VOCES PRESTADAS

por Chesi

Al señor del bigote

A veces son necesarias las palabras ajenas para expresar (o ratificarnos en) nuestras opiniones, la auctoritas de otros para afirmarnos en nuestras creencias. Sobrellevé unas cuantas entrevistas (no muchas) y siempre las preguntas me parecieron un poco inútiles o, más bien, innecesarias, porque cuanto tenía que decir lo había expresado en los libros, en las ficciones, en las que cuelo, de manera explícita o de forma esquinada, lo que pienso de la literatura, de la vida, de la amistad, del rencor y de tantas otras pasiones que nos mueven. Esta especie de orgullosa boutade la mantuve en silencio hasta que la vi refrendada en una entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes y en la que manifestaba algo similar a lo que yo no me atrevía a exponer: Que si alguien quería saber lo que pensaba, incluso sus principios políticos, que leyera sus novelas. Lo que tengo que decir, podríamos significar, está ya en mis libros. Creo que cualquier lector más o menos avezado, si entra en los libros de un determinado autor, puede hacerse una idea bastante clara de lo que éste opina en general de ciertos asuntos, aunque haya escritores que, más que manifestarse, se atrincheran detrás de sus obras: hay autores que se conocen a través de sus obras y otros que sólo se conocen a través de las entrevistas o las biografías. Y de ese exordio paso a cierta perplejidad que me causan algunos intelectuales, preferiblemente ingleses, franceses y alemanes. En sus manifestaciones, muchos de ellos alardean (realmente no es un alarde, sino una realidad, supongo: no hay por qué descreer de sus declaraciones) de memorizar a Shakespeare (ingleses), de poder citar a Goethe de corrido (alemanes; aunque aquí también entran a veces otras opciones: los poetas clásicos alemanes) o de haber releído a Proust hasta la extenuación. Aún recuerdo a un personaje famoso español que afirmaba hace décadas que había leído el Quijote más de cien veces (supongo que sería un énfasis hiperbólico). No sólo eso: algunos de ellos, ingleses preferentemente, habían traducido al latín Hamlet o La Eneida a la lengua inglesa. Y todo eso lo habían llevado a cabo a los once, doce años. Ante esa avalancha de erudición (de la que, insisto, no desconfío) a uno la vanidad se le esconde en el interior del zapato porque a los once, doce años, yo leía a Mortadelo y Filemón y a Guillermo y sus Proscritos, novelas resumidas e ilustradas de Bruguera (Walter Scott, Shakespeare), al Capitán Trueno, al Jabato, a Roberto Alcázar y Pedrín y Hazañas bélicas y algunas noveluchas que de matute te inyectaban en el colegio religioso entre las que estaban las de Mark Twain, afortunadamente. Y a Carroll y a Swift y a Poe y a cierto Melville y a Defoe, que de literatura infantil tienen más bien poco. Sólo más tarde, cuando uno había dejado los bocadillos de queso con membrillo y empezaba a enamorarse y a desertar de los pantalones cortos, se empantanaba en Bécquer, Juan Ramón y Rosalía, en las blandenguerías de Martín Vigil y adyacentes, acaso Candel, y posteriormente, en la remota reválida de sexto, intuía que la literatura era otra cosa y buceaba desordenadamente en Delibes, Cela, Laforet, Asturias, Frank Yerby (si Frank Yerby es otra cosa), Colette, Morris West (si Morris West es otra cosa), Valle Inclán, Celso Emilio Ferreiro y en las felices hordas transpirenaicas. Me acordé de ello haciendo una cala en el divertido blog Parecía una persona normal (…con bigote), del escritor Ángel Herrero López, en una de cuyas entradas, cita a Augusto Monterroso que afirmaba: “En sus artículos, en sus cartas, en sus diarios, los escritores franceses dicen siempre que releen, nunca que leen por primera vez a un clásico, como si en el Liceo hubieran debido leerlo todo y un autor importante no leído fuera un total deshonor. Releyendo a Pascal, releyendo a Racine… No siempre hay que creerles.” A este respecto, aunque en un contexto diferente, escribe con evidente sorna Rafael Reig en su magnífico Señales de humo (Manual de literatura para caníbales I) lo siguiente: “Un momento. ¿Leyendo? ¡Por favor! Estamos en presencia de un intelectual, así que había estado relegendi; un intelectual sólo relee. Leer algo por primera vez es lo característico de alguien que trabaja en un taller de chapa y pintura; una experiencia tan ajena a los hábitos de un intelectual como rellenar quinielas o remendar calcetines”. De nuevo las palabras ajenas venían a darle consistencia a lo que yo había considerado tiempo atrás: que ese exceso de sabiduría adolescente puede ser perjudicial para la salud, aunque siempre preferiré a un chaval que relee a Homero a una edad temprana, a otro que camina con un iphone por la calle ignorando que ahí fuera existen libros.  Aunque tal vez todo este asunto de la relectura estribe en que al principio, cuando uno es joven, cualquier lectura es un descubrimiento: se exploran las posibilidades casi infinitas que se abren ante uno; y cuando envejecemos, dedicamos parte de nuestro tiempo a releer aquellas obras con las que nos sentimos más identificados. Releer sería, en definitiva, una forma elegante de envejecer.

NOTA.-El lunes pasado, 20 de marzo, Ángel Herrero López decidió desconectar su blog de cualquier aparato que lo mantuviera con vida. Pese a ello, aún está ahí para quien desee leer los textos que “el señor del bigote” fue colgando. Merece la pena.

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