El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: marzo, 2016

LAS FRONTERAS

En el año 1974, Georges Perec publicaba un pequeño libro titulado Espèces d’espaces (Galilée) que la editorial Montesinos imprimió en 2007, Especies de espacios. Con esa tendencia a la enumeración reiterativa de ciertos textos de este escritor francés (La vida instrucciones de uso, El hombre que duerme, Tentativa de agotamiento de un lugar parisino), Perec escribe acerca de cosas simples, cotidianas, que con frecuencia nos pasan inadvertidas: las calles que recorremos, los barrios en los que nos movemos, las habitaciones donde transcurren nuestras vidas. Perec opera de menos a más y va desde “la cama” hasta “el espacio” deteniendo su mirada inteligente en la habitación, el apartamento, el inmueble, la calle, el barrio, la ciudad, el campo, el país, Europa, y el mundo, con ese afán lúdico común a autores del OuLipo y no muy ajeno a algunos textos de Cortázar (por ejemplo, Historias de cronopios y de famas). Al hablar del país, se detiene en el acápite Fronteras y señala lo siguiente: “Las fronteras son líneas. Millones de hombres han muerto a causa de estas líneas. Miles de hombres han muerto porque no consiguieron franquearlas: la supervivencia pasaba por franquear un simple río, una pequeña colina, un bosque tranquilo: al otro lado (…) estaba el país neutral, la zona libre…” Ese fragmento me sonó dolorosamente familiar, tristemente actual. Tal vez peligrosamente premonitorio del futuro que nos aguarda.

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TRADUCTORES

A la vista de las veleidades en la concesión del Premio Nobel de Literatura, otorgado en 2015 a la periodista Svetlana Alexievich, propongo que algún año se elija a un traductor y abandonemos así la leyenda del traductor como traidor, que es muy sonora y con frecuencia falsa: a veces un buen traductor salva un libro mediocre. En modo alguno me parece mal que se le haya concedido a una periodista el premio ya que ese género forma parte de la literatura cuando cae en manos de gente de talento, de la misma forma que nadie debería escandalizarse porque alguna vez el elegido sea un ensayista. De haber existido el Nobel en el siglo XVIII, no constituiría desacierto alguno otorgarlo a Samuel Johnson que cimentó su merecida gloria en las biografías y las críticas, mucho más conocidas que sus libros de poesía y una  novela corta que escribió. Recordemos que en la lista de premiados aparece un tal Winston Churchill y, además, un filósofo como Bergson, así que nada tendría de extraño que en alguna ocasión alguien apreciara la labor de los traductores, esas personas que se apropian de una obra ajena, la hacen suya y nos la devuelven con su eco particular pero respetando, más o menos, la voz original de su autor. Se me vino esta idea a la cabeza porque estuve releyendo tiempo atrás las novelas de Eça de Queirós y entre mis manos pecadoras vagabundeó La reliquia, traducida por un engolado Ramón del Valle‑Inclán que parece querer dejar la pátina de la suya por encima de la prosa del portugués. Realmente, el durísimo trabajo de un traductor no se ha visto recompensando hasta hace poco tiempo. Si uno hojea su biblioteca verá que hay trabajos de autores de enorme prestigio que pasaron por el cedazo de traductores, profesionales o no, excelentes: a los diecisiete años uno saboreaba los cuentos de Poe sin percatarse de que el traductor era Julio Cortázar, como lo fue Borges de La metamorfosis de Kafka aunque haya quien sostiene que algunas de las traducciones de este argentino las hacía su madre y era él que ponía la auctoritas de la firma: ganas de joder, seguramente. Numerosos escritores tradujeron a colegas suyos: Ana María Moix, Jordi Doce, Esther Tusquets, Javier Marías, Martínez de Pisón, Ramón Buenaventura, López Serrano, Pedro Salinas o Laín Entralgo para no alargar la nómina. Actualmente los traductores ya tienen, en general, un prestigio consolidado: Miguel Saéz y Eduardo Moga y Javier Calvo y Juan Manuel Macías, entre otros, sin olvidar la labor del ourensano Ramón Gutiérrez Izquierdo con los sonetos de Shakespeare. Debe de ser complicadísimo el trabajo de esta gente que se ocupa de obras ajenas y trata de hacerle llegar al lector lo esencial del escritor traducido pero que, de alguna forma, vendrá mediatizado por la propia voz ya que, mutatis mutandis, siempre existe (o debería existir) un escritor, agazapado o evidente, en cualquier traductor. Hay nombres que avalan la categoría de la obra traducida; al leerlos sabes que no será una impostura lo que te encuentres. Y si uno vuelve a su biblioteca y hojea aquellos libros que empezó a comprar con catorce o quince años, en ediciones baratas, en la mayoría de las ocasiones verá que o bien no aparece el nombre del traductor o que ese nombre no suena de nada y uno piensa en un escritor frustrado (y a ver quién no es un escritor frustrado en alguna medida) que con ínfulas de funcionario dedica horas y horas a traducir a tanto la página para que al final su nombre no figure en los créditos o figure en una tipografía humilde y casi vergonzosa. ¿Cuánta literatura rusa leímos en los años sesenta que en realidad no era tal sino una traducción previa al francés (cuando no pasaba antes por el inglés) que era el idioma que predominaba en aquella España de ediciones baratas? Hasta cuando se cita, con cierto alarde, la traducción de parte del Ulises hecha por Ramón Otero Pedrayo, se descubre que la traducción de Otero no provenía del inglés sino de los fragmentos que habían aparecido en una revista francesa. Pero esas imposturas no menoscaban el regalo que dichos traductores nos ofrecían: más o menos brillantes, más o menos fieles, gracias a esa legión de anónimos burócratas, llegaron a nuestras manos Dostoyevski y Hemingway, Tolstoi y Milton, Hamsun y Mark Twain. Siempre les estaré agradecido a esas personas que, probablemente por una miseria, se entregaban a la desaforada labor de sumergirse en la traducción de autores que marcaron mi adolescencia y mi juventud. Y supongo que traducir un libro de ficción siempre tendrá una especie de recompensa íntima, personal, por su prestigio literario. Pero imaginémonos al traductor de un libro titulado El hormigón armado: su evolución en la arquitectura urbana: a ése, precisamente a ése, habría que darle el Nobel.

P.S.-Para los interesados en asuntos de traducción hay un más que recomendable artículo de Eduardo Moga, traductor, entre otros autores, de Whitman, titulado La carretera y el cuervo (Un ejercicio de traducción comparada)  en el número 781-782, julio/agosto de 2015, en la revista Cuadernos hispanoamericanos.

LECTURAS

La literatura es una forma de vida. Tanto para el que escribe como para el que lee, el mundo de la literatura es algo más que una mera diversión, un entretenimiento (aunque también posea ambos componentes). Si uno ha pasado mucho tiempo dedicado a la lectura, puede discernir casi sin margen de error cuándo un libro ha sido escrito por necesidad, cuándo por ocio, cuándo por mera estrategia comercial. Naturalmente hay lectores que no buscan en los libros sino un pasatiempo sin más complicaciones; y quienes busquen eso tienen un extenso catálogo de autores, esos que según Javier Sierra no se obcecan tratando de desentrañar el universo, que les pueden proporcionar la finalidad que pretenden y a la vez el extraño placer de sumergirnos en mundos perfectos puesto que hay autores susceptibles de ser leídos para matar unas horas (fúnebre expresión) y no por ello son de menos categoría que los que tratan de desentrañar el universo. Mark Twain, por ejemplo, o Salgari, Verne pueden leerse de ese modo. Incluso el gran Melville de Moby Dick puede encararse como un autor de aventuras si se hace una lectura plana de su obra. Investigar más a fondo determinados libros nos ayuda a descubrir los placeres secretos que esconde una novela pero ese paso debe decidir el lector si quiere o no darlo. Las grandes novelas suelen soportar lecturas superficiales y lecturas en profundidad, más demoradas. No constituye sacrilegio alguno abrir el Quijote y embeberse con las aventuras de Sancho y Alonso Quijano sin hacer inmersión en los hallazgos narrativos, en la sutiles críticas de la novela, en la modernidad que se abre de forma definitiva con la obra de Cervantes, e incluso recurrir al desmán de Pérez Reverte al pergeñar una lectura exenta de lo, a su entender, superfluo. ¿Y por qué no leer La metamorfosis de Kafka como un mero entretenimiento o una obra de ficción que roza el denominado realismo mágico cuando Gregorio Samsa amanece convertido en un insecto? El paso previo es abrir el libro; el siguiente, opcional, es hacer inmersión en sus entresijos que nos llevan a descubrir la grandeza de una obra, su engranaje y cuya lectura, una vez finalizada, nos muestra otra forma de entender el mundo: cuando ese glorioso diálogo entre el lector y la obra se produce, la lectura alcanza una fecundidad que ya nunca se olvida. Hay obras, sin embargo, que no resistirían esa lectura en profundidad y que, con todo, son imprescindibles para el mantenimiento del mundo editorial, actualmente tan malherido. Y es el lector quien puede escoger libremente la opción de entregarse a lecturas ligeras, sin más consideraciones, o a otras que exigen una atención continua y, generalmente, lápiz para subrayar (y con frecuencia, diccionario a mano). La memoria es un buen juez a la hora de calibrar el valor de una obra: cuando su lectura permanece con nosotros y en ocasiones requiere que incurramos en la relectura seguramente estamos ante un texto importante, de esos que nos moldean y nos forman (y nos transforman) y condicionan nuestro modo de entender el mundo. Son lecturas de las que uno nunca sale indemne; otras, por el contrario, resbalan por nosotros sin dejar ninguna huella porque a lo mejor no son una forma de vida sino simplemente una forma de negocio. Es cierto, con todo, que existen escritores que difícilmente permiten que uno se sumerja en ellos con la simple finalidad de pasar el rato, como pueden ser Beckett o Pynchon, por hacer dos citas arbitrarias. Hay obras que requieren de nuestra atención más aguda, de nuestro tiempo más reposado para llegar a desentrañar las maravillosas posibilidades que albergan. El lector dispone de la opción ligera, encarar la lectura como un mero pasatiempo, que no es poco privilegio, o ahondar en páginas que reclaman perentoriamente los cinco sentidos y mucha paciencia porque existen libros a los que no llegamos en el momento preciso, que se nos resisten y que a veces abandonamos para siempre, como si fuesen una empresa superior a nuestras fuerzas. Pero, de cualquier modo, ante una obra más o menos ligera o ante una de mayor calado, la lectura debiera ser siempre una forma de vida.