El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

LIBROS

Alguien escribió que la literatura es una forma de vida; otro agregó una sentencia casi irrefutable: “Yo soy yo y lo que leí”.  Para quienes aman la literatura, los libros forman parte del día a día, de manera que no es extraño verlos hablarles a los libros, comentarles, en una habitación solitaria como la que reivindicaba Virginia Woolf, lo mucho que disfrutaron con su lectura, la compañía que les hicieron o, en ocasiones, el sentirse defraudados al cerrarlos, haber pagado equis euros por una superchería que, por lo general, suele exponerse en la mesa de novedades. Sospecho que de alguna forma extraña o inexplicable, los libros son seres vivos que, además, se transforman con la relectura, abriéndonos nuevas perspectivas. Es raro que una persona que lea se sienta sola. Somos, en cierta forma, lo que leemos; naturalmente que hay experiencias ajenas a la lectura que conforman asimismo nuestra forma de ser, nuestra visión del mundo que nos rodea. Pero en los libros uno halla casi todo lo que necesita: desde la recreación de tiempos ya extintos a las posibilidades de entrever un futuro que barruntamos de forma confusa y, por supuesto, una mirada más amplia al presente que nos asfixia. Una casa con libros nunca será una casa vacía. Y entre ellos, los hay familiares (esos autores a los que leímos tiempo atrás y que revisitamos como cuando entramos en el hogar de un viejo amigo), otros que nos sorprenden y deslumbran por primera vez. Los libros rectifican muchas cosas: rectifican la soledad, la duración de las noches, alguna herida que nos causó la vida, porque en ellos descubrimos que lo que estamos sufriendo no es más que una reedición del sufrimiento que padece de forma natural el ser humano desde hace miles de años y parece que esa herida cicatriza más fácilmente cuando abrimos uno de esos volúmenes y nos perdemos en él. Piensen en esas fotografías de las revistas de decoración en las que habitualmente aparecen libros que enseguida detectamos que están de adorno: por lo general carísimas guías de ciudades, quizá alguno que otro de gastronomía, reproducciones de cuadros de un pintor o guías de museos, acaso una biografía de alguien. Esos libros son un mero ornamento y es posible que jamás hayan sido abiertos e incluso, si cogemos una lupa y observamos la fotografía con cuidado, no resultaría extraño descubrir el celofán todavía intonso, casi igual que los adornos de los comercios de muebles en los que vemos una biblioteca que contiene lomos vacíos de libros sin páginas, puro ornato sin sentido, o como las enciclopedias que se apilaban hace años y que, por lo general, apenas se abrían. Recuerdo un piso en el que existía una librería dedicada a Espasa Calpe: tengo la completa seguridad, basada en comentarios de los que allí vivían, de que jamás nadie tocó esos libros salvo el plumero que se pasaba por sus cantos. Supongo que sería una forma de afirmar un estatus social o algo así. Como, más o menos, las casas burguesas de entonces en las que casi siempre había un piano y una chica joven y casadera que tocaba Para Elisa, inevitablemente, salvo casos en los que la pasión por la música era algo más que un entretenimiento para las visitas y el chocolate con pastas. Los libros son otra cosa, como dije al principio refiriéndome a alguien: una forma de vida, una manera de educarnos, de ver el mundo de distintas maneras, tanto del que lo mira con nuestros ojos como, sobre todo, de aquellos que nos obligan a observarlo de una forma distinta y dinamitan los principios aparentemente sólidos en los que nos movíamos. La soledad casa bien con los libros y, a la vez, los libros, cuando los abres, desbaratan la soledad. Porque somos, entre otras muchas cosas, lo que leemos.

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SOLENOIDE

Aficionado (o víctima, a saber) del insomnio, a veces aprovecho esas largas horas de vigilia para reflexionar, que es un acto que suele doler como si uno se estuviese sometiendo una autoacupuntura con agujas de calcetar.  Después de tales intervalos, no tengo la seguridad de si lo que se mezclan sobre las sábanas deshechas son los pensamientos que malhilé al no poder dormir o algunos sueños que se colaron de matute rompiendo la frágil frontera entre el sueño y la vigilia. Me abstendré de narrar los sueños porque estoy casi totalmente de acuerdo con Javier Pastor que expone en su Mate jaque: “Los sueños narrados, propios o (sobre todo) ajenos, son un coñazo. Y una descortesía.” Digo que estoy casi totalmente de acuerdo porque con los amigos no se puede estar totalmente de acuerdo ya que de lo contrario la conversación se establecería sobre “naturalmente que sí”, “tienes razón” y eso se reserva para el matrimonio después de una década o dos (o tal vez menos) de heroica convivencia. Pues esa noche de insomnio mis pensamientos se extraviaron hacia la novela Solenoide (Ed. Impedimenta) de Mircea Cartarescu (prescindo de la endemoniada grafía rumana) en la que el autor enhebra una serie prolija de sueños que tuvo a lo largo de su vida pero que en ningún momento me enfadaron como lector, ya que se ajustan perfectamente a la trama de esa novela en mi opinión notable; siguiendo el hilo de las dispersas reflexiones nocturnas, comparé esta obra con la de Karl Ove Knausgard (prescindo de la endemoniada grafía noruega) La isla de la infancia (Anagrama): ambas relatan las infancias de los autores/narradores y ambas son extensas (498 páginas del noruego, 794 del rumano). Había oído hablar mucho y bien de Knausgard (algún temerario lo tildó del Proust del siglo XXI) y decidí invertir en conocer de primera mano su ficción que me ganó por KO en la página 153: ahí dejé amortajada la lectura.  En tanto, a mi juicio de lector, la novela de Cartarescu formaba un todo perfecto, un complejo engranaje donde los sueños, las narraciones de la infancia, la vida familiar, las amistades, la escuela, la Rumanía tétrica de Ceaucescu, el sexo, lo indecible, encajaban con una precisión admirable, Karl Ove Knausgard amontonaba datos superfluos como una reseña de fruslerías comunes a millones de infancias: del primero uno extraía placer lector y conocimiento de la vida y del mundo; del otro, una crónica aburrida que me recordó cualquier ejercicio escolar de un alumno de 12 años al que el profesor le encarga un dictado del tipo “Escriba usted minuciosamente lo que hizo ayer” y el discente amontona hechos cotidianos sin más: levantarse, desayunar, ducharse, besar a sus padres antes de salir al colegio, regresar, comer, volver a clase, escuchar las lecciones, merendar, jugar con los amigos, cenar, lavarse los dientes y meterse en cama. Puro hastío. Lo que me desconcertó, y me hizo dar el paso definitivo para abandonar cobardemente la lectura, fue el pasaje en el que el protagonista y un amigo se internan en un bosque y acuclillados sobre un tronco caído, defecan al unísono, acto, como es sabido, fundamental para conocer la esencia de cualquier ser humano o reportar una muestra a un centro de salud para que te hagan un análisis acerca del cáncer de colon: tres páginas de un mortal aburrimiento (uno parecía oler el pestazo del acto recogido en tan largo e innecesario fragmento) en las que Knausgard relata el ritual de bajarse los pantalones, hallar una postura idónea, forzar los esfínteres, excretar el producto y narrarlo como si fuese el parto de los montes: al final salía mierda y no literatura. Pese a mi demostrado amor por la escatología, aquello me superó; y más teniendo en cuenta que recordé ese mismo acto narrado concisamente en apenas media página y con elementos poéticos atractivos por un escritor gallego: “Facer un  turullo semella doado para o diletante pero o experto sabe ben da súa dificultade. Un bó turullo, un turullo que mereza o nome de tal, soamente o acada un artista cada cen anos. O turullo non se consegue nun váter convencional tipo Roca, non: precisa campo aberto e se hai estrelas (resulta indiferente que sexa como bágoas) mellor. Nisa paisaxe aillada, baixe o pantalón e aníquese. Para se inspirar, escoite o canto do grilo (o ideal sería o do moucho). Que as folliñas da herba rocen as súas nadegas: poña o cú ben redondiño, apreté o recto ata sentir que descende a materia intestinal. Cosas dúas mans abra o esfínter agrarimosamente, deixe caer o excremento sen se mover e cando sinta que aahhh de gusto, xire o cú no senso das agullas do reloxio por tres veces. Límpe de seguido cun fento ad hoc. Logo, olle a escultura redondiña que nin mesmo os alfareiros de Niñodaguia: velaí o turullo, pleno, luar, nuclear, case que ensaimada mallorquina, orixe e fin disa miseria, porca miseria que somos. ¿Ou non?” Tan confusos pensamientos de un insomne, atrapallados, removidos como en una liturgia de los actuales gin tonics, vienen malamente a cuento para recomendarles vivamente la enjundiosa lectura de la novela Solenoide, de Mircea Cartarescu, sin los ya citados y endemoniados acentos rumanos.

EL GOZO DE VIVIR

Nunca tuve la buena fortuna de charlar con Carlos Casares, de escucharle relatar sus múltiples experiencias que era, según opinión unánime de quienes fueron sus contertulios, una ceremonia inolvidable, pero releyendo este mes de agosto una parte de sus artículos, no me cuesta imaginar la enjundia de sus diálogos. No hay en dichos artículos un asomo de afectación ni de jactancia y escribe con el mismo cariño de un compañero de juegos infantiles en A Limia que de un encopetado académico sueco. El ojo, la intuición, el talento de Carlos (es un galardón para él que se pueda prescindir del apellido) lo llevan a reflexionar imparcialmente acerca de un desconocido con el que comparte la terraza de un bar en Nigrán con el mismo afecto con el que habla de un político neoyorquino o de un escritor famoso: llegué a la conclusión de que, más que amar la vida (que también, puesto que cualquier detalle, por nimio que fuese, despertaba en él el gozo de vivir), Casares amaba a las personas que la habitan y ninguna de ellas, ni siquiera las que convocan nuestro desdén, cuando no abiertamente el odio, le resultaba indiferente, como si tratase de descubrir, aun en el fondo de las más detestables, una justificación para sus desmanes. Como me comentaron quienes compartieron con él charlas en distintos escenarios, uno lee los artículos de Casares y le parece estar asistiendo a una sobremesa en la que, más que acaparar la atención, proponía caminos para que el diálogo se enriqueciera con digresiones que son las que al final proporcionan múltiples posibilidades para una tertulia que se bifurca con las aportaciones de cada participante. Carlos elevaba la anécdota más trivial (podía ser la pereza del gato Samuel, una charla con un obrero que trabajaba en la casa, la fugaz visión de un desconocido en un tren) a la categoría de una filosofía de vida exenta de alharacas. Vanidad es una palabra que no entraba en su vocabulario. Pienso en todo esto (y que se me disculpe si lo que añado ahora puede sonar a influencia de la reciente lectura) una tarde de sábado en una pequeña aldea de Macendo, en el ayuntamiento de Castrelo de Miño, cuando empieza a atardecer y por las callejas sólo discurre como lava el silencio; entonces me sirvo un vaso de ribeiro, me siento en la terraza con el libro de Carlos Casares y sospecho que el crepúsculo sería mejor (posiblemente hasta más demorado) si Carlos encendiese un puro a mi lado, contemplásemos sin hablar la tonalidad de granada del sol que declina, y él comenzase a relatar cualquier cosa diciendo “Onte pola mañán tiven que ir ata Panxón” y seguramente caería la noche sin que nos diésemos cuenta, hasta muy cerca del amanecer, gracias al embrujo de las palabras que dominaba con la misma delicadeza con la que acariciaba al gato y escuchaba el trino de un pájaro y que tantas veces le sirvieron de estímulo para escribir algún artículo o iniciar una conversación como la que acabo de tener con él releyéndolo, que suele ser el diálogo más grato que se puede mantener con un autor, la relectura.

CUATRO ÁMBITOS

El pulso de la ciudad puede palparse en cuatro ámbitos distintos: las salas de espera de los médicos, los tanatorios, las peluquerías y los bares. Ciertamente, en las calles y en las plazas uno puede asistir a conversaciones que le desvelen los entresijos, las glorias y las miserias de una ciudad pero los cuatro escenarios nombrados al principio me han servido en no pocas ocasiones para recurrir a la perversión de almacenar en la memoria gestos o frases o comportamientos que después puedo pasar a una página mutatis mutandis.  En las antesalas de los médicos uno detecta la mayor o menos gravedad de los desajustes de los cuerpos y a medida que cumples años, al visitar esos espacios con más frecuencia, te enteras de los alifafes no sólo de los allí presentes sino asimismo de sus familiares, de sus amigos e incluso asistir al buen o al mal trato que al parecer del que habla le inflige su médico de cabecera. Sales de esos sitios con la sensación de que el mundo se está yendo al carajo y al abandonarlos lo primero que se te ocurre para paliar la brevedad de un futuro que otros pintaron para ti de color morado tirando a negro, es entrar en un bar y pedir una cerveza para reponer fuerzas y esperanzas: el alcohol, con frecuencia, palía los desarreglos de la vida, al menos los contratiempos más leves. En el bar, aunque no seas una persona excesivamente sociable y rehúyas los grupos, con el ánimo del alcohol va mejorando el asunto y si estás medianamente atento el camarero te informará de los habitantes del barrio, de cuál roba las páginas de los crucigramas, de quién está tramitando una herencia, del que cambió de coche, del viaje que va a hacer el matrimonio que está tomando café, de que la mujer solitaria se acaba de divorciar y de que menganito varió de residencia; si además, permaneces atento a las conversaciones de los que se agrupan en torno a una mesa, podrás catar los gustos políticos y futbolísticos de la peña. Con esa extraña complicidad que el ámbito del bar establece entre los consumidores y las dos cervezas que tomaste, la vida empieza a enderezarse hasta que cuando vas a salir, el camarero te pregunta si te acuerdas de fulanito y cuando respondes que sí, descabeza tu frágil alegría de golpe: Murió ayer por la noche, está en el tanatorio. Así que no te queda más remedio que coger un autobús y acercarte al tanatorio ya que aunque tu relación con él no era de amistad, sí que existía complicidad entre ambos porque a veces habíais visto juntos un partido de tenis o te había invitado a una caña y te ves en la obligación de allegarte al tanatorio y dar el pésame a quienes crees, con no total seguridad, que son sus familiares, un tanto apesadumbrados pero sin que ello impida establecer una conversación acerca del mal año para las vendimias y las matanzas con este calor que definitivamente todos achacan al cambio climático excepto el primo de Rajoy. Te demoras, pues, allí hasta que ya no sabes con quién estás hablando, si es familiar del muerto el que te cuenta que sus hijos se fueron a buscar un futuro fuera de Galicia porque aquí no hay posibilidades y que no olvides que el sábado próximo es la fiesta de los callos en su pueblo y que te des por invitado, ya verás cómo lo pasamos de puta madre.  Antes de abandonar el lugar, entras en la cafetería, ventilas una cerveza de forma acelerada y al pisar la calle enciendes un cigarrillo porque ya tienes la espesa sensación de que ése será tu último cigarrillo que para eso llevas en tus genes una hipocondría irrazonada pero en ningún momento absurda. Como todavía tienes tiempo antes de comer, te pasas por la peluquería y la chica que te atiende, la misma de siempre, te detalla pormenores de la clientela, sobre todo de la que sale, te va contando enredos familiares de novela decimonónica y cuando acaba la faena, ya tienes almacenado en tu interior una serie de datos que bien podrían insertarse en la novela que estás escribiendo pero te gana la urgencia, llegas a casa y decides escribir para el periódico en el que colaboras un artículo, así que coges el papel, el bolígrafo y comienzas:  “El pulso de la ciudad puede palparse…”

VERANOS

Para Luis Rebolledo

El verano es un buen tiempo para recuperar la medida del mundo, salvo que uno se sumerja en una de esas poblaciones costeras donde se quintuplica el número de residentes y siga aferrándose a la tiranía de agendas y compromisos sociales y gintonics en la terraza del bar y churrasco por la noche y ya, en el éxtasis alcohólico, que si un bailongo efervescente, los más osados un chapuzón nocturno y a dormir mientras la noche pasó por encima sin que nos enterásemos. Los veranos de los pueblos costeros y del interior marcan un tiempo diferente, pausado, que nos ayuda a recuperar la tranquilidad escamoteada durante el resto del año. El mar, decía Carlos Barral, es una religión y recuerdo la duración inmedible que aquellas jornadas que parecían no tener fin. Sin embargo, la presencia del mar es dictatorial ya que nos reclamaba de mañana y de tarde: el mar era el juego y no resultaba necesario otro recurso: baños por la mañana, acaso una siesta frente al televisor y baños por la tarde: todo estaba inventado y no era necesaria la imaginación salvo la siempre inquietante contemplación del mar. Era un espacio acotado, definido, que te reclamaba todas las horas de ocio. Un día de lluvia en la playa se aliñaba con la sensación de una catástrofe porque no podríamos bañarnos y las horas fluían con pereza y les preguntábamos a los del pueblo si al día siguiente haría buen tiempo y ellos siempre decían que sí después de mirar hacia el cielo encapotado. Con todo, a pesar de esa pasión que el mar siguen ejerciendo sobre mí, evoco pormenorizadamente los días intensos (e inmensos) de A Rúa, a donde fui casi todos los veranos a pasar unos días. Uno se levantaba, desayunaba y a media mañana se acercaba al río en compañía de los chicos del pueblo y de otros veraneantes que casi todos procedían de Madrid; nadie nos vigilaba y cometíamos las mayores locuras sin la tutela de un adulto: no sé si confiaban en nosotros o en el azar: todos salimos indemnes del asunto, supongo que por intercesión de un invisible ángel de la guarda al que citaban nuestros mayores. A la hora de comer, ese tío al que pertenecía la casa, nos permitía un alivio impensable en la ciudad: teñir con un “chisco” de vino un vaso de gaseosa La Casera que de inmediato nos embarcaba en la edad adulta. Y aunque entonces se nos presentaba el reposo de la siesta como un castigo, entiendo al cabo de tiempo el sentido aquellas horas en las que te encerrabas en una habitación y leías las novelas de Reno y de Bruguera y los tebeos y comenzabas a descubrir el placer de la lectura que no estribaba en la categoría de las obras sino en que te transportaban a un mundo acorde con tu imaginación, ilimitado, sensorial. Después de la merienda nos reuníamos otra vez y recorríamos los alrededores del pueblo, inventábamos juegos, nos contábamos cosas con una camaradería cómplice e inocente porque el mundo no nos causaba mayores problemas: estaba a nuestra disposición, maleable como la plastilina. Todo se enfangaba con el olor de las higueras. No resultaba infrecuente que después de tales incursiones que nos ayudaban a descubrir los secretos de la vida, nos reuniésemos en casa de un vecino para escuchar música y ahí descubríamos a una chica de la que nos enamorábamos con la eternidad efímera del verano y le contábamos a un amigo el secreto que no debía jamás descubrir y el amigo no tardaba en acercarse a esa chica y confesarle “fulanito anda por ti” y ya en el siguiente guateque nos atrevíamos a sacarla a bailar y poníamos en sus manos nuestra vida que era una vida común pero que a nosotros se nos antojaba apasionante como la de un corsario. Seguramente sonaba la melaza de Adamo. Después de cenar, de noche, en la terraza, nuestro tío nos permitía estar con él, sentados ambos en sendas hamacas, y contemplábamos un cielo infinito y luminoso, sin ruidos, en el que se remansaba la vida como si la vida fuese eterna, como ese amor que acabábamos de descubrir. Quizá a ciertas edades todo sea eterno. En noches así la muerte parecía una frivolidad, una adversidad que nunca podría suceder, una trampa fácilmente esquivable. Uno entraba en una finca a robar una pieza de fruta y adquiría el legendario valor de aquellos héroes cuyas historias leíamos a la hora de la siesta. Un mundo a nuestra medida, en el que nada sobraba ni nada faltaba. El olor narcótico de las higueras siempre, los gorriones que caían en las trampas en las que insertábamos una miga de pan, la caza de las ranas en las orillas del río. Tantas cosas… Luego amanecía una mañana en la que la lluvia percutía en la claraboya de la habitación y sabíamos con certeza que el verano había concluido, que era el tiempo de los adioses para los que nos íbamos y para los que quedaban en el pueblo. Prometíamos, y cumplíamos, escribirnos cartas contándonos nuestras vidas en la ciudad a la espera de que llegase el próximo verano y nuestros hermanos mayores se despedían de sus novias con canciones nostálgicas del Dúo Dinámico o de Armado Manzanero y ellos sí que lloraban pero no nosotros, que sabíamos que el otoño y el invierno y la primavera eran caminos indispensables que nos llevarían a las siguientes vacaciones, cuando esa niña a la que le habíamos dado un beso en la mejilla ya ni se acordaba de nosotros y, además, nos afeaba la sombra de un bigote que empezaba a crecer a medida que los veranos se hacían más cortos. Cosas de la nostalgia, supongo.

FINNEGANS WAKE

Ahora que por primera vez aparece la traducción íntegra en español de Finnegans Wake (Ed. El Cuenco de plata) realizada con esmero y brillantez, según dicen, por Marcelo Zabaloy, no está de más recordar lo que de esta novela (y del resto de sus ficciones) manifestaba con cierta jactancia James Joyce: “La petición que le hago a mi lector es que dedique su vida entera a leer mi obra”. Hasta hoy habían aparecido traducciones incompletas: en Lumen, en 1993, Víctor Pozanco se atrevió con una versión resumida que, según los entendidos, deja mucho que desear y en 1992 Francisco García Tortosa (uno de los traductores de Ulises en Cátedra)  tradujo el capítulo Anna Livia Plurabelle, en la misma editorial. En 1923 James Joyce acomete la escritura de esta obra a la que pronto denominará “el monstruo”. Y que, salvo casos aislados, produce rechazo entre los críticos y los afines a Joyce. Según explica en un minucioso artículo de Revista de Libros Ismael Belda, que alaba sin fisuras la traducción de Zabaloy, las diatribas con respecto a Finnegans Wake de aquellos que habían considerado Ulises una obra maestra, seguramente desalentarían a Joyce, un escritor ya vencido hacia el alcoholismo y en los últimos años de su vida. Su valedor Ezra Pound no se anda con bromas ni paños calientes: “Nada excepto una visión divina o una cura para la gonorrea podría justificar de ninguna manera semejante periferización circunvalante” (frase que también tiene su aquel). Stanislaus, el hermano de Joyce, un firme admirador de las obras de James, sospecha que parecía que el cerebro de Joyce fallaba y H. G. Wells dice no hallar placer alguno en su lectura: son algunas muestras del escaso o nulo entusiasmo que Finnegans Wake despertó entre los lectores. En el artículo de Revista de Libros, Belda arriesga la posibilidad de encontrar un argumento para la novela que a tantos otros les resultó abstrusa e impenetrable. No debemos dar de lado a ese mismo intento efectuado por Domingo García Sabell en el libro Ensaios (Galaxia, 1963) y en el cual dedica un artículo titulado James Joyce i (sic) a loita pola comunicación total en el que aventura igualmente la trama de la última obra de Joyce aunque, como indica Belda, podría dicha ¿novela? tener tantos argumentos y exégesis como lectores. Mis intentos (con el texto de Pozanco) de internarme en esa prosa fueron siempre infructuosos pese a mi devoción por el resto de la literatura de Joyce. Leyéndola, se me vino a la cabeza una noticia aparecida en un periódico hace un par de años que daba cuenta de que una bodega había inventado para un vino de Jumilla una contraetiqueta que parodiaba las contraetiquetas clásicas de los vinos en las que se habla de taninos, frutas, maderas, efectos retronasales y demás parafernalia. Ridiculizando esos textos, la contraetiqueta del Jumilla, tras los tópicos habituales, señalaba: “Como si te digo que unos leperos vampiros, de buena familia, lo recolectan solo en noches de apareamiento del cernícalo real mientras escuchan a Chiquetete.” Pues eso, por ahí van los tiros. A la espera de la traducción de Zabaloy, parece ser Finnegans Wake un enorme contrasentido, un inmenso caos que acaso sólo tuviese coherencia en la cabeza de Joyce, y, quién sabe, tal vez no anduviese desencaminado el irlandés cuando refiriéndose a dicha ficción diagnosticó: “Puede que esté fuera de la literatura ahora, pero su futuro está dentro de la literatura”. Cierto es que muchas obras fueron disfrutadas años después de su aparición y no es insólito que cuando algo nuevo y complicado surge, necesite de un tiempo de adaptación a la espera de que encuentre a ese lector ya formado para entender cabalmente la novedad. De momento, parece ser que aún no haya llegado ese tiempo de consolidación de dicha novela. En un intercambio de correos electrónicos entre John Banville y Pierre Lemaitre, en los que hablan de libros y otras vicisitudes en el suplemento Babelia de El País, Banville se la pone a huevo al francés al escribir: “Una novela, incluso Finnegans Wake, tiene un principio, un desarrollo y un final”. Lemaitre, elegante, mordaz y humorístico, manifiesta en su último correo, entre otras cosas, lo siguiente: “Concluiré con la alegría de saber  que pronto me mostrará usted donde se encuentra en Finnegans Wake el desarrollo (el principio y el final me parecen un poco menos difíciles…)”. Lo cual quiere decir que hincarle el diente a lo que llamó James Joyce “work in progress”, adentrarse en el aparente marasmo de Finnegans Wake sigue siendo un reto para cualquier lector en cualquier lengua. Ojalá la traducción de Zabaloy nos ayude a los que leemos en español a despejar, en la medida de lo posible, los secretos (o algunos de ellos, al menos) de esa obra singular.

HIPOCONDRÍACOS

Los hipocondríacos somos unos seres dignos de lástima. Hasta entrañables. Quizá un poco coñazos en ocasiones pero, a la larga, unos pobres desgraciados con una extensa y peligrosa memoria como un archivo informático con los datos no ya de uno mismo, sino de quienes nos rodean. Cuando me sobreviene el menor contratiempo físico, esa memoria autónoma y cruel, desempolva las conversaciones que escuché desde que era un niño y que atañían a percances relativos a la salud. Esto es, si un día te levantas con dolor en un ojo, de inmediato te asedian los fantasmas amenazantes de personas que han sufrido cataratas, desprendimiento de retina, glaucoma; no puedes creer (seguramente ni quieras creer) que lo que te desazona es una simple conjuntivitis que se cura con un humilde colirio, sino que te ves como Borges, dictando líneas a un alma caritativa y escuchando lo que otros te leen, quizá incluso guiado por un perro lazarillo. En lo concerniente a los infartos, contratiempo bastante popular como una mala canción de verano, atesoro síntomas múltiples que me fueron transmitiendo distintos infartados (hasta el momento en el que no pude aguantar más las deposiciones y cogí un taxi para entrar en urgencias: suena a chiste pero poseo una carpeta plagada de electrocardiogramas que algún día donaré a la electroteca nacional, si existe): dolor agudo en ambos brazos, dolor insoportable en el izquierdo, dolor en el pecho, vómitos en algún que otro caso, dolor en la espalda, dolor en el estómago, dificultad para respirar. Si a una persona normal (dejemos para otro momento qué demonios es eso de la normalidad) le duele un brazo, recurre a una aspirina o a un fisioterapeuta, lo mismo que si le duele la espalda. Un hipocondríaco de verdad, jamás se aferraría a posibilidades tan simples: la aspirina, junto con la cafinitrina, la lleva en el bolsillo (sí, en una coqueta cajita donde transporta un orfidal, un sumial, aerored, medio trankimazín y otras maravillas de la química) y al menor síntoma de dolor en uno cualquiera de los espacios arriba indicados se mete entre pecho y espalda la aspirina y busca un taxi para que otro médico le haga el electrocardiograma número veintitantos, de modo que con los realizados a lo largo de su vida, si alguien tuviera la paciencia de enmarcarlos, se podría hacer una exposición de lo más aparente en el Reina Sofía, por ejemplo. Otro asunto grave (y cada vez más recurrente) es el ictus. Ah, el ictus. Puedo espigar algunos síntomas almacenados a lo largo del tiempo: dolor de cabeza, pérdida de fuerza en el brazo, mareos, dificultad para articular palabra; de modo que cuando uno siente una punzada en la sien, el taxista (“hombre, usted de nuevo por aquí. ¿Qué? ¿Otra vez a urgencias?”, “sí, por favor, pero haga sonar el claxon hasta que lleguemos que esto pinta mal”, “bah, no será nada, como siempre”, “no joda y acelere que mis días tocan a su fin”) nos lleva de nuevo a urgencias y nos deposita allí a la espera de que alguien nos atienda aunque en ese momento, en ese momento de inquietud, ya nos hemos despedido mentalmente de las personas que amamos y, pese a nuestro ateísmo militante, preguntamos a un enfermero si no podría acercarse por la sala el capellán. Y si un día te equivocas al hablar, si trastocas las sílabas, si en vez de decir, por ejemplo, Guadalajara dices Gualadajara que en cualquier otro provocaría la risa, tú lo detectas como el anuncio del ictus inmediato y vuelves al taxi acogedor. El buscar las gafas que llevas puestas en la frente y no dar con ellas, para cualquier ser humano es un despiste: para un hipocondríaco, evidencias irrefutables de un Alzheimer súbito. Y así con cualquier enfermedad de la que hayamos oído hablar y aunque seamos hombres (en mi caso), si nos duele el vientre, sospechamos que antes o después van a hacernos una histerectomía, no queremos transigir con una mugrienta cagalera. No quiero ser pesado pero ¿saben usted cuantos inflatos (sic) padecí en mi vida? Una sencilla acumulación de gases debida a la cerveza o a los guisantes o a los garbanzos, me tendió no pocas veces en camillas inhóspitas en las que una enfermera me afeitaba el vello del pecho para enlapar allí las ventosas y certificar, otra vez, que, en fin, acaso estuviese enamorado de ella pero que estaba hasta el gorro de hacerme otro electro. Es duro vivir así aunque a muchos les mueva a risa. Pero el verdadero enemigo de un hipocondríaco licenciado, como el que esto escribe, son los prospectos médicos, particularmente de los antidepresivos y ansiolíticos. Para nosotros, los infelices hipocondríacos, Cioran es un humorista comparado con esos textos que además de abstrusos son tenebrosos. ¿Qué se puede esperar de un medicamento que avisa de que en caso de que lo ingieras accidentalmente (¿quién cojones se toma un medicamento accidentalmente?) “avise al médico sin tardanza o acuda al servicio de urgencias del hospital más próximo”. Coño, sólo le falta añadir: “Y póngase en contacto con los servicios funerarios de inmediato”. Los prospectos de los medicamentos causan más males a la humanidad que en su día el Werther, que empujó a miles de jóvenes (seguramente hipocondríacos) a suicidarse. En este que tengo a mano avisa de los posibles efectos adversos. Échense a temblar: fatiga, somnolencia, debilidad muscular, amnesia anterógrada, confusión, estreñimiento, depresión, diplopia, dificultad de articular palabras, incontinencia, trastornos de la libido, dolor de cabeza, náuseas, sequedad de boca, erupciones cutáneas, temblor, vértigo, visión borrosa, elevación de las transaminasas, excitación aguda, trastorno del sueño, alucinaciones y casos de ictericia. ¿Pero qué puñetas cura ese medicamente, por favor? Es peor el remedio que la enfermedad. Con tales secuelas, ¿quién querrá experimentar con él? Entenderá usted que a la vista de la precedente prosa digna del Apocalipsis de san Juan, al leer estas palabras de Cioran, “Primero percibimos la anomalía del hecho estricto de existir, y sólo después la de nuestra situación específica: la sorpresa de ser hombre”, los hipocondríacos nos descojonemos de risa. Sin pasarnos, que uno también puede morir de la risa. Otro día hablaremos del hipo que ahora me voy a urgencias.

LA TORMENTA

Por la mañana las moscas volaron enloquecidas, algunas avispas se aventuraron en el interior de la casa, los gatos se revolvieron inquietos en la huerta y en la breve tertulia que se forma espontáneamente en la aira mientras esperamos la llegada de la furgoneta del panadero, más de uno pronosticó que, pese al cielo despejado y al calor estival, se avecinaba una tormenta como podía deducirse de alguna nubecilla aparentemente mansa a los ojos de un habitante de la ciudad como yo, incapaz de descifrar tan leves indicios, y del siempre aludido dolor de huesos cuando se prevé un cambio meteorológico. Dos horas después el cielo se fue enfoscando con gestos de gigante furioso y durante la sobremesa y hasta bien entrada la tarde, cayó la furia brutal de una tormenta con visos de apocalipsis que aunó una lluvia feroz, un inquietante viento calmo, el fragor del granizo que puede arrasar las cosechas y el eco retumbante de los truenos que seguían a los relámpagos. El aire se plagó del olor a tierra mojada que siempre remite a una niñez remota y apacible y caduca. Ese domingo 27 de agosto, en el que a las cuatro de la tarde hubo que encender la luz que se iba y venía si querías leer un rato, el verano se pudrió definitivamente como un postre que olvidas en una alacena y descubres al cabo del tiempo con su moho, sus gusanitos y su quéascoporDios, tira eso a la basura. Un paisaje blanco de invierno tomó posesión del territorio declinante del verano. Pero, ¿hay estación más hermosa que el otoño que se avecina? El calor ya no resulta insoportable, el estrépito de las verbenas no se acumula diariamente, las noches son más frescas y la vida parece alfombrada por una paz que es difícil de encontrar en la urgencia del verano. En realidad, el verano es un espejismo, la promesa de una felicidad incumplida como el paraíso de algunas religiones, una estación que sólo adquiere sentido cuando uno es joven  tiene por delante las infinitas posibilidades de la vida que antes o después, como el verano, se truncarán; para los adultos, el verano no es sino un brevísimo receso en el diario combate por la supervivencia y se termina cuando guardamos en el trastero las sombrillas y metemos las toallas y los trajes de baño en la lavadora y las conservamos en el armario hasta el verano próximo en el que descubrimos que las cremas protectoras han caducado como este agosto que murió un domingo, a una hora casi taurina. Descanse en paz.

EL MUNDO DE HOY

“-¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mendaces, bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?” Rebusqué esta cita desoladora de Voltaire, inserta en Cándido o el optimismo, leyendo El mundo de ayer (Editorial Acantilado), de Stefan Zweig, ese intelectual nacido en Viena a finales del siglo XIX y que, además de las ficciones, de los ensayos y las biografías, levanta acta notarial de buena parte del convulso siglo XX, problemático y febril, que decía el tango, del que fue un espectador por una parte privilegiado, dada su desahogada posición económica, y por otra desolado frente a la descomposición de un mundo que se pudría con la Primera Guerra mundial y, no mucho más tarde, con la Segunda y que lo llevaron, entre otras circunstancias adversas, a quitarse la vida en Brasil. Hoy vivimos malos tiempos para los idealistas y los pacifistas y Zweig, como tantos otros, entonces aún creía en la posibilidad de que el ser humano se involucrase en una especie de fraternidad universal que le permitiera avanzar, a lomo de los descubrimientos científicos y de la cultura, hacia un futuro de entendimiento entre países y religiones. Sospecho que si Zweig hubiese nacido a mediados del siglo XX, a la vista del actual desorden que impera en la mayoría de los rincones de este desquiciado planeta, se hubiese suicidado asimismo ya que el atrezo de la humanidad es, si cabe, más catastrófico que hace un siglo desde el punto de vista bélico. Stefan Zweig detectaba entonces las diferencias entre la guerra mundial de la segunda década del siglo XX y la que la siguió poco después, apenas un clic en el devenir de la historia: en tanto en la primera los soldados, las naciones, iban a la guerra confiados en que estaban luchando por un mundo mejor, creyendo ciegamente en que su sacrificio traería el resultado de una Europa más sólida, más unida, más feliz, en la segunda imperaban turbios motivos de raza e intereses armamentísticos, amén de otras fruslerías que abocaron a una generación a la guerra. Probablemente hoy, un intelectual de la talla de Zweig, idealista, como dije antes, independiente, que añora una entidad supranacional europea y confía casi ciegamente en el buen corazón de las personas, sería motivo de risa. Quizá estemos en un mundo donde, pese a la triste realidad que a diario nos asalta en las noticias, sean más necesarios que nunca esos idealistas, esos pacifistas que a la postre son vencidos por las circunstancias, cuando los “razonables” o los “locos con carné” que dirigen el mundo, arengan con proclamas bélicas a sus súbditos apelando a la religión, a la libertad o a la democracia pero que al cabo sueltan “pepinazos” en países de África o de Oriente Medio para quitar el óxido del arsenal armamentístico y apropiarse de los recursos de los países bombardeados; en el otro caso degüellan miserablemente a sus víctimas y lo publican en los medios de comunicación o atentan en ciudades sembrando el caos en aras de un paraíso quimérico. No existe otra finalidad en las armas que se emplean salvo satisfacer el afán de dominio de una panda de malnacidos, sea cual sea el símbolo que enarbolen en sus banderas. Zweig se asentó en Petrópolis con su segunda mujer y desesperados ambos ante el futuro de Europa y su cultura, barruntando que el nazismo arraigaría en todos los rincones del planeta, se suicidaron el 22 de febrero de 1942. Stefan Zweig dejó escrito lo siguiente: «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra». A la vista de la situación actual, uno tiene que responder resignadamente que sí a las preguntas que formulaba Voltaire en Cándido o el optimismo; probablemente, aunque con métodos menos brutales, siempre hemos sido mendaces y bellacos y pérfidos e ingratos y ladrones y cobardes y envidiosos y avaros y ambiciosos y cualquier etcétera peyorativo que se le quiera añadir. Y, sin embargo, siguen existiendo personas que nos hacen mejor la existencia, tipos que aún te animan a creer en esta raza, acaso contra toda esperanza, y ojalá esas personas no se sumen jamás al desencanto que abocó a un intelectual como Stefan Zweig a quitarse la vida porque ya no soportaba tanta ruindad ni era capaz de enfrentarse a un futuro que preveía diabólico. Ese futuro que estamos escribiendo entre todos, con chafarrinones continuos y caligrafía hostil y un sentido bastante indescifrable y en el que resultan imprescindibles esas gentes como Stefan Zweig que te ayudan a detectar las faltas de ortografía con las que escribimos.

MEMORIAS APÓCRIFAS

Puedo narrar con aproximado tino la historia que cuenta El graduado, hablar con cierta solvencia de Dustin Hoffman interpretando el papel de Benjamin, de Katharine Ross ejerciendo de Elaine o de la excelsa Anne Bancroft representando su rol de señora Robinson, insinuante y  madura. Recuerdo asimismo a Richard Dreyfuss, un residente de una casa de estudiantes y, cómo no, la música de Simon&Garfunkel, particularmente la canción Mrs. Robinson que sonó durante años porque en aquella época los éxitos musicales duraban muchísimo tiempo y no se veían de repente subsumidos por otro inmediato. Cuando se estrenó El graduado corría (bueno, en opinión de un viejo resistente, los años entonces no corrían sino que se arrastraban perezosa, deliciosamente lentos: cosas de la edad) el año 1967 y, por ese pasado ya extinto, un éxito musical, por ejemplo, Extraños en la noche, de Frank Sinatra, duraba bastantes años, como sucedía con los álbumes (perdón: entonces eran elepés) de Beatles o de Rolling Stones o de cualesquiera otros triunfadores del convulso decenio, de tal forma que esas canciones pasaban a formar parte de la banda sonora de tu vida porque permanecían durante mucho tiempo en las emisoras de radio, en la incipiente televisión, sin estar sometidas, como en la actualidad, a un aluvión continuo y constante de éxitos que se superponen unos a otros de tal manera que es muy difícil, para la gente joven, encontrar a alguien que la haya marcado de manera contundente porque los referentes son múltiples. Seguramente si a personas de mi edad se les pregunta por sus músicos preferidos podrían hablar de media docena o una docena de grupos y/o de cantantes pero a la gente más joven les resultaría complicado porque la industria discográfica se agigantó hasta tal punto que las referencias son interminables, apabullantes (y eso no es mejor ni peor que antaño). Puedo narrar, dije al principio, con cierta exactitud el argumento de El graduado, incluso las interpretaciones de algunos de sus actores, y, sin embargo, jamás vi esa película. Recuerdo no impostado es, por supuesto, el cartel: la pierna derecha de Bancroft subiéndose (ésa es mi impresión, que la sube, no que la baja, por la forma de la prenda en la pantorrilla) la media y un anonadado, sorprendido y acojonado Hoffman, con los hombros caídos, las manos en los bolsillos, delante de la puerta y a su lado, a su derecha, un televisor y encima de éste, en la pared, un aplique: ahí está, como aguardando lo que inevitablemente tiene que suceder (o lo que ya sucedió) y acaso por su rostro uno intuya que realmente la señora Robinson se está quitando la media, no poniéndosela. Junto con la canción principal, es el único dato exacto de la película, ese cartel en el que el hombre se parece poco al actor, la única memoria real que me pertenece ya que las demás son impostadas. Convendría intercalar la pregunta que hace Alicia, el personaje de Lewis Carroll: “¿Para qué demonios sirve una memoria que sólo funciona marcha atrás?” Con frecuencia poseemos memoria de algo que en realidad no sucedió o que nos fue transmitido oralmente, que vimos en algún NODO remoto pero que juraríamos que fuimos espectadores de ese recuerdo. Guardo uno lejanísimo: haber visto a los componentes del Dúo Dinámico lanzarse desde un espigón al mar en un verano antañón en Combarro, donde veraneaba, durante el rodaje de una película titulada, creo, Botón de ancla. Con el tiempo uno descubre que sí, acaso haya una escena similar en la película pero de lo que uno está seguro es de que no serían ellos quienes se arrojaban al mar sino probablemente unos dobles porque en ese acto no había aglomeración de chicas y era la época en la que el Dúo Dinámico constituía acaso el primer modelo de cantantes con fans enfervorecidas y lo que yo recuerdo es el escrupuloso salto de dos chicos que se lanzaban vestidos al mar desde la escollera de un pueblo entonces gris y tranquilo hasta que llegaron el color y los turistas y transformaron (o transformamos) el enclave apacible en un hervidero de chiringuitos y terrazas y fiestas como es en general la costa actual, desde San Sebastián a Badalona pasando por Huelva y Cádiz y Málaga y Valencia sin desdeñar las islas Baleares y las Canarias. Y llega un momento en la vida en el que uno duda de si realmente vio a Marcelino cabecear y obtener al gol de la victoria contra la URSS de Yashine, Chislensko y compañía en el año 1964 o si ese hecho histórico (parecía entonces de la misma naturaleza que el viaje de Colón a las Indias o el desastre de la Armada Invencible) en realidad lo vivió un hermano mayor que vino a contárnoslo enardecido mientras tragábamos el bocadillo de mantequilla con azúcar, que solía ser la merienda recurrente y existencial que sustentaba las tardes de buena parte de los infantes españoles. Soy capaz de recitar la alineación del Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, paladear en la memoria el gusto descompuesto de los taconazos de Di Stéfano (a) La Saeta Rubia (acojona su verdadero nombre: Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé), las enloquecidas carreras por la banda de Gento (a) La Galerna del Cantábrico, los disparos relampagueantes de Puskas (a) Cañoncito Pum, y, sin embargo, dada mi edad, no pude asistir realmente a tales acontecimientos que seguramente me fueron transmitidos posteriormente por una defectuosa televisión en blanco y negro. La memoria se va formando, así pues, en capas sucesivas hasta formar un palimpsesto: a la visión inicial con frecuencia se le van sumando otras como aparece el musgo en un muro y quizá no sea muy osado pensar que buena parte de la literatura se sustenta, entonces, sobre una falacia que luego se aliña con un tanto de imaginación y de talento.