El arte del puzle

Blog del escritor José María Pérez Álvarez, 'Chesi'

Mes: junio, 2014

APOCALIPSIS

La crisis, eso que estamos dejando atrás, dicen algunos. Algo que se vía venir, dicen otros. Algo que negó pese a la evidencia el gobierno de Zapatero. Zapatero ya es puta mitología, como el coño de la Bernarda, el Hombre del Saco o María Castaña. De vez en cuando aún nos asustan los políticos actuales citándolo: “Es que Zapatero…” Cuando no tienen respuesta para algo ahí está el estribillo: “Esto es la herencia de Zapatero”. No seré yo quien alce la voz para defender al anterior presidente del gobierno: a fin de cuentas los expresidentes del gobierno de España se defienden escribiendo libros, impartiendo conferencias y figurando en consejos de administración. La crisis, decía al principio, en las circunstancias actuales y con el gobierno que nos masacra miserablemente desde 2011, me ha hecho descubrir pasajes propios del Apocalipsis: es decir, este gobierno no toma medidas anticrisis sino medidas anticristo. Es la encarnación del mal. Sí, puede aparentar ser un gobierno de derechas, algunos de sus miembros pertenecen al Opus Dei o a Los Legionarios de Cristo o a la Santísima Transfiguración de la Divinidad Deletérea; pueden asistir a procesiones con mantilla y comulgar en actos religiosos pero todas sus actividades prácticas a la hora de encarar la perniciosa influencia de Zapatero cuyas secuelas estamos padeciendo, por decirlo según sus propias palabras, no son medidas anticrisis sino medidas anticristo. Llevan dos años estrangulándonos, auguran los brotes verdes, la mejoría de la macroeconomía pero yo sigo percibiendo la realidad diaria: los locales vacíos, la gente en el paro, las subvenciones y ayudas descabezadas, las pagas miserables, los trabajos escandalosamente precarios en medio de los privilegios que siguen manteniendo quienes nos gobiernan. Estamos asomando la cabeza, dicen, pero a la vez programan nuevos recortes: confunden la tala con la poda. Son la encarnación el Anticristo en un panorama vergonzoso de corrupción del que suelen salir ilesos. “El apocalipsis ya está aquí”, decía un personaje de una novela titulada Nunca. En el capítulo 18 del Apocalipsis se dice: “…Y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites.” Y agrega: “Porque en una hora han sido desoladas tantas riquezas.” En fin, que se están cumpliendo la profecías de San Juan y bajo forma humana, el Anticristo ha tomado posesión del poder, así que ya nos podemos ir preparando para lo que venga que no puede ser nada bueno, visto lo visto. El que sepa rezar, que rece. Y el que no, que recurra al vino, a la lectura, al deporte o a la blasfemia, que consuela un huevo. 

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LOS MISERABLES

Recientemente, una cámara instalada en un helicóptero de la Guardia Civil de Tráfico, captó a un conductor que leía un libro colocado sobre el atril del volante mientras circulaba a través de una autovía. La alta definición de la cámara, tras algunas investigaciones, logró detectar la portada del libro que el irresponsable conductor iba leyendo y, por deducciones más o menos acertadas, se llegó a la conclusión de que el automovilista estaba destripando Los Miserables de Victor Hugo. Sé que no se puede jugar con las tragedias que diariamente asuelan nuestras carreteras merced a indeseables que se saltan las señales de tráfico, hablan por el teléfono móvil, violan el código o encienden el motor en condiciones lamentables de alcohol u otras sustancias. Vaya por delante esa precisión. Pero resulta asombroso que alguien que circula por la carretera se dedique a leer a Victor Hugo: no está echando un vistazo a un mapa, estudiando análisis financieros, rezando el Breviario o evadiéndose con Paulo Coelho sino que optó por una obra mayor (y extensa) del escritor francés. Me imagino a ese majara (en cierto modo entrañable) recorriendo las autovías españolas en su vehículo que es una especie de burbuja o de biblioteca siguiendo las aventuras que narra Victor Hugo en Los miserables. Ciertamente constituye una imprudencia y una temeridad porque pone en riesgo su vida y las de otros conductores pero subyace una raíz de carácter poético en el hecho de tener que aprovechar un trayecto para leer en un soporte de papel una obra literaria de tal enjundia. 

Hace años conocí en Valencia a un español de origen francés que se dedicaba al diseño de moda, principalmente pantalones vaqueros; no diré la marca que trabajaba (que se correspondía con su nombre) y que estuvo muy de moda por aquellos años. Su padre era un exiliado que una vez regresado a Valencia, hacía diariamente, hasta poco antes de morir a los noventa y tantos años, 100 kilómetros en bicicleta. El hijo, del que hablo, optaba por otro tipo de medio de transporte y era un enamorado (supongo que lo seguirá siendo) de la literatura y concretamente de la novela negra. Y atesoraba media docena de multas porque había sido sorprendido por la Guardia Civil de Tráfico leyendo obras de dicho género mientras conducía. Él se justificaba arguyendo que le encantaba leer, que necesitaba hacerlo y que dado que en su empresa unifamiliar no tenía personal que se dedicase al transporte de la mercancía, aprovechaba el tiempo que le permitían sus largos desplazamientos para destripar los argumentos de esas novelas. En estos oscuros años en los que cierran librerías y editoriales, en los que merman escandalosamente los fondos de los bibliotecas, en los que se prefiere lo audiovisual a la lectura, en los que los superventas son cada vez ficciones más sofisticadas pero a la vez inanes, no deja de tener su encanto que haya unos locos (sí, de acuerdo, peligrosos) que apuran el tiempo libre del que apenas disponen para leer. Una pasión perversa, como digo, que puede perfectamente desembocar en catástrofe; pero seguramente la mayoría de los accidentes provienen del consumo de drogas, de mantener conversaciones telefónicas, de hacer caso omiso de las señales y de otros actos vandálicos antes que de los tipos que leen al volante que, a fin de cuentas, son más bien pocos; que leen, quede claro, buena literatura. Seguramente, aunque descrea de ello, los lectores de ese tipo de obras tienen un ángel tutelar que guía los vehículos para que no suceda nada trágico mientras ellos se abisman en los meandros del argumento y en las vidas de los personajes de ficción. Por cierto, ¿cuántos kilómetros invertirá una persona en leer Los Miserables?  

Frutos extraños II

Cosas que nos perseguirán para siempre.

Billie Holiday – Strange fruit

MANDALA

Tú empiezas a escribir a primera hora un texto acerca de un hombre solitario que en su casa, muy temprano, cuando aún la mañana es un esbozo o un borrador, se levanta de la cama, bebe un café solo sin azúcar, se sienta en el sillón de su escritorio y comienza a pergeñar un texto acerca de un hombre solitario que muy temprano, casi recién amanecido el día, se acomoda en el sillón de su escritorio y empieza a teclear en el ordenador un texto sobre un hombre que cuando amanece, después de una noche de insomnio, bebe un zumo de naranja, enciende un cigarrillo, mira por la ventana la lentitud del día que se va expandiendo como espuma y decide escribir un texto para un periódico en el que un hombre que acaba de salir de una enfermedad, para combatir el tedio y el desánimo de una improbable recaída, deja la cama sin hacer, paladea un café solo con galletas, consume las pastillas que el médico le ha prescrito y se pone a manuscribir con una estilográfica unas líneas que hablen de sí mismo, de ese hombre hasta hace poco enfermo que no sabe cómo demonios enfrentarse al día recién iniciado y, como el que hace un crucigrama, caligrafía en un folio un texto acerca de un hombre solitario pero varía la fórmula y le añade al hombre que escribe la compañía de un gato gris que en un momento determinado, en tanto el hombre busca un adjetivo, se alza hasta sus muslos y se aquieta allí con la tibieza de una manta, así que el hombre cree que es más importante acariciar al gato que seguir escribiendo pero no puede dejar la tarea a medias porque entonces se le vendría encima esa mañana lluviosa y la aprensión de una enfermedad de la que ya está restablecido, entonces decide retratarse a sí mismo, ser el protagonista de ese texto en el que un hombre escribe acerca de otro hombre (aunque sea el mismo) que pergeña unas líneas en torno a un hombre que está escribiendo en el piso séptimo de un edificio sobre un hombre al que le acaba de saltar un gato a los muslos y aunque el hombre (el que escribe) no tiene ningún animal de compañía en casa, piensa que será agradable introducir la presencia de un animal doméstico y cariñoso en ese texto, una especie de consuelo casi fraternal, y, además, para paliar la soledad del que escribe, añade la ayuda de una pieza musical cualquiera, no importa cuál, una música que haga más llevadera la mañana lluviosa, de forma que tenemos a un hombre que escucha música, escribe acerca de un hombre que escribe con un gato entre sus muslos y piensa que ahora sí, ese hombre que él acaba de inventar ya tiene una cierta personalidad, porque ha consumido un zumo de naranja, saboreado un café sin azúcar, fumado un cigarrillo, recibido el consuelo de la lluvia, el trato musical, en resumen, la rotundidad de una presencia sólida y se siente acompañado por el gato, por la música y por la lluvia, por el olor del café y el sabor de las naranjas, que son elementos fundamentales para combatir la soledad, de manera que no cree que deba incluir en el texto un cielo que empiece a despejarse de nubes y desde el que lleguen los rayos de un sol melifluo y demasiado poético, y él, ignoramos por qué, no tiene la menor intención de incurrir en aditamentos líricos para el texto que está escribiendo, de manera que ahora, ahora que tienes a un protagonista, un hombre que está escribiendo un artículo o un cuento mientras suena la música, escucha caer la lluvia y un gato se le encaramó en los muslos, lo que haces es dejar de escribir, pasar una mano por el lomo del gato, contemplar el aguacero que cae al otro lado del cristal y detenerte a escuchar la música porque tanto el gato, como la música, como la lluvia, son bastante más interesantes que el texto que estás escribiendo acerca de un hombre que se levanta de la cama, bebe un café y un zumo, fuma un cigarrillo pese a las recomendaciones del médico, y empieza a escribir acerca de un hombre que está escribiendo, circunstancia a la que debes poner fin de inmediato para olfatear la realidad de todo lo que está fuera de ti, más importante o, al menos, más interesante, que lo que te ronda la cabeza, esa estúpida idea de un cuento o un artículo acerca de un hombre que está escribiendo un texto para un periódico o para sí mismo o para un gato que, a fin de cuentas, apenas sabe deletrear algunas palabras del diccionario y más cuando quien ha inventado todo es un escritor desafortunado que comienza a escribir un texto sobre un hombre que cuando se levanta de la cama, bebé un café, ingiere un zumo de naranja y enciende un cigarro, le entrega a un gato los restos de una cena frugal y trata de pergeñar unas líneas que hablen de un hombre que escribe un cuento acerca de, lo que atestigua, tal como dijo Georges Perec que vivimos en un mundo “condenado a la repetición infinita de sus propios modelos”, quod erat demonstrandum o algo así o todo lo contrario, vaya usted a saber, porque el hombre que está escribiendo el texto aún no pasó de la primera línea que, a lo mejor, es también la última, la definitiva, esa que tú empezaste a manuscribir a antes del amanecer.