si cierras los ojos y no piensas en el futuro: la tentación es enorme. En cualquier actividad se forjan esos semidioses que viven a la sombra de los dioses y que sustentan las columnas del edificio. Por perversión, como dije antes, cuando asisto a una final de la Liga de Campeones o Chámpions Li, no puedo dejar de pensar en el equipo vencido, en esos hombres que se sientan en el césped y lloran como niños mientras los triunfadores celebran la conquista de la Copa con la paletada del oeeeeé, oeeeeeé, oeeeé, oé. Que es que se me va al corazoncito del carajo a arropar al púgil que quedó tendido en la lona en tanto el árbitro levanta el brazo del ganador aunque éste haya sido el grandioso Muhammad Alí. En la historia del fútbol deberían seguir existiendo unos premios a la deportividad como había antaño y que se otorgaban, por lo general, al delantero que tiraba un penalti fuera porque el árbitro se había equivocado al señalarlo o al futbolista que encaraba la portería rival y al ver que el portero en su salida se tropezaba y quedaba en el suelo mandaba el balón a la grada porque no quería aprovecharse del traspié del rival. Sé que aún quedan futbolistas así que de vez en cuando hacen honor a la esencia del deporte, ese deporte hoy tan cargado de connotaciones económicas que es imposible imaginarse una generosidad de semejante calibre en un partido de fútbol.

Post Data: ¿Hay algo más hermoso que la entereza de un equipo de fútbol como Os Chaos (Amoeiro, Ourense), que jamás ganan ni empatan un partido, que pierden por goleada, que pueden llegar a final de temporada con diez goles a favor y dos centenares en contra y, pese a todo, siguen desde hace años, domingo a domingo, saltando al campo con orgullo? ¿Algo más heroicamente conmovedor que Eric Moussambani nadando los cien metros en los JJ.OO. de Sidney en más de 1 minuto y 52 segundos como si buscase en la orilla una isla en la que asilarse? Pues ahí quería ir a parar después de tan largo artículo.

DOS ASUNTOS BREVES

1.-De patrias “El portero del edificio colindante con el que vivía Lennon cuando fue abatido por David Chapman, había bebido el día anterior al asesinato un café con un vendedor de periódicos de ascendencia gallega al que el exbeatle le compró un ejemplar del New York Times”: y con un titular así (ficticio), se establece una línea fragilísima pero inapelable de relación entre John Lennon y Galicia: sin dicho nexo (exageremos, que para eso está el idioma) el de Liverpool jamás hubiera escrito Imagine. ¡Galicia calidade, coño! Cuando cada día las fronteras son más lábiles, uno se encuentra en los diarios noticias de ese jaez, buscando las raíces (en este caso gallegas) o los vínculos con alguien famoso como si eso engrandeciera el borroso concepto de  “Galicia”. Al paso que vamos, aparecerán establecimientos hosteleros (preferiblemente de Santiago) donde pueda leerse en el pórtico: “Aquí meó Bertín Osborne” o algo similar. Aunque sería más hermoso encontrarse con alguno que reivindicara, jactancioso, “Aquí no comió Hemingway”, como el que hay en las inmediaciones de la Plaza Mayor de Madrid: el orgullo de la humildad. Pero esa búsqueda incesante de filiaciones más o menos dudosas, sólo ocurre cuando la persona cuyas raíces se estudian pertenece al bando del éxito, aunque sin descartar el de los asesinos en serie: resulta extraño que a estas alturas nadie haya hurgado en la genealogía de los salvajes que perpetraron la carnicería en Puerto Hurraco para descubrir que antes de cometer semejante tropelía habían consumido previamente una garrafa de aguardiente de hierbas de Castrelo de Miño, por ejemplo, o unas botellas de licor café de Loiro, de fama mundial, por supuesto, que hay un mendigo en Moscú que pasó varios años en Palas de Rei y que se atiborra de esa bebida para soportar los fríos inviernos y los veranos menos fríos y las inestables primaveras y los breves otoños y a quien todos en la capital rusa conocen por el apodo de “O galego”. Me temo que cuando mi adorada Susan Sarandon muera algún visionario establecerá su correspondencia con Galicia puesto que en el trayecto Ourense-Santiago, por la antigua y hermosa carretera, uno se encuentra con dos pueblos, casi consecutivos, cuyos nombres son Susana y Sarandon. Pero siempre habrá alguien más osado, como ese historiador/visionario catalán, por llamarlo de alguna manera, que afirma tajantemente que Cervantes y Santa Teresa son catalanes; seguramente está investigando la estirpe de Einstein para descubrir que Albert nació en Sant Cugat y fue socio del Barça hasta su muerte. Es más, como habían inventado de forma miserable con la muerte de Cela, que según su fiel compañera Marina Castaño profirió antes de morir aquellas dos inolvidables sentencias (“Marina, te quiero” y “Viva Iria Flavia”), Einstein, en su lecho de muerte, gritó “¡Viva la República Independiente de Catalunya!”. Empiezo a sospechar que el primer caganer de la historia responde a un diseño de Leonardo da Vinci, que pasó largas temporadas en Platja d’Aro. Con dos cojones.

2.-De correcciones Hace meses escribió un artículo Javier Marías en El País Semanal (si no fue él, fue Pérez‑Reverte en otro suplemento: no importa mucho el autor, en este caso) en el que insertaba una frase que venía a decir (lamento no poder transcribirla literalmente) que una determinada situación era un cáncer para nuestra sociedad (supongo que sería la corrupción o algo de ese jaez). A la semana siguiente, en la sección Cartas al Director una persona manifestó su protesta porque el novelista había jugado con la palabra cáncer, una enfermedad lamentablemente común y que, según no sé qué periódico, padecerán (padeceremos) uno de cada tres españoles. La reconvención me parece muy traída por los pelos ya que no estaba en el ánimo del señor Marías injuriar o denigrar a nadie sino que echaba mano de una expresión coloquial para alertar a sus lectores de algo que él consideraba grave. Eso denominado corrección política es un eufemismo (una pijada) bajo el cual se agazapa la censura pero lo grave (acojonante) es que ya no existe (espero y deseo) la figura del censor sino que es la misma (puta) sociedad quien establece los límites dentro de los cuales uno debe manejarse con prudencia que no es tal sino gazmoñería. Si nos ponemos tiquismiquis (tocapelotas) habría que reescribir todo, desde la Biblia hasta Bukowski, más o menos, y sólo se salvaría El divino impaciente de Pemán. Porque una expresión desafortunada como “gocé como una perra” no sé a quién exaltaría pero algún (jodido) miembro de alguna asociación animalista pondría el grito en el cielo por involucrar a un tierno cuadrúpedo en el acto sexual (o sea, lo que vulgarmente se denomina un polvo o un kiki, entre otras muchas y variopintas acepciones). Así que hay que expresarse, según algunos, con sumo cuidado, cogiéndosela con papel de fumar, porque cualquier palabra es susceptible de herir sensibilidades y escrúpulos. Evite usted incurrir en lo de “es un trabajo de chinos” no vaya a ser que vejemos a ese pueblo asiático. Cualquier día no podremos pedir chorizos en una tienda porque alguien asegurará que estamos haciendo una velada crítica a buena parte de la clase política. Pero a éste no sé si darle la razón.

BERNHARD EN ESPAÑA

“… ese Estado tiene (…) una historia totalmente vil y abyecta sobre la conciencia (…) aquí todos los indicios de fortaleza intelectual se convierten enseguida en todos los indicios de debilidad intelectual, aquí todos los esfuerzos por avanzar, prosperar y progresar son inútiles (…) el hombre austríaco, ya en el momento de su nacimiento, es un hombre fracasado y debe comprender claramente (…) que tendrá que renunciar a sí mismo si se queda en este país y en este Estado, (…) perecerá en este país, y si no es un hombre vil, se convertirá en este país y en este Estado en un hombre vil (…) y, cuanto antes vuelva la espalda a este país y a este Estado un hombre con facultades intelectuales, tanto mejor, un hombre así tiene que decirse que hay que huir, dejar atrás todo lo que es este Estado (…) irse a cualquier parte, aunque sea al fin del mundo, no quedarse en ningún caso donde nada puede esperar y, si puede, sólo lo más miserable y lo que destruye la inteligencia y lo que vacía la cabeza (…) y que aquí, en su país austríaco, estará expuesto siempre a una vil incomprensión y una vil calumnia (…) Si lo vemos con claridad, veremos que (…) no había otra posibilidad que dejar esta su patria, que no merece en absoluto ese título honroso.”

Lo que acabo de transcribir es un fragmento de Corrección, una novela que el austríaco Thomas Bernhard publicó en el año 1975 (¡1975!) y que casi diez años más tarde tradujo Miguel Sáenz Sagaleta al español. La situación que el torturado y tortuoso Bernhard describe para Austria en los años setenta del pasado siglo, es la misma, exactamente la misma, que la de Hispania, flaca y amarilla, a lo largo del siglo XXI y sólo es necesario variar el gentilicio y variando el gentilicio aplicar sin reservas el texto de Thomas a este país y a este estado que es igual de vil y abyecto porque si en algo es nuestra clase política, en general, es la mejor del mundo, si en algo sobresale, es en vileza y en abyección, y, la verdad, ser los mejores del mundo en vileza y en abyección, dejan a cualquiera desolado y dan ganas de liar el petate y emigrar pero a dónde si los chimpancés desvalijadores se han apropiado ya de todas las monarquías y de todas las repúblicas y de todas las dictaduras, y de todos los ministerios y de todas las cancillerías, y de todos los despachos y de todos los centros de poder… En fin, que hay tardes de domingo así de turbias.

NIÑO CON BALÓN

El lunes, tres de octubre del año del Señor de dos mil y dieciséis, a las dieciocho horas y trece minutos de la tarde, tuve una visión. Es cierto que hay categorías y categorías de visiones: a algunos se les aparecen sus antepasados muertos y corren a encender una vela o entran en un bar para exorcizar el encuentro y le piden una copa al camarero; a otros, algún santo y deciden hacer una colecta para erigir una capilla; y al de más allá lo asalta una alucinación llegada del espacio y lo cuenta en Cuarto Milenio. A Cunqueiro y a Rulfo se les aparecían los muertos y escribían, nada mal, por cierto. A mí se me apareció mi infancia o los restos de una infancia que creía demolida al ver a esa hora, sin trampantojos de por medio y en un estado de sobriedad lamentable, con un cielo azul otoñal digno de una estrofa de Juan Ramón (“Dios está azul…”) a un muchacho de unos trece años que llevaba bajo el brazo izquierdo un balón de fútbol y en la mano derecha empuñaba un bocadillo de Nocilla. Así, como recién salido de un NODO triunfante y encomiástico, una de aquellas grabaciones en blanco y negro que siempre protagonizaba un tipo poco agraciado que embocaba bolas de golf en los hoyos de La Zapateira, pescaba atunes como cachalotes en las costas del Cantábrico, inauguraba centrales hidroeléctricas, recibía a embajadores plenipotenciarios que suena muy engolado o entregaba copas de fútbol que llevaban el nombre de su graduación apoteósica: generalísimo. Tengo para mí que el aumentativo era una forma de añadir dos palmos a su estatura de prócer menguado, como menguados fueron, eso dicen, Napoleón y Alejandro Magno. Y Torrebruno. Acostumbrado a que los deportes, en general, hayan desertado de los espacios públicos, de los parques, de los patios interiores, de las plazas, de las calles por las que apenas transitaba algún vehículo perezoso, los carros de las lecheras y los carritos de los vendedores de golosinas, reencontrarme con la antigua iconografía encarnada en un mozalbete, fue como retroceder medio siglo, a una ciudad pequeña, casi familiar, en la que la libertad consistía en establecer una portería de fútbol entre dos piedras o dos prendas de ropa, y dar rienda suelta a la furia de las patadas sin árbitros ni reglas más que las que inventábamos. Tres córners seguidos son penalti. Allí estaba otra vez el Ourense de los viejos tiempos (no mejores, sin duda); la ciudad era entonces, en efecto, más chica y había menos habitantes pero uno buscaba espacios y los encontraba: donde necesitase esparcimiento, desde el Montealegre a Las Lagunas, sin edificar, desde el puente Viejo (que no Romano, en nuestra jerga) hasta el jardín del Posío. De alguna forma, aunque más pequeña, era, a la vez, más grande. Uno corría detrás de un balón y se detenía para darle un mordisco al bocadillo de queso con membrillo, para beber en la fuente o para mear contra el tronco de un árbol y volvía a la faena. Hoy existen espacios acotados para el deporte, en las canchas de los colegios y los institutos, en los pabellones deportivos, pero ya no esos ámbitos que se asaltaban con un balón (reglamentario, decíamos) de fútbol y de los que los viejos huían para no ser descalabrados por un punterazo o punteirazo del Pirri de turno. No regateábamos: caneábamos. Si el énfasis deportivo rozaba la delincuencia, aparecía un guardia que se apropiaba del balón, lo colocaba contra el costado, en el rombo que el brazo formaba con la cadera, y se acababa el partido… hasta que el más osado iba por detrás, de un puñetazo hacía saltar el balón y huíamos todos a jugar a otro sitio. Claro que no había terrazas con pantallas de televisión, ni estructuras con publicidad, ni obstáculos que restringieran un ápice de la libertad en la que nos movíamos, esquivando todos los peligros que nos anunciaban en casa, desde una apendicitis por comer cáscaras de pipas hasta morir atragantados por un chicle que le comprábamos al Espinita que, como todo el mundo sabía, é pequeno pero xa pica. Así que ver ese lunes al chavalote con el balón y el bocadillo (al que dijese entonces bocata le partiríamos la cara a tortas) fue como remontar la corriente de un río imposible e instalarme, cómodamente, a la sombra de un árbol en el parque de San Lázaro y esperar a que llegasen los de la pandilla para sortear los equipos y empezar un partido de fútbol que hoy sólo puede tener lugar en la tierra húmeda de la memoria. Muchos de los jugadores de entonces están ya en otro sitio.

EL HAMBRE

Termino de leer El hambre (Martín Caparrós, Ed. Anagrama), más de 600 páginas que diseccionan la geografía de ese mal que mata a una persona cada cinco segundos en el mundo; es decir, mientras usted leyó las dos líneas precedentes, habrán muerto dos o tres o cuatro personas. Si es tartamudo, doce. Pero Caparrós no sólo dibuja la geografía del hambre sino sus orígenes, sus consecuencias y, singularmente, los indecentes manejos de grandes compañías, de multinacionales, de grupos políticos, de sesudos científicos y de todo tipo de autoridades para que el hambre se perpetúe, se convierta en algo crónico sólo paliado por la limosna de las ONG que con denodado esfuerzo se enfrentan a una plaga programada de forma inmisericorde desde eso que se llama “altas instancias” o “altas esferas”, y que es el anonimato en el que se escudan los cabrones que se empeñan en que el hambre exista, se extienda y se reproduzca. Como resumir el libro de Martín Caparrós, que además es novelista y se maneja a lo largo del texto con un estilo solvente y ameno, no es asunto de este artículo, me limitaré a recomendarlo, advirtiendo al posible lector de que el bajón posterior es inevitable y, con él, el deseo de apuntarse a alguna organización que trabaje a favor de los miles de millones de personas (sic) que pasan hambre (cosa que no haré jamás, lo reconozco) o de comprar un arma en el mercado negro y empezar a disparar contra alguno de los culpables más evidentes (eso lo estoy analizando) aunque a la larga los culpables seamos, en mayor o menor medida, todos o casi todos. Nada pude subrayar del libro; esa costumbre que tengo resultó inútil: tendría que hacerlo desde la primera a la última línea. Si los entresijos del mundo (empresarial y político) son como Caparrós apunta (y no me cabe la menor duda) estamos educando (o ya educamos, como nos educaron a la mayoría de nosotros) a nuestros descendientes en unos valores que hoy no existen, o, mejor dicho, que carecen de prestigio, de relevancia.  Todo aquello en lo que creímos (la decencia, la honradez, el respeto, la sensibilidad, la cultura, la compasión por los desfavorecidos, la tolerancia, la honestidad) y que transmitimos a nuestros hijos, no sólo no les va a servir de nada en este mundo plagado de mastuerzos cabrones, sino que les va a resultar contraproducente; entendámonos: son principios que en el ámbito individual les proporcionarán cierta paz, la sensación de no ser malas personas, pero cuando salgan ahí fuera, cuando se enfrenten a un mundo en el que impera el egoísmo, la criminalidad, la violencia y todos los horrores que pone de manifiesto El hambre, no les van a servir para esquivar el tremendo castañazo que se llevarán inevitablemente, quizá porque son principios que funcionaban en un mundo que tampoco existe. Por supuesto que no me arrepiento de haber recibido de mis padres esos valores ni de moverme entre personas que los comparten, ni me arrepiento de haber tratado de inducirlos en mis hijas; pero cuando uno se asoma a ese exterior hostil donde siempre hay alguien dispuesto a acuchillarte por la espalda por una miseria, uno tiene la tentación de pensar si no sería mejor, desde el punto de vista de una sociedad miserable y enferma, haberles advertido de que sí, uno sigue creyendo en esos valores, que incluso fomentarlos en casa está bien, es lo correcto, lo adecuado, lo noble, pero que en cuanto pongan un pie en la acera, que se olviden de ellos y sean feroces, intransigentes, sin escrúpulos, porque el escenario en el que ingresan es un escenario de víboras y mejor que encerrarse a leer o escuchar música, que vayan a un gimnasio a aprender artes marciales o se enrolen en una banda o se hagan expertos en el uso de armas de fuego. Bueno, y el pádel o el golf para los ratitos de ocio, después de la ducha para borrar las huellas de sangre. Realmente la resaca que deja la lectura del libro de Martín Caparrós no está compuesta de felicidad; pero siempre sospeché que tal como él lo describe, así es el mundo, así lo hicimos: una atroz injusticia por mucho que haya gente, numerosísimas personas, implicadas en tratar de transformarlo en algo más llevadero, más amable, que uno está en él para ser feliz y no, entre otras cosas, para pasar hambre. Un ensayo, en definitiva, que te deprime y te irrita a partes iguales, que te empuja a hacerte un agujerito con pólvora en la sien o a rebanar el gaznate de unos cuantos miserables. Y, pese a ambas opciones, el hambre seguiría existiendo porque así lo desean esos locos en cuyas sucias manos mezquinas está el mundo y su impredecible (y me temo: negro) futuro.